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DEL CASTIGO A LA REHABILITACIÓN
REFLEXIONES SOBRE LA DIGNIDAD Y LOS DERECHOS DEL PRESO

SERGIO LÁZARO CABARROUY


Año XIV. no. 81
septiembre-octubre
de 2007

JUSTICIA Y PAZ

 


 
 

             

Y el tremendo pesar, y el sudor sangriento,
nadie lo sabe tan bien como yo
Oscar Wilde, Oda a la Cárcel

En una ocasión un amigo me habló de su preocupación porque su hija de 18 años se había enamorado de un muchacho de su edad que había estado en la cárcel por un delito común: “lo prendieron por bandolero, y después que estuvo allá adentro debe ser peor todavía”, me dijo, con la expresión en el rostro de quien está desesperado. Esta percepción sobre lo que pasa en las cárceles, me sirve de punto de partida para reflexionar sobre el tema.
La cárcel, desde sus orígenes, tiene una doble función fundamental: castigar y rehabilitar. Desde los albores de la sociedad, junto al surgimiento de las reglas de convivencia,  la cárcel fue uno de los instrumentos de castigo a quienes violaban dichas reglas. Surgieron otras formas de castigo como el daño físico, la eliminación de miembros del reo, o la muerte. La importancia de cada forma de castigo ha variado entre las diferentes culturas de la humanidad. En los últimos siglos, con el notable influjo de la cultura occidental de matriz cristiana, la cárcel y las sanciones económicas como las multas se han ido convirtiendo en las formas mayoritarias de castigo al delito, por desgracia, aun quedan muchos lugares donde se aplica la pena de muerte. En esta misma evolución fue tomando cada vez más importancia la rehabilitación del reo a la vida social, como una de las funciones principales de la cárcel. Surgió así el trabajo retribuido del preso, las visitas de la familia, la libertad condicional, etc. El reconocimiento de la dignidad de la persona lleva necesariamente a la voluntad de rehabilitar a aquella que ha hecho daño, de modo que pueda reincorporarse a la vida social.


¿Cómo hacerlo? Lo primero es renunciar al “ojo por ojo”, el recluso debe ser tratado como persona, bien alimentado, bien tratada su salud, garantizadas las buenas condiciones de convivencia y bien educado, brindándole la posibilidad de adquirir conocimientos sobre oficios o especialidades que le permitan luego ganarse la vida,  y mejorar visión del mundo. En este sentido la atención religiosa es muy importante. En Cuba, luego de un período en el que esto era muy difícil, las autoridades han dado pasos de avance en este sentido, permitiendo mayor a tención por parte de sacerdotes, pastores cristianos, y dignatarios de otras religiones. Precisamente por el testimonio de varios de estos, sé que las autoridades de las cárceles reconocen que los reclusos con creencias y atención religiosa cristiana tienen actitudes muy positivas que ayudan a mejorar el ambiente carcelario.
Por desgracia la realidad de la c árcel en muchos lugares del mundo y también en Cuba, no obedece siempre a estos principios, y los reos terminan por empeorar como seres humanos, tal como temía mi amigo que pudiese haber pasado con su yerno. Y es que la cárcel es un el lugar donde viven personas que se supone han hecho daño y que son un peligro para la sociedad, y esto favorece a que el ambiente dentro pueda ser una especie de jungla donde predominan los abusos de todo tipo, y el reo se ve avocado a realidades tan o más perjudiciales a su persona que las relacionadas con el delito que cometió. Es difícil a las autoridades penitenciarias dominar un ambiente así, tanto que a veces caen en la tentación de usar a los más fuertes de entre los reos, o a valerse de las pandillas internas para evitar el motín. A veces también se utiliza el maltrato físico y se ven diversas formas de corrupción.  La cárcel puede ser también un sitio de generación de delitos, a veces los reos aprovechan la convivencia para aliarse a otros en la consecución de delitos que son realizados incluso por personas que están en libertad. La realidad carcelaria es muy difícil, sólo quien la vive sabe cuánto.
Pero ninguna dificultad puede alejar a las autoridades, a las familias, a las iglesias, y a los mismos reos del hecho de que los presos son tan hijos de Dios como cualquier otro ser humano, y que el único camino a seguir es la rehabilitación a un estilo de vida y una forma de vivir en sociedad, que sea conforme a las leyes y a la moralidad, de lo contrario las cárceles tendrán que ser cada vez más numerosas y de mayor tamaño, y serán cada vez más un foco de problemas y violencia para la sociedad. La rehabilitación debe partir de una vida carcelaria humana y útil al reo por lo que aprende y trabaja;  y útil a la sociedad por la riqueza que este produce con su trabajo y por la reincorporación de un ciudadano cabal. Se debe trabajar para que el que estuvo preso no vuelva a la cárcel, no tanto por el temor a una experiencia dura y triste, sino porque ha encontrado un buen proyecto de vida. Esto último no excluye el aislamiento o la cadena perpetua de quienes por su voluntad o incapacidad no quieran dejar de ser un peligro para la sociedad. La pena de muerte debe eliminarse.
Hay varios elementos que a mi juicio son muy importantes en la rehabilitaci ón social del preso:
El primero son las condiciones de vida. La c árcel es un ambiente difícil, es hacinado por necesidad, y de un ritmo de vida diferente al que la persona llevaba en libertad. Esto hace que la salud tienda a deteriorarse de forma natural, sobre todo en personas que ya no son jóvenes. En este sentido la alimentación y los cuidados de salud deben ser de gran calidad, su costo puede ser retribuido en parte o totalmente con el trabajo del preso. La comunicación es parte importante de las condiciones de vida: la comunicación con la familia y con el cónyuge e hijos si los tiene, el acceso al teléfono, la televisión, Internet, etc., con las evidentes restricciones de acuerdo al delito cometido, son elementos imprescindibles en la rehabilitación.
El otro elemento es la convivencia, es ya una tradici ón en la mayoría de los sistemas del mundo, que las personas se agrupen por afinidad de delitos cometidos, o sector social al que pertenece, de manera que las relaciones entre éstos sean lo más naturales y menos conflictivas posibles. Al mismo tiempo debe buscarse la mayor privacidad posible para el preso, de modo que pueda equilibrar el tiempo en compañía de otros, con el tiempo solo, eso ayuda a su equilibrio mental sus buenas relaciones, y da la posibilidad de que estudie.
Tambi én es muy importante el contenido que se ofrezca para el estudio. En muchos sistemas penitenciarios se ofrecen cursos diversos, al tiempo que se da la posibilidad del estudio autodidacta o a distancia. También debe estar abierta la posibilidad del aprendizaje de oficios. El sistema de educación penitenciario debe respetar las inclinaciones religiosas y políticas del reo, así como ofrecer un fuerte contenido ético.
Otro elemento que ayuda a la humanizaci ón del sistema penitenciario, es que este sólo sea poblado por quien lo merece, de manera que nadie sea encarcelado siendo inocente, condenado exageradamente por un delito común que no merezca la cárcel, ni que tampoco haya presos por razones de conciencia. Por ejemplo, cuando a las personas les cuesta ganarse la vida con el trabajo honrado, y la supervivencia cotidiana pasa necesariamente con prácticas ilegales, que no deberían serlo, o que deberían, pero que constituyen la única alternativa para conseguir el sustento, entonces es difícil evitar el delito, y difícil la rehabilitación, porque la condición primaria de la rehabilitación está en la disposición de la conciencia a revertir actitudes que son reconocidas como negativas. Esto no ocurre cuando la propia conciencia no condena a la persona que está en la cárcel, por considerar injustas las condiciones sociales que le llevaron allí. La situación se agrava cuando la razón del encarcelamiento es la libre expresión del pensamiento y el ejercicio de derechos fundamentales no reconocidos por la ley, sin que en ello exista perjuicio de otras personas o del bien común. En este sentido el orden social y  marco legal que lo custodia, deben velar por minimizar las situaciones de injusticia y de violación de derechos fundamentales.


