Revista Vitral No. 72 * año XII * marzo-abril de 2006


ECLESIALES


LA IMPORTANCIA DEL LAICADO
EN LA DIÓCESIS DE PINAR DEL RÍO

MONS. JOSÉ SIRO GONZÁLEZ BACALLAO

 

 

 

Homilía en la Misa Crismal de Monseñor José Siro González Bacallao,
Obispo de Pinar del Río

Queridos amigos, hermanos colaboradores Sacerdotes,
Queridas Hermanas. Consagradas,
Queridos hermanos y hermanas todas.

Volvemos a reunirnos un año más para celebrar la Solemne Misa Crismal en la que el obispo consagra los aceites, llamados Óleos para los Sacramentos y los Sacerdotes renuevan sus promesas al Señor Jesús y su Santa Iglesia.
Cómo pasa el tiempo... ya con ésta son 24 ocasiones en que, gracias a Dios, sin faltar ninguna, nos reunimos de modo especial el obispo y sus colaboradores, los Sacerdotes.
Ocasión que siempre he aprovechado para hablarles de algún tópico sacerdotal y compartir nosotros con los fieles las grandezas y las exigencias de nuestro ministerio Sacerdotal.
Este año lamentamos la ausencia del querido P. Lara que se fue ya al encuentro del Padre; la ausencia del P. Miguel Bautz que volvió a su querida Alemania a servir a la Iglesia que le reclama. Nos alegramos de la presencia en la Diócesis de las Hnas. Sociales que vinieron a ocupar el lugar de las MIC en Los Palacios.
Continuamos en la Diócesis con esa penuria de Sacerdotes que nos obliga a cambios, ausencias y traslados que motiva el contar con sólo 18 Sacerdotes para 25 Parroquias. Tenemos que incrementar nuestra oración por las vocaciones sacerdotales. Pero disfrutamos de la presencia y del celo sacerdotal de hombres como el querido y nunca bien ponderado P. Yvan Bergeron que cumple en estos días sus 80 años de edad. Vida consagrada en su casi totalidad al servicio de la Iglesia en Cuba y a su pueblo que ha experimentado las pruebas de su delicado amor sacerdotal.
Querido P. Yvan, en nombre de la Iglesia que peregrina en Cuba, en nombre especialmente de la Iglesia diocesana que ha disfrutado de tu total entrega y tu creativo ejercicio pastoral, en nombre de mi pueblo Candelaria al que hace tantos años vienes sirviendo, en nombre de tus hermanos íntimos de Misiones Canadienses, en nombre de tus hermanos los Curas Párrocos, en nombre de las Hnas. en especial las Oblatas que saben muy bien de tu ahinco y generosidad, en nombre de este obispo, tu amigo y hermano que tanto te agradece y admira, recibe un gran abrazo y nuestro cariño.
Tú sabes mucho y muy bien del tema que hoy vamos a tratar: los laicos.

Monseñor José Siro.


