Ánimo o ánima equivalen a alma. Si se acepta esto, animar sería dotar de alma a aquello que no la tuvo o la perdió. Reanimar, entonces, sería volver a insuflar alma al cuerpo que carece de ella o que la posee debilitada o enferma. Re-animar puede significar encontrar el alma, o rescatarla de las tortuosas serventías en que se encuentra extraviada y retornarla a las calzadas naturales de su desarrollo, a los irregulares caminos en los que la evolución, sacudida a ratos por estremecimientos y adelantos revolucionarios, la edifica lenta y persistentemente.
¿De qué está hecha el alma de una ciudad; cuáles son sus esencias y sustancias componentes? Ante todo, el alma citadina está hecha de los relatos locales y de aquellos de los contextos de los cuales se apropia; de sus tradiciones e instituciones; de sus orgullos y valores; de sus reliquias, frustraciones y complejos, de lo que los ciudadanos identifican como patrimonio común, como acervo cultural compartido por sucesivas generaciones. El alma de la ciudad es la memoria de las cimas y simas de su historia particular, las huellas de dolor y de alegría, de grandeza y de miserias que la vida esculpió en los relatos colectivos. El alma de la ciudad está construida con visiones, sentimientos y recuerdos, no importa si agradables o aterradores o si lejanos o inminentes. El alma de una ciudad es la conciencia que ella tiene de sí misma.
El alma de una ciudad tiene dos planos de expresión y apreciación; uno externo, apreciable a simple vista, expresado por sus rostros, ruidos, colores, olores y estructuras de continuo perceptibles. Ahí están, a flor de piel, el trazado urbano, el tejido habitacional y comercial, las reliquias, las frases o palabras características y las personas y su manera de vivir. En el otro plano, en el alma profunda, están las historias, valores, sentimientos, el psiquismo colectivo y toda la compleja subjetividad que no se da a la mirada sin esfuerzo.
Quien dirija un proyecto encaminado a intervenir en el alma de la ciudad, un proyecto de re-animación, deberá ser consciente de si sus acciones serán cosméticas o profundas, es decir, si se ejercerán sobre calles e inmuebles, retocando, resanando, coloreando; sobre ruidos, humos detestables o agresivos deportes callejeros, disminuyendo, suprimiendo o castigando infractores, todo lo cual es muy correcto; o si, además, estarán dirigidas a rescatar valores, adecentar costumbres, a hacer espacio a sentimientos y revivir tradiciones. De lo que se quiera reanimar y de cómo se entienda el objeto de reanimación dependerán las estrategias empleadas y su éxito.
Existe un vínculo dialéctico entre los dos planos de existencia del alma de la ciudad. Me explico: se pueden encontrar borrachos sistemáticamente en las calles u oírse frecuentemente obscenidades en la vía pública o existir una pertinaz ola de robos. Contra estas anormalidades se puede diseñar una estrategia basada en acciones punitivas, legales y organizativas. Se trabajaría así en el plano superficial y, quizá, con ello, se resolviese el problema. Pero pudiera ser que estas conductas antisociales estuviesen causadas por la pérdida o el debilitamiento de los valores respeto, honradez y disciplina, y hubiese entonces que actuar en ambos planos.
Otro ejemplo: pudiese ser que las actividades informales fuesen una característica no despreciable de la vida de la ciudad. Vendedores de alimentos, de dólares, de fe, de servicios de guía de turismo, pudieran actuar intensamente en el espacio público. Un criterio filosófico podría situar el origen de este problema en el debilitamiento del valor amor al trabajo. Otros criterios más pragmáticos, informados en creencias sociológicas y económicas, podrían ver el origen de ese estado de cosas en los mayores incentivos y gratificaciones materiales que el trabajo informal ofrece. Los que aboguen por el criterio ético diseñarán una intervención para influir en las conductas a partir de fortalecer los valores en la conciencia ciudadana, obviamente sería una acción de largo plazo. El pragmatismo de los sociólogos y economistas los llevaría a aconsejar el diseño de una escala salarial y un sistema de gratificaciones en las empresas que constituyera un desaliento indirecto para los informales. No faltaría, desde luego, el criterio de ejercer presión legal y punitiva contra los infractores.