Uno de los indicadores que permite medir la eficacia de la  rehabilitación, la justeza del marco legal, o la persistencia de realidades sociales injustas, es la reincidencia del excarcelado en delitos que lo vuelven a llevar a la prisión. En este sentido, es especialmente importante además el papel de la familia y el ambiente social en que se desenvuelve la persona al salir de la cárcel. La Iglesia en Cuba tiene varias experiencias de trabajo con los familiares de presos, para evitar la reincidencia penitenciaria. Este trabajo incluye la educación así como la ayuda económica, esta es una tarea en la que podrían ayudar diversas instituciones del Estado y la Sociedad Civil.
La c árcel es una realidad de sufrimiento, aun cuando la prisión pueda cumplir sus funciones con alto grado de eficacia y humanidad. El preso sufre. Sufre por la lejanía de su familia, sufre por las razones que lo llevaron a su condición, y sufre por el miedo al futuro y a la realidad circundante. “Existe también el sufrimiento del alma, como el que padecen los segregados, los perseguidos, los encarcelados por diversos delitos o por razones de conciencia, por ideas pacíficas aunque discordantes. Estos últimos sufren un aislamiento y una pena por la que su conciencia no los condena, mientras desean incorporarse a la vida activa en espacios donde puedan expresar y proponer sus opiniones con respeto y tolerancia. Aliento a promover esfuerzos en vistas de la reinserción social de la población penitenciaria. Esto es un gesto de alta humanidad y es una semilla de reconciliación, que honra a la autoridad que la promueve y fortalece también la convivencia pacífica en el País. A todos los presos, y a sus familias que sufren la separación y anhelan su reencuentro, les mando mi cordial saludo, animándolos a no dejarse vencer por el pesimismo o el desaliento”.  (Cf., Juan Pablo II, Homilía al mundo del dolor, Santuario de El Rincón. La Habana. p. 3)
La redenci ón del sufrimiento del preso concierne a toda la sociedad, de manera especial a la comunidad cristiana, que tiene el mandato de su maestro de consolar a los afligidos y redimir a los pecadores, mandato este que es prioritario, al punto de que el mismo Jesucristo lo colocó como una de las condiciones que permiten a la persona acceder al su Reino: «Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estuve preso, y vinieron a verme». (Cf. Evangelio de Mateo, capítulo 25)
Gracias a Dios el amigo del que habl é al principio, se limitó a advertir a su hija sobre lo que significaba la realidad de la cárcel, y a rezar. Hace dos años que la muchacha se casó con el ex – preso, quien trabaja como mecánico por cuenta propia, y es todo un padre de familia. El estar “allá adentro” no lo degradó, sino que le hizo decir “nunca más”, según sus propias palabras. En su rehabilitación, este muchacho, que hoy es también mi amigo, dice que lo ayudó mucho la Biblia y la visita de un pastor.
Que la c árcel sea un verdadero instrumento de rehabilitación para personas que han cometido delitos, en virtud de su dignidad, es una meta irrenunciable para cualquier sociedad. Como también lo es el hecho de que las razones por las que las personas vayan a la cárcel sean realmente justas.

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