Revista Vitral No. 77 * año XIII * enero-febrero de 2007


ECONOMÍA

 

¿SOLIDARIDAD O RECIPROCIDAD?

MARÍA CARIDAD GÁLVEZ CHIU

 

 

 

En economía existe una gran polémica sobre la posibilidad o la imposibilidad de hacer negocios con ética. Una de las cuestiones más debatidas (aunque ojalá lo fuera más) es la disyuntiva de ayudar a los demás a costa de la ganancia del negocio, surgen entonces interrogantes, disyuntivas, para cualquier empresario que pretenda actuar como tal y al mismo tiempo éticamente: ¿pago un salario suficiente aunque mi ganancia disminuya? ¿No despido a un trabajador ineficiente porque su familia se quedaría sin sostén económico? ¿Será posible combinar la autoridad de propietario con la participación de los trabajadores en la gestión? Y así comienzan a ser cuestionadas ideas que siempre tenemos como consumidores o trabajadores, pero que no se ven tan claras cuando las miramos como empresarios.
Por otra parte, cuestiones como las mencionadas (salario suficiente, sostén de la familia, participación) y otras son derechos de cualquier ciudadano trabajador. Y para todos es sabido que los derechos deben ser respetados. Por eso, cuando no existe la posibilidad de que cada cual logre vivir sus derechos económicos, las sociedades han hablado de solidaridad. Con una actitud solidaria se resolvería, según muchos, la situación de los pobres del mundo. Actuar con solidaridad ha sido visto a través de los años como una actitud trascendente. Es la actitud de ayuda al otro, es la entrega desinteresada de cosas materiales, de trabajo, de compañía, de escucha, incluso, de la vida. Por solidaridad con el otro nos privamos de bienes y se los ofrecemos; o dejamos de hacer lo que queremos para acompañarlo; o dejamos de ser de nosotros mismos para ser de los demás. Por una actitud solidaria muchas empresas hacen donaciones de grandes sumas de dinero a instituciones benéficas o a programas sociales. La solidaridad viene siendo como el valor por excelencia, aquello que todos admiran y de lo cual todos se enorgullecen.
En Cuba, especialmente la solidaridad es tema obligado cuando se habla de «buena persona». Lo mismo a nivel personal que como pueblo, incluso a nivel oficial. Los cubanos siempre nos hemos vanagloriado de nuestras actitudes solidarias. Pensemos en cómo valoramos a los vecinos o a los compañeros de trabajo que ayudan y cómo a los que no ayudan; o la manera en que se destaca la ayuda de médicos, maestros y otros profesionales a países que lo necesitan.

Maqueta del mercado de Tlatelolco


Y también hemos considerado casi como obligación de los demás ser solidarios con nosotros. Recordemos cómo consideramos «normal» que la desaparecida Unión Soviética nos ayudara tanto como para quedarnos sin el 85% de nuestras posibilidades comerciales cuando se derrumbó el campo socialista, o que Venezuela ahora, nos asegure menos apagones con las condiciones ventajosas a que nos vende el petróleo, o (y esto es casi una obligación más que una ayuda solidaria) que nuestros familiares en la diáspora nos mantengan económicamente con sus remesas. También a los vecinos o compañeros de trabajo les «exigimos» una actitud de amistad sincera e íntima para considerarlos buenos compañeros.
Lo cierto es que una actitud solidaria nos enaltece y nos hace ser más plenamente personas.
Pero…
Es interesante que surja un «pero» ante la palabra SOLIDARIDAD. Ese «pero» es otra palabra: RECIPROCIDAD. Primeramente, la reciprocidad es menos rechazada en el mundo de los negocios que la solidaridad. Por otra parte para algunos resulta «indigno» esperar algo de aquel a quien le damos por solidaridad. Confieso que me resultó chocante que alguien, muy autorizado moral y académicamente, hace poco, dijera, sin ninguna reserva: “Solidaridad no, reciprocidad”. Pero una tenencia a tener una actitud abierta en todo momento me hizo buscar el fundamento de tal afirmación e intentar aplicarlo a la realidad que conozco.
Nuestra visión de la realidad económica y social puede cambiar en un momento si la miramos con esta óptica. La solidaridad es generalmente mal entendida o mal aplicada. La verdadera solidaridad es la que comprende el sentido de reciprocidad que tiene cualquier acto generoso. Me voy a referir en este artículo a la solidaridad que no tiene en cuenta la posibilidad de reciprocidad, que no cuestiona la posición de poder, que acomoda, que deforma a la persona humana.

