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El pasado 31 de mayo finalizó la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Aparecida, Brasil. Obispos representantes de cada uno de los países latinoamericanos reflexionaron y debatieron, durante casi tres semanas, aspectos muy importantes del presente y del futuro de la Iglesia en Latinoamérica. Siempre que la Iglesia de Jesucristo se reúne, lo hace para pensar en el hombre en todas sus circunstancias, pues éste es el objetivo de su misión, que tiene como punto de partida a la Santísima Trinidad.
La Pontificia Comisión para América Latina en su reunión plenaria del año 2007 trató el tema de la formación y la educación cristiana y nos hizo las siguientes recomendaciones pastorales que según los números 29 y 33, hablan de la indisoluble unión de la familia y la educación cristiana. Lo transcribo a continuación:
LA FAMILIA Y LA EDUCACIÓN CRISTIANA
RECOMENDACIONES PASTORALES
29. La familia, con la ayuda de la escuela, la parroquia y los movimientos eclesiales, debe formar a los niños y a los jóvenes en las virtudes cristianas, teologales y morales, a fin de que puedan llevar una auténtica vida de fe, esperanza y caridad. Particularmente, hay que formarlos en virtudes como la sinceridad y la veracidad, la laboriosidad y la responsabilidad, la constancia y el esfuerzo, la generosidad y la capacidad de perdonar.
33. Los padres católicos deben ser conscientes del deber y del derecho que tienen de educar a sus hijos según su propia fe religiosa. Ellos deben también reivindicar ante el Estado su derecho a elegir el tipo de educación que corresponde a nuestra fe y el derecho a fundar escuelas católicas, sin ser discriminados económicamente (Cf. Carta de los Derechos de la Familia. art. 5)
El título y el contenido de estos dos números invitan a reflexionar en primer lugar, acerca de la relación que existe entre la familia, el Estado y la religión (en este caso la Iglesia) con respecto a la educación del hombre. Familia, Estado e Iglesia tienen un deber que cumplir en la educación de las personas. Esto es indiscutible, pero ¿En qué proporción? Ésta viene determinada por la misma naturaleza del ser humano, o, como gusta decirse en el mundo contemporáneo, por la Antropología, que es la ciencia que nos muestra y describe cómo es el hombre, desde el punto de vista de su naturaleza biológica, psicológica, socio-cultural y religiosa. La Antropología nos enseña que el hombre nace, crece y vive dentro de la familia. Hombre y familia están esencialmente unidos. ¿Puede desarrollarse una persona fuera de la familia? La respuesta, negativa por lo obvia que es, puede ser una perogrullada. Sin embargo, en la práctica puede resultar no tan clara; y esta no claridad depende del grado de conciencia que se tenga de esta verdad antropológica. Muchas características psicológicas de las personas dependen de la relación paterno-materna durante los tres primeros años de su vida. Los hábitos y comportamientos sociales tienen su primer momento en la primera etapa de la vida familiar. En una palabra, la familia es la formadora de la persona humana, mediante la educación que aquella da. Éste es el primer dato que la Antropología nos enseña. Por eso, ninguna otra estructura, por buena y competente que sea, puede ocupar el lugar antropológico de la familia. Lo contrario sería antinatural, y, por consiguiente, nocivo para la vida humana.
La familia está primero y encima del Estado y de la Iglesia. Está primero en el orden del ser (orden ontológico); esto es, porque no puede haber sociedad ni Iglesia, si antes no existe la familia, que es la que produce y educa las personas que integrarán la sociedad y la Iglesia. En el orden del tiempo, la familia aparece primero que la sociedad y que la Iglesia. Estos son los datos que la Antropología nos enseña.
El Estado y la Iglesia tienen un papel secundario en la educación de las personas. No es que no lo tengan, sino que su papel se halla en segundo lugar. El Estado y la Iglesia son estructuras que existen para ayudar a la familia en su tarea personalizadora. Tienen esta obligación. Ni la iglesia ni el Estado deben suplir la función de la familia. Solo de manera excepcional pueden y deben hacerlo. La relación del Estado y la Iglesia con la institución familiar es de subsidio, el cual puede ser en distintos órdenes, uno de ellos es el educativo.
En este sentido, el Estado o la Iglesia no solo deben proporcionar a la familia el edificio escolar y los maestros; sino también la competencia de estos últimos en cuanto a la materia que imparten. El Estado tiene la obligación de garantizar la gratuidad de la enseñanza con calidad.
