Nota: Este trabajo es parte mi Tesis de graduación en el Instituto María Reina la que tiene por título: “El alma cristiana de Dulce María Loynaz: un regalo para la fe de hoy” lo preparé para participar en el Encuentro Debate Provincial de Talleres Literario, en la provincia de Matanzas donde obtuvo premio en el género ensayo. |
En la poetisa cubana Dulce María Loynaz la manera de expresar a Dios en su obra no se contradice, pues su labor literaria suele coincidir con su vida hasta convertirse en una verdadera premonición, la que muy bien se justifica en creaciones como Canto a la mujer estéril, La novia de Lázaro y Últimos días de una casa1.
Aunque Enrique Saínz asegure que “el núcleo central de las ideas del cristianismo no forma parte de las preocupaciones de Dulce María”(2); Virgilio López Lemus concluye que “lo cristiano en su poesía se expresa como una actitud ante la vida”(3). Este planteamiento se puede corroborar en su disposición piadosa de venerar a la Virgen, postura que prendió en el corazón de la pequeña a través de su madre y abuela, quienes alimentaron inicialmente la confianza infinita que le provocó escribir los siguientes versos:
Virgen María:
A tu luna azul – La que solo
está en mi libro de primera comunión –
yo iría
esta noche tan larga
a recoger un poco
de luz...(4)
He aquí un inicial acercamiento a lo cristiano, la primera manifestación de fe y el punto de partida para comprender el valor religioso de su nacimiento el 10 de diciembre de 1902, Día de Nuestra Señora de Loreto.
«Cuando yo era niña, mi madre, siguiendo una tierna tradición entre las festividades religiosas, gustaba de enviarme por el mes de mayo a ofrecer flores a la Virgen en la vieja iglesia familiar.»(5)
La afición por la Virgen es una transferencia de sentimientos venidos de lo materno. Por eso le confiesa a Aldo Martínez Malo que su madre fue el objeto de sus devociones infantiles, al extremo de darse cuenta que cuando rezaba a la Madre de Dios, era a ella a quien lo hacía(6). De igual modo esta devoción mariana se ve ligada a Pablo Álvarez de Cañas, quien tras 26 años de espera, el 8 de diciembre de 1946, Día de la Inmaculada Concepción, hizo realidad el sueño de unirse en matrimonio con la mujer que siempre amó. «Era él quien me animaba a comunicarme con el mundo, y trataba de fortalecer por todos los medios la fe titubeante que hasta entonces era la única que había tenido en mí misma»(7). Pablo logró sacarla a luz pública y propició que dicha fe se convirtiera en acción solidaria con el necesitado y merecer así la condecoración Pro Ecclesia et Pontifice, por la labor realizada en las escuelas para niños pobres pertenecientes a los padres Salesianos de Guanabacoa(8).
Llena de un sentir extremadamente religioso, manifiesta en su libro Un verano en Tenerife un acentuado interés por describir cómo era el comportamiento piadoso de sus habitantes y las fiestas que se ceñían en torno a la Virgen venerada. Con gran admiración por la religiosidad de los isleños se detiene en las iglesias y creencias populares convertidas en leyendas, sin dejar de resaltar la fe sencilla y el calor humano de los pobladores de la región.
En el Puerto de la Cruz tuvo una fraternal acogida al ofrecer un manto cubano a la Virgen de la Peña de Francia. Fue motivo de festejos la llegada del manto desde Cuba y agradecieron la cortesía nombrándola Hija Adoptiva de ese pueblo. Tan importante le resultó aquel acontecimiento que no se permitió marcharse sin antes despedirse de la Madre y Patrona de la bahía que la tomó en adopción. Al contar esta despedida nos dice:
A la mañana siguiente, viajeros ya en coche que nos arranca de su hermoso suelo, nos detenemos un instante en la iglesia para decir adiós a la Virgen de la Peña de Francia, pues si la cortesía se guarda en nuestras relaciones de la tierra, con más razón debe observarse en las jurisdicciones del Señor.
Entramos, pues, en la apacible iglesia, solitaria a esa hora tan temprana; la Virgen se alza en la penumbra, y más que nunca me parece un lirio, una muy leve cauda(9) de cometa...
«Y es entonces cuando pido emocionada mi primera gracia: la gracia de volver...»(10)
Y ese favor llegó a la anciana que en 1993 volvió a España para recoger la más alta distinción de las letras hispanas: el Premio Cervantes.
Su fervor religioso no cuenta únicamente con el influjo familiar. El mundo de las letras le facilita exteriorizar esa fe religiosa con la que reviste a su poesía de un predominante intimismo. Al emplear el diálogo como género literario acude a su interior produciendo la mística armoniosa, que purifica su poesía, transformándola en religiosidad.
