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Cuando el señor X cumplió cincuenta años, decidió, después de pensarlo mucho, hacerse de otro yo. No sería ciertamente el alter ego que suelen usar los escritores en sus narraciones, sino una exacta reproducción de sí mismo. Se lo permitían dos cosas: lo avanzado de la tecnología de su época y el dinero.
El señor X solo tuvo que prestarse durante varios días a la copia fiel de su cuerpo y aportar los caudales necesarios.
No cansaré al lector con la exposición detallada de la profunda complejidad del hecho de copiar su cuerpo. Baste saber que, en el centro médico que se realizó, reprodujeron con tanta fidelidad los órganos del señor X, la piel y la sangre, que no podía distinguirse entre la copia y el original.
Cómo la época era altamente científica y ya nadie creía en misterios, el señor X no se ocultó: terminado su otro yo, salieron a la calle ambos, semejantes como gotas de agua. Nadie hubiera podido decir quién era X y quién la copia.
Debo aclarar que el señor X estaba consciente de que él era X; y, asimismo, su otro yo estaba consciente de que era el otro yo de X. Como consecuencia, surgió cierta rivalidad entre el humano y el mecánico. Rivalidad asentada puramente en lo físico. Aunque iguales, el mecánico tenía la pretensión de estar «mejor terminado» que el X humano. Sólo mirar su piel resultaba prueba concluyente de este aserto: grano perfecto, sin manchas ni pecas, sin las «injurias del tiempo» que a los cincuenta años ya empiezan los hombres a ver en su piel.
Las relaciones entre ambos se complicaban, además, porque X conocía que no sobreviviría al X mecánico, y por ende, el X mecánico tenía la certeza de que sobreviviría al X humano.
El señor X, molesto ante la perfección de su yo mecánico, se decía que, si bien cuando él muriera, el otro, él en cierto modo, lo haría perdurar, con todo, le molestaba profundamente que lo sobreviviera. Por otra parte, había notado que cuando sus amigos se encontraban con el X mecánico —sin verlo a él—, elogiaban su apariencia deslumbrante, mientras que, en ausencia del mecánico, lo encontraban envejecido, comentaban que se marchitaba rápidamente. Pensaba que nada se arreglaría encerrándose en casa y haciendo salir al otro solo, copia perfecta, pero al fin y al cabo mera copia de su persona, tan solo un producto de alta tecnología. Se alegraba de su buen cuidado al pedir que lo dotaran de sus mismas facultades mentales. Hubiera sido un infierno si la copia dispusiera de un arsenal de inteligencia superior al suyo.
La crisis se produjo, sin embargo, durante el recibo dado por la encantadora Elena, al que asistieron el X humano y el X mecánico. Como ya la gente estaba familiarizada, no se sorprendieron al verlos. En realidad eran uno solo: cuando el X humano se hallaba apartado del mecánico, o este de aquel, todos sabían que, aunque con conversaciones diferentes, hablaban con la misma persona. Asimismo, si estaban juntos, se dirigían, ya al uno, ya al otro, como si se tratara de una sola entidad. La tecnología, permitiéndoles estas disociaciones, destruía todo asombro.
Sucedió que en el desarrollo de la conversación surgió el tema de la muerte. La encantadora Elena, ya algo avejentada, dijo en un suspiro:
—¡Qué triste morir teniendo tanto dinero, tantos amigos estupendos y con tanto whisky como hay!— Y lanzó un largo quejido.
—Bueno, Elena; eso, según se mire —dijo el X mecánico—. Yo, que soy producto de la alta tecnología, nunca moriré. Fui fabricado para la eternidad. —Miró desafiante a la concurrencia, y luego su mirada se llenó de conmiseración al encontrar al señor X. Arrastrando las palabras dijo finalmente:
—Lo siento por él. Le queda poco de vida.
Se hizo un silencio ominoso. Elena dio una palmada, y al instante acudió un sirviente con una bandeja llena con vasos de whisky.
—¡A beber, amigos! Aquí la muerte nada tiene que hacer.
Pero el X humano pensaba en la muerte del X mecánico. Lo acababa de decidir. Claro, no lo haría él mismo, no se mancharía las manos. Para eso estaban los tecnólogos. Un golpe rápido, y ese engendro no le sobreviviría. Dejaba a salvo, con esta supresión, la hermosa dignidad del hombre.
Durante una cita con los tecnólogos, expuso sus intenciones. Lo escucharon con esa frialdad espantosa que los caracteriza y dijeron:
—Nunca destruimos lo que creamos. Nuestras creaciones son indestructibles. Usted morirá; él permanecerá, y con él, en cierto modo, usted. Cuando pasen varias generaciones nadie recordará que él es mecánico y, por tanto, nadie lo recordará a usted. Él permanecerá en la infinita sucesión del tiempo, siempre el mismo, y siempre representándolo a usted con dignidad y belleza sobrehumanas.
Aturdido, el señor X abandonó el despacho. Se sentía atrapado por la muerte. Podría recibirla, le estaba asignada, pero, en cambio, no podría producírsela a lo único que odiaba, al X mecánico, alter ego inmortal, insoportable e infalible.
Por fin, llegado el momento, el señor X, como todos los mortales, estaba en su cama expirando. Antes de que la muerte diera su golpe, mandó llamar al X mecánico. Éste se presentó grave, silencioso. Desde la cama, el señor X dijo:
—Te suplico que me sustituyas. Para todos, morirás como si fuera yo. Antes, enciérrame en el baño. Una vez que comprueben que tú eres el muerto, sacas mi cadáver, lo pones en la cama y te retiras. El resto lo harán mis criados.
—Se descubrirá la superchería —contestó el otro—. Sabes que soy inmortal e indestructible. Piénsalo. No sólo morirás; harás también el ridículo.
Pero ya el señor X no lo oía.
Pocos días después de la muerte del señor X, el X mecánico sufrió un accidente. Una sustancia radioactiva manchó su piel de nácar, asemejándola a la del señor X. Los amigos lo examinaron con atención. Comenzaban a sospechar. Primero se comentó en voz baja, después en alta, y, finalmente, todos dijeron en público que quien había muerto no había sido el señor X, sino el X mecánico.
Los tecnólogos, al oírlos, se reían en silencio. Pero como la pública opinión es un arma mortífera, la opinión particular de los tecnólogos se vio abolida por la opinión universal. Al X mecánico no le quedó otro remedio que confesarse vencido: inmortal era el señor X en la voz de la opinión. Podríamos suponer el regocijo del señor X al pensar que la radioactividad se había convertido en su aliada.
1976
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