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La muestra dedicada a exponer las obras de lo más joven del cine cubano, constituyó de nuevo ocasión propicia –lamentablemente única e irrepetible– para conocer los derroteros de quienes hacen sus pininos en el séptimo arte. La edición de este año evidenció un notorio salto de calidad en comparación con las dos anteriores, pues la mayoría de las obras presentadas iban, a mi parecer, de una calidad aceptable a realmente buenas. Otro rasgo a destacar de esta edición fue la gran cantidad de trabajos realizados por mujeres, otro signo positivo para el futuro del cine cubano, pues como se sabe, a lo largo de su historia la presencia femenina – sobre todo en la ficción– ha sido casi nula.
La mayoría de las obras presentadas indagaron sobre zonas de nuestra cotidianeidad apenas rozadas por el cine y ausentes de los medios oficiales, supliendo con arrojo ejemplar la falta de información sobre problemas candentes que nos afectan a diario.
Más que la audacia de los bisoños es importante destacar su altruismo y humanismo. En muchas de las obras vistas se manifestó un auténtico interés solidario con el drama abordado, como el de una joven cubana que reside en Suiza, pero se preocupa por la suerte de los habitantes de un edificio en ruinas en Centro Habana, o una joven habanera que nos muestra la difícil situación de los asentamientos de orientales en La Habana, o el joven estudiante que se interesa por la suerte de los pobladores de un pueblo otrora próspero, hoy en absoluta decadencia.
Por otra parte, y no me cansaré de decirlo, un lastre de la muestra fue una vez más la competencia desleal que supone que profesionales consagrados como Arturo Infante o Alejandro Ramírez Anderson, por sólo citar a los más notorios, incluso premiados en el Festival de diciembre, enfrenten sus obras con las de los que acceden por primera vez a la dirección. Por suerte, esta vez muchos de los debutantes mostraron suficiente talento para confrontar sus obras con las de los citados profesionales y en algunos casos les superaron.
De una extensa muestra me limito a reseñar lo que a mi juicio fue más interesante y novedoso desde el punto de vista estético y temático.
Sorprendente por la calidad de su acabado resultó Las camas solas, de la fotógrafa debutante en la dirección, Sandra Gómez. Este documental parte de un hecho real que podría haber quedado sólo en un reportaje periodístico: la evacuación de un cual edificio ruinoso ante la inminencia del paso del huracán Iván. La Gómez logra, sin embargo, crear un documental atmosférico, poético y tan realista que resulta surreal, en el que el trabajo fotográfico juega un papel preponderante en la captura de cada mínimo detalle que nos expone la tragedia que se presenta. Las camas solas recuerda – salvando las inevitables distancias– el estilo de Herzog de crear a partir de un hecho simple, una obra artística, dando la impresión de una mezcla de documental con ficción. Logra a su vez involucrarnos con la desventura de estas personas y resulta particularmente desgarrador verlos cual fantasmas, desplazándose como pueden con sus pertenencias por las desoladas calles aledañas al Boulevard de San Rafael, mientras una joven Down, habitante del lugar, repite como una letanía “las camas se quedan solas”, para culminar en ese magnífico e irónico final en el que los protagonistas son trasladados a otro edificio tan derruido como el que dejaron. Recibió el premio del jurado SIGNIS a la mejor obra en competencia.
No menos conmovedor resulta Model Town, de Laimir Fano Villanueva, sobre el otrora afamado y esplendoroso pueblo de Hershey, hoy sólo una de las tantas sombras del pasado, de la neblina del ayer. Con una inteligente economía de recursos: entrevistas cortas con certeros planos de los entrevistados, que los contrastan con fotos de lo que ayer fueron, empleo de fotos fijas que muestran la antigua magnificencia del lugar contra lo que es hoy. Model Town constituye un valioso tratado sobre la nostalgia, lo que fue y nunca más será igual. Sin caer en sentimentalismos fáciles, logra revelarnos lo que significó el lugar en el pasado para los ahora cuasi fantasmagóricos habitantes de un fantasmagórico lugar. Incluso la criticada secuencia final, aunque un tanto efectista y melodramática, resulta conmovedora.
