Revista Vitral No. 73 * año XIII * mayo-junio de 2006


NUESTRA HISTORIA

 

PEDRO BORRÁS FALCÓN:
UNA LEYENDA EN LA PALMA

BELISARIO CARLOS PI LAGO

 

 

 

Vestía de traje y corbata, o de guayabera, según la estación. De aspecto descuidado, a veces hasta con los cordones de los zapatos sueltos. Hablaba sin pelos en la lengua y sin mucha preocupación por la ética del discurso. Su conversación y sus modales no delataban su inteligencia y cultura. Y bien poco parecía importarle.
Pedro Borrás Falcón llegó a La Palma a finales de los años treinta. No me consta, pero estoy seguro de que muchos lo tomaron por uno de esos médicos mediocres que llegan a sobrevivir en un rincón apartado, incapaces de mantenerse a la altura de la competencia en las grandes urbes.
Era natural de Manzanillo y debió nacer en la primera década del siglo XX. Se aclimató a La Palma con increíble facilidad; le gustó el ambiente o sus exigencias no eran muchas, ¿quién sabe?. Fue tan palmero como el Chorrerón o la Loma de la Yaya. Tuvo cuatro hijos, todos con su esposa Ana Astorga: Pucha (apodo, supongo), Magalys, Pedro y Sonia. Ignoro cuál o cuáles de ellos nacieron por acá o cuáles vinieron ya nacidos.
Muy pronto las contradicciones de su carácter anduvieron de boca en boca y el doctor Pedro Borrás se fue haciendo una celebridad local.
Con uno de aquellos antiguos equipos de fluoroscopia y unas pocas preguntas hacía un diagnóstico: “Eso yo lo curo en setenta y dos horas” o “Negrito, con éste no corran, que no lo salva ni el médico chino. Denle todo lo que pida, que le quedarán dos semanas”. Y la predicción se cumplía al pie de la letra,
Cuenta Alberto Costa Bomnín, ex periodista del diario Guerrillero:
“Una vez iba para La Lima en una mula, a ver a un paciente. Por el camino escuchó que alguien defecaba debajo de un árbol. – ¿Oyes esa forma de pujar?, – preguntó a su acompañante, – pues ese hombre es seguro candidato a una arteriosclerosis y muy pronto –. Dicho y hecho”.
Cosas como éstas dieron origen a la superstición de que «Borrás tiene cartas de más». Muchos le atribuían poderes sobrenaturales. Hacerse eco de tales puntos de vista restaría seriedad a este trabajo, pero lo cierto es que Borrás tuvo una capacidad de observación fuera de lo común. Era un experto cazador de síntomas, maestro de la auscultación. Escuchaba con atención al paciente y descubría un horcón donde otros no alcanzaban a ver una paja. Pasaba la mayor parte de su tiempo libre con un libro en la mano. Estuvo siempre actualizado en los últimos adelantos de la medicina y de la farmacología. Disertaba con desenvolvimiento sobre medicamentos que aún no existían en el mercado del país. Respeto lo que piensen otros pero, en mi opinión, éstas fueron sus artes de hechicería. No dudo que algún indiscreto lo interrogara sobre sus poderes y Borrás se haya hecho el malicioso, por tomarle el pelo, tal vez. De él se podía esperar eso y más. En toda leyenda siempre hay un punto de partida que nace muy cerca de lo real.

En la foto el doctor Pedro Borrás,
tercero de izquierda a derecha, participando
en la recuperación de los restos de siete hijos
de este pueblo, asesinados en el cuartel de La Palma.


