Revista Vitral No. 73 * año XIII * mayo-junio de 2006


LECTURAS

 

LAS DÉCIMAS DE LEZAMA

JOSÉ PRATS SARIOL

“Un espacio dentro del cielo”. técnica mixta, 1, 40x 1,50 cms. 1998. Obra de Humberto Hernández (El Negro).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al conmemorar el 30 aniversario de su muerte…

Why do we need to mean? / what is meaning? se preguntaba Neeli Cherkovski en el poema” El amigo de Bukowski y de las fronteras rotas condenaba las manías escolares de buscar siempre significados, de preguntarnos por el significado, por el siempre inefable“. Cometería un imperdonable desliz antidélfico si tratara de alejar las espinelas lezamianas de su proposición contracultural, es decir, de su impertérrita obsesión por no dejar de ser José Andrés Lezama Lima.
En este mundo cada vez menos individual, la herejía de una voz singular no necesita que le busquemos lo que significa dentro del canon y el agón. Las ochenta y tantas décimas que escribiera no son un significado aparte dentro de su fuerte obra, nada en ella es ajeno, distinto a Lezama. Nunca un autor cubano (y pocos en cualquier lengua) ha conseguido un timbre tan identificable hasta en textos ocasionales o bajo formas que se remontan a los finales del siglo XVI.
Pero advierto (al tratarse, hasta donde sé, del primer acercamiento crítico a sus décimas) que, como cualquier otra zona de sus versos, tampoco está indemne a las exégesis parcializadas, a las lecturas o interpretaciones con derecho a elegir. Por ambas razones mi desvío por la estrofa prefiere seguirla por el vericueto cronológico para, desde esa vuelta del cilindro presocrático, lanzar algunas flechas contraculturales contra lémures y contextualizaciones represivas, ahora asentados en el ciberespacio, mucho más peligroso (despersonalizador) que la Galaxia Gutenberg.
Aquí aparece otra paradoja, menos grave que la de cultura y contracultura. No creo que exista ninguna persona que admire más a Lezama que yo, aunque sé que algunas lo han conocido mejor, como Fina García Marruz y Cintio Vitier. Pero de ahí a fanatizarme con sus escritos, bajo la tutela de su genialidad, va un trecho enorme. Unas cuantas de las décimas no me gustan y ahora, cuando avance por ellas, tendré oportunidad de argumentarlas por elusión, por omisión que se sabe subjetiva.
Conté 87 décimas, entre las tres de “La mañana que no es mía”, fechadas en julio y 1931, los dos bocetos sin datas de una “Décima que es felicitación a Juan Ramón” (Jiménez), y la última que escribiera: “lo que no te nombra” (una de las mejores), escrita en diciembre y 1972, recogida en el póstumo Fragmentos a su imán, cuya primera edición fuera de Cuba apareció en México, con hermoso prólogo de Octavio Paz (“Refutación a los espejos”), en 1977. Excluyo, desde luego, poemas contiguos como sonetillos, redondillas sueltas y otras combinaciones de arte menor: copla real, quintillas, sextinas, redondillas. Los filólogos seguidores del acucioso e hispanófilo TNT (Tomás Navarro Tomás) podrán advertir que las combinaciones rítmicas, tras el oído pasmoso de Rubén Darío, también son libres; así como las rimas, aunque mantiene en muchas la consonancia y casi siempre la medida.
Y una última paradoja antes de empezar a caminar de diez en diez: A pesar de las exigencias culteranas fijadas por don Vicente Espinel, la décima es la combinación más popular en Cuba, su punto enaltece a la guitarra de nuestros campos, es el alma oral de nuestras tradiciones guajiras. Lírica y épica, sátira y controversia dramática, tienen en décimas criollas (cantadas o recitadas) una saga que se desdibuja antes de nuestro movimiento romántico y que aun llega a este terrorífico siglo XXI. En Cuba sería imposible establecer un deslinde entre décima culta y popular, sería un disparate al que le tirarían “piñas hondureñas”, las más pútridas (afirmaba Lezama) al provenir de lo más hondo de la tierra.
Es sabido que el más relevante autor cubano del pasado siglo desautorizó los poemas que escribiera antes de Muerte de Narciso, publicado en la primera revista que fundara y dirigiera: Verbum, en 1937. Incluía en la elisión hasta los entregados a Juan Ramón Jiménez para su célebre y tan generosa (demasiado generosa) antología de la poesía cubana realizada durante su estancia habanera, en 1936. También prefirió alejarse del cuaderno que dejaría inédito: Inicio y escape (1927-32) y de otros poemas juveniles, bajo la sabia premisa (que nunca respetan los editores ni respetamos los estudiosos) de que aún su voz no era la suya.
Lezama, desde luego, tenía razón. Una razón ucrónica: El primero de sus versos que reconociera: “Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo”, con el que inicia Muerte de Narciso, puede revolverse durante casi cuatro décadas hasta los dos últimos que dejara en el cofre de tabaco: “Me duermo, en el tokonoma / evaporo el otro que sigue caminando”, del premonitorio y sobrecogedor El pabellón del vacío. Sólo un miembro del exclusivo Club Lezama podría distinguir fechas, y nunca señalar fases, evoluciones estilísticas en su Fijeza, salvo para arriesgarse a recibir las piñas hondureñas, pestilentes, que mejor reservamos para sus censores, sobre todo para los que durante el último lustro de su vida le prohibieron publicar en Cuba.
Aunque preferiría ignorar las décimas escritas antes de 1937, lo cierto es que algunas de ellas no son de las peores. Excluyo las tres de “La mañana que no es mía” y los bocetos de la décima a Juan Ramón. Pero vale reproducir la VII de las XVIII publicadas en la revista Grafos en mayo y 1936. Dice:

Papel en el agua va
destrenzando su sigilo,
se extiende, se acabará
voluptuoso hilo a hilo,
negándose se afirmará
en salino ímpetu helado,
recobrará su olvidado
plumón, su túmulo vago,
hasta llevar nuevo halago,
no al ojo, al ojo que ha escuchado.
Obsérvese cómo la poética posvanguardista se destrenza a lo Stepháne Mallarmé en la sinestesia final. Y no sólo se enmarca en una transgresión a la norma octosilábica en el último verso, sino en un reconocimiento a la pausa castellana en octava, lo que enlaza oralidad y escritura, pausa y espacio en blanco. Aquí se halla el boceto más nítido de lo que se modulará en decenas de poemas y ensayos, donde la vaguedad de sesgo modernista recibirá las surrealidades (creacionistas o ultraístas) para que su horno transmutativo las cocine, las vuelva lezamianas.
La primera décima reconocible (por él aceptada) tendrá que esperar a recogerse en 1960, tras Muerte de Narciso, Enemigo rumor, Aventuras sigilosas y La fijeza, es decir, hasta Dador en 1960. Lezama siempre privilegió el verso libre y blanco, excediendo la frontera en octava a pesar de su curva de entonación asmática, apoyándose en signos de puntuación o en la pausa de final de verso. Es en el poema “Ahora penetra” donde cierra con ella, pues antes sólo aparecen formas cercanas, como las cuartetas de “El retrato ovalado” o los sonetillos de “Los ojos del río tinto” y de “A la frialdad”. La proporción favorece de manera abrumadora al soneto, dentro de las composiciones clásicas. El endecasílabo y el alejandrino, en ese orden, predominan sobre el octosílabo, aunque un análisis rítmico podría mostrar cómo el trocaico no cede ante el dactílico, ante la tónica cada tercera.
La décima dice:

Del saco donde sumerge
Sócrates la cabezota
y el humo, si no se embota
la razón, que nos protege.
¡Líbranos de todo mal!
Suficientemente carnal
La abeja de la razón,
ya no vuelve y no protege.
Oh buitre, logistikón,
en tu seguir al que sigue.
“Ahora penetra” está compuesto por dos sonetos iniciales, de medidas disímiles, y esta décima final. El substrato carnavalesco arma el poema, la ausencia de límites es una de las obsesiones rastreables en casi toda su obra recordemos el “Carnaval del rubio Glucinio”, artículo clave publicado en 1938. El baile termina en el río, la alusión erótica del sabbat, del aquelarre. La pareja rompe la razón para que los sentidos se encabriten y despidan al buitre hasta que después, si acaso, reaparezca, cuando se vuelva a razonar, a reprimir. El Eros lezamiano, nunca expreso, nunca groseramente obvio, insinúa la resurrección de la carne, se vuelve herético de la religiosidad del autor, enciende el farol que “la tejedora morena”, en el soneto que precede a la décima, se pinta sola para (entre “sombras y tragos”) consumir.
Inmediatamente después de esta décima deliciosa en “Ahora penetra”, se hallan las tres de “Aparece Quevedo”, autor que Lezama conocía y admiraba, aunque nunca escribiese ningún ensayo sobre su obra, a diferencia de Garcilaso y Góngora, lo que podría hacer pensar (¿estrabismo o pereza?) que rechazaba su genio. El pareado que enlaza la cuarteta con la redondilla, en la primera de las tres, es suficientemente concluyente acerca de la admiración que siempre Quevedo despertó en el autor de Paradiso (novela que también tiene zonas picarescas y sueños dignos del enorme poeta castellano). Dicen los octosílabos: “su clavija ya rechina / si la sentencia adivina”. En la segunda décima (tras una zona en versos libres que entreteje un Padre Nuestro) Lezama invoca al amor, reconoce en los sonetos de Quevedo su inigualable lirismo, para en la tercera, antes de los cuartetos con los que finaliza todo el poema, convertir el énfasis del ritornello en homenaje: “y vuelve al llamarse amor”.
Es curioso advertir cómo un signo muy de los grandes poetas que suceden a las llamadas vanguardias, el juego libre con las formas tradicionales enlazadas al versolibrismo, pero todavía (salvo algunas excepciones) sin los alejamientos coloquialistas predominantes en los poetas de habla hispana que comenzarán a conocerse después de 1950, como Heberto Padilla o Juan Gelman, Jaime Gil de Biedma o José Hierro…
En “Visita de Baltasar Gracián” (cuya lectura formaría parte después de las obligatorias del Curso Délfico) se enlazarán cinco décimas con una coda en versos libres. Al jesuita zaragozano de El criticón Lezama le reconocería, como a la prosa de Quevedo, su primacía conceptista dentro del idioma, hasta que a finales del siglo XIX apareciera la de José Martí y después la de otros autores modernistas y de la generación del 98. El elogio del poema deja ver cuánto lo conocía, lo reconocía. Dice al principio: “Es el que quiere salir / y el siempre muy vigilado; / la anguila quiere venir / silbada por el candado”. La tercera décima es perfecta, tan caracterizadora como emblemática:

