“(…) en lugar de considerar el debate como obstáculo
en el camino a la acción, lo consideramos un paso preliminar
indispensable a cualquier acción prudente.”
Pericles (429-425 aC)
Cada vez se hace más raro encontrar una sociedad contemporánea donde el debate de ideas, o mejor dicho, una cultura del debate de ideas, no sea uno de los elementos más importantes para el avance de la vida política, económica y social de cualquier país.
Las sociedades, por supuesto, se agencian de diversas maneras para facilitar esa cultura. A mi juicio hay criterios y normas comunes que, de manera general, me propongo compartir aquí, a través de un sencillo desarrollo de lo que considero los tópicos más medulares. Veamos:
Qué implica
Ante todo, preparación, porque el debate es un diálogo ordenado entre personas con ideas diversas preelaboradas. Esta diversidad se mide, precisamente, por la fundamentación responsable y sincera de propuestas y criterios, mientras más disímiles mejor; de lo contrario estamos en presencia de una conversación, que pudiera ser buena, no lo dudo, pero nunca llegaría a ser debate. La rutina de “más de lo mismo” y las “verdades” que no admiten otras, son el anestésico predilecto para dormir al debate.
El debate debe entrañar nuevas propuestas que conduzcan a un avance o progreso, lo inverso, no daría sentido al esfuerzo que ello implica. Hay algo más, también es necesario que dos personas no pretendan hablar al mismo tiempo ni que una de ellas intervenga largo rato. Por último, la necesaria presencia de un moderador que fije las reglas del juego.
Espacios
Un debate de ideas necesita espacios con cierto grado de reconocimiento oficial. No se puede hablar de cultura del debate sin contar con recursos y espacio; los medios de comunicación masiva a través de los periódicos, la radio, la TV, el cine, entre otros, están entre los de mayor importancia, por sus posibilidades, para emitir la diversidad de pensamiento hacia y desde la población. Cualquier manera de trasmitir información para promover debate debe estar abierta a las interacciones sociales —a todos los niveles— de la vida cotidiana y no cerrarse al excesivo centralismo de arriba-abajo en las decisiones estratégicas. Lo primero garantiza inclusión ciudadana, lo segundo la excluye.
El diseño político de cualquier sociedad no puede encasillarse en ideas rígidas o pre-fabricadas que reduzcan el debate, porque detiene o disturbia la vida social.
Qué ofrece
Yo distingo dos dimensiones o niveles que están articulados:
Para un grupo le brinda la posibilidad a cada cual de expresar sus ideas, experiencias e información y le permite una participación activa, sobre todo educativa, del tema en bien de todos, sea en la familia, el trabajo, la escuela…
Para un país le da identidad, personalidad propia; la nación logra comprender sus problemas y las posibles soluciones a través de los mecanismos de que dispone la sociedad. Además, todo debate aspira a construir algo nuevo sobre la base del acuerdo colectivo; el debate abierto, profundo y transparente ofrece al resto de la sociedad una comprensión más acertada de los asuntos que están siendo motivo de preocupación y por ende, esperanza para su solución.
Aprendizaje
Aprender a debatir es un proceso complejo y continuo de un nuevo saber, lo cual indica también la incorporación de nuevos valores. Por eso cuesta trabajo aprender a proponer un punto de vista diferente al de otra persona.
De lo que se trata entonces, entre otras cosas, es de educar para escuchar y decir, no con la intención de hacer prevalecer una idea – lo cual no niega argumentar y defender la postura planteada —, sino también con el ánimo de comprender lo que el otro quiere expresar. De manera que la intención debe girar hacia la búsqueda de verdades compartidas, y eso funciona bien sólo si los involucrados son educados para ello en la familia y en la escuela, como puntas de lanza, y después en el trabajo, en la universidad, en la calle, etc., etc., con materiales expresamente concebidos para incentivar la formación ciudadana en la polémica pública o privada.
