Palabras de Amauri F. Gutiérrez Coto en la presentación de la Metafísica del Padre Félix Varela publicada por Ediciones Vitral
Quiero empezar agradeciendo a la Iglesia que peregrina en Pinar del Río y, especialmente, a Vitral en las personas de Dagoberto Valdés y de Virgilio Toledo y, en general, a todos los implicados en este aporte al pensamiento cubano; al Dr. Amaury Carbón Sierra, que nos regaló la noticia de su hallazgo y nos ofreció su excelente traducción y, por último, no quiero dejar de mencionar al P. José Conrado que acogió con gran entusiasmo la encomienda de escribir las palabras introductorias a la obra.
Vitral tiene una larga trayectoria en la difusión de la obra vareliana. Ha dado a conocer valiosos textos sobre Varela de Dulce María Loynaz, de Federico Mayor Zaragoza, de Mons. Manuel Hilario de Céspedes y García-Menocal, Mons. Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal, Mons. Alfredo Petit Vergel, José Manuel Santalices, entre muchos otros menos conocidos y cuyo aporte también se ha hecho sentir. Como parte de ese empeño continuado a lo largo de todos estos años se publica hoy la Metafísica del Padre Varela.
Sorprende la enorme relativización de los valores que hay en las nuevas generaciones, incluso entre aquellos del mundo que algunos llaman civilizado. Este es un fenómeno exclusivo de nuestra sociedad, también está presente en cualquier otro sitio del mundo. Es un signo general de estos tiempos. Me sorprende que en una clase de Ética o Filosofía un grupo de adolescentes se cuestione seriamente si un hombre o mujer tienen el derecho de aceptar ser devorados, literalmente devorados, por un congénere con un acuerdo previo mutuo y se pregunten si este asunto es privado o público con la mayor tranquilidad. No se trata que se discuta sobre el derecho que el hombre tiene o no al suicidio. Se trata de llegar hasta los límites más insospechados del relativismo. Sin dudas, se manifiesta así el reino del relativismo axiológico absoluto. No se trata simplemente de un relativismo moral sino de un relativismo axiológico absoluto. No debe extrañarnos que estemos frente a una nueva generación global que no reconoce en los valores más que un concepto sin ningún referente en la realidad y sin ningún peso axiológico por sí mismo. Se trata del extremo de la relativización. Ese es el problema central que enfrenta la Iglesia en el mundo de hoy, como lo reconoce SS. Benedicto XVI.
Publicar hoy un libro de Metafísica significa privilegiar aquella parte de la Filosofía que se encarga del fundamento último de las cosas, de los primeros principios. Se trata de una reivindicación de la posibilidad de alcanzar las verdades eternas. Eso es lo que representa la publicación de una metafísica en el contexto actual. Se trata de ese afán, esa búsqueda. Se trata de la certeza de saber que la esencia de la verdad misma no está en el discurrir sino en el peso axiológico de los valores y su fundamento en la realidad. Independientemente de la postura que se tenga frente a la metafísica misma, aceptarla supone aferrarse, con cierto romanticismo dirían algunos, a la posibilidad de lograr una verdad cierta con fundamento real. Esta publicación que hoy sale a la luz es una manifestación de esa ansia, de esa necesidad incontenible.
Esta Metafísica aparece en un mundo que ya no cree en ella y lo hace para dar testimonio de una ambición, más que para destacar ciertas verdades dichas allí muy magistralmente. No se trata de mostrar un conocimiento anquilosado y una perspectiva arcaica de lo que es la Filosofía. No se trata de hacer una arqueología de las ideas con la sola intención de observar cierta evolución en el tiempo del pensamiento vareliano. Se trata de reconocer la capacidad del razonamiento humano para hallar los primeros principios de la realidad y una verdad perenne que está más allá de lo temporal. Esta obra de Varela, con independencia de aquellos aspectos que puedan ser superados en el futuro, es un fiel testimonio de un deseo.
La búsqueda de la verdad es una exigencia antropológica del hombre. Por ser personas, buscamos la verdad. Nos es tan necesaria y cotidiana como el comer o el dormir. La presente publicación de la Metafísca de Varela persigue calmar esa sed, esa exigencia del hombre de hoy, que cree haberla hallado en la relativización de la realidad.
La labor de Varela en favor de la enseñanza de las ciencias experimentales, que en su época todavía pertenecían al ámbito de la filosofía, ha opacado su estrecho vínculo con ciertas verdades tomistas. No olvidemos las bellas palabras que le dedicó SS. Juan Pablo en la Encíclica Fides et Ratio a la metafísica tomista las cuales reaparecen en el texto vareliano como signo visible de su cercanía con el Magisterio de la Iglesia. Su reacción contra la escolástica fue más una reacción contra un método docente que contra una verdad filosófica y esto se percibe a través de la metafísica implícita en su obra Lecciones de Filosofía Ecléctica. El enorme peso de su aporte pedagógico ha opacado su aporte filosófico pues este último se ha reducido a la introducción del método ecléctico que en definitiva no es otra cosa que un método de enseñanza más plural frente a la rigidez docente de la escolástica. Este tema merece una atención especial en el futuro.
Hace un tiempo conversando ocasionalmente con el Dr. Amaury Carbón Sierra que ahora nos acompaña, me recordaba que esa escolástica tan criticada había dado de sí a lo más revolucionario del siglo XIX cubano. A esa escolástica tan estigmatizada por la historiografía reciente, le debemos mucho. Fieles a esa deuda no la debemos valorar ligeramente como algo del pasado, sino en cuanto a sus posibilidades de germen. Para ese estudio futuro, lo primero que hay que hacer es rescatarla y conocerla. La filosofía escolástica, que se enseñaba en Cuba y que fue la fuente prístina de Varela y de muchos otros cubanos dignos, es hoy una desconocida.
Lo anterior nos plantea un problema que va más allá de la investigación histórica o filosófica de un tema. Para rescatarla no solo hay que estimular la investigación por parte de los interesados, también hay que dar a conocer públicamente sus resultados. Eso solo sería posible a través de becas de investigación con una dotación económica lo suficientemente atractiva para que los investigadores, que trabajan por vocación en un tema y viven de otros, se sintieran tentados de consagrarse íntegramente a ese rescate.
La Iglesia podría colaborar activamente en ese rescate, si se tiene en cuenta que su estudio se centra en las principales figuras de la intelectualidad católica cubana de todos los tiempos. Eso estimularía también el desarrollo de cierta intelectualidad católica joven que trabaja aisladamente desde sus comunidades eclesiales de base. La historia de la cultura católica cubana que otrora estaba llena de grandes nombres, como los de José María Chacón y Calvo, las Hermanas García Tuduri, Max Henríquez Ureña y muchos otros, podría poco a poco ir formando jóvenes capaces de conservar y trasmitir el rico patrimonio de la encarnación del Evangelio en la cultura cubana. Esta obra publicada, junto a otras que ha visto la luz gracias a Ediciones Vitral, es un ejemplo de lo que hace la Iglesia en Cuba por la pastoral de la cultura.
(Pronunciadas en la S. M. I .Catedral de Pinar del Río, el sábado 25 de febrero de 2006, en el 153 aniversario de la muerte del P. Varela)