POEMA II
Yo dejo mi palabra en el aire, sin llaves y sin velos.
Porque ella no es un arca de codicia, ni una mujer coqueta que trata de parecer más hermosa de lo que es.
Yo dejo mi palabra en el aire, para que todos la vean, la palpen, la estrujen o la expriman.
Nada hay en ella que no sea yo misma; pero en ceñirla como cilicio y no como manto pudiera estar toda mi ciencia.
POEMA XCVII
Señor mío: Tú me distes estos ojos; dime
dónde he de verlos en esta noche larga, que
ha de durar más que mis ojos.
Rey jurado de mi primera fe: Tú me diste
estas manos; dime qué han de tomar o dejar en un peregrinaje sin sentido para mis sentidos,
donde todo me falta y todo me sobra.
Dulzura de mi ardua dulzura: Tú me diste
esta voz en el desierto; dime cuál es la palabra
digna de remontar el gran silencio.
Soplo de mi barro: Tú me diste estos pies…
dime por qué hiciste tantos caminos si Tú
solo eras el Camino, y la Verdad y la Vida.
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