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1. VIDA Y RECONCILIACIÓN
Hay que comprometerse en el respeto a la defensa de la vida de cada ser humano, desde la concepción hasta su ocaso natural. Todas las vidas humanas tienen un valor igual. Todas las personas tienen la misma dignidad y por lo tanto deben ser protegidas y valoradas como tal.
La vida humana entraña no sólo la garantía negativa de que la persona no va a ser objeto de ofensas o humillaciones, sino que supone también la afirmación positiva del pleno desarrollo de la personalidad de cada individuo (Novo Millenio Ineunte No. 51)
La vida como don de Dios es sagrada. “Dios es el Señor de la vida. La vida es don suyo. El hombre no es ni puede ser árbitro o dueño de la vida. Muchas personas a través de la historia han considerado, equivocadamente, que la vida no es para todas las personas y han discriminado a otros seres humanos por su sexo, raza, posición sociopolítica, religión, forma de comportarse. Ejemplos de lo anterior son las discriminaciones de la vida de la mujer, la vida de los negros, la vida de los guerrilleros, la vida de los homosexuales, la vida de las personas que no comparten una misma religión o la vida de los delincuentes. Frente a situaciones concretas como el aborto, la eutanasia, la tortura, el suicidio, la pena de muerte, la desaparición, la esclavitud, las desigualdades, la miseria y el hambre, la dignidad humana no puede quedarse en un tópico retórico inofensivo (Conclusiones de Santo Domingo. 1992. No. 215).
Sólo Dios puede disponer de la vida humana. Ningún ser humano tiene derecho a decidir sobre la vida de otro, porque su dignidad es igual a la de los demás. Ninguna autoridad —juez, rey, presidente, corte— puede decidir sobre la vida de un ser humano, porque, aunque quienes representan la autoridad tienen poder, su dignidad es la misma de cualquier otra persona. Los gobiernos, los partidos y movimientos, las instituciones y organizaciones, las personas y grupos, al actuar tienen unas exigencias éticas que cumplir, relacionadas con la dignidad humana. “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente” (Gaudium et spes No. 16).
La persona humana como ser autónomo, inteligente y libre, tiene unas dimensiones (ser individual, ser social, ser en el mundo y ser trascendente) y unas facultades (voluntad, inteligencia, imaginación, esperanza, capacidad de amar,...) que está llamado a realizar y desarrollar integralmente con los otros, por los otros y nunca contra los otros. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quién se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo dónde cobijarse? (Novo Millenio Ineunte, No. 50).
Hay que defender y promover el derecho a la vida humana como el valor fundamental y la condición para los demás derechos. Todo hombre,
en cuanto persona, es sujeto y fundamento de derechos anteriores y superiores a todo derecho positivo civil o eclesiástico; se trata de los derechos humanos fundamentales, que son inalienables y que generan correlativamente obligaciones de las que nadie puede dispensarse. “En una convivencia ordenada y fecunda se tiene como fundamento el principio de que todo ser humano es persona, es decir, una naturaleza dotada de inteligencia y de voluntad libre; y por consiguiente, es sujeto de derechos y deberes que se derivan inmediata y simultáneamente de
su misma naturaleza; derechos y deberes que son por ello universales, inviolable, inalienables” (Pacem in terris No. 9, 1963).
El Concilio Vaticano II (1962-1965) recoge lo mejor de la tradición eclesial en esa materia en el capítulo IV de la Constitución Conciliar Gaudium et spes, dedicada a realizar la vida en la comunidad política. “Puesto que todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios tienen una misma naturaleza y un mismo origen; y redimidos por Cristo gozan de una misma vocación y destino divino se ha de reconocer cada vez más la fundamental igualdad entre todos
los hombres. Toda clase de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, sea discriminación cultural o social, de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, se ha de alejar y superar, como contraria a los divinos designios” (Gaudium et spes No. 29).
Hoy es más urgente denunciar todas las amenazas que atentan contra la vida de las personas y pueblos. “Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción piscológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes las practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador” (Gaudium et spes, No. 27).