Movida por la certeza de que “La verdadera poesía no se puede monopolizar, la da Dios”, desborda su obra de espiritualidad, interpretaciones bíblicas y de una vasta cultura religiosa donde aparece un Dios omnipotente y a la vez hombre, esencia de todo su ser, del que no podrá prescindir en sus poemas, ya sea para ensalzarlo o cuestionarle su propia existencia. “Señor que lo quisiste: ¿para qué habré nacido?/ ¿Quién me necesitaba, quién me había pedido?”(11). En ella también se da esa cuota de discrepancia y rebeldía: “Señor, puesto que soy fango en tu mano déjame ser lo que soy, en paz. Guárdate tu cielo azul y tus estrellas; guarda tu luz, tus ángeles, tus llamas, soy fango nada más y no me soples”.(12) La irreverencia la ayuda a autoafirmarse en ese Dios omnipotente que representa al Creador de la vida, ente a quien invoca bajo el título de Señor y en ocasiones la vemos reconocerlo en expresiones como: “El Señor me ha hospedado en este mundo, hecho por sus propias manos”, “Señor, no des a mis cantos el triste destino de Abisag”... o “Dame, Señor, una de tus estrellas de nodriza para estos hijos de menguada madre”; pero el Dios con el que Dulce María dialoga también posee una naturaleza humana y divina, coexistiendo en una misma persona sin contradicciones. En ese componente humano de Dios se encuentra involucrado el sujeto amante de la poetisa, al que no deja ver claramente convirtiendo su poesía en esa nota distinta y aislada, lírica espiritual que la separa de las exigencias literarias de su época.
La anécdota de cómo fueron sus inicios en la poesía contiene un reconocimiento de mucho valor para la Loynaz. Aquel concurso entre sus hermanos y primos, le dio un sitio en el diario La Nación. Con una nota de presentación que decía “Dios salve a la poetisa” y una foto de la joven escritora, Osvaldo Bazil cumplía el encargo del General Enrique Loynaz. El dueño de dicho diario, Pedro Marín Herrera en agradecimiento a esos primeros versos publicados a través de su periódico, tuvo a bien obsequiarle un canario y un libro de Santa Teresa en compañía de una dedicatoria que pedía a la joven poetisa inspirarse en la Santa; petición que Dulce María comenta no haber cumplido, inadmisible a mi parecer, pues la idea dualista del cuerpo con relación al alma y el uso reiterado de vocablos como noche, obscuro, sombra, luz, velo, cruz, resurrección, esperanza; nos remiten al misticismo de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, ese que trata de negar en el afán de no parecerse a su hermano Enrique en la manera de escribir. Entonces queda la otra opción de fijarnos en la franciscanía espiritual mencionada por Fina García Marruz. Reconozcamos asimismo que la Loynaz se aleja de su ambiente social para bajar de aquella torre de marfil y hermanarse a lo sencillo, pequeño, insignificante y humilde de su entorno; tras el bienestar de la comprensión y el amor.
Su poesía no aprueba la ostentación, por eso prefiere entre tantos milagros aquel que solamente el Evangelio de Juan ha tenido la particularidad de contar. Para ella, este es el milagro “más bonito”, viéndolo así como un “verdadero regalo de nuestro Señor, una graciosa finura suya...”(13) y que le revela como creer es conocer a Dios. En ese proceso se le puede ver cuando expresa: “Sólo después empezaremos a conocerle; sólo después se nos dirá su nombre y vendrán los grandes milagros”, frase esta donde tiene lugar una actitud creyente que se concretiza en el reconocimiento de Jesús como Dios y hombre: “Jesucristo se muestra al mismo tiempo tan Dios nuestro como hijo de María”.
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En compañía de Monseñor
Jose Siro González Bacallao,
Obispo de Pinar del Río,
su amigo y confesor. |
En la colección Poemas náufragos vuelve sobre el relato de las bodas de Caná. Una vez más, se impresiona por lo que cuenta el evangelista Juan, recrea la escena y reflexiona sobre este pasaje hasta entender la relación madre-hijo entre María y Jesús. Le llama tanto la atención esa súplica maternal, que es capaz de dibujar con palabras el querer de aquella Madre y la reacción pesarosa del Hijo que finalmente la complace con ese acto de bondad al transformar el agua en vino:
«- Mira que no tienen vino... Se ha acabado ya el vino.
«Había en los ojos que lo miraban, un ruego inocente, que él mismo no acertaba a comprender. Era como si le nacieran auroras en el pecho, como si le hormiguearan luces nuevas en la sangre.
«Ella que nunca pidió nada, pedía ahora tan poco, que él se sintió vagamente disgustado, pesaroso de gastar en esa nimiedad su última ternura de hijo, su primera fuerza de Dios».
