Página principal
AL RESPECTO DE LA REFLEXIÓN
SOBRE UN PENSAMIENTO ECONÓMICO PARA CUBA

JOSÉ ANTONIO QUINTANA

Año XIV. no. 80
julio-agosto de 2007

ECONOMÍA


 
 

Entre la economía que tenemos y la que deseamos existe un espacio de tránsito inevitable.
No es posible, parados en el borde del estadio actual, dar un salto y caer en el deseado estadio futuro. Sería un acto circense en el que se arriesgaría mucho más que una vida. Como las varitas mágicas y las máquinas del tiempo son cosas de la imaginación, para salvar la distancia no queda otro remedio que transitar un proceso de transformaciones económicas el cual, inevitablemente, ocurrirá conjuntamente con uno de cambios sociopolíticos.
Si alguien pretende pensar en escenarios económicos futuros y hacerse de una visión más o menos fundamentada de los mismos tampoco puede obviar un proceso de reflexiones, de producción de ideas, que anticipe las transformaciones reales y se constituya en pautas para la realización de las mismas. Producir ideas válidas y útiles como contribución a un pensamiento económico para Cuba, es ante todo, un ejercicio de creación de criterios, juicios y pautas con respecto a la obligada transición desde el estado de economía de deterioro y supervivencia, hasta el de recuperación primero, y luego hasta el definitivo de bienestar y progreso relativos.
A la economía deseada, futura, la ligan a la actual un conjunto de variables claves del proceso de transición. Individualmente, cada una de estas variables influye notablemente en la forma y los contenidos imaginados pero solo el concurso de todos los determina.
La primera variable que analizaré pudiera ser objetada en su naturaleza por estar referida al presente, a la realidad vivida y, en tal sentido, al ser algo dado, pudiera considerarse constante. Ello es cierto. También lo es que la realidad tiene diversas interpretaciones y ellas la convierten en variable. Pero no se trata aquí de una interpretación rigurosamente matemática de estos conceptos. Lo que importa es que la economía deseada depende, en alguna medida, de la economía real, cualquiera que sea la forma en que se interprete esta.
La economía actual, la reflexión crítica de la misma, es el punto de partida para la elaboración de un pensamiento económico contentivo de una visión futura de la economía. El presente de la economía está cargado de gérmenes de futuro, de tradiciones y de intereses creados. También está cargado de lastre.
Entre los gérmenes o embriones de futuro (futuribles) pudieran estar las empresas individuales, las pequeñas y medianas; las alianzas y pactos locales y regionales; las cooperativas solidarias etc., etc.
Tradiciones de nacionalismo y proteccionismo, de producción de azúcar, de vínculos con el mercado norteamericano. Muchas tradiciones que deben ser tenidas en cuenta, unas para revitalizarlas, actualizarlas y continuar con ellas, y otras, para sentirlas como dulce nostalgia, como quizás suceda con la producción azucarera en su papel de motor del desarrollo.
Los intereses creados importan todos, los de anteayer y los de ayer, también los de hoy. Los intereses de los antiguos terratenientes e industriales, los de los burócratas y militares actuales, los de los jubilados y los de aquellos que reciben rentas vitalicias en divisas, entre muchos otros. Los intereses son el fondo de la motivación económica de los hombres. Mal conocidos o ignorados pueden desvirtuar, desacelerar o estancar cualquier iniciativa. Si como creemos el hombre es el centro, sujeto y fin de la economía es preciso no ignorar el peso que tienen los intereses económicos en su vida.
Además, un pensamiento económico que pretenda ser fuente nutricia de iniciativas concretas en la sociedad debe tener la capacidad de impregnarse en las conciencias… Y los intereses son una especie de colágeno espiritual.
Quién importa, porque las creencias del que proyecta, del que desea, toman forma en el objeto deseado. Si el grupo pensante profesa el nacional-socialismo, sus metas serán un estado fuertemente normado que tenga por clientela a grandes monopolios; si fuera neoliberal trataría de pautar objetivos de irrestricto ejercicio de las privatizaciones y aperturas del comercio exterior y las inversiones; si, como es nuestro caso, es de inspiración cristiana optará por pergeñar escenarios iluminados por la doctrina social de la Iglesia.
Quién, no tiene necesariamente que tener nombre y apellidos, pero sí tiene que estar caracterizado en evitación de equívocos irremediables.
Cómo, importa porque los métodos usados para alcanzar objetivos pueden hacerlos buenos o desvirtuarlos. Pasar de la propiedad social actual a la privada podría ser el necesario desestancamiento y aceleración del movimiento de las capacidades productivas nacionales. Digo de la propiedad social preponderante actualmente, pues, como se conoce, existe cierta propiedad privada agraria coartada en su fin, es decir con limitado y condicionado derecho de disposición y ningún derecho de enajenación. Pero bien, ¿Cómo se llega de una a otra propiedad? ¿Se restituye a los antiguos dueños; se vende, quién vende, a quién se vende; qué se hace con el dinero de la venta? Una equivocación aquí puede invalidar los más influyentes mandamientos de la Gaudium et Spes Nº 63. Precisamente el destino universal de los bienes es algo raro en el mundo.
