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Cuando el dolor no nos es ajeno, y somos capaces de entregarnos por entero para servir al doliente, se cumplen en nosotros las palabras de Jesús: “Estuve enfermo y me visitaste”.
Así hace ya 20 años labora en nuestro país la Pastoral de la Salud (PAS), opción de la Iglesia por los que viven en el mundo del dolor, para llevarles un mensaje de esperanza y acompañarlos en su enfermedad. Por eso, esta es una oportunidad para detenernos y reflexionar sobre las actitudes que asumimos en esta situación.
Si existe en el mundo algo que no se planifica es la enfermedad, nadie puede marcar en su agenda los días que va a estar enfermo, pues esta situación en la vida de las personas llega sin ser invitada, y la transforma totalmente.
El doliente requiere de una atención especial, pero sobre todo llena de amor. De nada sirve que se creen los medios de atención a la salud, si el personal encargado transmite solamente amargura y no vive su profesión con verdadera vocación. La visita a un hospital se hace sólo por obligación, no creo que nadie guste de ir por simple paseo, por eso el trato a la población debe ser lo más cortés posible con el deseo de servir al hermano que lo necesita; en este caso se encuentran también los empleados de las farmacias, donde en ocasiones tenemos que esperar largas colas fruto de la conversación de las empleadas del establecimiento. Pero los familiares no se quedan atrás, con frecuencia escuchamos comentarios sobre el enfermo en su presencia, o fuera de ella, con ánimo destructor por la dureza de las palabras y un tono despectivo, pues lo consideran una carga que ha venido a molestar sus vidas, o se recluye en el cuarto más apartado de la casa porque es un estorbo que no tiene derecho a pasar sus últimos días en un ambiente agradable y rodeado del mismo amor con el que años atrás cuidó de su familia, realizando por ella sacrificios increíbles, que ahora son olvidados.
Remontémonos nuevamente al evangelio, pero esta vez recordemos una de las parábolas más hermosas narradas en él: El Buen Samaritano. El hombre víctima del asalto yace medio muerto y ninguno de los que habían pasado se habían acercado a brindarle ayuda, sin embargo “un samaritano que iba de camino llegó a él y, al verlo, tuvo compasión. Acercándose vendó sus heridas, y echó en ellas aceite y vino…” (Lc 10, 25-37) Jesús, como Buen Samaritano, se ha acercado al mundo moribundo. Ha dejado de lado su agenda e itinerario. Descendiendo de su dignidad divina, se ha inclinado para mirar al enfermo. El Buen Samaritano personalmente cuidó del enfermo, atendió las necesidades del paciente y al llegar el momento de la partida no lo abandonó, sino que lo encargó al dueño del establecimiento y le dio dos denarios, no para que el dueño del establecimiento los gastara en él mismo, sino para que los usara en beneficio del enfermo… “Y si gastas algo más… te lo pagaré cuando vuelva…”
La Iglesia es el alojamiento y los cristianos somos los que atendemos el alojamiento, responsables de rehabilitar al necesitado. Sólo Jesús da la vida, pero la Iglesia es la responsable de mantenerla. Jesús deja el hombre enfermo a alguien de confianza, no a cualquiera, a uno de los suyos, a ti. Él espera que gastemos algo más de lo nuestro. No sólo lo que Él nos confió para el enfermo, sino también sacar de nuestra bolsa, usar nuestro tiempo, descanso, bienes materiales para el bien de los demás.
Y esta llamada la hace a diario, te muestra el mundo con su dolor, y te da ojos para ver, y manos para transformar. Cuando te llama por tu nombre ninguna otra criatura vuelve hacia Él el rostro en todo el universo, cuando tú lo llamas por su nombre, no confunde tu acento con el de ninguna otra criatura en todo el universo.
La invitación de hoy, en presencia del Señor, es a hacerte conciente de que Él te ha llamado por tu nombre y te ha dado una misión: ser buen samaritano para los que sufren en cuerpo o en alma, el dolor de la enfermedad. Aduéñate de esta verdad en tu interior, en tu corazón, hazla parte de ti. Mira a Cristo en la cruz que te dice “Tengo sed”, pero ahora “Sed de ti, de tu comunión conmigo, de tu alegría, de tu profundidad, de tus palabras, para que seas luz de las naciones en medio de quienes te dispuse para anunciarme”. Da gracias a Dios porque ha pensado en ti, y respóndele con la generosidad y el amor que ha sembrado en tu vida como dones preciosos de su Espíritu.
Ahora quizás convenga tener en cuenta ciertos consejos útiles para la visita a un enfermo, como por ejemplo:
- Ponerte en las manos de Dios para que el Espíritu Santo inspire lo que debemos decir o lo que debemos callar.
- No hacer una visita relámpago, aunque no puedas quedarte más que unos minutos, aceptar la silla que se ofrece.
- Interésate por su salud sin hacerte el médico. Si la persona ha podido sentirse comprendida ya está reconfortada.
- Ábrele horizontes más amplios que su propia enfermedad, enséñale a unir sus dolencias a las de Cristo Crucificado.
Recuerda que no es sólo visitar, sino ser portadores de Dios para la vida del enfermo y sus familiares.
Este año, la Pastoral de la Salud ha querido celebrar sus 20 años con el II Congreso de PAS, pidamos a Dios la gracia para continuar sembrando la semilla del evangelio entre ellos.
“El dolor llama al amor”, nos decía el Santo Padre Juan Pablo II en su visita al Rincón, que sea precisamente el amor la fuerza que nos mueva a reconocer en el enfermo el rostro doliente de Cristo y a tratarlo como tal. Entonces, cuando nuevamente el Señor venga a preguntarnos cuánto hemos gastado, podremos decirle al final de nuestra vida: Me he desgastado completamente pero no me debes nada. Al contrario, con haberme confiado a mi hermano moribundo, soy yo el que te quedo debiendo. Mi paga es haberlo visto partir por sus propios pies, subiendo de regreso hasta la nueva Jerusalén.“Así que con mucho gusto me gastaré y me desgastaré por ustedes.” (2Cor 12, 15)
Bibliografía:
Escuela de Formación de Agentes de Pastoral. 1.1. Nivel introductorio.
Oración de la noche. Taller de Animadores de Pastoral Juvenil.
Diez Consejos para tratar con enfermos y ancianos.
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