El acercamiento al Cristo neotestamentario destaca su semejanza con la divinidad. Hay en ella mucho de ese Dios sensible a los problemas del prójimo. Al igual que Jesucristo, Dulce María Loynaz se compadece de seres que sufren limitaciones físicas. Ante ellos, se emociona y procura no falte en su poesía la palabra idónea que solidariza y estremece el corazón(14).
La dimensión estética que dan las virtudes teologales a su obra poética, puede parecer un simple recurso literario que la embellece. Para Raimundo Lazo la preocupación hacia los desvalidos tiene un carácter más bien artístico cuando opina lo siguiente:
“En su poesía no se predica; pero de ella emana una ética individual y social de fraternidad humana que adquiere dominante poder persuasivo y memorable relieve artístico que se crece ante los heridos por grandes desgracias o angustiados por su desamparo”(15)
Estas personas marcadas por un mal irremediable sólo serían del interés de alguien como ella, que sabe “amar desde la raíz negra” porque: “amar lo amable no es amar”. La poetisa iguala la experiencia del amor a la del Hijo de Dios. “Amor es apretarse a la cruz, y clavarse/ a la cruz, y morir y resucitar...” De estos versos emana una esperanza sosegada que se crece desde la duda, el miedo y la tristeza. Esperanza, que podemos interpretar como escatológica; más allá de la muerte, la vida continúa, cobra sentido y morir es otra manera de seguir siendo criatura:
«No, ya no tendré miedo de la tierra, que es fuerte y maternal; y habrá de acoger mi miseria cuando tengan que echarme... No, ya no tendré miedo de la tierra más nunca. Cuando le pertenezca he de identificarme con ella plenamente. ¡Cómo voy a sentir todas las primaveras floreciendo en mí misma!... Con esta carne pálida haré los lirios... ¡Y las rosas, y las fresas, y los árboles grandes y potentes y rudos!...»(16)
La idea de hallarse en todo lo que germine de la tierra: la flor, el árbol hace pensar en la reencarnación o en la transmigración de las almas, elementos que trata de incorporar al pensamiento poético de Dulce María la crítica que intenta explicar el matiz religioso de su obra bajo los conceptos de la mitología griega y las religiones orientales en vez de apostar por un cristianismo bien encarnado.
El término tierra, frecuentemente utilizado por la poetisa para indicar en ocasiones la fragilidad, la debilidad y la miseria humana; se sirve en este momento de otro interés simbólico: fortaleza, maternidad, fecundidad y bien.
En “La oración de la rosa”, atribuye al sustantivo «tierra» la imagen de cielo, sustituyendo ambos significados entre sí: “Padre nuestro que estás en la tierra; en la fuerte / y la hermosa tierra; / en la tierra buena”.. En estos poemas, la tierra significa vida eterna, resurrección. La tierra acoge maternalmente nuestras miserias así como Dios nos acoge en su gloria; volverse a la tierra es ir hacia Dios.
Dulce María reformula la definición de amor propuesta por San Pablo al comunicarnos que “amar es perdonar”, “es comprender”. En Valoración múltiple Alicia G. R. Aldaya asevera que la autora de Jardín resuelve el amor en una “metáfora cristiana” y que: “Algunos poemas son oraciones imbuidas de fervor religioso. Súplica apremiante al Dios en quien cree, manifestaciones de su perspectiva piadosa”.(17) Siguiendo el hilo conductor de la crítica literaria en este voluminoso libro, se percibe en los distintos trabajos que lo conforman puntos de coincidencia a la hora de analizar el amor en la Loynaz. Todos concuerdan en que Dulce María se aparta del denominador común que caracteriza el amor en la poesía femenina. Tal como lo percibe la Aldaya, en la autora de Jardín, erotismo y espiritualidad se enfrentan. Va del amor Eros al Ágape dominada por este último donde el alma lucha con el cuerpo y las pasiones carnales se disuelven en una religiosidad carente de alegría. Alicia acentúa el pendular del Eros al Ágape remitiéndonos al poema San Miguel Arcángel. “Cuando arde / la tarde, / desciendes sobre mí / serenamente; / desciendes sobre mí, / hermoso y grande / como un arcángel”. Estamos ante el momento más alto del erotismo de su poesía y en el que con una petición persigue reprimir todo deseo y volver al estado de la gracia. «Arcángel San Miguel, / con tu lanza relampagueante / clava a tus pies de bronce / el demonio escondido / que me chupa la sangre. Por esta razón el amor en la Loynaz hay que ubicarlo en la categoría del amor sin límites, oferente y universal.