La economía marxista en los libros es a veces cautivante como la de Moro u Owen. Lenin hizo una interpretación, optó por un cómo, dio marcha atrás y optó por otro y en eso murió. Trosky tenía otro cómo y Stalin el suyo, que todo el mundo conoce en qué paró. El cumplimiento a marcha forzada de metas monumentales, dictadas por la voluntad de uno o varios hombres y sin armonía ni proporcionalidad adecuada con otros objetivos, marcó para siempre la economía socialista, la que, por otra parte
y tristemente, ha sido una economía para sí misma.
Los contenidos republicanos y liberadores de la revolución francesa, en el como lo hizo Napoleón, condujeron paradójicamente al imperialismo y a la restauración. Cuándo, importa porque hay un tiempo para plantar, uno para cultivar y otro para recoger la mies.
Reconstruir una economía de mercado sin tener muy claro cuándo se hace cada cosa puede conducir al caos. El solo hecho de privatizar los negocios y dejar que funcione la libre concurrencia no crea una economía de mercado. Es necesaria la maduración de instituciones propiciadoras de la eficiente actuación de las fuerzas mercantiles. Sin el crédito, la contratación, el derecho a la propiedad industrial y de autor, sin una normatividad comercial, sanitaria, etc., etc. no funciona el mercado. Estamos en condiciones de no padecer lo que padecieron los ex países socialistas del este de Europa, de no seguir sus pasos y hacer nuestras cosas cuando deban ser hechas, sin apuro ni demoras: «just in time».
Muchos de los activos del ex mundo socialista se comercian en el sur de España. En voz baja, los empleados bancarios dicen de los nuevos señores, “son mafiosos”. Pero cuando el hombre se acerca y saluda, el empleado lo reverencia y dice: “señor”.
Poderoso caballero es Don Dinero, dice el verso español. Evitemos esos ejemplos.
El azar importa porque sus caprichos insondables, que la ciencia de escenarios quiere a veces expresar en términos de probabilidad, es una realidad.y a la restauración. Cuándo, importa porque hay un tiempo para plantar, uno para cultivar y otro para recoger la mies.
Reconstruir una economía de mercado sin tener muy claro cuándo se hace cada cosa puede conducir al caos. El solo hecho de privatizar los negocios y dejar que funcione la libre concurrencia no crea una economía de mercado. Es necesaria la maduración de instituciones propiciadoras de la eficiente actuación de las fuerzas mercantiles. Sin el crédito, la contratación, el derecho a la propiedad industrial y de autor, sin una normatividad comercial, sanitaria, etc., etc. no funciona el mercado. Estamos en condiciones de no padecer lo que padecieron los ex países socialistas del este de Europa, de no seguir sus pasos y hacer nuestras cosas cuando deban ser hechas, sin apuro ni demoras: «just in time».
Muchos de los activos del ex mundo socialista se comercian en el sur de España. En voz baja, los empleados bancarios dicen de los nuevos señores, “son mafiosos”. Pero cuando el hombre se acerca y saluda, el empleado lo reverencia y dice: “señor”.
Poderoso caballero es Don Dinero, dice el verso español. Evitemos esos ejemplos.
El azar importa porque sus caprichos insondables, que la ciencia de escenarios quiere a veces expresar en términos de probabilidad, es una realidad que solo puede ser prevenida con aseguramientos preventivos y reservas, como hacen los negociantes todos en sus contabilidades.
Sin la crisis de 1929 Gerardo Machado no sería recordado como un odioso tirano. El hambre, sin la crisis, no hubiese arreciado, ni el desempleo hubiese llegado a extremo. Los agitadores políticos no habrían tenido motivos ni condiciones para espolear la revuelta y, quizás, Machado no habría tenido necesidad de exhibir su crueldad y hubiese podido hacer algo más que el Capitolio y la Carretera Central.
Sin la Guerra Mundial los precios del azúcar, el cobre y otros productos no se hubiesen incrementado; Grau no habría sido el sonriente pregonero de “dulces para todos, las mujeres mandan y cinco pesos en el bolsillo”.
La guerra le regaló una bonanza inesperada, como la crisis le regaló lo contrario a Machado. Fue el azar, ellos no habrían podido predecir tales acontecimientos, ni tampoco producirlos ni evitarlos, vinieron de fuera, solo podían, si hubiesen estado preparado para ello, gerenciarlos, como se hace hoy con los ciclones y debía hacerse con los precios del níquel y otros rubros. El azar importa, como se ve. Los proyectos sociales también son sacudidos por sus siniestros particulares.
Las ideas y criterios de contribución a un pensamiento económico de inspiración cristiana no tienen por qué precisar el nombre de quién lo hará, decir la fecha en qué se hará y determinar los métodos que se usarán. Pero tampoco debe caer en ambigüedades o vaguedades conducentes a una retórica estéril. Del cuerpo del pensamiento, como de las yemas del tronco de una planta, deben brotar ramas que no nieguen el tronco, y que, sin ser este, contengan su código genético por decirlo de alguna manera. Las interpretaciones y desarrollo que se harán a partir del pensamiento guía, deben encontrar asideros inequívocos, pautas claras y criterios sólidos y coherentes a partir de los cuales sea posible elaborar programas concretos de acción económica. Y decir algo que no se haya dicho; ni repetir ni parafrasear…se trata de aportar, o por lo menos de focalizarse en las lagunas conocidas, en los nodos problémicos no resueltos o no abordados, aunque se recojan con honestidad los aportes de otros.

