Guajira canadiense
De vuelta en el pueblo está
una guajira de aquí,
que hace un año, o algo así,
se fue para Canadá.
¡Por Dios! ¡qué cambiada va!
¡qué mujer tan dulce y fina!
le molesta esa gallina,
no se lava en palanganas,
le tiene miedo a las ranas
y no soporta la harina.
No habla a ninguna vecina,
casi no entiende español;
le hace mucho daño el sol
y extraña la limosina.
El juanete le rechina
comprimido en la gamuza;
ya se olvidó que la tusa
fue siempre una amiga fiel,
y como aquí no hay papel,
se limpia con el pitusa.
No visitó a Maricusa,
su amiga y fiel compañera,
porque en esa bejuquera
se puede ensuciar la blusa.
Por donde hay fango no cruza,
ni orina en el matorral;
también se pone muy mal
si hay que pasar un arroyo,
y siente náuseas si un pollo
se hace caca en el portal.
No come arroz ni tamal,
y ayer la niña, por poco,
se desmaya por un moco
pegado en un delantal.
Después con un recital
de rock se pone melosa.
Y mientras sueña dichosa
al compás de John Secada,
tararea la tonada
del Profesor Espinosa.
El tío de Miami
Cuando tío se marchó,
allá por el año ochenta,
su marcha fue tal afrenta
que nadie lo perdonó.
La patria lo desterró,
el tío era un patricida;
lo perdió todo en la huida
buscando horizontes nuevos,
y un aguacero de huevos
se llevó por despedida.
Tío reanudó su vida,
sin patria, madre ni hermanos;
llevaba sólo dos manos
y una existencia sufrida.
De la familia querida
nadie más lo recordó.
La cabeza le blanqueó
allá lejos de su gente;
y nunca un solo pariente
sus cartas le contestó.
Hoy todo eso cambió,
nada en la vida es igual;
el Período Especial
a todos nos transformó.
El tío que traicionó
ya no es una gente mala,
lo medimos en escala
US Dollar - Cuban Peso;
algunos creen que por eso
volvió su foto a la sala.
Tío va cogiendo ala;
si ayer regresar fue sueño,
hoy regresa como dueño,
y personaje de gala.
Su coche como una bala
vuela, saluda al gentío.
¡Mira aquel!, es tío mío,
siempre nos trae un regalo.
¿Quién dice que tío es malo?
¡Cómo queremos a tío!
Doña nadie sin nada
Perdida entre mil detalles
del paisaje pueblerino,
va arrastrando su destino
por el polvo de las calles.
Pasos que parecen ayes
en un templo de Astarté;
allá en la curva se ve
su choza que ya se inclina;
nadie en el pueblo imagina
como aquello está de pie.
Por mero acto de fe
sostiene vivos los huesos
con la pensión de unos pesos
y algo más que Dios le dé.
La juventud que se fue,
la piel que forra un osario,
un marido presidiario,
ni un solo pariente fuera,
ni una hija jinetera,
ni más nada en su inventario.
Sin un trapo en el armario,
se muere de hambre y no roba;
si encuentra un pelo de escoba,
se lo lleva al propietario.
Va con su andar solitario
de triste Patito Feo,
sin la prisa de un deseo,
resignada y con donaire,
vive muriendo del aire
como un pez en un museo.
Decadencia en apogeo,
sin ansiedades ni estrés;
va muerta y muere otra vez,
porque era sólo un mareo.
La muerte con su ajetreo
la mira y no la concibe;
abre su libro y la inscribe
en vida como difunta
y a sí misma se pregunta:
¡Virgen Santa! ¿De qué vive?
Juana tres lenguas
Parada en la esquina está,
la dicen Juana Tres Lenguas,
siempre difundiendo menguas
del que viene o del que va.
Quien pase no escapará
de las fauces de esa loca.
Su carne es flácida y poca,
pero el pueblo la respeta,
por la temible saeta
que lleva lista en la boca.
La honra que Juana toca,
con su órgano del gusto,
si no muere pasa un susto,
aunque se vista de roca.
Quien su trayectoria evoca,
llega en forma simple y llana
a concluir que la Juana,
engendro de mil demonios,
ha roto más matrimonios
que el tribunal de La Habana.
Según la lengua de Juana,
siempre destilando hiel,
no existe casada fiel
ni en telas de filigrana.
La moral es cosa vana
de rococó linajudo.
Difama en lenguaje crudo
al pariente y al vecino.
El cura es un libertino
y cada esposo un cornudo.
Hoy Juana es un radio mudo,
porque, de tanto que habló,
Dios al fin la castigó
y le hizo en la boca un nudo.
La pobre Juana no pudo
aceptar su propio mal;
ya no sale ni al portal;
está vieja y abatida:
la hija mayor tiene SIDA,
y el hijo es homosexual.
El santero
¿Qué pueblo del interior
no lleva un santero a bordo?,
de ésos que si el lío es gordo,
resuelve más que un doctor.
Lo mismo alivia un dolor
que cualquier tipo de mal,
y hay en él confianza tal
en el pueblo y veguerío,
que la cola en su bohío
es más que en el hospital.
El santero atiende igual
al rico y al sin peseta;
el fármaco que él receta
se compra en el yerbazal.
Es hombre honrado y cabal,
y con cierta educación.
Yo no sé con precisión
si es con Dios o los demonios,
pero arregla matrimonios
o los lleva a perdición.
Alivia el mal del riñón,
y sus poderes son tales,
que también alivia males
del alma y del corazón.
Es un experto en cuestión
de frigidez e impotencia,
y es bien amplia la creencia,
en toda la vecindad,
que el mal de esterilidad
cura mejor que la ciencia.
Se sabe de la experiencia
de un hombre y una mujer,
impedidos de tener
una mutua descendencia.
El santero, con paciencia,
hizo al marido yerbero;
le enseñó el herbario entero,
y a nueve meses del trato,
la mujer parió un mulato
que era idéntico al santero.