Este texto, próximo a”La novia de Lázaro”, ilustra la entrada al territorio de la duda. En ellos la simbología religiosa asume el conflicto amoroso de la autora, debatiéndose entre lo ideal y la vivencia: soledad, desgarramiento, frustración. En apariencias existe la lectura de lo profano, ya sea desde el punto de vista de la belleza del cuerpo y la pasión que despierta, pero inapresable; o de la imposibilidad de por sí misma alcanzar el milagro. Aún desde ese espíritu indoblegable palpita un ser en espera de la resurrección.
Para Dulce María, el amor es: “una tan grande misteriosa fuerza, que, a semejanza de ciertas fórmulas mágicas, obra su poder casi tan sólo de invocarse...”(18) En un momento de su vida, cuando pronuncia el discurso ¿Por qué Pinar del Río?, al recibir el Premio Nacional de Literatura el primero de diciembre de 1987 finaliza: “Y yo, señoras y señores, puesta en el caso, elegí siempre el amor”.
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Recibiendo, conjuntamente con su esposo,
la condecoración “Pro Ecclesia et Pontifice”,
concedida por el Papa Pío XII, en reconocimiento
a la obra Salesiana
de Guanabacoa,
impuesta por el Nuncio Apostólico Mons. Centoz,
mayo 16 de 1959, en la Iglesia María Auxiliadora.
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Otro aspecto que nos confirma lo cristiano en la poetisa es la relación perdón-amor: “amar es perdonar”. La propuesta más relevante del cristianismo es perdonar, incluso a los enemigos. En carta a Gabriel Castaño, se dirige al amigo de la siguiente manera: “Vivimos perdonándonos unos a otros y el que no perdone no debe vivir”.(19)
La expresión suena a decreto severo, ley inquebrantable y a mandato que no admite violación. La radicalidad de estas palabras nos informa de un perdón ligado a la vida, quien se niega a perdonar se niega a vivir y renuncia al amor. Este sentimiento es tan vital en ella que no puede omitirlo en sus versos: “Amar es este amar lo que nos duele, / lo que nos sangra / por dentro”, “Yo quiero comprender y amar; yo quiero / que la palabra dura que alguien diga / no vaya a oscurecerme la mirada limpia”, “Dame un buen olvido para las pequeñas injusticias de cada día”.
Con estos presupuestos admitimos que la fe, la esperanza y el amor son la expresión del cristianismo en la escritora cubana, siendo el amor lo primero para ella. Dentro de sus turbulencias, es preciso advertir la presencia de un Dios al que Dulce María hace venir sinceramente a su vida a través de la obra, no sin llamar la atención sobre las disímiles miradas que se acercan a esa transmutación de la poesía en religiosidad, con las que intento dialogar en estas mínimas iluminaciones.
Notas
1 Vicente González Castro en su libro La Hija del General, Editorial del Ministerio de Educación Superior, La Habana, 1993, p. 25 dirá al referirse al poema Últimos días de una Casa: “puede ser considerado una verdadera premonición”.
2 E. Saínz, “Reflexiones en torno a la poesía de Dulce María Loynaz“, En: P. Simón, Valoración Múltiple. Dulce María Loynaz, Editorial Casa de las Américas/ Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1991, p. 201.
3 Virgilio López Lemus, En: P. Simón, Valoración Múltiple. Dulce María Loynaz, op. cit. p. 183
4 D. M. Loynaz, “Oda a la Virgen María“, Poesía completa, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1994, p. 24
5 D. M. Loynaz, “Poema XXXI“, Poemas sin nombre
, Ediciones Hermanos Loynaz, Pinar del Río, 2000, p. 55
6 A. Martínez Malo, Confesiones de Dulce María Loynaz, Editorial José Martí, La Habana, Cuba, 1991, p. 24
7 Ibidem. p. 63
8 Ibidem. p. 74 - 75
9 Cauda: Cola
10 D. M. Loynaz, Un verano en Tenerife. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1993, p. 212
11 D. M. Loynaz, Señor que lo quisiste..., Poesía completa, op. cit. P. 21
12 Publicado en El Caimán Barbudo. No 223, junio, 1986, p.4
13 D. M. Loynaz, Poema CXVI, Poesía Completa, p. 138
14 “El pequeño contrahecho“, “El madrigal de la muchacha coja“, “Coloquio con la niña que no habla“, “El amor de la leprosa“ y “Canto a la mujer estéril“
15 R. Lazo “Un milagro estético de sencillez“, En: P. Simón, Valoración Múltiple. Dulce María Loynaz, op. cit. p. 131
16 D. M. Loynaz, “Canto a la tierra”, Poesía completa, op. cit. p.63
17 A. G. R. Aldaya, “De la negación a la afirmación...” , En: P. Simón, Valoración Múltiple. Dulce María Loynaz, op. cit., p. 289
18 D. M. Loynaz Un verano en Tenerife, op. cit. p. 60