Si Las camas solas y Model Town muestran el humanismo de sus autores, La cuchufleta, documental de Luis Ángel Guevara Polanco, resalta el humanismo de su protagonista, un campesino de lo más intricado de la Sierra Maestra quien con su ingenio logra proveer de luz, radio o televisión a los pobladores. Tiene La cuchufleta, la pericia adquirida en esa escuela del documental que ya es Televisión Serrana, a saber, energía en la puesta en escena y agilidad en la edición, que le confiere dinamismo a las entrevistas. A esto se une el humor natural del campesino, que hace muy ameno el documental. Pero su mayor valor consiste en descubrirnos a este hombre que en tiempos en que todo cuesta y todo se vende, ofrece sus servicios sin otro aliciente que el de ayudar a sus vecinos regalándoles un rato de alegría y goce en medio de su precariedad. La cuchufleta… rezuma una ironía inteligente, que juega astutamente con la promocionada Revolución Energética, como se anuncia en el creativo prólogo. Los habitantes del lugar carecen de energía eléctrica y este hombre con un rudimentario aparato se las ofrece, a riesgo de que un futuro, por no ser legal, lo pierdan. La cuchufleta recibió mención del jurado de SIGNIS.
Buscándote Havana de la jovencísima Alina Rodríguez Abreu, es un testimonio sobre los diversos asentamientos ilegales de los habitantes del Oriente del país (sobre todo de Guantánamo y Santiago de Cuba), que pululan en la capital cubana. A mi parecer su mayor valor radica en explorar estos barrios marginales y marginados, cuyos habitantes sufren en muchos casos un ostracismo social espeluznante del que nadie habla. Pienso que le faltó a Buscándote… un muestreo más amplio de los asentamientos, una mayor profundización en porqué algunos entrevistados llevan tantos años en la capital y según ellos no pueden trabajar legalmente, porqué hay ese rechazo de muchos habaneros hacia ellos (sólo se apoya en el testimonio de una habanera). Tal vez una mejor selección de las más de 20 horas filmadas por la Rodríguez Abreu, condensadas en 30 minutos, hubiera dado un mejor acabado. De todos modos, tener la valentía de abordar esta problemática sin ambages, ya es un logro y un testimonio de indudable valor antropológico a la vez que habla de la estatura ética de su directora, una muchachita habanera de sólo 21 años, que como buena samaritana se solidariza con el desconocido, sólo porque está en necesidad.
No menos arriesgado es el documental De Generación de Aram Vidal, que analiza sin cortapisas el desencanto, la frustración y la falta de horizontes de un grupo de jóvenes nacidos en la década del 80, es decir la generación que ronda los 20 años. El documental analiza, mediante inteligentes entrevistas contrastadas con una serie de consignas oficiales, problemáticas como el desarraigo, la falta de protagonismo, el cansancio ante discursos vacíos, las ansias de conocer otros lares y de tener un futuro mejor. Resulta alarmante y desesperanzador que todos coincidan en la falta de proyectos de cara al futuro, como si este se hubiera marchado definitivamente por la ventana. Interesante por demás resulta el contrapunteo entre estos jóvenes desencajados y la joven acomodada, expresando que toda visión de lo circundante, depende del prisma con que se mira.
Tres documentales resultaron a mi juicio interesantes pero fallidos. Rock´n Cuba de Jorge Riabil Reyes González intenta revelar otra zona oculta de nuestra sociedad, la de los cultores del hard rock o heavy metal. Desde ahí empiezan los problemas de este documental, el rock abarca una serie de modalidades de las que el heavy o hard viene a ser su vertiente marginal y extrema en cualquier parte del mundo. Eso no queda claro en el documental, que considera roqueros sólo a los cultivadores de esta modalidad, lo que denota falta de investigación, aún si ellos se consideran los verdaderos roqueros, en contraposición a otros que cultivan un rock más suave. De hecho una de las promotoras del rock cubano, María Gattorno, la creadora del desaparecido Patio de María, habla todo el tiempo al lado de una estatua de los Beatles, antítesis del heavy. Queda, eso sí, como un testimonio fehaciente de este modo de hacer música, de los problemas, anhelos, marginación y automarginación de estos peculiares músicos, rasgo este último distitivo de ellos que tampoco el documental toca a fondo.