Este año quiero reflexionar con Uds., Sacerdotes, religiosas, laicos comprometidos y fieles todos, la grandeza del estado laical. Como quiere la Iglesia que consideremos y tratemos al laico.
Lo que tuvo lugar durante la Última Cena ha hecho que el Sacerdocio de Cristo sea un Sacramento de la Iglesia, Este ha venido a ser signo de su identidad hasta el fin de los tiempos y fuente de aquella vida en el Espíritu, que la Iglesia recibe incesantemente del Señor. De esta vida participan todos aquellos que en Cristo, constituyen la Iglesia. Todos participan del Sacerdocio de Cristo, y tal participación significa que, mediante el bautismo (de agua y de espíritu) Jn. 3-5 han sido consagrados para ofrecer los sacrificios espirituales en unión con el Único Sacrificio de la Redención en el que se ha ofrecido Cristo mismo. Todos como pueblo mesiánico de la Nueva Alianza, participamos en Cristo de “sacerdocio real” (1ra. de Pedro, 2-9). En la Constitución dogmática Lumen Gentium el Concilio Vaticano II ha recordado la diferencia que hay entre el sacerdocio común de todos los bautizados y el sacerdocio que se recibe con el Sacramento del Orden. El Concilio llama a este último “Sacerdocio Ministerial”, lo cual designa a la vez oficio y servicio, y es también jerárquico, en el sentido de servicio sagrado. En efecto, jerárquico significa gobierno sagrado que en la Iglesia es servicio.
Recordemos el conocido texto conciliar: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no solo en grado, se ordenan, sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo.
“El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, celebra el sacrificio eucarístico de la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los Sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante (Lumen Gentium 10 – Christifideles laicis 22).
Durante el Triduo Sacro se presenta a los ojos de nuestra fe al único sacerdocio de la Alianza Nueva y eterna, que es Cristo mismo.
Ahora bien, precisamente este único sacerdocio de Cristo es participado por todos en la Iglesia mediante el Sacramento del bautismo. Si bien las palabras “Sacerdote tomado de entre los hombres” se refiere a cada uno de nosotros que participamos del sacerdocio ministerial, indican ante todo la pertenencia al pueblo mesiánico, al sacerdocio real; e indican también “nuestro enraizamiento en el sacerdocio común de los fieles”, que es el origen de la llamada de cada uno de nosotros al ministerio sacerdotal.
Los fieles laicos son aquellos de entre los cuales cada uno de nosotros ha sido elegido; aquellos de entre los cuales ha surgido nuestro sacerdocio. En primer lugar están nuestros padres y demás familiares, así como tantas personas del ambiente social de origen, ambiente humano y cristiano y a veces descristianizado, como sucede en nuestros días. En efecto, la vocación sacerdotal no siempre nace en una atmósfera propicia; en ocasiones la gracia de la vocación pasa a través de un contraste con el ambiente, incluso a través de la resistencia, encontrada en las mismos familiares.
Además de las muchas personas que conocemos y podemos identificar personalmente a lo largo del camino de nuestra vocación, existen otras muchas que no conocemos. Nunca podremos precisar a quién debemos la gracia de la vocación. Sí, hermanos, nosotros somos deudores, Nacemos del corazón del Redentor y al mismo tiempo, nacemos del seno de la Iglesia, pueblo sacerdotal. Este pueblo es el terreno espiritual de las vocaciones, la tierra cultivada por el Espíritu Santo, Paráclito de la Iglesia, Santo al final de los tiempos.
El pueblo de Dios se alegra por las vocaciones sacerdotales de sus hijos.
En las vocaciones éste pueblo comprueba la propia vitalidad en el Espíritu Santo; halla la confirmación del Sacerdocio real mediante el cual Cristo, Sumo Sacerdote de los bienes futuros, está presente en la historia humana y en las comunidades cristianas. También Cristo fue elegido de entre los hombres. Es el Hijo del hombre, el Hijo de la Virgen María.
Pero he aquí que a veces no son suficientes las vocaciones sacerdotales y es allí, como en nuestra Diócesis, en nuestra Cuba en general, donde la Iglesia ha de hacerse particularmente solícita, como decía el Papa Juan Pablo II. De hecho se hace muy solícita, y en esta solicitud han de participar igualmente los laicos cristianos. A éste respecto el Sínodo de los Obispos de 1987 ha hecho oir su voz con palabras elocuentes, no solamente por parte de los obispos y sacerdotes, sino también por parte de varios laicos.
Al mismo tiempo esta solicitud da testimonio de lo que significa el Sacerdote para los laicos; da testimonio de su identidad, de su dimensión comunitaria y social, pues el Sacerdote “es tomado de entre los hombres y está puesto a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios (Heb. 5-1)
Cada uno de nosotros, que mediante la ordenación sacramental participa del sacerdocio de Cristo, debe tener siempre presente este signo de la misión redentora de Cristo. Pues nosotros, cada uno de nosotros, también hemos sido constituidos “a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios”. El Concilio Vaticano II afirma justamente que “los laicos tienen el derecho de recibir con abundancia de los Sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia” en particular la Palabra de Dios y los Sacramentos (Lumen Gentium 37). En esta dimensión debe realizarse la plena autenticidad de nuestra vocación, de nuestro lugar en la Iglesia.
De ningún modo se trata de la “laicización del clero”, como no se trata tampoco de la “clericalización de los laicos”. La Iglesia se desarrolla orgánicamente según el principio de la multiplicidad y diversidad de los dones, o sea de los carismas (Christifideles laicis 21.23).
Por tanto, es necesario que hoy, en un día tan especial y tan lleno de profundos contenidos espirituales para nosotros, sacerdotes y fieles laicos, meditemos una vez más y profundamente, sobre el carácter particular de nuestra vocación y de nuestro servicio sacerdotal.
Los Presbíteros, enseña el Concilio Vat. II, por su propio ministerio están obligados a “no configurarse con este siglo”; pero al mismo tiempo están obligados a vivir entre los hombres (Presbit Ord. 31). En la vocación sacerdotal de un pastor debe haber un lugar especial para los laicos y para su laicidad que es también un gran bien de la Iglesia.
Esta actitud acogedora, oiganme bien, hermanos, es signo de la vocación del sacerdote como pastor.
El Concilio Vat. II y los últimos documentos magisteriales de la Iglesia han demostrado con gran claridad que la “laicidad fundamentada en los sacramentos del bautismo y de la confirmación, la laicidad como dimensión de la participación común del sacerdocio de Cristo, constituye lo esencial de la vocación de todos los fieles laicos. Y los sacerdotes no podrían ser ministros de Cristo sino fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena y al mismo tiempo tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos.
Esto indica precisamente aquella acogida de la laicidad que debe estar profundamente inscrita en la vocación sacerdotal de cada pastor, la acogida de todo aquello con que se expresa esta laicidad.
En todo esto el sacerdote debe intentar reconocer la verdadera dignidad cristiana (Lumen Gentium 18) de cada uno de sus hermanos y hermanas laicos como miembros de un solo y mismo cuerpo de Cristo, cuya edificación ha sido encomendada a todos (Presb. Ord. 9).
Desarrollando dentro de sí esta actitud hacia todos los fieles laicos y su laicidad, marcados también estos por el don de la vocación recibida de Cristo, el sacerdote puede realizar la “labor social que está unida a su vocación de pastor”. Es decir, puede reunir a las comunidades cristianas a las que es enviado. El Concilio pone de relieve en diversos lugares esta labor. Los sacerdotes, ejerciendo... el oficio de Cristo... reúnen la familia de Dios, como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu (Lumen Gentium 28)