Quien escribe estas líneas vio la luz del mundo gracias a los conocimientos y al arrojo de este médico de pueblo. Mi madre era una primeriza de treinta y tres años y yo, un varón de más de diez libras. Aún corrían los tiempos en que las mujeres daban a luz en casa, asistidas por una “partera”, entiéndase una vecina armada de un poco de valor y buena fe para cortar la placenta y lavar al recién nacido.
Mi partera se llamaba María Graverán y estuvo tres días asegurando que “la cría nueva está al salir”. Cuando se decidieron a llamar al médico Borrás, ya mi madre convulsionaba por la fiebre. “Coño, pongan a hervir un caldero de agua, que se va a morir”.
Borrás, con el doctor Ávalos por asistente, realizó un parto con fórceps sobre la mesa del comedor en una casa de guano y piso de tierra. Cuando me tuvo en sus manos yo estaba totalmente cianótico, envuelto en heces y había tragado líquido. Después de revivirme con varias nalgadas, exclamó con su desenfado habitual: “Vaya, éste sí puede decir que se cagó en su madre”. El color violeta oscuro persistió en mi piel durante varios días, lo que provocó un verdadero desfile de curiosos para ver “el negro que parió la mujer de Coco, el tabaquero”.
No puedo evadir otra anécdota personal. Tenía yo unos cinco años. No sé cómo me descubrieron todo el cuerpo lleno de unos nódulos como de a pulgada o más. Mi padre salió disparado y en pocos minutos regresó con Borrás, a quien ya yo había aprendido a temer como “el hombre que me mete la paleta en la boca y me manda inyecciones”. Mis mayores esperaban un diagnóstico sombrío, Todos lo conocían; él no andaba con paños tibios. “Miren pa’ esto, cará”. La cara risueña devolvió una dosis de tranquilidad. “Se lo puedo curar en veinticuatro horas, pero, para que esas pelotas de mierda no jodan más, se las vamos a curar en una semana”. No recuerdo qué me recetó, pero todo fue como él dijo. No he vuelto a oír de un caso similar, y, a tantos años, me parece que hoy en día, nada me hubiera salvado de unas cuantas semanas de pruebas y estudios en el William Soler u otro lugar especializado. Cuando volvió a verme, mis padres le preguntaron: “¿Qué puede haber sido eso, doctor?” En muy pocas palabras, explicó que todo era consecuencia de un trastorno hepático, y, cuando mis padres insistieron en detalles agregó: “El muchacho no va a tener eso nunca más. No me hagan ponerme a explicarles cosas que ustedes no van a entender”. Y se marchó.
Mi abuelo Atilano nunca lo perdonó. Fue en el año 1942, en plena Guerra Mundial, con el país minado por la escasez. Su hijo enfermó de unas fiebres palúdicas, y, entre purgantes y otros remedios, el muchacho se fue agravando. Borrás lo miró y explotó en uno de sus ex abruptos: “Si me hubieran llamado hace tres días yo lo salvo. Ahora, ¿qué coño quieren que haga?, ya está muerto”.
En casa de los campesinos era implacable: “Boten esos tibores de abajo de las camas, que se les va a podrir la casa” o “Denle un baño a esa vieja, que lo que la va a matar es la costra de churre”. Sin embargo, cuando veía la miseria, era incapaz de reprimir su buen corazón: “No me pagues nada, negrito (era el apelativo que siempre tenía a flor de labios para todos). Tú estás más jodío que yo. Coge ese peso y cómprate algo de comer”. Le daba dos palmaditas en el hombro y volvía espaldas. Otras veces, el precio de la consulta era un “dame lo que tú quieras”. Nunca puso obstáculo para ir hasta un paciente, ni aunque fueran las dos de la mañana y tuviera que andar diez kilómetros a caballo.
Siempre fue reacio a abusar de los vocablos científicos para dárselas de docto. Hablaba de ñáñaras, uñeros y sietecueros para que todos lo entendieran. Era defensor a ultranza de la lactancia materna: “Esos dos pellejos que Dios te puso en el pecho son para tu hijo, no para el cabrón de tu marido”, le dijo a una madre que le llevó un niño con diarreas, porque no toleraba la leche de vaca.
“¿Desde cuándo estás así?”, preguntaba siempre. “¿Por qué no habías ido al médico?”. Si le contestaban: “Sí, doctor, yo fui al doctor tal o más cual”, explotaba en indignación: “Óigame, usted fue al curandero. El médico soy yo”.
Era jocoso con ribetes de humor negro, a menudo, sarcástico. El maestro Córdova, su amigo, concibió la idea ilusoria de utilizar el agua de los arroyos de Cajálbana para envasarla como agua mineral. Llegó el momento en que no hablaba de otra cosa y Borrás le seguía la corriente, siempre en tono de burla. Ese día, consultaba a un niño con principios de gastroenteritis. Córdova entró y se sentó en el vestíbulo de la consulta hasta que el médico terminara su faena. Borrás lo vio por la comisura de la puerta y, fingiendo que ignoraba su presencia, se dirigió a la madre con estas palabras: “Durante una semana le das agua mineral, pero le das Lobatón, La Cotorra o El Copey. Que no se te vaya a ocurrir darle esa mierda de Cajálbana que un loco le anda haciendo propaganda por ahí”. Dicen que el maestro salió echando por su boca flores.
