Revista Vitral No. 72 * año XII * marzo-abril de 2006


BIOÉTICA


A DEBATE
DILEMAS DE LA PRÁCTICA MÉDICA


MARÍA DEL CARMEN GORT Y ANTONIO MANUEL PADOVANI

 

 

RESPUESTA AL CASO 20

El tema del aborto ya ha sido tratado en esta sección pero lo traemos nuevamente por la importancia que tiene y por la superficialidad con que es manejado en el mundo de hoy, y nuestra sociedad no es una excepción. En nuestra sociedad últimamente hemos escuchado intervenciones que reflejan preocupación ante una ola cada vez más creciente de abortos.
Comenzaré por decir que inicialmente se trata del no respeto al primero y más esencial de los derechos humanos, el derecho a la vida. Sin la vida humana no tienen sentido los demás derechos, pues la persona es sujeto de todos los derechos.
Cada día son más abundantes los adelantos científicos que evidencian que la vida humana comienza desde el momento en que se unen el óvulo materno con el espermatozoide paterno. En este momento se forma un organismo humano nuevo, que se llama embrión y posee un genoma diferente al de sus dos padres, es decir un nuevo ser, único e irrepetible, que a partir de ese momento se irá desarrollando hasta llegar a ser una persona adulta.
A partir de ese instante ocurre el crecimiento coordinado, continuo y gradual del embrión. En el nuevo ser existe una unidad biológica, funciona como un todo en perfecta coordinación, cada una de sus partes, células, órganos, comienza a desarrollarse integralmente dependiendo uno del otro. Desde el mismo momento de la fecundación cada paso ocurre coordinadamente, por lo que no puede ser considerado como “un cúmulo simple de células” sino como un individuo donde cada célula se va multiplicando e integra a todo el proceso, todo esto hace que el nuevo individuo vaya convirtiendo su espacio genético en su propio espacio orgánico. Los cambios cualitativos y diferenciales se van produciendo de forma continua, sin detenerse un momento. Por lo tanto, cada uno de nosotros es el mismo sujeto desde el momento de la primera célula hasta nuestra muerte. Sólo que la forma definitiva se alcanza gradualmente, sólo pasamos por diferentes estados de un mismo e idéntico proceso de desarrollo. Desde el mismo momento de la fusión de los gametos, el embrión conserva su identidad, individualidad y unicidad. Por tanto, el embrión humano es un organismo humano, un organismo nuevo, un organismo programado y, por tanto, un ser humano.
La fase inicial del desarrollo embrionario no puede ser considerada solamente desde el punto biológico y la vida biológica no puede separarse de la vida propiamente humana. Formamos parte de la especie biológica humana, y desde ese momento, se es un ser humano personal, lo que es lo mismo, somos personas.
Si estamos de acuerdo que la vida humana comienza desde el mismo momento de la fecundación y que a partir de aquí lo que nos queda es madurar y crecer hasta el nacimiento, la interrupción de ese proceso en cualquier etapa pone fin a la vida. Esto es a lo que llamamos aborto, del latín aborior y puede ser espontáneo o provocado.
En el caso de que la interrupción de la vida del embrión no es querida por la madre, como ocurre en caso de malformaciones del embrión mismo, anomalías procedentes del organismo de la madre, infecciones, causas psicológicas, ambientales, medicamentos, etc, lo denominamos aborto espontáneo y como no hay intención voluntaria de poner fin a la vida del embrión no hay responsabilidad moral.
Si por el contrario la interrupción de la vida es de carácter voluntario lo llamamos aborto provocado. Es considerado por igual en cualquier etapa del embarazo o por cualquier motivación, ya sea terapéutico, social, criminológico, eugenésico, etc.
Las técnicas utilizadas pueden ser:
- La aspiración, es la llamada regulación menstrual. Se usa para embriones inferiores a tres meses.
- La embriotomía o raspado de las paredes del útero. Este método es utilizado entre los tres y cuatro meses.
- La histerotomía o aborto por cesárea. Se utiliza en etapas avanzadas del embarazo.
- La inducción de contracciones por medio de fármacos que dilatan el cuello uterino y el embrión, al ser separado de las paredes del útero, es expulsado.
- La inyección de sustancias tóxicas en el líquido amniótico, como puede ser solución salina que provocan la muerte del embrión que después es expulsado.