También tener presente que lo que está en discusión es un tema y no las personas. En ocasiones el debate no avanza porque se convierte en un ajuste de cuentas entre las personas implicadas. ¡No importa quién lo diga sino la seriedad y credibilidad de lo que dice!
Por último, cuando la educación adquiere rasgos autoritarios no ayuda a cultivar lo intrínseco del debate de ideas, sino al contrario, confunde, lastra, mutila o fragmenta la verdadera riqueza, conformando una autocensura o auto-represión. Las consecuencias negativas para la integridad sicológica de la persona y, por supuesto, de la sociedad, son, a mediano y largo plazo, muy difíciles de recuperar.
Límites
Los temas coherentes con participantes no afines, es decir, personas con criterios diferentes sobre un mismo asunto, hacen que el debate de ideas fluya libremente teniendo como único margen el respeto y la cordura, fuera de ellos no debe imponérsele más límites. Ya la historia de la humanidad ha dado suficientes ejemplos de que cuando se pretende limitar el debate, las consecuencias son desastrosas.
El debate es un ejercicio democrático, teniendo como uno de los derechos y deberes de todo miembro —al menos así está dispuesto— la posibilidad de participar directamente, pero, incluso, cuando los límites físicos de determinados diseños no permitan hacerlo, existen o se crean diversas vías para que puedan insertarse indirectamente. De esta manera todo ciudadano se convierte potencialmente en protagonista del debate público de su país.
Comentario
No quisiera finalizar sin antes escribir dos cosas: una, que no dudo que queden aspectos por abordar ni que estos, u otros, sean sencillos, porque sostener cualquier debate es sumamente delicado y difícil, mucho más cuando se pretende hacerlo “cara a cara”. Ya se ha escrito —incluso mejor— y hablado ampliamente sobre esta situación, la cual es merecedora de atención. Quedo complacido, entonces, si con estas ideas se logra aportar un granito de arena a la argumentación y necesidad de fomentar una cultura para dialogar y debatir; lo segundo es que en la actualidad cubana la “Batalla de Ideas”, tiene un rol protagónico y esto merece, al menos, una elemental y breve observación sobre el significado de las palabras. La “batalla”, a mi juicio, llama al combate, porque es un término que proviene del lenguaje militar e implica, de por sí, un enfrentamiento de posturas irreconciliables, no negociables ni consensuales. Un encuentro para debatir ideas inmersas en una “batalla” conduce a un conflicto violento y no permite articular de manera viable lo que este artículo ha pretendido resaltar. Por eso, batalla es una cosa y debate otra.
Baste decir que un genuino debate debe aspirar, como fin, sentar y dar el mismo derecho de expresión a un cristiano y un ateo sobre el tema de la religión; o a un capitalista y un socialista sobre el liberalismo; o a un especialista sobre la defensa de las acciones globalizadotas del FMI y otro en contra. Con sólo tener como eje central la ética, el debate debe salir exitoso porque no hay vencidos ni vencedores, sólo argumentos de uno y otro lado. Todo elemento aportado en un debate podría ser útil para posibilitar la continua construcción y desarrollo de una sociedad más justa, con pensamiento crítico hacia una cultura del respeto a las diferencias. Sencillamente esa es la ganancia. Los ejemplos en la vida pública y privada pudieran ser interminables y las variantes inacabables.
Por ello, en estos claros-oscuros de nuestra realidad, se hace necesario preguntarnos qué hacer y cómo adentrarnos más y más hacia la cultura del debate, aún cuando se esté sumido en la “batalla”. No es fácil, pero es posible. En esta presurosa e improvisada cotidianidad parece inalcanzable, pero no lo es. Quizás, la sensación de impotencia acude cuando no se practica o ejercita. No dudo que algo se está haciendo, pero poco y generalmente pobre. La necesidad exige más espacios, voces y criterios propios para que emerjan nuevas y variadas perspectivas de construcción social, política y económica. En ello radica el desafío actual.