1. La solidaridad se hace «verticalmente» y la reciprocidad «horizontalmente»

Cuando uno cree que actúa solidariamente no pone en cuestión la posición de poder entre el que da y el que recibe. La solidaridad, como la entendemos, se realiza de arriba hacia abajo. Por eso cuesta también recibir la solidaridad. Siempre nos deja como una idea de inferioridad. Algunas veces esa es la idea del donante: que el otro se sienta inferior por tener menos o por ser beneficiado. Pero aún cuando esta no sea la intención, con actitudes de este tipo no ponemos en duda quién puede más. El poder del tener, pero poder al fin.
En cambio, la reciprocidad nos permite establecer relaciones «horizontalmente»; es decir, cuestionando la posición de poder. Cuando se encuentra lo que el otro puede dar a cambio, las posiciones entre las partes se igualan a un mismo nivel, desde diferentes lugares, según lo que cada cual puede entregar al otro. Es importante entonces, encontrar aquello que los que queremos ayudar tienen y pueden darnos a cambio o lo que podemos nosotros dar a cambio de las ayudas que recibimos. Si lo encontramos, nuestras relaciones serán de reciprocidad. Recuerdo ahora que un amigo dijo “no es comparable lo que damos a los enfermos con lo que ellos nos aportan de redención con su sufrimiento”. Medicinas y dinero a cambio de redención ¿Quién le debe a quién?
Hay algo muy legítimo en esperar algo a cambio de lo que damos. Lo importante es saber reconocer ese algo. A veces exigimos a cambio algo mucho menos valioso que lo que podríamos recibir si reconocemos lo que verdaderamente podemos esperar. Cuando actuamos por amistad en un negocio, podemos perder dinero, pero ganar amistad.
Cuando un empresario hace donaciones a programas sociales se desprende de dinero, pero gana reconocimiento social y sentido de responsabilidad ante la sociedad y el bien común, sin contar con lo que gana de bien común.
¿Por qué debemos recibir por solidaridad lo que podemos recibir a cambio de algo que tenemos y que el otro necesita? En Cuba tenemos sobrados ejemplos de relaciones entendidas como de «solidaridad» que son verdaderamente de «reciprocidad»: ¿Acaso no conservamos nuestras raíces, cuidamos a nuestros familiares y otras cosas los que nos quedamos en Cuba a cambio de las remesas de los que se fueron? ¿Acaso no recibimos ayudas económicas o ventajas comerciales a cambio del trabajo de médicos, maestros y otros profesionales en muchos países? ¿No hemos sacrificado los cubanos nuestra libertad de iniciativa privada a cambio de un Estado que lo resolvería todo? Entonces:

- Sentido de familia y de cubanidad a cambio de remesas en efectivo.
- Ayudas o ventajas comerciales a cambio de trabajo profesional.
- Atención del Estado a nuestros problemas a cambio de libertad personal.
Parece que siempre puede haber reciprocidad.
Reconocer la posibilidad de reciprocidad nos libra de situarnos por encima de los demás por el hecho de tener algo que dar, lo cual es totalmente falso.

2. La solidaridad acorta la diferencia y la reciprocidad la marca

Es cierto que la solidaridad nos quiere hacer iguales… en el tener. Pero nos puede hacer perder la valía de ser diferentes en el tener y ser iguales en dignidad y derechos. ¿Por qué cree el que da que el otro no vale igual si no tiene lo que él puede darle? o ¿Por qué cree que el otro no tiene nada que darle a cambio? La solidaridad acorta la diferencia entre las personas que son diferentes, nos intenta hacer iguales. Pero no solo a los que tiene diferentes niveles de vida, sino que también puede hacer iguales a los que son diferentes, que somos todos. Cuando una persona actúa por solidaridad y da de lo que tiene, puede hacerlo pensando en acortar la diferencia entre él y los que no tienen y en ese proceso pueden perderse también las diferencias propias de las personas y de las naciones que constituyen una riqueza natural invaluable. La reciprocidad marca la diferencia entre los iguales, hace a los iguales diferentes, porque los ayuda a ser ellos mismos y a estar conscientes de lo que valen, de su igualdad aún cuando no tengan lo mismo. El hecho de saber que tienen algo que dar a cambio de lo que reciben, los eleva a la condición de iguales en la diferencia y la tendencia entonces es a marcar la diferencia y aprovecharla. No debemos aceptar pasivamente que se nos dé todo gratuitamente o por solidaridad. Solo aquellos bienes que parecen no tener precio.

