| |
En esta sección de Nuestra Historia, queremos elogiar a quien fuera un insigne ciudadano, el Doctor León Cuervo Rubio, olvidado por algunos y desconocido por muchos jóvenes.
El doctor León Cuervo Rubio fue en nuestro ambiente provinciano un ejemplo de comprensión y de servicio; compañero y amigo, supo elevar el concepto y la significación real de estas palabras al grado justo para crearse insensiblemente una personalidad quizás única, por su capacidad, por la calidad de sus sentimientos, por su actuación que siempre correspondió con las necesidades del medio y superó sus dificultades, deficiencias y apremios.
Por ello, es oportuno y justo compartir con los lectores de Vitral, el homenaje a su persona en ocasión de la entrega del monumento erigido a su memoria y revelación de un busto del mismo, ante su definitiva pérdida ocurrida el 3 de noviembre de 1946. Monumento que desgraciadamente ya no adorna la vida de nuestra ciudad.
Sirva esta colaboración para consagrar en el recuerdo, en el respeto, en la admiración y en el cariño al hombre que en tantas ocasiones, solucionara brillantemente y con el más alto sentido humano, los problemas de tantos pinareños, al hombre que en los casos fatales, luchó bravamente hasta el fin, sin debilidades y sin pesimismos, con el coraje y la serenidad de quien domina la materia y comparte el sentimiento y la pena del más íntimo familiar.
|
En el despacho del director del Sanatorio
Colonia Española (2do a la izquierda)
|
Me complace compartir con ustedes el discurso del Dr. José R. Andréu. Ministro de Salubridad, en ocasión del primer aniversario de su muerte:
Señoras y señores:
El más grande de los griegos, aquel que le dio nombre al siglo en que vivió (1), dijo en memorable ocasión “que rendir homenaje a la virtud es celebrar las glorias de la patria”. Para rendir homenaje a León Cuervo Rubio nos reunimos hoy, en el primer aniversario de su muerte, como si el soplo del espíritu, en tan escaso tiempo, levantara ya las esperanzas inmortales que brotan siempre de las tumbas de los buenos.
Una devota y feliz iniciativa de la Colonia Española de Pinar del Río, en que la gratitud y la generosidad se igualan en mérito, levanta hoy en este lugar el recuerdo materializado en mármol para darle una significación objetiva a una memoria humedecida todavía por las lágrimas, perfumada aún la doliente caravana que con pena que angustiaba el alma, con rezos que brotaban del corazón y amor que hermanaba a todos, marchaba triste y sombría para llevar a León Cuervo Rubio al lugar de su descanso, en la paz de las sombras eternas.
¿Qué hace la Colonia Española de Pinar del Río al materializar este recuerdo confiando a la mano creadora de un gran artista el fijar en el mármol con los perfiles físicos del hombre la tenue y presente vitalidad del alma y tenerlo ante los ojos cada día como perenne lección de grandeza?
¿Recoge el cariño de los miembros de la Colonia, cimentado en gratitud, en reconocimiento, en los fuertes y firmes sentimientos que el diario tejer de la vida formó alrededor de su nombre, para así recordar y querer al ausente?
¿Es acaso el homenaje cuajado de devoción de todos los de esta gran casa que deben la vida a su mano, a su consejo, a su sabiduría, o la dicha del consuelo y la esperanza al torrente inagotable de su bondad infinita o el favor y la salud a su tenacidad, constancia y energía indomables?
¿Es posible que un noble orgullo quisiera lucir como propio el galardón de haber contado para la atención de sus enfermos a uno de los mejores cirujanos de Cuba? ¿Es el espíritu localista del buen pueblo provinciano que se recoge en tierno sentimiento, sentimiento que inspira en lo hondo la noble arrogancia de exhibir en aparente modestia lo que otros envidian?
|
Sanatorio Colonia Española, actual Hospital Pediátrico
”Pepe Portilla” |
Por una vez tienen respuestas estas interrogantes: No.