Este reunir es servicio. Cada uno de nosotros debe ser consciente de reunir a la Comunidad, no alrededor de sí mismo, sino de Cristo, y no para sí mismo, sino para Cristo, para que El mismo pueda actuar en esta Comunidad y a la vez en cada uno, con el poder del Espíritu Paráclito y según el don recibido por cada uno de este Espíritu, para el provecho común.
Este reunir se entiende, no como algo circunstancial, sino como una constante y coherente edificación de la comunidad. Precisamente aquí es indispensable la colaboración de la que se habla en el texto conciliar y en las posteriores enseñanzas de la Iglesia. También aquí, queridos hermanos, debemos descubrir con sentido de fe, reconocer con gozo y fomentar con diligencia los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos.
Encomendemos, según estas enseñanzas nos indican, igualmente con confianza a los laicos funciones en servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y campo de acción.
Refiriéndose a las palabras de San Pablo, el Concilio recuerda a los presbíteros que “están puestos en medio de los laicos para llevarlos a todos a la unidad de la caridad, amándose unos a otros con caridad fraternal y unos a otros previniéndose en las muestras de deferencia (Rom 12.10).
Ustedes, queridos sacerdotes, conocen perfectamente cuánto contribuyen los laicos al bien de la Iglesia entera. Saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo (Lumen Gentium 11 30).
Promoviendo la dignidad y responsabilidad de los laicos “recurran gustosamente a su prudente consejo”. Todos los pastores –obispos y sacerdotes- exponen al mundo el rostro de la Iglesia, que es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje cristiano(Gaudiun et Spes 43) De esta manera se “robustece en los laicos el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores (Lumen Gentium 37)
Los tiempos que se avecinan para nuestra Iglesia, la responsabilidad de enfrentarlos y no evadirlos nos deben preparar para, confiando en nuestros laicos, vinculados por su vocación a este mundo de manera distinta a la nuestra, buscar la transformación del mundo, en este caso la suerte de nuestra Patria, con el Espíritu del Evangelio.
Ellos vienen para encontrar en la Eucaristía, de la cual somos ministros por la gracia de Cristo, la luz y la fuerza para realizar esta obra.
Pensando en ellos, renovemos en el altar, en todos los altares de nuestra Iglesia diocesana, el ministerio redentor de Cristo. Renovémoslo confiando en el amor dulce y tierno de nuestra Madre la Santísima Virgen de la Caridad y en la intercesión de nuestro querido Patrono San Rosendo.
AMEN.

 

 

Revista Vitral No. 72 * año XII * marzo-abril de 2006