3. La solidaridad exige un precio infinito que nadie puede pagar y la reciprocidad ajusta el intercambio al precio justo

La solidaridad se asocia generalmente a la gratuidad o a cierto nivel de gratuidad. Y esta, a su vez, se asocia a precio cero. Nada a cambio de lo dado. Pero la realidad es que la gratuidad no es precio cero, sino precio infinito, precio impagable. Es cierto que existen bienes que tienen un precio infinito y no pueden pagarse. Por eso se necesita de personas que valoren tanto el bien que dan que no pidan ningún precio pagable a cambio. Pero no pueden darse gratuitamente los bienes que tienen un precio limitado porque nos crea la conciencia de que tenemos que pagar por ellos un precio infinito. El precio infinito es el alma, es la vida, es la incondicionalidad, es la libertad. No podemos pagar con la vida o con el alma o con la libertad aquello que podemos pagar con nuestro trabajo, con nuestros talentos. Los cubanos hemos pagado por años con nuestro «agradecimiento» o con incondicionalidad, con nuestras libertades, los bienes que el gobierno ha dado aparentemente de forma gratuita: educación y servicios de salud. Sería mucho más digno poderlos pagar con nuestros ingresos. Por otra parte, ¿aceptar un salario totalmente insuficiente por nuestro trabajo no paga de alguna manera estas gratuidades? También algunas veces se entiende por solidaridad dar, por caridad, aquello que poseemos injustamente. ¿Qué significa la solidaridad del norte con el sur? ¿Es justo que el norte tenga más que el sur? ¿Qué significa que un empresario pague bien, sino que el empleado le ha servido bien? ¿Qué significa que un gobierno garantice la seguridad social? No más que justicia.

Mercado al aire libre.


Tampoco intentemos pagar con dinero o con trabajo o con especies aquellos bienes que no tienen precio porque son altamente valiosos: la amistad, el amor, la compañía, la cercanía, la fidelidad. Si lo hacemos no tendremos ni amistad, ni amor, ni compañía, ni fidelidad verdaderas.

4. La solidaridad te exime de responsabilidad y la reciprocidad te exige responsabilidad

Recibir algo gratuitamente puede conducir al acomodo, a la incapacidad para valorar las cosas. Es muy socorrido el proverbio oriental que dice que el que da un pescado ayuda un día, el que da varios pescados ayuda varios días, el que enseña a pescar ayuda para todos los días. Pero el que aprende a pescar debe todavía aprender algo más: debe aprender a compartir lo que pescó con los que aún no han aprendido a pescar. El aprendizaje no es solo para resolver su propio problema. En esto radica la responsabilidad con la sociedad y es lo que corresponde dar en reciprocidad a aquel a quien enseñaron a pescar. Es evidente la falta de compromiso cívico en Cuba. La mayoría se la pasa «sin coger lucha». En las empresas productoras, en los servicios, en el comercio, incluso en los negocios particulares (donde se supone que se quiere atraer clientes) la gente actúa como si no le importaran los demás, como si siempre le estuvieran haciendo un favor al otro. Por otra parte, muchas personas actúan como si se lo merecieran todo, exigiendo mucho a cambio de nada. Y no faltan los que «nunca tienen la culpa de nada».
Las relaciones basadas en la reciprocidad conllevan un compromiso social necesario para vivir en la sociedad civilizadamente y hacerla cada vez mejor.
Todas estas reflexiones sobre la solidaridad y la reciprocidad son, por lo menos, un llamado a cuestionar nuestra forma de relacionarnos con los que tienen menos y nos necesitan o con los que tienen más y quieren ayudarnos. Tan rechazada puede ser la solidaridad por los que se dedican al mundo de los negocios como la reciprocidad por los que se ocupan de obras benéficas. Unos, por entender que la solidaridad significa irrentabilidad y otros por creer que la reciprocidad es pedir dinero a cambio de todo.
Verdaderamente hay un peligro en todo esto de la reciprocidad: no se trata de ir por el mundo siempre pensando en qué me puede dar el otro a cambio de lo que yo puedo darle o en cuáles son los intereses de quien me ayuda porque podríamos convertir nuestra sociedad en una sociedad enferma que solo se mueve por intereses.
Se trata de encontrar en nuestras relaciones cada vez más formas de reciprocidad que nos permitan:

- Establecer relaciones en el mismo nivel, o sea, de forma «horizontal», de tú a tú y no de tú a aquel.
- Expresarnos según nuestras posibilidades y capacidades, aprovechando las diferencias.
- Evitar ayudas que creen dependencias infantiles.
- No pagar un precio infinito por aquello que tiene un precio definido
- No confundir solidaridad con justicia.
- Comprometernos verdaderamente y cada vez más con la sociedad.

La reciprocidad no niega la solidaridad, por el contrario, le da su verdadero sentido y la hace más humana.

 

 

Revista Vitral No. 77 * año XIII * enero-febrero de 2007
María Caridad Gálvez Chiu
(Pinar del Río, 1968)
Lic. en Economía, Responsable del Grupo de Economistas del CFCR, labora en el Politécnico de Economía Álvaro Barba.