La Colonia Española de Pinar del Río, núcleo integral de los valores diversos de la sociedad pinareña, porción que ofrece al corte explorador todas las características vitales de la comunidad, sean materiales, morales, intelectuales o espirituales, recoge con acierto y oportunidad los sentimientos y las ideas, los anhelos y fervores, los pensamientos y las ansias de la sociedad: los interpreta y coordina, los concreta y hace por ellos, de ellos y con ellos, esta ofrenda a uno de sus mejores hijos. Es obra feliz adornada por todos los prestigios de la raza, por las nobles cualidades humanas de la hispanidad, es la vinculación de sangre y espíritu de españoles y cubanos que advirtiera el dulce Apóstol de nuestra libertad cuando dijo: “El español echa en Cuba raíces más hondas que en ningún otro lugar, está ligado al corazón del mismo país, y se adelanta como nadie en la conquista que no hay modo de reivindicar: la conquista de la familia”. Esto explica la autoridad, la pureza , la espontaneidad, la razón del homenaje que inspira, impulsa y lleva a cabo la Colonia Española de Pinar del Río, núcleo vigoroso de la gran familia nacional, la gran familia cubana que tiene en su seno a los españoles, en vinculación indestructible de todas las fuerzas humanas y vitales.
Unimos, pues a los de esta Colonia Española, a los de amigos y convecinos, los sentimientos puros en devociones y recuerdos de la sociedad cubana, en el acto brillante y meritísimo de enaltecer justa y amorosamente la memoria de un hombre ejemplar, médico eminente, ciudadano distinguido, que tuvo en la bondad, el trabajo y la sabiduría, las fuentes prodigiosas de su vida fecunda; que tuvo en la familia, en la clientela, en la sociedad, campos ubérrimos y magníficos, por el reguero de virtudes de una existencia iluminada por la nobleza, el cariño, la sencillez, el desinterés y el valor; que logró como ahora probamos cumplir la máxima del clásico: “vivir haciendo el bien y dejar venir a la gloria en pos de la virtud”.
En horas como ésta, cuando nos reunimos para exaltar y recordar una vida extraordinaria, comprendemos la insuficiencia de nuestras facultades, la pobreza de nuestros recursos, la debilidad de nuestros esfuerzos y advertimos la verdad que nos legara con perenne evidencia el relator inmortal de las glorias de los héroes de Maratón, de “que los hombres que se han hecho grandes por sus actos, les basta lo que hicieron para justificar los honores que se les tributan”.
Con esta convicción que espontánea y sencillamente expongo, acepten ustedes mi discurso como la ofrenda de un corazón amigo, como pálido destello de una mente que quisiera fulgores para ser eficaz, como una cálida oración de tiernos y respetuosos sentimientos por el que perdimos, de hondos y puros afectos hacia los que nos quedan. Así el deber es grato cumplirlo, porque el esfuerzo se complace en la espontaneidad que tiene raíces en el alma, sin pujos de arte ni ambición malograda.
|
Actual Hospital C.Q.D. “Leon Cuervo Rubio”,
conocido como Hospital Viejo.
|
Bien sabe el orador, como el Rey Sabio, que “a las almas extraordinarias tan sólo sus acciones pueden alabarlas”. Con esta certidumbre el discurso pierde importancia y se hace, con fragancias del espíritu, flor sencilla que depositamos emocionados sobre la tumba de León Cuervo Rubio en el primer aniversario de su muerte.
El tiempo me ha sido escaso para acopiar detalles de la vida del ilustre desaparecido, lo que hubiera sido fácil en crónicas y discursos, en conversaciones familiares y por otros medios que dieran al orador material riquísimo de la veta fértil de aquella existencia iluminada por el bien, la utilidad y el saber. Sin embargo, en un discurso pronunciado por mi distinguido compañero el doctor Tebelio Rodríguez del Haya, el 1 de diciembre de 1943, con ocasión de un homenaje de la sociedad pinareña, se fijan con nitidez y precisión, con la sencillez de un relato sintético, las características fundamentales de la vigorosa y brillante personalidad de León Cuervo Rubio. Si se quisiera ceñirlas en un trípode esencial que recogiera y destacara la cualidad extraordinaria del hombre, señalando las primeras y dejando muchas otras como material imponderable del pedestal que reclama su grandeza, diríamos, como indica sin enunciarlo Tebelio Rodríguez, en su disertación, que son: la bondad, el amor y el trabajo.
