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LA AUTORIDAD DEL MAESTRO

RAFAEL CAPOTE MARTÍNEZ


Año XIV. no. 81
septiembre-octubre
de 2007

EDUCACIÓN CÍVICA

 


 
 

 

La descripción que haré a continuación no es ficción, es una realidad de hoy que puede existir en cualquiera de nuestros planteles educacionales. “El maestro X, trabaja en un pre-universitario desde hace 8 años, tiene 28 de edad, viste a la moda pero con cierta extravagancia sobre todo en el pelado y en el uso de raros amuletos. Posee un aspecto bonachón, es divertido, jovial y dicharachero, siempre tiene una anécdota a flor de labios y utiliza al hablar expresiones populistas y chabacanas. Sus relaciones con la dirección de la escuela y sus organizaciones políticas y de masas son excelentes porque tiene dominio de su asignatura y cumple con todas las tareas de manera incondicional esté o no de acuerdo con ellas, no se busca problemas y garantiza 100 %  de promoción en todas sus evaluaciones. En los turnos de Reflexión y Debate hace mención de algunos valores sin saber qué es la axiología y su actitud es totalmente incoherente en el pensar, decir y el hacer. No exagero al decir que fuma e ingiere bebidas alcohólicas con los estudiantes y se vanagloria de tener relaciones sexuales con determinadas alumnas. Sin embargo, los estudiantes lo acogen con facilidad porque se hace cómplice de ellos cuando cometen alguna falta o indisciplina, y porque admite y justifica todas sus actitudes sean positivas o negativas.”Los estudiantes dicen que ¡el profe X es un jerarca!
No estamos tratando de resaltar y sugerir cómo  enmendar errores aislados que casi todos los maestros cometemos con la inexperiencia de la juventud. De algo peor se trata, y es del análisis de patrones y modelos negativos que se convierten muchas veces en paradigma no solo para los estudiantes, sino también para maestros noveles que añoran tener esa aceptación dentro del alumnado y ser calificados como «autoridad». Pero, ¿tendrán nuestros maestros bien definidos el concepto de autoridad? ¿descansará realmente en estas actitudes la verdadera autoridad del maestro?
La autoridad tiene dos acepciones. La primera significa la facultad de poder y de imponer algo, entendiendo como facultad el derecho, la licencia o permiso que se le da a una persona o institución para asumir una determinada actividad. A los maestros se les otorgan facultades (licencias, permisos, derechos) para cumplir exitosamente su importante labor educativa dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje. Este tipo de autoridad implica asumir y cumplir con un grupo de normativas técnicas y administrativas que están legalmente institucionalizadas por el Ministerio de Educación y que aparecen en los diferentes documentos que de él emanan. El abuso de este tipo de autoridad, que es necesaria, puede llegar a posiciones extremas: la coerción y el autoritarismo. Este tipo de autoridad es la menos importante.
La segunda acepción está muy relacionada con el liderazgo, y es la llamada autoridad carismática. Esta es la más importante,  porque no está normada. Esta autoridad también es facultad, pero en este caso traducida a aptitud, a potencialidades internas que desarrolla el maestro y que se reflejan no solo en su actividad externa pedagógica, sino en su vida en general. Esta autoridad tiene mucho que ver con la moral del maestro, con sus dones, y solo el tiempo y la experiencia la convierte en pura y legítima. La autoridad carismática, difiere del poder técnico y administrativo porque no está respaldada por una resolución o circular o un documento normativo más, es un poder que se ejerce sobre la base de influencias, de ejemplos, de valores, y de virtudes.
Muchos maestros solo hacen uso de la autoridad como poder legal y este uso puede convertirse en abuso de manera inconsciente, conduciendo, inevitablemente, a lo que llamo corrupción del poder pedagógico con sus consecuencias fatales: pueden producirse relaciones alumno-profesor sustentadas en falsedades y oportunismos, promocionismos desmedidos, imposiciones de funcionarios incapaces, coerción ante el incumplimiento de los planes, abuso de cargo, entre otras muchas más. Pero, lo más lacerante es ver a los estudiantes que se van acostumbrando a una voz de mando de maestros y funcionarios, muchas veces grotesca, obscena y autoritaria, que no deja margen para la reflexión y la defensa de los argumentos. Las consecuencias son muy dañinas cuando de lo que se trata es de una correcta formación de la personalidad en el niño, adolescente o joven.
La obediencia ciega y el temor infundado a defender sus argumentos, pone a los alumnos en dos opciones excluyentes, rebelarse ante las posiciones indignas de maestros y funcionarios con el consabido riesgo, o ir desarrollando desde la niñez una moral consciente diferente para cada una de las situaciones, algo así como la facultad de cambiar de color como la piel del camaleón, engendrando una especie de relativismo moral que lo va deshumanizando y despersonalizando, hasta convertirlo en un joven incrédulo y superficial. Este joven aprenderá a vivir, porque así se lo enseñaron, en un constante escapar de su realidad, lo foráneo tomará un lugar privilegiado en su vida, y la enajenación con todas sus secuelas, se convierte en el método de escape.
Cuba necesita hoy más que nunca de maestros con autoridad carismática, y esto lo digo con mucho dolor, pero también con mucha sinceridad, respeto y esperanza. Sobre todo con esperanza porque soy católico comprometido y hago mío el proverbio paulino de que donde abunda el pecado sobreabundará la gracia. Necesitamos con urgencia claustros en nuestras escuelas, donde se combine de manera armoniosa y articulada, la experiencia, el carisma y la prudencia de maestros que hicieron canas en el magisterio —que deben ser los más, tal vez las dos terceras partes del claustro—, con las ansias de aprender y de servicio, de esa fuerza juvenil que son los maestros bisoños. Ellos, con empeño y ante el ejemplo de los veteranos, pueden con el tiempo llegar a ser virtuosos. Solo esta combinación podrá garantizar en la práctica, una correcta formación de los maestros noveles y una labor pedagógica sosegada y efectiva en los centros educacionales. La escuela no solo educa a los estudiantes sino también a los maestros. Recordemos a Martí cuando refiriéndose a la escuela dijo: “…y me hizo maestro que es hacerme creador”.