Otro más: una densa y muy frecuente nube de humo, procedente de los escapes de los automotores, pudiese estar afeando y agrediendo el ambiente, con probable perjuicio para la salud de las personas. De nuevo hay valores en juego. Sin duda, la ausencia de una cultura ecologista y del amor a la naturaleza que le es inherente propicia este indeseado evento. También lo estimula la falta de normas legales que lo prohíban y la ausencia de voluntad para aplicarlas. Y, nadie lo dude, la carencia de bombas de inyección y de inyectores para reparar los vehículos es otra de las causas. ¿Qué hacer?
II
¿Cómo es el alma de algunas ciudades y pueblos del mundo? La respuesta minuciosa y totalizadora a esta pregunta no es posible aquí. Pero si es posible ilustrar la presencia de algunos de los componentes señalados arriba en una pequeña selección de este tipo de hábitat humano.
Los reflejos de la red productivo-comercial se instalan con firmeza en la subjetividad de los ciudadanos. En Sévres, por ejemplo, la riqueza material que proporciona la porcelana trabajada, el milagro artístico que ello constituye y la institución y la tradición que ha generado, se fusionan para producir el conocido orgullo local que trasciende las fronteras regionales y adquiere categoría de valor nacional. En Toledo, la gente, aparte de vivir de ello, disfrutan la bien merecida fama de la calidad de su acero, de las preciosas orfebrerías y precisos damasquinados, así como de los sabrosos mazapanes. Valladolid presume de los amistosos vinos blancos de las riberas del Duero, y nuestros San Luis y San Juan y Martínez sienten el regocijo de ser los productores tradicionales del mejor tabaco del mundo, como Mariel, productor de un cemento que tuvo fama continental. Obviamente, la orfandad económica y la miseria material de las ciudades se instalan en el alma de sus habitantes como complejos y sentimientos negativos.
Las grandes victorias y derrotas militares marcan indeleblemente el alma ciudadana. La resistencia de Londres y Stalingrado durante la segunda guerra mundial, la posterior caída de Berlín, así como las masacres perpetradas en Lídice, Guernica y ahora en Bagdad, han creado en las conciencias de los pobladores de esas ciudades y aldeas, una mezcla de sentimientos y malos recuerdos entre los que predomina el horror. Lo mismo sucede con los desastres naturales y la satánica obra del terrorismo. El atentado a las torres gemelas de New York pasará de la conciencia a la subconciencia como substrato de miedo eterno y fuente ignorada de futuras pesadillas. El alma de Pompeya quedó petrificada entre la lava sólida del Vesubio, convirtiéndose en recuerdo internacional, en relato arqueológico, intereses turísticos y atávicos escalofríos de los habitantes de la comarca.
El arte y sus protagonistas son, quizá, el más delicado sentimiento de satisfacción y el más refinado orgullo que componen el alma citadina. Sagua la Grande se regocija de Lam, Holguín de sus músicos líricos, Camagüey de sus poetas y bailarines, como también de estos últimos, Mantua. La Habana siente hondo y tierno a Martí y a Dulce María, como Matanzas a Milanés, a Agustín Acosta, a Carilda y a Los Muñequitos. El alma de todas las ciudades es embellecida y protegida por los artistas, aún por aquellos que parecen no serlo, como aquel personaje kafkaiano, Josefina la cantora, que gustaba y seducía a las multitudes en virtud de las misteriosas sorpresas que anidan en los arcanos del arte: non é bello quello ch’é bello, ma é bello quello che piace.