El más grande de los intérpretes de la naturaleza por la música, el genio que conoció todos los dolores y arrancara de ellos las notas más sublimes de la alegría, afirmó que “la bondad es el signo más cierto de la excelsitud”. Bondad es generosidad, altruismo, liberalidad, prodigalidad, benevolencia, virtud que se da como la vida. Bueno fue León Cuervo con la espontaneidad que le daban la herencia más pura y el ejemplo del hogar acrisolado; bueno, con la sensibilidad vocacional del médico en lucha constante con el dolor y la muerte; bueno por un temperamento constituido por virtudes ontogénicas, que hacen verdad aquello de que “en el espíritu hay cielos dormidos que se despiertan a la voz del cielo”, la voz sin sonido que nos inclina al bien. La bondad fija con mayor precisión el deber. Un ejemplo citado por el doctor Rodríguez basta para ratificar esta afirmación: un 3 de diciembre, Día del Médico, día en que la sociedad rinde merecido homenaje al médico y es para éste de satisfacciones, agasajos y alegrías, fue invitado León Cuervo a un acto público. Él se disculpa, porque tiene que realizar varias operaciones en el Hospital. La bondad y la grandeza se hermanan en el hombre y el médico, la bondad y el deber borran sus límites para gozar el bien que se hace a los demás, sobre el placer del agasajo personal.
Sabio fue el médico ilustre. Conocía su profesión y tenía de sus disciplinas fundamentales, la Anatomía y la Fisiología, un conocimiento profundo y vasto. La inteligencia clarísima le abrió los caminos del saber y el natural instinto del arte completó al cirujano maravilloso que todos admiramos. En la clínica, el hospital, el bohío, en la habitación miserable o rica, era el hombre que tenía a mano los recursos del conocimiento y de la imaginación al resolver en beneficio del enfermo las mayores dificultades. Para dar a su vida el sentido y el admirable objetivo utilitario que la engrandece, puso siempre al servicio de todos sus conocimientos, sus desvelos, sus raras habilidades (que podían asegurarle fortuna y bienestar dirigidas por el egoísmo o el interés material), regando generoso su vida y su saber sin darle otra importancia que la de su constante, franca y noble sonrisa de despreocupación y alegría interior que le llenaba el rostro feliz.
Cerca de veintidós mil operaciones culminaron la carrera del cirujano eminente. En cuarenta años de actividad profesional no tuvo tregua, descanso o alejamiento. Le dio impulso y perfección a la cirugía, practicó la clínica y en un medio de naturales insuficiencias, el éxito coronó los esfuerzos tenaces del hombre inteligente que vivía la pasión del trabajo, lleno de fe, brioso de voluntad, pletórico de las fuerzas con que se construye la limpia y fructífera alegría de los luchadores. Eso era él, un luchador de sana energía que no seleccionaba medios ni recursos, circunstancias de lugar, espacio o tiempo: para él parecen escritos los bellos versos de un poeta español: “¡Siempre luchar!... del hombre es el destino y al que impávido lucha con fe ardiente le da la gloria su laurel divino”.
La gloria no le negó el laurel, pero le negó la muerte que él merecía. El luchador infatigable, el sabio médico, el cirujano de maestría, el hombre generoso, el hijo ejemplar, no merecía haber muerto aquella mañana del 21 de abril de 1945, cuando bisturí en mano, sudorosa frente, alegre el alma por la vida que salvaba en el salón de operaciones, en el palenque de sus luchas, de sus triunfos, de sus glorias, recibió el rayo del destino que le arrebató con crueldad, de un golpe, las características esenciales de su vida admirable. El cíclope debió derrumbarse definitivamente, en apoteosis de triunfo; el gladiador debió morir en la hora cimera, guardando en el rostro ennoblecido por el éxito, la sonrisa alegre con que paseó victorioso los caminos de la existencia.
He expuesto facetas diamantinas de una vida extraordinaria. Poco sería si no resaltara la esencia apasionada de sus grandes amores: su familia, su profesión, Pinar del Río.
|
Invitación al pueblo e instituciones de Pinar del Río |
Las calidades excepcionales del hombre que recordamos, se matizaban por los valores espirituales con que el amor fecunda las vidas en una eclosión de grandeza, de humanismo, de sensibilidad. Es una reafirmación de las palabras admirables de José Martí: “La vida necesita valores permanentes; la vida es desagradable sin los consuelos de la inteligencia, los placeres del arte y la íntima recompensa que la bondad del alma y los primores del gusto nos proporcionan”.