Después de conocer muchos de los elementos referidos al inicio de la vida y cómo se realizan los abortos, no podemos considerarlo nunca un método anticonceptivo, porque no impide la fecundación sino la implantación y desarrollo ulterior del embrión.
Además, existen otros métodos llamados anticonceptivos que también son abortivos como: Los dispositivos intrauterinos (DIU), pequeños dispositivos con sustancias químicas que impiden la implantación del embrión en el útero o su desarrollo. La píldora del día después, Levonorgestrel, que si es ingerida cuando ha ocurrido la fecundación crea cambios hormonales en la madre que impiden la vida del embrión. La píldora RU 486, eficaz dentro de los primeros 50 días del embarazo y crea cambios en la pared del útero que provocan la separación del embrión. Además pueden ser usadas prostaglandinas y vacunas abortivas. Todos estos métodos son abortivos porque impiden el desarrollo del embrión fecundado.
En todos estos métodos abortivos no se tiene en cuenta el principio de la inviolabilidad de la vida humana, además lo hace más grave el hecho de que se realiza sobre un ser inocente e indefenso en el lugar donde debe estar protegido por la madre.
Usar el aborto para interrumpir un embarazo no deseado es una causa muy frecuente, pero esto no nos debe llevar a considerarlo un método anticonceptivo porque no lo es y constituye un atentado a la vida humana y, por tanto, no es ético.
En nuestra sociedad, como en el resto del mundo se hace hoy cada vez más cotidiana la práctica del aborto lo que debería constituir una preocupación para todos, personal médico, familias, educadores, comunicadores sociales, gobiernos, etc, principalmente porque constituye un atentado a la vida humana y una violación del primer derecho humano, además, porque éticamente no es aceptable y también por los riesgos que suponen para la vida de la madre, primero desde el punto de vista biológico, por daños en órganos internos, reparables o no, sin contar con las repercusiones psicológicas que suponen para ella el sentido de culpa y los traumas dolorosos que dichos procederes podrían dejar.
Debería constituir mayor preocupación para todos el alto número de ellos que se realizan diariamente en nuestras instituciones hospitalarias; más aún, cuando la edad de las muchachas en que se practican es cada día menor lo que evidencia la escasa formación en principios éticos y la insuficiente o distorsionada información que se brinda, sin contar la manipulación de la información que, con más frecuencia de lo que imaginamos, se realiza a través de nuestros medios de comunicación social. Si a esto se le añaden los daños a la integridad biológica en mujeres muy jóvenes donde no se ha completado su desarrollo físico, el problema se torna cada vez más grave.
No podemos dejar de mencionar la poca responsabilidad con que se vive la sexualidad. Educación sexual se cree hoy que es sólo protegerse de la adquisición de ciertas enfermedades de transmisión sexual o evitar un embarazo, como si este fuera otra enfermedad. La verdadera y auténtica educación sexual es educar en la dimensión del amor y la entrega responsable a la pareja, en formar una familia y, en el caso de que se presente, dar gracias por el regalo que supone la vida de un nuevo ser.
Sólo educando en la verdad y la responsabilidad a nuestros jóvenes tendremos el día de mañana hombres y mujeres capaces de poner amor en cada cosa que hacen, tendremos familias donde se respire un aire de armonía, respeto y felicidad. Sólo entonces viviremos en una sociedad y un mundo más felices.

CASO 21

Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en una Jornada Científica donde me tocó la no siempre grata tarea de revisar los trabajos presentados para evaluarlos. Uno de ellos consistía en un estudio de casos y controles donde se tomaban dos grupos de pacientes diabéticos a los que se les aplicaba tratamiento adecuado con medicamentos, pero a uno de ellos se le orientaba y guiaba en la práctica de ejercicios físicos, por medio de un programa monitorizado por los médicos investigadores que trabajaban con los pacientes en dos sentidos: uno, en la educación respecto a la importancia del ejercicio físico en el control de la enfermedad; el otro, en la realización supervisada de ejercicios acordes con las condiciones de cada paciente; el otro grupo no recibió orientación respecto a la práctica de ejercicios y se dejó al libre albedrío de los pacientes realizarlos o no. Los resultados demostraron que el ejercicio sistemático permitió un mejor control de la enfermedad y, a la larga, disminuyó el consumo de medicamentos. Un resultado esperado, la eficacia del ejercicio físico en el control de las enfermedades metabólicas es algo conocido desde hace tiempo y se utiliza sistemáticamente desde hace largos años, cuando daba mis primeros pasos en un campo al que he dedicado toda mi vida, la asistencia médica.
Mi opinión sobre aquel trabajo fue que violaba principios éticos de la investigación científica y, por tanto, no era aceptable desde el punto de vista de premiación o selección.
¿Cuales fueron mis argumentos? el principal que el trabajo privaba a los pacientes de un método de eficacia demostrada y por tanto los ponía deliberadamente fuera de un tratamiento adecuado y de un buen control de la enfermedad; el otro, que no vale científicamente demostrar lo que ya está suficientemente demostrado y con más razón si esto atenta contra un buen tratamiento. Hubo discrepancias, sobre todo de los autores, pero en general los argumentos fueron aceptados y el trabajo en cuestión no fue seleccionado.
Esto es algo que con frecuencia, de forma menos burda por lo general, ocurre cuando se realiza un trabajo investigativo sin el debido conocimiento de aspectos bioéticos de la investigación científica.
Desde épocas tan tempranas como el año 1947 se han cuestionado los métodos empleados al realizar investigaciones que pongan en peligro la integridad del paciente o busque resultados inútiles. El Código de Ética de Nuremberg, elaborado a partir de las conclusiones del Tribunal Internacional que en esta ciudad alemana juzgó a los criminales de guerra nazis, contemplaba estas posibilidades de violaciones éticas y los Acuerdos de Helsinki sobre investigaciones biomédicas también prohíben estas conductas. El desconocimiento por parte de muchos investigadores de estos documentos lleva a posiciones no éticas en la investigación. ¿Cuál es la posición del médico respecto a estas conductas? ¿Qué derechos tiene el paciente al ser objeto de una investigación? Estos son algunos aspectos en los que abundaremos en la respuesta a este artículo.


 

Revista Vitral No. 72 * año XII * marzo-abril de 2006

Dra. María del Carmen Gort Henríquez
(1966)
Dra. en Estomatología. Graduada en 1989 en la Facultad de Ciencias Médicas. de Pinar del Río. Labora en la Clínica Antonio Briones Montoto, Pinar del Río.

Antonio Manuel Padovani Cantón
(Pinar del Río, 1949)
Especialista de Segundo Grado de Medicina Interna. Graduado de la Universidad de La Habana 1974.