La autoridad carismática del maestro, es algo que trasciende su trabajo y se convierte en un espejo, en la cara visible de la luna, en un paradigma. Se gana con el ejemplo vivo diario en todas las esferas de la vida, con el servicio siempre desinteresado, limpio y digno, que contribuya a la formación de una correcta personalidad. En fin, cuando se asume la labor educativa con un sentido paternal y no paternalista, cuando se quiere ser y no aparentar un evangelio vivo.
Esta autoridad carismática del maestro, crece con el aporte a sus estudiantes en su labor educativa, no solo de los conocimientos científicos, sino con el aporte también y ante todo de los fundamentos cívicos, culturales, religiosos y morales necesarios e impostergables que los preparen para la vida. No dudemos que esto es lo más difícil, pues lo más fácil sería hacer enciclopedistas u hombres instruidos cuyo paradigma sea solo lo material y el consumismo. Don José de la Luz y Caballero uno de nuestros insignes pedagogos nos insistió que: “educar no es dar carrera para vivir sino templar el alma para la vida,yque,“se necesita ser fuego para comprender el fuego”. ¡Cuidado!, un maestro que solo piense en el dominio profundo y exquisito de la ciencia que imparte, que piense solo en hacer uso del poder  como instructor y de su jerarquía como director del proceso de enseñanza-aprendizaje, para nada ganará en la autoridad que reclamamos.
El maestro que goza de una verdadera autoridad, la carismática, sabe forjar en sus alumnos a través de la instrucción, una conciencia de libertad y responsabilidad, de amor al prójimo y a su familia, de veneración por su patria, sus héroes, sus mártires y sus verdaderos paradigmas cívicos, culturales y religiosos.  Es porque sabe insuflar en sus corazones, el sentimiento de la solidaridad humana, el respeto y defensa de su verdadera y auténtica cultura; es porque sabe desarrollarles a través de su labor educo-formativa-aprehensiva, un espíritu investigativo, de búsqueda constante de la verdad antropológica del hombre, del necesario encuentro permanente con sus raíces, y sobre todo porque incentiva en ellos interrogantes cuyas respuestas los conduce a su realización plena: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué significa mi vida?, ¿qué significa para mí el mundo en que vivo?, porque es capaz de impregnarles siempre, y a toda costa sobre sus pechos, ese sol moral del mundo que es el sentimiento humano de la justicia.
Un maestro con autoridad carismática no forma, bajo ningún concepto, personalidades débiles que doblen sus rodillas ante cualquier inconveniencia o dificultad, o ante cualquier funcionario tonsurado y tozudo que se crea dueño de la verdad y de la vida, jóvenes que cambien de actitud sin estar antes convencidos. Todo lo contrario, forma hombres que se yergan ante toda torpeza o dificultad, ante cualquier manipulación indigna, venga de donde venga, hombres que busquen siempre la luz y la verdad, que sepan diferenciar dentro de un todo armonioso lo que es patria, nación y cultura, lo útil de la diversidad, que aprendan a leer lo que no se escribe y oír lo que no se habla, a vivir con sueños y esperanza, a amar la naturaleza, a crear con sus manos y a pensar con cabeza propia, a ser cada vez mejores personas y a aprender a convivir bajo las normas de respeto, tolerancia y de un permanente diálogo. Hombres que hagan del decoro, del honor y el pudor sus más caros anhelos. Retomando un viejo aforismo: “hay más espíritus que tierras sin cultivar, un maestro que goce de autoridad es porque cultiva espíritus y se aprecia de ello, porque sabe que es lo mismo que cultivar la patria y la cultura, porque sabe que educar es crecer, porque está convencido que educar es liberar.
Como nos dijera SS Juan Pablo II “la primera y esencial tarea de la cultura es la educación” y la educación debe estar dirigida a la formación de un hombre espiritualmente maduro, plenamente educado, capaz de educarse a sí mismo y de educar a los demás, ese es su gran reto. Esto exige que tanto la escuela como el maestro deban explotar estilos pedagógicos que desarrollen todas las esferas de la persona humana y no limitarse a la racional y corporal. La educación debe estar dirigida a la formación de conciencias, a forjar espíritus libres capaces de discernir, elegir responsablemente y forjar sus propios destinos. La familia, como máxima responsable de la educación de sus hijos, debe auxiliarse de la escuela y del maestro —y no al revés— para cumplir sus aspiraciones educativas para con sus hijos, y para ello debe contar con la posibilidad de optar por el estilo pedagógico y tipo de escuela que más se avenga a dichas aspiraciones.


