a Antón Arrufat.
El guardavecinos ya no es más una invitación al parloteo
ahora es una maraña invasora que arrasa con las palabras de antaño.
Mira que no hay espera en un parque sin distracción necesaria
en la que tiras sin proponértelo de una enredadera, tu innoble testigo.
Te digo que vengo a ser la comadrona
a asistirte en los dolores de tus ilusiones.
La caverna donde habitas no es más que una epopeya,
si existiera realmente esa abertura, no sería nada más allá
que el pabellón de mi oreja que es mi más resuelta hendija.
Acércate al guardavecinos y cuéntame, ven y dime,
ya sé que no hay paseo vespertino por los soportales
sin miedo a no ser reconocido por los grupos de las esquinas,
los que se sientan en los quicios o los que están en los sillones
tras las balaustradas que le sirven de vitrina y osamenta.
Descúbrete los estigmas y muéstrame tus clavos,
debes tener llenos de ellos tus bolsillos, te suenan al andar,
son como esa sonaja que precede al animal de compañía
ven y llena mis tardes con ese murmullo
no dejes que nos separe tanta maleza y enredadera sin sentido.
Abre las puertas del balcón, no esperes por tu muerte.
¿No te cansas de andar espiando detrás de las persianas?
Ven junto al guardavecinos, regresa al parloteo, trae una silla.
Del poemario A las puertas de Esmirna.
Amauri Francisco Gutiérrez Coto
(Ciudad de la Habana, 1974).
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