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Cuando yo era un pequeño pez,
cuando sólo conocía las aguas del hermoso mar,
y recordaba muy vagamente haber sido
un árbol de alcanfor en las riberas del Caroní,
yo era feliz.
Después, cuando mi destino me hizo
reaparecer encarnado en la lentitud de un leopardo,
viví unos claros años de vigor y júbilo,
conocí los paisajes perfumados por la flor del abedul,
y era feliz.
Y todo el tiempo que fui
cabalgadura de un guerrero en Etiopía,
luego de haber sido el tierno bisabuelo de un albatros,
y de venir de muy lejos diciendo adiós a mi envoltura
de sierpe cascabel,
yo era feliz.
Mas sólo cuando un día
desperté gimoteando bajo la piel de un niño,
comencé a recordar con dolor los perdidos paisajes,
lloraba por aquellos perfumes de mi selva, y por el humo
de las maderas balsámicas del Indostaní.
Y bajo la piel de humano
ya llevo tanto sufrido, y tanto, y tanto,
que solo espero pasar, y disolverme de nuevo,
para reaparecer como un pequeño pez,
como un árbol en las riberas del Caroní,
como un leopardo que sube al abedul,
o como el antepasado de una arrogante ave,
o como el apacible dormitar de la serpiente junto al río,
o como esto o como lo otro, ¿o por qué no?
como una cuerda de guitarra donde alguien,
sea quien sea,
toca interminablemente una danza que alegra de igual modo
a la luna y al sol. |