Tocando en la medianoche,
San Juan llegó al convento:
Abran me he escapado.
La fiesta de su granado.
Gracián escurre su coche,
la gracia no, el acento.
La gravedad y su sombra,
la sombra y el imprentero,
van sacando del tintero
la ceniza como alfombra.
Es en aquel libro de 1960, todavía editado con autonomía plena de las editoriales estatales, donde Lezama comienza a publicar los poemas de ocasión que venía escribiendo a algunos amigos. Todavía en esta primera entrega no todos son décimas, apenas las dos dedicadas al pintor Mariano Rodríguez, las tres para otro artista allegado: Alfredo Lozano, y las dos a su querida y cautivante poeta Fina García Marruz. Si unimos estas siete con las que después aparecerán en Fragmentos a su imán y las anteriores no recogidas hasta 1970, todas bajo el motivo de la confraternidad o de la querencia, nos encontramos con un signo clave de la eticidad de Lezama, no siempre correspondido: su valoración de la amistad, y de la lealtad, desde luego, como su parte esencial, inalterable. No todos los que merecieron aquellas décimas se mantuvieron fieles a su legado, pero ese pase de cuenta disgustaría a Lezama, que como buen cristiano pronto olvidaba afrentas y traiciones, sabía perdonar…
Entre las mejores, por cierto, no hay ninguna de las dedicadas a embusteros u oportunistas. Privilegio entre ellas, por su enorme calidad estética y afectiva, las dos “de la querencia” a su fiel amiga Fina García Marruz, la dedicada a otro fiel y honrado y talentoso dramaturgo: José Triana, la chispeante a Reinaldo Arenas… Y entre las “de la amistad” recogidas antes, me parece excelente la de Mariano (amigo sin titubeos, sobre cuya obra escribió ensayos decisivos, y cuyos versos iniciales frescos y precisos) con la aparente espontaneidad de los buenos improvisadores campesinos, cuentan de “Un gallo color ladrillo, / en su centro y su compás, / pitagórico tomillo / dijo: yo no espero más”.
Además de esta zona ocasional, dictada por el cariño, quedan las veinticuatro décimas vigorosas de “Agua oscura”, fechadas en abril y 1972, donde el símbolo recurrente, de estirpe dialéctica, se deja acariciar por la vista (su sentido decisivo, junto al paladar) para que el paisaje espiritual interiorice “un cielo de podredumbre”, la sobrevivencia del autor en su casa, donde la alegría es raspada cada noche por los escasos amigos que se atreven a burlarse de la represión desencadenada tras la entrada del país al “realismo socialista”. Allí “la noche entera deforme / y el rezo de los Dioscuros”. Allí “más que todo desdecir / el choque de verbo y aire, / como la pluma al desgaire / hace imposible mentir”. Allí (¿Quién podrá ocultar las evidencias?) “Alrededor de una paila, / un tridente sacamuelas” (podría haber sido la versión tropical de la hoz y el martillo) “enreda las entretelas / donde un gnomo vuelve y baila / tijereteando las telas”. Allí “el terror ya desigual”, la “ráfaga del sin sentido”… Allí Lezama soportando gobernaturas y clamando cambios, concluyendo a la vez: “Al penetrar con su lanza, / como una esperanza parva / al ciego de bienandanza”.
Quedan también las siete décimas de “Amanecer en Viñales”, productos excepcionales de uno de los raros momentos de alegría que tuvo en sus últimos años de vida, tras una invitación de su amigo el historiador Manuel Moreno Fraginals, en 1974, al hermoso valle pinareño que muchos años antes recreara en el poema “El arco invisible de Viñales”. Décimas jocosas y esperanzadas, traviesas y neblinosas, con tanto amor a su Isla como siempre, a pesar de saberse en un breve intervalo de la pesadilla.
Y queda la titulada “Lo que no te nombra”, con la que deseo cerrar este paseo por las espinelas lezamianas. Tal vez por su paradoja final es su décima más simbólica, más tropológica en tanto desvío de la “cultura”, de lo informe y plural, para volverse “contracultura”, sello individualizado de una sinécdoque donde la parte Lezama se hace totalidad y “se escombra” cuando no le nombra a él, a su otro. ¿Cuál es su significado? Si Neeli Cherkovski le respondiera, diría que “un montón de breve sombra”, lo que apenas sugiere (sin significar algo) que se trata “de una fiesta que no llega”, siempre pospuesta. Y sin “juzgar la criatura”. ¡Ah, los jueces! Me parece estar viendo y oyendo la risa de Lezama, su rondón eterno:

Buscando la tesitura
de una fiesta que no llega,
se presiente por la altura
una diosa que nos pega
al juzgar la criatura.
Borra el pájaro el borrón
y se acerca de rondón
a un montón de breve sombra.
Si es lo que no te nombra
es la estrella que se escombra.


 

 

Revista Vitral No. 73 * año XIII * mayo-junio de 2006
José Prats Sariol
(La Habana, 1946)
Ha publicado: Erótica (cuentos) 1987, que es el último libro suyo publicado en Cuba, y Mariel (novela, una de las cinco finalistas en el Concurso Internacional Rómulo Gallegos) 1997. Las penas de la joven Lila.También varios libros: ensayo, crítica literaria y arte.