Todos sabemos que un pensamiento económico no se construye de un año para otro en talleres de reflexión ad hoc. A propósito ¿Existe un pensamiento económico cubano? No creo que exista un conjunto de categorías y conceptos coherentes que expliquen de manera integral, con sello cubano, la economía; que la expliquen y permitan con ello orientarse en la solución de problemas.
Al pensamiento económico marxista lo caracteriza las teorías de la plusvalía y del valortrabajo. A la escuela austriaca de pensamiento económico la caracteriza la temporalidad, la escasez y la empresarialidad, sobre todo esta última. Al pensamiento cepalino de Presbich lo caracterizan los conceptos de centro y periferia y su interacción ¿Qué singularidad da identidad al pensamiento económico cubano, si lo hubiere?
Existen criterios conceptos e ideas vertidas en artículos, discursos y libros pero no una doctrina coherente y abarcadora. Ni Martí, ni Pazos, ni Saladrigas, junto a Cepero Bonilla, los Torras, Carlos R. Rodríguez y Carmelo Mesa Lago lo han logrado. La historia económica de Cuba se ha explicado desde el marxismo y desde variantes liberales pero el instrumento de explicación no ha sido criollo, hasta donde yo sé. Esto es precisamente un reto. Y grande. Tal vez demasiado grande para nosotros. Pero si trabajamos con humildad y perseverancia, sin ambiciones demiúrgicas, no dudo que haremos bien, que contribuiremos a iluminar una transición que debe ser rápida, sin apuros, lo menos traumática posible y centrada en el bienestar. Hasta hoy, el progreso humano, además del costo en recursos económicos, ha costado lágrimas, sudor y sangre a la humanidad. Ahorrémosle de todo eso a nuestro pueblo.

 

Indica el artículo que está leyendo