A este alarmante panorama, con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico, se agregan nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano (Nuevas amenazas contra la vida humana. Juan Pablo II. Evangelium vitae No. 3). Como Iglesia Católica debemos preocuparnos no sólo por defender el inicio de la vida humana (No al aborto), y no sólo por
el final (No a la eutanasia), sino comprometernos en promover la vida digna en todo su proceso y desarrollo. “Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf.1 P 2,9): el pueblo de la vida y para la vida” (Juan Pablo II. Evangelium vitae No.78 y 79).
2. JUSTICIA RECONCILIADORA
“Empeñarse firmemente, a la luz de los valores evangélicos, en la superación de toda injusta discriminación por razón de razas, nacionalismos, culturas, sexos y credos, procurando eliminar todo odio, resentimiento y espíritu de venganza y promoviendo la reconciliación y la justicia” (Santo Domingo No. 168).
La justicia es un concepto central para las relaciones vitales entre las personas. No es algo meramente jurídico, sino que penetra toda la vida donde quiera se encuentre la persona humana en relación comunitaria. La justicia no sólo mide las relaciones de la persona con Dios, sino también las relaciones de los hombres entre sí y las relaciones con el medio ambiente natural. La justicia está relacionada con la existencia de un recurso justo y eficaz, que garantice a las víctimas el juicio de los responsables. Para que pueda operar el perdón, como acto privado, se requiere que la víctima conozca al autor de las violaciones (Verdad) y que éste manifieste su arrepentimiento.
El derecho a la justicia comporta la obligación estatal de investigar las violaciones, perseguir a sus actores y, si su culpabilidad es establecida, asegurar su sanción. En este punto, la lucha contra la impunidad, por sus características especiales, acepta la adopción de ciertas medidas restrictivas específicas, como la exclusión de prescripciones, amnistías generales y asilos, la extradición de los delincuentes y la limitación estricta de los tribunales militares, entre otras. Los procesos penales pueden servir para individualizar la responsabilidad de los delitos graves. Ayudan para evitar que un grupo le eche la culpa a otro, cuando en realidad los crímenes fueron cometidos por individuos. Responsabilizar a los individuos, propicia la reconciliación, tanto por promover que las víctimas sientan que han recibido la justicia, como por aclarar que no todos los miembros de un grupo tenían la culpa.
La justicia no es darle a cada uno lo que se merece sino lo que le corresponde, ¿y qué es lo que le corresponde a cada persona? Sus derechos y sus deberes. ¿Qué es entonces la justicia social? Es hacer posible el bien de toda la comunidad, teniendo en cuenta los derechos de todos los seres humanos. La justicia social permite a todos los hombres y mujeres desarrollar sus facultades y ponerlas al servicio de la sociedad. La caridad y el amor cristianos son ante todo una exigencia de justicia, es decir, el reconocimiento concreto de la dignidad y de los derechos de cada hombre, de cada persona considerada como individuo y como miembro de una comunidad o sociedad.
La justicia social se debe manifestar en: Lo económico, con la justa distribución de los recursos materiales entre los miembros de la comunidad; un salario familiar suficiente para vivir; la oportunidad para todos de tener un trabajo y unos conocimientos para enriquecerlo y mejorarlo; y, en general, todo lo correspondiente a la función social de la propiedad. Lo social y lo político, con la promoción de todos los hombres y mujeres para que desarrollen sus capacidades; la lucha contra las desigualdades sociales, raciales y la discriminación por el sexo de las personas; la creación de formas para que todos los hombres y mujeres puedan participar y decidir sobre la organización y el futuro de su comunidad; la libertad de acción y expresión de todos los miembros de la comunidad, siempre y cuando éstas no vayan en contra del bien de todos; la posibilidad de que todos disfruten oportunamente de la salud, la educación y la información; el derecho a asociarse y crear empresas, cooperativas, juntas de padres de familia, juntas de acción comunal; el derecho a un ambiente tranquilo y seguro. Lo espiritual y lo moral, la justicia social se hace realidad cuando los miembros de una comunidad practican valores morales como la solidaridad y el amor al prójimo. Cuando se vive la justicia social, se protege a los que están en condiciones físicas, mentales, sociales o económicas difíciles y se mejoran las relaciones entre las personas, porque están orientadas por el respeto y la ayuda mutua.