Me viene a la mente la carta de José Martí que con fecha 9 de abril de 1895 escribiera desde Cabo Haitiano, ya en vísperas de su desembarco en Cuba a su niña amada, María Mantilla, carta que está preñada de consejos formativos y pedagógicos para padres y maestros y que sugiero estudiar e interpretar en toda su hondura, porque denotan lo magnánimo de la autoridad del maestro. En ella, Martí le interroga: “Y mi hijita ¿que hace? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer, en saber para poder querer, querer con voluntad y querer con el cariño? ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea una mujer, a hablarle de amores, a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia, con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática?. Y más adelante le reafirma:“…conocerás el mundo antes de darte a él… donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en su orden, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, en lo alto del cielo, en la unidad del universo”,y también con esa exigencia amorosa que solo Martí ha llevado a planos supriores, pero consciente de que no hay educación sin exigencia, le infiere: “La elegancia, mi María, está en el buen gusto y no en el costo, la elegancia del vestido está en la altivez y fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío… mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco.  Esa es la elegancia verdadera…  que el vaso no se más que la flor”
Para terminar, quisiera recurrir a otra de las ideas de nuestro apóstol José Martí referente a la educación, tratada en sus O.C., t.6, p. 201 y 202, donde significa que si la educación está fundamentada en el temor y en la obediencia ciega e incondicional a todo y a todos, no se forjarán como resultado de ella, personalidades que sientan la necesidad del querer y que sientan la necesidad del servir a los demás, y solo fuerzas externas superfluas, vanidosas, egoístas y materiales motivarán sus intereses personales en su vida adulta. Si se violentan las nobles facultades en los niños, adolescentes y jóvenes, no se formarán con espíritus fuertes para los nuevos, mayores y exigentes empeños que el mundo les depara hoy, no tendrán el vigor y la fortaleza para las conmociones y grandezas de la patria. De la verdadera autoridad del maestro no nacen hipócritas ni déspotas y si jóvenes solidarios y amorosos, porque desde sus infancias, el maestro con su autoridad indiscutible y ganada con su ejemplo y carisma, sabe muy bien cultivar en ellos los sentimientos de humanidad y dignidad.

Los verdaderos maestros cubanos —los de ayer y los de hoy—, los carismáticos, no los instructores o declamadores de libros y conocimientos, son aquellos que hurgando en sus raíces, han sabido encontrar en la persona del P. Félix Varela la mejor síntesis entre nuestra fe y cultura, han aprendido de él que nuestra juventud es la dulce esperanza de la Patria y que no hay Patria sin virtud ni virtud con impiedad. Son aquellos que enseñan cuáles son las funciones verdaderas de las instituciones hechas por el hombre a lo largo de su historia y las creadas por Dios, y que todas, sin excepción incluyendo a la escuela, se han hecho o creadas para servir al hombre y no para esclavizarlo a ellas.

 

Bibliografía utilizada:

    • Cuadernos de “L’Osservatore Romano” Mensaje escrito entregado por el Santo Padre Juan Pablo II a los jóvenes cubanos. Camagüey, 23 de enero de 1998.
    • El Legado del Padre Varela. Perla Cartaya Cotta. La Habana 1998.
    • José de la Luz y Caballero. Escritos Educativos. Editorial Pueblo y Educación, 1991.
    • Revista Educación, No. 69. “Las ideas pedagógicas del Félix Varela.
    • Ideario pedagógico José Martí. Herminio Almendros. Centro de Estudios Martianos, 1990.

     

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