Toledo se apropió del Greco; del Entierro del Conde de Orgaz se enorgullecen allí hasta los canes. Alcalá de Henares y Valladolid se disputan la propiedad de Cervantes. A Goya se le respira en Zaragoza y, en Barcelona, Dalí, Miró y Gaudí son mitos distintos a cómo los considera la mitología internacional, allí son mitos vecinos. Las primaveras en Viena tienen, además del encanto natural de la época, el estético embrujo de los valses de Strauss. Cuando el pueblo danza allí, entre verdes y flores de privilegio, sabe, pero no con la razón sino con los sentimientos, que hace algo muy íntimo y particular. Así sucede con Villa- Lobos en Río y con Lecuona en Guanabacoa.
Tradiciones, reliquias, objetos simbólicos, frases, palabras, en fin, identificadores vernáculos de las características de la ciudadanía espiritual: ¡eh, eh!; en Guantánamo; ¡que vaina!; en muchas ciudades de Centroamérica y del Caribe; ¡vale!; sobre todo en Madrid, que ellos dicen Madriz. Los carnavales de Santiago de Cuba y de Río de Janeiro; las procesiones de nuestra Señora del Pilar en Zaragoza y las peregrinaciones a Santiago de Compostela, a Jerusalén y Bagdad, constituyen fuertes tradiciones festivas y religiosas que ambientan el quehacer espiritual de esas ciudades. Las parrandas de Bejucal, Camajuaní y Remedios, entre otras muchas, se inscriben en el concierto de tradiciones pletóricas de recuerdos, anécdotas y simbolismos locales. El gallo de Morón, los tinajones de Camagüey, la ceiba del Templete y La Giraldilla de La Habana son protagonistas simbólicos del alma de esas ciudades.
El ánima citadina tiene un relicario para sus ilustres. Héroes, santos, científicos, deportistas. Antonio Maceo, de Santiago de Cuba. Agustina, de Aragón. Teresa, de Calcuta. Félix Varela y Julio Martínez Páez, de La Habana. Pedro José Rodríguez, de Cienfuegos. Los mendigos del Parque Central de Nueva York, los oradores espontáneos de Hyde Park en Londres y el Caballero de París en La Habana son integrantes de la conciencia de esas ciudades. Como lo son, en otras muchas, la tranquilidad y la higiene pública, la educación formal de los ciudadanos o el diálogo callejero soez, el desorden, la indisciplina y la suciedad. La ciudad objetiva se refleja en la conciencia de sus ciudadanos. El reflejo puede ser degradante y rebajar la autoestima, o edificante y producir optimismo y alegría de vivir.
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Tarja de homenaje al Comité Todo por Pinar del Río
dedicada por la Comisión Católica para la Cultura.
En espera de ser colocada en su lugar desde 1993. |
III
Un bosquejo del alma de la ciudad de Pinar del Río incluiría más elementos apropiados de los contextos que características generadas intramuros. Parece que en la pequeña capital de una relativamente grande provincia no podría ser de otra manera.
El primer relato debe ser de los siboneyes, criados o esclavos de los taínos, pacíficos, mansos. Colón, Velázquez, Narváez y Las Casas los consideraban atrasados y salvajes. El atraso no disminuyó con el mestizaje aportado por españoles y negros. En 1819, La Sociedad Económica de Amigos del País, al analizar la escasa población del occidente de Cuba, reportaba que “la gente nace en donde es más necesario”. Cirilo Villaverde, desde su caballo, preguntó a un joven que encontró en el camino:“ - ¿De quién eres tú, muchacho?, y el interpelado le respondió: “- ya so de siñó mratine brabosa, sí siñó”. Las ideas de la independencia demoraron en nacer en Vueltabajo y crecieron muy lentamente. En el escenario donde fueron a encontrar la paz los siboneyes fugitivos, querían mantenerla a toda costa los terratenientes esclavistas.
Después vino Narciso López, con una tropa en su mayor parte foránea, norteamericana, mercenaria. Peleó bien, valiente e inteligentemente, pero ningún lugareño lo apoyó. Fue cazado por una partida de criollos para sorpresa del mando español. Nos dio la bandera y el escudo. Murió serenamente, agarrotado.