En los procesos de RECONCILIACION una de las exigencias primarias es la JUSTICIA. Dicha necesidad es sencillamente lógica, cuando vemos las injusticias cometidas y el modo en que éstas influyen en la reconstrucción de una sociedad destrozada y gravemente damnificada. La misma solidaridad con las víctimas exige justicia. Sin embargo, las experiencias nos han demostrado que la justicia es un tema muy complejo en la reconciliación. Desde un punto de vista teológico, la justicia se refiere a las relaciones justas en la sociedad tal y como Dios las concibe. Lo cual significa relaciones justas entre Dios y sus criaturas, entre los mismos seres humanos, así como entre los seres humanos y el medio ambiente (Trabajo para la reconciliación: una guía de Caritas. Caritas Internacionalis. Ciudad del Vaticano, 1999. pág. 37).
"La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás ser separada de la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen el efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la que está ordenada la sociedad con todas sus estructuras e instituciones... Además, una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia, entendida como «virtud» en la que todos deben ser educados, y como «fuerza» moral que sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de todos y cada uno, sobre la base de la dignidad personal del ser humano" (Christi Fideles Laici No. 42).
3. PAZ Y RECONCILIACIÓN
“La paz es un concepto social dinámico, que como tal exige un proceso de construcción que conlleva inversión y materiales, diseño arquitectónico, coordinación de trabajo, poner cimientos y un trabajo de acabado, así como mantenimiento continuo” (Construyendo la paz. Reconciliación sostenible en sociedades divididas. Juan Pablo Lederach. Centro Justapaz, 1996, p.19). La paz es un derecho, un deber, una tarea, un don de Dios y una responsabilidad humana.
La paz es un anhelo nacional que hay que acompañarlo de metodologías y contenidos apropiados, para que sea una realidad, a través de una educación para la paz. Una educación que potencie los valores del afecto, la amistad, el respeto, la aceptación y el reconocimiento del otro; la colaboración y la solidaridad con los más necesitados. La paz no se nos da gratuitamente, hay que construirla, hay que ganarla día a día, como ganamos el pan: con diálogo que supere la soledad del silencio; con consensos que nos saquen de los caminos extraviados de los disensos estériles; con generosa solidaridad, que corrija nuestra natural proclividad hacia el egoísmo; con perdón y olvido de los agravios mutuos; con mucho afecto y amor, que derrote definitivamente al odio, que es la única guerra que tenemos que ganar los humanos. Aspiramos superar el viejo círculo de la guerra eterna a través de una nueva cultura de la paz.
La paz exige aprender a convivir con los demás. Cada persona es miembro de una sociedad. El requisito más importante para que las personas puedan vivir en sociedad es que sepan convivir. Desde que nace, todo ciudadano debe ser educado, en la familia, la escuela, la vida pública, para convivir. Lo específico de una educación para la vida ciudadana o política, es la educación para la convivencia.
No hay camino hacia la paz, la paz
es el camino. El camino hacia la paz hay que construirlo porque no está hecho. La paz es el fin y a la vez el medio. Se trata de construir la paz en paz y no en medio de la confrontación armada. La forma (los medios) para construir la paz tiene que ver con la metodología, la organización didáctica y las relaciones interpersonales (Educación para la paz. Su teoría y su práctica. Xesús R. Jares. Madrid. Editorial Popular, 1991. 205 pp. Capítulo: “Fundamentación de una pedagogía de la paz”. pp. 95 a 111).
La paz es posible porque “la guerra no es una fatalidad biológica. La guerra es una invención social”. Se puede inventar la paz, porque si nuestros antepasados inventaron la guerra, nosotros podemos inventar la paz. Es más, tenemos ejemplos de sociedades guerreras que se han convertido en pacíficas, como los vikingos, y de grupos humanos que han aprendido a relacionarse de forma no agresiva y no competitiva y a inhibir correctamente la violencia (El manifiesto de Sevilla sobre la Violencia de 1989. David Adams. UNESCO, 1992, 47 pp).