La Modernidad conquistó para el bienestar de los ciudadanos de cada Estado, el concepto de Estado Laico como contraposición al de Estado Confesional, el cual se caracteriza por la oficialidad de alguna religión, que impone a todos los ciudadanos de dicho Estado una enseñanza formal, de acuerdo a los patrones de esa religión. Repito, el Estado Laico es una conquista positiva en la historia de la humanidad. Actualmente existen Estados confesionales musulmanes. El mundo occidental presenta el modelo de Estado Laico, es decir, no confesional.
La naturaleza del Estado Laico está en no imponer ni proponer confesión religiosa alguna a sus ciudadanos, dejándolos en libertad de escoger la religión que deseen profesar y la forma de profesarla. También, de no tener religión alguna o de ser no creyente. ¡Qué bonito es poder y escribir esto!, porque el fundamento de esta verdad se cimienta en la libertad del hombre, que es el primer derecho humano, fundamentado en la naturaleza de la persona humana; en su dato antropológico. Para nosotros los cristianos esta verdad tiene otro matiz. Somos libres, porque Dios nos ha hecho libres, al punto de permitir que no lo amemos. Sin embargo, debemos ser honestos, y reconocer que en épocas pasadas muchos cristianos no comprendieron en toda su profundidad la libertad religiosa del hombre, y por ello la impusieron, y en algunas ocasiones llegaron hasta la persecución religiosa. Esto fue lamentable, y si para algo ha servido, es para que nunca más vuelva a ocurrir. La Iglesia ha reconocido su culpa pasada y ha pedido perdón por ello. Desde hace tiempo, la evangelización va por otros caminos. Las demás religiones y estados deben comprender que la religión y la no creencia no pueden imponerse. Aquí radica el concepto de la libertad religiosa.
El deber de educar en la propia fe religiosa se fundamenta en que al ser ésta un valor, es lógico que los padres quieran transmitir este valor, que lo es para ellos. Sin embargo, a este deber-derecho de la educación religiosa, se opone el ambiente del medio exterior a la familia. El permisivismo y la relajación de costumbres del mundo contemporáneo, con frecuencia, mellan la educación religiosa, que los padres desean transmitir. Las compañías, el ambiente del barrio y de la misma escuela, a veces no es propicia a la orientación religiosa y moral que los padres deben transmitir a sus hijos de cara al crecimiento personal de éstos.
¿Cómo hacer para que la escuela sea una prolongación de la familia? ¿Cómo lograr que en la escuela el hijo no encuentre una educación diversa a la que los padres transmiten? Reto arduo para la escuela moderna en cualquier parte del mundo. Desde hace siglos, la Iglesia, y también la sociedad, han venido dando respuestas a esta problemática antropológica.
La primera de ellas brotó de la incapacidad de la comunidad social de garantizar la enseñanza elemental y universitaria para las clases pobres, ya que las pudientes pagaban sus preceptores particulares, que impartían la enseñanza a los educandos en sus propias residencias. La Iglesia, entonces, vino a llenar un vacío de cara al bien común. Así pues, en el mundo cristiano las primeras universidades y escuelas fueron dirigidas por la Iglesia. En una sociedad católica no existía la oposición entre la educación familiar y la impartida en la escuela.
La Iglesia, desde el punto de vista económico, siempre ha sido incapaz de asumir toda la enseñanza de la sociedad. Así surgió, en un segundo momento, una modalidad, la escuela paga, y un inconveniente con ello. En un 90% asistían los hijos de los padres que pudieran pagar. El otro 10% era gratuito para alumnos pobres, a veces esta cifra se ampliaba. Cuando surgieron las escuelas gratuitas dirigidas por el Estado, en ellas se impartía la signatura de Religión para alumnos, que en su totalidad eran católicos, porque provenían de padres católicos, que conformaban la sociedad la cual en su totalidad era católica.
Asimismo, existieron y existen escuelas religiosas completamente gratuitas dirigidas por la Iglesia, porque repito es imposible para la institución eclesial asumir el financiamiento de toda la educación de un territorio, máxime cuando a medida que ha ido avanzando el mundo moderno, ya no solo se estudia con lápiz y papel, pizarra y tiza; sino que se requiere de laboratorios, videos, televisores, computadoras y libros cada vez más costosos.
Además de la educación religiosa no gratuita, en el mundo ha existido la educación laica privada no gratuita; que ha funcionado como una escuela no confesional desde el punto de vista religioso, pero no contraria a la religión, con lo cual cumple uno de los requisitos característicos de la escuela laica: La no confesionalidad religiosa, la cual no es, ni puede ser sinónimo de oposición religiosa. Este principio básico es el mismo del estado laico moderno con relación a la religión; y ello debe estar muy claro en las mentes de los ciudadanos y de los gobernantes. La escuela laica privada puede tener, de modo opcional, la asignatura de Religión Católica para los hijos de padres católicos que así lo deseen. También la escuela laica estatal puede presentar esta modalidad, existente en muchos países.