Más allá de la medicina era un hombre de profundos y múltiples conocimientos. Hablaba con fluidez el inglés y el francés y dominaba las matemáticas como todo un especialista. Después de viejo aprendió el ruso.
Existe constancia de que durante muchos años trabajó en un estudio sobre las lenguas autónomas de nuestro país, principalmente la taína que era la más rica y la que más vocablos insertó en nuestro idioma.
No tengo idea de cómo concluyó este intento, ni hasta qué nivel de terminación llegó la obra. Como en La Palma no existen nexos con lo que queda de esta familia, imagino que cualquier información al respecto está lejos de nuestro alcance.
El idioma fue, sin dudas, una preocupación constante en Borrás. Todos recuerdan el disgusto e indignación que expresaba todos los años, cuando Pedrito regresaba de los Estados Unidos hablando un español impregnado de acento inglés.
El muchacho en realidad no era culpable, pero él parece que lo tomaba por falta de cubanía o de identidad.
Cuentan que allá por los años de la guerra, un campesino entró a toda carrera al Ayuntamiento Municipal. Venía sin color en la cara y aseguró con nerviosismo que “Allá, en la vega mía, hay un hombre que ladra”. Enseguida partió una comisión en la que no faltaban el teniente de la Guardia Rural y otras personalidades, incluyendo al Alcalde. Sí, porque cuando aquello por todas partes se veían fantasmas de espías alemanes, como hoy de agentes de la CIA. De más está decir que el médico Borrás se involucró en la comitiva, tal vez con la idea de que encontraría un ejemplar digno de estudio, un fósil viviente, o algo por el estilo.
Al llegar al lugar se encontraron con un americano coleccionista de mariposas que descansaba tranquilamente sobre una piedra. Cuando el campesino oyó a Borrás y al gringo intercambiar las primeras frases en inglés, gritó horrorizado: “Escuchen, el médico también ladra”. “Cállese la boca, energúmeno”, dijo el galeno volviéndose, “aquí el único que ladra es usted”.
En 1961, Playa Girón convirtió a su hijo Pedrito en el mártir Pedro Borrás Astorga, cuyo nombre identifica a varios policlínicos y hospitales del país, incluyendo el de La Palma. Este hecho le turbó la mente con una psicosis de venganza que rozaba el límite de lo paranoico. No salía del campo de tiro. Lo obsesionaba la idea de matar enemigos.
A los pocos años se trasladó a vivir en la capital. Venía de vez en cuando a visitar sus amistades. Él mismo se diagnosticó un cáncer de garganta y decidió someterse a la operación en que le extirparon las cuerdas vocales. Articulaba sin fonación y se apoyaba en la mímica. Nunca aceptó el uso del vibrador o pito, ignoro por qué.
Cuando comenzaron a sentirse las limitaciones y privaciones de finales de los sesenta y principios de los setenta, venía a menudo en busca de provisiones. Todos querían ayudar a aquel hombre que tantos favores había hecho. Viajaba en un pequeño auto marca Skoda, de aquellos que vendieron a los médicos en los primeros años de la Revolución. Un día regresaba a la capital con el maletero lleno. No sé exactamente, pero supongo que se trataría de unas botellas de manteca, unas libras de frijoles, algún pedazo de carne o algo más de eso que suelen forrajear para su consumo los que no tienen vocación de traficantes. Al llegar a Bahía Honda fue detenido y se le confiscó todo lo que llevaba. Después, se supo quien era y le devolvieron sus cosas, pero, herido por el hecho, juró que no volvería a La Palma.
No tengo la fecha de su muerte pero la imagino en el primer lustro de los setenta.
Pedro Borrás Falcón fue una personalidad llena de contradicciones. Inteligente y chabacano; culto y soez y, sobre todo, un corazón lleno de amor al prójimo que él se empeñaba en esconder tras una coraza de vulgaridad. No dudo que algunos le guarden rencor por una frase dura o de mal gusto; pero son muchos más los que desearían tenerlo cerca cuando se les presenta un caso de enfermedad en la familia. “Si Borrás estuviera aquí, no habrían remitido al niño por gusto”, he oído comentar.
Quizás, por la celebridad post mortem que alcanzó el hijo, en otros lugares de Cuba se le conozca, si acaso, como el padre de un mártir, pero, en La Palma, Pedro Borrás Astorga, sin mengua de respeto, nunca podrá ser otro que Pedrito, el del médico Borrás.

 

 

Revista Vitral No. 73 * año XIII * mayo-junio de 2006

Belisario Carlos (Charles) Pi Lago
La Palma, 4 de noviembre de 1950. Licenciado en Inglés. Trabaja en estos momentos en la Sede Universitaria Pedagógica de su municipio. Su libro De caña, tabaco y ron resultó mención en la primera edición del Concurso Literario Vitral 98. Ha obtenido, además, varios premios y menciones en concursos y talleres literarios de carácter municipal y provincial. En el Concurso Literario Vitral 2002, obtuvo el premio en ensayo con la obra Las ideas masónicas y la fe católica, asimismo, fue acreedor de dos menciones, en los géneros de narrativa y décima, por sus libros Pepe Opercú y otras historias que contar y Una de cal y otra de arena, respectivamente.