La guerra del 95 cierra la epopeya de la independencia. Hubo brega dura en Vueltabajo. En Ceja del Negro pelearon los reclutas pinareños sin armas. Algo había cambiado. El relato se tornaba heroico y surgieron los héroes locales, que por fuerza centrípeta de la historia, fueron héroes de la ciudad capital e integraron su espiritualidad para siempre. Isabel Rubio, Adela Azcuy, Rafael Morales y Manuel Lazo. Generales Nodarse y Guerra. Coronel Indalecio Sobrado. Comandante Herryman. Fueron muchos. Otros malhadados héroes, monstruos sin honor y sin principios como Bermúdez y Cayito Sánchez, también se hicieron de un lugar en la memoria colectiva.
La República dibujó en el alma ciudadana tenaces figuras de corrupción, de “chambelona” y de desamparo social. Pero también la dotó de dignos eventos cívicos y patrióticos, y de utopías y sueños inmarcesibles hasta hoy. Politiqueros y ladrones macularon la memoria cívica. Alcaldes como Cavada y Agapito Guerra la hicieron buena. Éste último dejó un ejemplo de honradez y dinamismo público que se ha incorporado al recuerdo como paradigma de límpida ejecutoria administrativa.
La subjetividad de la ciudad de Pinar del Río atesora la obra de ilustres historiadores y literatos como Cirilo Villaverde y Emeterio Santovenia; de científicos como Tranquilino Sandalio de Noda, Solano Ramos y León Cuervo Rubio; de deportistas como Pedro Ramos y Luis Giraldo Casanova; de artistas como Rubalcava, Miguelito Cuní, Domingo Ramos, Tiburcio Lorenzo, Pedro Pablo Oliva, Gustavo Eguren, Nelson Simón y Fausto, Miló, Contino y Tortosa, muchas de las creaciones de los cuales están hechas sobre los muros o en el alma misma de la ciudad; pero, sobre todo, hondo, muy hondo en la conciencia profunda, el bolero Nosotros y Pedro Junco. Otros de fama local, artistas de la sobrevivencia, de la trashumancia y de la mendicidad como María y Tinguilllo, Chicho Bellota, Alfonso Pata de Caña y el Bobo de Sumidero, se esconden en la memoria y reaparecen de vez en vez, traídos por la hilarante magia de un chiste, por la nostalgia o por la rememoración de viejas injusticias.
La huella productivo-comercial en los recuerdos populares no ha sido diversa y pocas veces tenaz. Solo el despalillo, selección, enterciado y torcido del tabaco se ha tornado imborrable. Otros recuerdos de larga permanencia y motivo de orgullo han sido la producción de derivados del barro en los múltiples tejares que siempre ha tenido la ciudad y los productos de La Jupiña, La Conchita y el más reciente Combinado Lácteo.
Entre las catástrofes que han marcado la memoria y el imaginario colectivo están, en primer lugar, los ciclones. Desde 1588 hasta 1917 azotaron la provincia 41 de estos siniestros. En la actualidad se recrudece el ensañamiento de ese tipo de evento. Otras desgracias, originadas por el error o la imprudencia humanas, fueron, la explosión del cuartel situado en Retiro y Cuarteles, en 1910, y el ruidoso incendio de la base militar soviética de la carretera a La Coloma, en la década del 60 del siglo anterior. En el primer caso murieron 67 personas y 147 resultaron heridas; del segundo caso se conocen las explosiones y las gigantescas llamas que incendiaron la noche. De todas estas desventuras el pueblo ha guardado una memoria de luto y dolor, y un anecdotario hilarante, irónico y relajante.
Pinar del Río no ha vivido guerras, pero la participación de sus hijos en los ataques al Cuartel Moncada, al Palacio Presidencial, en misiones de solidaridad internacional y en las luchas clandestinas contra gobiernos corruptos e injustos ha dejado una indeleble impronta de mística y orgullo en la conciencia de la ciudad, sobre todo en las acciones de Palacio, donde el aporte de combatientes y de muertos de la misma fue significativo.