Consideramos la cultura de la paz como un conjunto de valores, actitudes y conductas que plasman y suscitan a la vez interacciones e intercambios sociales basados en principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia y solidaridad; que rechazan la violencia y procuran prevenir los conflictos, tratando de atacar sus causas; que solucionan los problemas mediante el diálogo y la negociación; y que no sólo garantizan a todas las personas el pleno ejercicio de todos los derechos sino que también les proporcionan los medios para participar plenamente en el desarrollo endógeno de sus sociedades. La cultura de la paz busca que los valores (libertad, justicia, solidaridad, participación, diálogo, tolerancia...) de la paz sean los que rijan las soluciones de los conflictos inherentes a las relaciones humanas. Una cultura de la paz implica el aprendizaje de nuevas técnicas de resolución pacífica de los conflictos.
La paz es una manera como los hombres y las mujeres organizan su vida interior y su vida social, para hacer posible su bienestar integral. Es la ausencia no sólo de conflictos armados —condición necesaria pero no suficiente— sino también la ausencia de toda violencia estructural causada por la negación de libertades fundamentales y por el subdesarrollo económico y social.
La paz exige la defensa de la vida, es fruto de la nueva evangelización, es un derecho y un deber, se construye sobre la verdad, es obra de la justicia, es un quehacer permanente, exige la promoción del desarrollo integral, exige la renovación de nuestras comunidades, es educar en la promoción de los derechos humanos, es una tarea de todos, es más que la ausencia de la guerra, es integral (Sollicitudo Rei Socialis, No. 26 f), la oración y el ayuno ayudan a construirla (Encíclica Evangelio de la Vida, No. 100).
La paz es el sueño de Yaveh. Es la experiencia de la autorealización plena en la libertad. No es fruto de un orden establecido sino una conquista diaria e histórica, es el plan de Dios para su pueblo: clima de plenitud, de bienestar social, salud, justicia y verdad que incide en el conjunto de las relaciones humanas, políticas, económicas y religiosas (Isaías 2, 2-5). La paz es realizada en Jesús (Mt 5,9). La paz realizada en Jesús. En Jesús el Shalom se vincula más con la justicia (Mt. 5-9) e implica: compromiso y responsabilidad, no la pasividad ni la impaciencia; renuncia a la violencia como actitud activa de quien sale al encuentro del violento para conquistar; amor a los enemigos. La paz propuesta como ideal de vida comunitaria (Hch 2, 42-47). Ante todo es necesaria una conversión crítica a la verdad de la paz, sin ver en ella el monopolio del poder (Pax romana), ni el equilibrio del terror (Guerra fría) ni la tranquilidad en el orden cuando éste se realiza a costa de la justicia (Seguridad Nacional) ni finalmente efecto del militarismo (Pacto de Varsovia). Por el contrario ver la paz como el ideal de la historia regida
por la bondad, la construcción comunitaria a partir de la libertad social y la justicia socioeconómica, el fruto del amor un perpetuo quehacer y ante todo obra de Dios, pues ningún proyecto humano lo realiza plenamente.
“Habrá paz en la medida en que toda la humanidad sepa redescubrir su originaria vocación a ser una sola familia…” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada de la Paz 2000,
No. 5). Hay principios que no son negociables en cualquier proceso de construcción de la paz, por ejemplo
la inviolabilidad de los derechos humanos fundamentales, especialmente la vida. En Colombia recordamos y estamos trabajando en los congresos y postcongresos de reconciliación los cuatro pilares de la paz enunciados hace cuarenta años por el Papa Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris: “la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Base doctrinal y fuente de inspiración para nuestro trabajo son los mensajes pontificios para las Jornadas Mundial de la Paz que se vienen difundiendo desde 1978 hasta nuestros días. |