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Quizás uno de los mayores enemigos de quienes pretendemos trabajar con y por los demás es el ego que todos llevamos dentro y que constantemente puja por salirse hacia el exterior y dominar nuestros actos, nuestros intereses y las perspectivas del futuro que tenemos por delante. Todos poseemos un ego que debemos atender en aras de alcanzar niveles adecuados de nuestra propia autoestima pero siempre los límites del ego personal y de la necesaria autoestima constituyen un asunto complejo y determinante para el desenvolvimiento de nuestra vida social. Hasta donde debe llegar nuestro ego para obtener una autoestima positiva y necesaria, es el asunto que debemos solucionar con inteligencia y nobleza de espíritu.
Todo egoísmo deviene un acto innoble y más innoble aún cuando daña la vida de la sociedad. Un líder no puede permitirse la preponderancia del ego por encima de los intereses de la comunidad. El ego es un enemigo perverso que se desarrolla en forma sutil y persistente alimentado por los elogios, los reconocimientos y la adulonería.
La intransigencia y el dogmatismo coadyuvan en estos procesos incentivando a nuestro ego a partir de un conjunto de concepciones que nos llevan a pensar que la verdad es verdad porque nosotros la decimos y que los demás tienen poco que añadir fuera de las concepciones que hemos acuñado como las verdaderas por nuestra cuenta y riesgo.
Una deformación muy importante del ego es la pérdida de un sentido autocrítico de la vida que nos lleva siempre a culpar a los demás de los problemas que se nos presentan porque no somos capaces de buscar la responsabilidad que nos corresponde y pensamos que nosotros siempre hacemos lo correcto y lo único posible sin ver que la acción colectiva es lo verdaderamente eficaz en un mundo donde el conocimiento de la ciencia, de la tecnología y del desarrollo de los seres humanos se ha extendido tanto que solo puede ser abarcado por el pensamiento y la acción interdisciplinaria y especializada. La interdependencia se hace cada día más necesaria e imprescindible y el mayor enemigo que puede tener esta concepción es el ego que se impone sobre los demás.
El ego es como Saturno, devora a sus propios hijos e incluso a sí mismo y alcanza un punto de dominio sobre nuestra vida que se nos hace imposible reconocerlo como tal porque nos lleva al convencimiento de que solo nosotros tenemos la razón y se diluye dentro de una personalidad que ha perdido todo juicio objetivo para reconocer que se ha enfermado con una dolencia crónica con muy pocas posibilidades de ser curada. El ego incluso limita sus propias posibilidades de contagio cuando ha llegado a un punto tan avanzado de desarrollo que impide reconocer ego en los demás porque pierde toda la conciencia de su existencia para reconocerse solo a sí mismo y para concederle a los demás las mismas posibilidades de desarrollo. Entonces el ego en esas circunstancias ha llegado a un punto de gravedad que se hace en nosotros irreversible para siempre y nos acompaña hasta la tumba frustrando todo lo que se le pone a su alcance y haciendo un daño de incalculables proporciones a nuestro alrededor.
Por todo esto y por mucho más que se me escapa, es que debemos estar siempre alertas con nuestro propio ego y con el de los demás que nos rodean. La imposición del ego sobre la sociedad, empobrece al pensamiento, a la creatividad de las personas y las hace dependientes, inútiles e infelices.
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