Como las acciones heroicas, las crisis se incrustan para siempre en la memoria. La del machadato creó un anecdotario rico, aciago y aleccionador que conserva aún su frescura. La del período especial contemporáneo está todavía en la piel, en la vivencia inmediata, sin haber tenido tiempo de anidar en los estratos anímicos en donde germinan las evocaciones.
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La trocha es la característica principal
de los carnavales de los últimos 30 años. |
La institución más arraigada en la memoria histórica de la ciudad es el Comité Todo por Pinar del Río. Fue una hazaña cívica la que protagonizó aquel inspirado grupo de pinareños liderados por el ilustre Dr. Tebelio Rodríguez del Haya. El mérito mayor de aquella estructura de la sociedad civil de la primera mitad del siglo pasado no fue lo que hizo por la higiene de la ciudad, sino la siembra de valores que realizó y el fortalecimiento de la dignidad y la autoestima de los ciudadanos, así como la creación del precedente socio- político de la participación democrática de la sociedad civil organizada en los asuntos de la ciudad.
Una tradición que persiste, aunque ha perdido rigor y colorido, es el desfile de las escuelas de la ciudad precedidas de bandas infantiles de música. Otras tradiciones, evocadas con nostalgia pero desaparecidas o interrumpidas son: la procesión y verbena del día de San Rosendo, patrón de la ciudad, el Santo Entierro, y los deliciosos paseos nocturnos que realizaba la juventud, los jueves y domingos, en el Parque Colón. Mejores eran, aquellas sanas fiestas de amor y de amistad, que las que se pueden ver hoy en los parques y ramblas de Málaga y Barcelona. En Pinar del Río, entonces, la juventud, como regla, iba allí sin alcohol ni drogas. Aquellos paseos aparecieron sin que nadie lo decretara, y desaparecieron sin que nadie lo ordenara tampoco, pero las circunstancias históricas que favorecieron su aparición eran radicalmente diferentes a las que indujeron su cesación.
La tradición de las lidias de gallos, como la Nochebuena, desapareció oficialmente.
La tradición carnavalesca tiene dos versiones en el recuerdo popular. Hubo un tipo de carnaval hasta la década del 60 del pasado siglo, y otra, copiada o trasplantada desde el Este de la isla, a partir de aquellos años. Los carnavales originales eran los sábados y domingos de un mes completo, casi siempre marzo. La principal atracción de aquellas fiestas eran los paseos de bellas carrozas sobre las cuales iban preciosas mujeres, las elegantes comparsas y los numerosos bailes de enmascarados. Abundaban las serpentinas, los disfraces y el ruido sui generis del carnaval. La bebida y la comida eran actores secundarios.
Trocha, por antonomasia carnavalesca, es toda calle pletórica de tarimas musicales y kioscos de expendio de comidas y bebidas. La trocha es la característica principal de los carnavales de los últimos 30 años. Las carrozas, comparsas y bailes son actores de reparto. Trocha, como se sabe, es el nombre de una calle de Santiago de Cuba, famosa en el carnaval de aquella ciudad. Además de por las características apuntadas, los actuales carnavales se diferencian de los anteriores por los olores, colores y ruidos. La memoria de la ciudad registró el carnaval de 1959 como el más alegre y vistoso de su historia. Verdaderamente, hubo derroche de belleza y de recursos para el entretenimiento popular. El alcalde que lo promovió y dirigió vive en el íntimo discurso de la ciudad: Andrés Orta Pagés.
Las esquinas, ¡ay, las esquinas del centro de la ciudad!, se siente, al recordarlas, lo que sintió el poeta de la Oda al Niágara al recordar las palmas.
El boulevard, fruto de la cópula de la ciudad con la moda, no con la necesidad, es un cigoto aún.
¡Alabao! también está en el alma de la ciudad.
Parafraseando a Gramsci, la Cenicienta no termina de morir y la Princesa no acaba de nacer.
Reanimar la ciudad es, ante todo, amarla.