Demasiado ambicioso resulta Camaleón de Liván Magdalena Cruzata y Abel Raymond Mesa, quienes pretenden abarcar en sólo 19 minutos, temas tan complejos como la idiosincrasia del cubano, su identidad y su religiosidad. Muy bien realizado y dinámico, con un diseño de créditos impactante y unas entrevistas bien articuladas, se queda obviamente en la superficie de lo tratado. Y vale por el testimonio de los entrevistados sobre las diferentes temáticas. El que mucho abarca…
Por último, con 72 horas, el católico Jeffrey Puente vuelve a indagar en la austeridad cristiana, esta vez de un modo más explícito y, tal vez sin proponérselo, más ambiguo. Vuelve también a interactuar con el P. Iván Bergerón, ahora como figura principal de este documental centrado en los carnavales del pueblo pinareño de Candelaria, que duran tres días. Durante ellos, el sacerdote queda casi literalmente aislado y cercado, debido a que las fiestas se celebran en el único parque del lugar, justo frente al templo. Puente insiste otra vez en el lenguaje del cine directo, dejando muchos cabos sueltos para el que no conoce la situación. Quedan en el aire muchas preguntas: ¿por qué se aísla el sacerdote de las fiestas, si en ellas no parece suceder nada indebido, al menos por lo que se nos muestra? ¿la imagen que tiene Puente de su Iglesia es que es tan austera que se inhibe de participar en cualquier jolgorio? ¿la Iglesia se va quedando al margen del bullicio popular, con un Bergerón que observa las fiestas a través de un catalejo a lo Memorias del subdesarrollo, no se sabe si con añoranza o compasión? Tal vez la ambivalencia sea intencional, y se confía en una agudeza extrema del espectador. Puente tiene todo el derecho a apelar a la inteligencia del espectador para valorar su obra, pero no todo puede quedar en el aire, sujeto a las más diversas interpretaciones.subdesarrollo, no se sabe si con añoranza o compasión? Tal vez la ambivalencia sea intencional, y se confía en una agudeza extrema del espectador. Puente tiene todo el derecho a apelar a la inteligencia del espectador para valorar su obra, pero no todo puede quedar en el aire, sujeto a las más diversas interpretaciones.
Sobre otra localidad pinareña giró Compás de espera, documental del debutante Benny Ray que es un homenaje-investigación sobre Los Palacios, a través de varias figuras que han alcanzado notoriedad en el lugar, en particular El monarca, un músico que conoció tiempos mejores y frisa ya la tercera edad, y un joven intelectual, al parecer talentoso, que pese a la precariedad y el anonimato en que vive, persiste en mantenerse en el sitio que le vio nacer y espera un tiempo mejor. Aunque le sobra metraje a lo que cuenta, Compás… logra apartarse de lo puramente localista, quedando como un testimonio de la permanencia de los sueños, del sentido de identidad, de la añoranza y del inexorable paso del tiempo. Alude también a ese arte de la espera desarrollado a lo largo de los años, no sólo por los palaceños, sino por todos los cubanos.
La animación para adultos prosiguió
su tortuoso pero seguro camino, destacando tres obras conceptualmente muy bien realizadas. La primera de ellas es Erpiromundo, tercer corto de animación de Ernesto Piña. Obra creativa y novedosa, en la que Piña recrea los conflictos que tuvo con sus profesores y la incomprensión de estos hacia su concepción adulta de la animación. Es en esto que muestra mayor agudeza Piña. Aún cuando se trata de una obra muy personal, incluso autobiográfica, fluye y se entiende sin gran esfuerzo, amén de ser visualmente atractiva.
Entre tanto, el novel Yimit R. González, sorprende gratamente con Jurassic Cube y Hombres verdes, dos obras metafóricas y algo crípticas, pero que denotan un creador en ciernes. Ambas aluden con vigor a dos problemáticas de la actualidad
cubana: Hombres verdes, la mejor, habla de sueños destruidos y del sentimiento de exclusión de muchos, mientras que Jurassic Cube nos remite tanto al autoritarismo como al ivoluntarismo endémico que carcome nuestra cotidianeidad.