¿Cómo lograr que los hijos de padres católicos tengan una educación católica en la escuela? Por varias modalidades: Primero, por el tradicional colegio católico, dirigido, desde los principios de la Moral Católica, por alguna congregación religiosa, o por la parroquia, o por laicos católicos. Obviamente, esta modalidad es incapaz de asumir financieramente toda la enseñanza de una región. Forzosamente no puede ser siempre gratuita; y por consiguiente no puede ser masiva. Su quehacer está en la línea de la ayuda a la educación general de un país. Es una ayuda fehaciente para la preparación profesional y moral de los hombres y mujeres del futuro, y para el progreso del país. Los hombres y mujeres formados por la Iglesia han sido a través de siglos un poderoso elemento a la vida y progreso del mundo. La historia de Cuba es una muestra clarísima de ello. Por esta razón, el Estado tiene el deber de financiar parcial o totalmente a estas escuelas que ayudan a la educación del país.
Debido a la subvención parcial o total del estado a la escuela religiosa (católica), las familias católicas con bajos ingresos económicos se beneficiarían de los servicios de la escuela propia de su religión en la cual desean educar a sus hijos. El Estado, por su parte, asumiría el deber de propiciar a sus ciudadanos religiosos, el derecho de cumplir con el deber de la educación religiosa de sus hijos, también ciudadanos de ese país, y futuros gestores de la vida y el progreso de su patria. Hoy día hay Estados que comprenden esto, pero la no comprensión de esta verdad en tiempos pasados, produjo un mal enfoque de lo que se ha convertido en un problema: Ver la educación religiosa, cuando ésta ha tenido que ser paga, como clasista, lo cual resultaría falso, si el Estado asume el deber de subvencionar las escuelas católicas, lo cual es un derecho de sus ciudadanos religiosos, de cara al deber que éstos tienen de educar a sus hijos, según su religión. El Estado tiene el deber de dar esta oportunidad, especialmente a los católicos más pobres, porque el Estado existe para servir a sus ciudadanos, especialmente a los más pobres.
La otra modalidad está cuando la escuela laica privada no gratuita imparte la asignatura de Religión para los hijos de padres que así lo soliciten. Esta modalidad existe en el mundo desde hace siglos.
Finalmente, y ésta me parece la más factible en el mundo moderno, está en que en las escuelas laicas gratuitas no confesionales religiosamente, dirigidas por el Estado, se imparta la asignatura de Religión para los alumnos de padres que lo deseen.
En las tres modalidades, sí debe cumplirse un principio, transmitido por cierto en Cuba, por Juan Pablo II en la Misa celebrada en Santa Clara: “La familia, la escuela y la Iglesia deben formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad. No tengan miedo; abran las familias y las escuelas a los valores del Evangelio de Jesucristo, que nunca son un peligro para ningún proyecto social”. Este principio vale para todo el mundo, pues es de carácter sociológico universal.
La educación católica no puede reducirse a la clase de Religión. Es muchísimo más que esto. Juan Pablo II apuntó al centro del problema a resolver: la relación entre Escuela, familia e Iglesia formando una comunidad de trabajo. ¿Qué se quiere decir? Que la Escuela no pude funcionar de manera autónoma. Si la familia tiene el deber de la educación de sus hijos, y los deposita confiadamente en la escuela, ésta tiene que responder a los intereses humanos y religiosos de la familia. Desde el punto de vista de la formación del hombre, las distintas religiones cristianas convergen.
La relación Familia-Escuela no puede reducirse tampoco a la planificación de actividades. En esto, también es mucho más lo que se quiere decir. Se habla de comunidad para intereses educativos. Los intereses técnicos, como son las asignaturas, y el modelo de persona que se quiere formar, son los intereses humanos. Y en todo esto la familia tiene el deber de aportar sus intereses. Todo padre quiere para sus hijos la mejor escuela técnica y humanamente posible, luego poseen una voz ejecutiva al respecto, lo cual es un derecho.
¿Y la Iglesia? ¿Qué de malo puede enseñar? ¡Cuánto puede ayudar! En el modelo de escuela laica no reclama para sí una voz directiva, ni siquiera ejecutiva, como la de la familia, sino la voz del consejo humano; avalado por veinte siglos de experiencia en el trato con el hombre. Es enriquecedor para la escuela, además de colocarle a la Iglesia una exigencia muy alta, pero que debe asumir; porque repito, el fin de la vida de la Iglesia es el hombre, y para él, ella existe.
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