En la oración de Pericles que más de dos mil años han consagrado con las excelsitudes del genio y la inmortalidad, se recomienda, en actos de esta naturaleza, como justo y conveniente, conceder a los antepasados los honores del recuerdo. En este caso nada es más justificado. León Cuervo Rubio era hijo, nieto y bisnieto de médicos, descendiente de pinareños, miembro de una familia que cultiva con las más nobles y puras tradiciones cubanas los valores morales y espirituales que tanto como la sangre consagra la herencia; el ejemplo y la enseñanza de los padres, las ternuras y el cuidado de los hermanos, el orgullo y el prestigio del nombre, la savia sutil y real que forma el substrato de la familia, con el tesoro inagotable de las riquezas imponderables del espíritu.
Así era de grande y puro, de apasionado y ferviente, el amor de León Cuervo a Pinar del Río, a la medicina, y a la familia. Así tenía que ser rico y limpio el caudal de su corazón para amar. De sus antepasados le venía la grandeza para el bien, la fuerza del ideal.
Si las almas no mueren y se puede recoger de ellas la esencia y sublimación de la virtud, con la de los muertos y los vivos de los Cuervo Rubio quisiera que un soplo divino aventara la estructura idealizada de un corazón que con la sensibilidad de mujer atesorara la pureza y ternura de la madre de Jesús; corazón en que florezcan las gracias de la bondad infinita para resumir en él la vida y el amor de una matrona excelsa, tesoro de virtudes: madre ejemplar e insuperable; de una pinareña en quien lo humano es perfección y luz: Petrona Rubio. En esa alma nobilísima “está el alma del hijo que se fue de la tierra”.
Allí, en esa Sala de Maternidad, está su nombre en homenaje a sus calidades de mujer y madre. Los designios del Altísimo, con fuerzas imponderables, acercan al hijo bueno y a la madre excepcional. Desde hoy habrá coloquios de espíritus, en que estarán presentes el sol y las estrellas y los brazos de Dios.
No faltarán en este monumento las flores espirituales que purifiquen las almas con la oración.
Señoras y señores: Termino con estas palabras mi ofrenda, que tiene el homenaje profundo de una lágrima cuajada por la emoción.
En esta estructura de mármol, en el corazón de la tierra que quiso tanto, en el alma de la sociedad, en la historia grande de la medicina cubana, en el dolor y consuelo de los que lo quisimos, está el monumento imperecedero del hombre que lloramos y vivo está en las almas, porque los hombres como él vencen a la muerte por el amor que sembraron y el bien que hicieron.
Lo dijo en verso de diamante el poeta Antonio Machado: “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”.
Noviembre 3 de 1947.
A mi Padrino
No importa que te cubra la tierra pinareña,
es tan grande tu gloria que al olvido desdeña.
No importa que inexorables los años pasen
por sobre la tumba fría donde tus restos yacen.
Si a tu vivo recuerdo todos los corazones
laten tristes, al ritmo de iguales emociones;
si cada hogar te debe una madre o un hijo;
si más de una madre ante la cruz te bendijo;
si acudiste gustoso doquiera hirió el dolor;
si al rezar a Jesús clamaban por “El Doctor”;
si cuando la esperanza moría en un corazón
de nuevo renacía al saber “ha llegado León”.
Fue tu vida eterno duelo contra la muerte;
mas ordenó el destino que pudiera vencerte.
Y así fue que ella, a tu ciencia mil veces rendida,
triunfó en el último encuentro, truncado tu vida.
Hoy ¡cuántas flores adornan tu fría sepultura!
mostrando al que pasa la pinareña amargura,
porque cada madre que lleva a su hijo una flor,
lleva otra para adornar la tumba de “El Doctor”.
Y así unen dos penas en su herido corazón,
la ausencia del ser querido y la muerte de León.
Gustavo Cuervo Fernández.
La Habana, Octubre 28, 1947
|
.
Se refiere a Pericles (¿495? – 429 A.C) destacado político y orador ateniense que fomentó las artes y las letras para adornar Atenas con admirables monumentos. (N del Ed.).
.
|