El humor no podía faltar en la Muestra y estuvo presente de manera explícita o implícita en varias de las obras vistas. Lo mejor, Timbalito, de la joven camagüeyana Annette Pichs signación masoquista que subyace en mucha gente, sencilla o no.
Sánchez, es una mezcla de documental con video clip que, con una extraordinaria economía de recursos, nos habla con ironía y mordacidad, a través del microcosmos de un pequeño y destartalado poblado camagüeyano, y utilizando un conocido hit musical, del estoicismo absurdo, del aferrarse a consignas e ideales que nada tienen que ver con la realidad que se vive, y a cierta resignación masoquista que subyace en mucha gente, sencilla o no.
Por su parte, con Órbita, Asori Soto nsiste en la ironía presente en sus anteriores trabajos. Órbita, una de las
pocas ficciones en concurso, aborda desde una perspectiva surreal y sarcástica la colaboración
internacionalista, a través de la historia de un mecánico de televisión que es enviado a ¡reparar ventiladores Órbita en Togo! La secuencia en la que Mario (Mario Guerra), es enviado por su jefe Luis (Luis Alberto García) a
la misión, no tiene precio por su hilaridad. Más hilarante aún es la de Mario jugando fútbol con unos niños en la supuesta Togo y después entrevistado por un reportero. Esta secuencia no tiene diálogos, y el rostro de Guerra, sumamente expresivo, recuerda lo mejor de la comedia silente. Es lástima que esto no case bien con la historia melodramática del abandono temporal de Mario a su esposa (Limara Meneses) y la añoranza de ambos, y sobre todo con ese fallido cierre con un closeup a la Meneses y una interminable tanguedia de Astor Piazzola como acompañamiento musical.una interminable tanguedia
de Astor Piazzola como acompañamiento musical.
El don de Isabelita es un ameno documental de la tunera Niúver
bien discurre valientemente sobre los posibles porqués de que tanta gente joven no eche raíces en la nación que los vio nacer, su final ambivalente de “toma de conciencia por amor” ya lo había intentado Cremata en Nada, y si allí no convencía, aquí menos. Todo esto por no hablar de las múltiples situaciones inverosímiles que se dan a lo largo del filme, sobre todo el final novelesco e impostado.Rodríguez Ceballos, que narra con gran concisión la historia de una anciana comadrona que supuestamente le predice a las embarazadas tanto el sexo de sus hijos, como el día y la hora en que van a nacer. Narrado con gracia y agilidad, deja inteligentemente en el misterio a la protagonista, a la vez que rescata del pasado a estos personajes que utilizaban sus poderes milagrosos para ayudar a los demás.
Por último me refiero a la obra más ambiciosa de la muestra, Personal Belongings, del argentino Alejandro Brugués y el cubano Inti Herrera. Gira sobre la temática acaso más recurrente en el audiovisual cubano
la emigración, esta vez a partir de una
historia de amor entre un joven semi
vagabundo, cuya mayor ambición es marcharse del país, y una muchacha que ha sufrido la pérdida de sus seres queridos en un episodio de salida ilegal. A esta película le sucede lo mismo que a dos filmes recientes de noveles realizadores cubanos: Mañana, de Alejandro Moya, y La
pared, de Alejandro Gil. Queriendo debutar en grande, no se percatan de que lo que cuentan da para un corto o cuando más un mediometraje, y que el camino hacia el largometraje es paulatino. Personal… en sus más de 90 minutos se pierde en reiteraciones y su narrativa, densa por supuestamente profunda, resulta tediosa. En cuanto a su temática, si bien discurre valientemente sobre los posibles porqués de que tanta gente joven no eche raíces en la nación que los vio nacer, su final ambivalente de “toma de conciencia por amor” ya lo había intentado Cremata en Nada, y si allí no convencía, aquí menos. Todo esto por no hablar de las múltiples situaciones inverosímiles que se dan a lo largo del filme, sobre todo el final novelesco e impostado. |