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Ustedes son y deben ser
los protagonistas de su propia historia personal y nacional.
Juan Pablo II a los cubanos, hace 10 años.
Hace unos meses el pueblo cubano fue convocado a decir y debatir sin miedo sobre nuestra actual situación social (1). No es la primera vez que sucede, se ha hecho en varias ocasiones en preparación a congresos del Partido y otros eventos de importancia para el Estado. Pero esta vez la forma en que se ha hablado, los asuntos que se trataron y los grados de tolerancia por los participantes, no tienen precedentes en los últimos decenios, al menos en espacios convocados por el Estado. ¿Se debe esto a la forma en que fueron orientados los debates o a un cambio en la forma de pensar y comportarse de la mayoría de las personas? ¿Se trata de un primer paso hacia una imprescindible apertura hacia el debate público, o de un simple paréntesis circunstancial?, y lo más importante, ¿tendrán alguna respuesta las demandas, o algún nivel de realización las propuestas hechas en estos debates?
De las respuestas a estas preguntas depende en buena medida nuestro futuro inmediato y la salida a nuestra actual situación por las vías de la paz y el progreso.
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El debate público
El debate público es uno de los motores de la democracia, porque ésta se basa en el presupuesto de que la soberanía reside en el ciudadano quien entrega un poco de ésta al Estado para que el mismo pueda cuidar el orden y promover el bien común. Por tanto, dicho orden, y las formas de conseguir el bien común, deben ser diseñados y aprobados por los ciudadanos a partir del debate y el consenso. Tal consenso se debe expresar en elecciones libres o consultas, a través de las cuales se eligen representantes o se toman decisiones. La voluntad de las mayorías debe respetar siempre a las minorías.
En una sociedad nadie tiene la última palabra, “cada persona es un mundo”, y cada una busca y se reúne con otros que le sean afines para realizar y defender sus intereses, así se forma de manera natural el entramado de la sociedad civil. Aunque existan principios de organización universalmente aceptados y de probada eficacia, es del libre intercambio de ideas y proyectos de donde surgen las soluciones a los problemas y las iniciativas para el buen orden y el desarrollo en la sociedad.
La libre opinión ciudadana no debe tener otros límites que el respeto a las personas, todo lo demás debe ser cuestionable y cuestionado: gestión de gobierno, leyes y procedimientos, política tributaria, economía, etc., ya que todo eso debe existir para servir a los ciudadanos de cuya soberanía sale el poder que usan quienes gobiernan y administran. El debate alrededor de estos temas debe ser continuo y en espacios permanentes, en las calles, las casas, las reuniones de amigos y grupos, así como los medios de difusión e intercambio masivos como la prensa, la radio, la televisión e Internet. Ese sería a mi juicio el paso que sigue a esos «momentos» tan buenos de debate que tuvimos en Cuba hace unos meses: por un lado el abandono de los temas «tabú» y la eliminación de las medidas punitivas que pesan sobre la libre expresión del pensamiento y, por el otro, la creación del marco legal necesario para que en cualquier momento, medio de difusión o lugar donde cualquier ciudadano se encuentre, pueda expresar libremente lo que piensa, buscar aliados, enfrentar detractores y gestionar el mejoramiento de su vida y de los que lo rodean, siempre por métodos pacíficos. Ya que el debate público democrático no debe reducirse a espacios abiertos ocasionalmente donde los individuos, sólo a título personal, puedan expresar unas quejas o sugerencias al Estado, para que luego éste intente resolver sus problemas. Como primer paso hacia el resurgimiento del debate público está bien, pero si se queda ahí, se detiene el camino hacia la verdadera madurez cívica, en la cual las personas son ciudadanos que usan su libertad para intercambiar sus ideas y exigir de los otros ciudadanos y del Estado lo que les corresponde en virtud de su soberanía, lo otro corresponde a la dinámica social medieval ya superada por la humanidad, en la que los súbditos pedían y el rey (que era el soberano) concedía o no, según su voluntad.
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En la sociedad actual sigue siendo, sin dudas, imprescindible, pues la autogestión de los ciudadanos y los grupos no basta, es precisa la intervención del Estado para resolver muchos de los grandes problemas sociales, pero éste no puede ni debe hacerlo todo, sólo debe ocuparse de aquello que los ciudadanos y los grupos del entramado civil no pueden solucionar. Esto último no es otra cosa que el principio de subsidiaridad, que enseña la Doctrina Social de la Iglesia, y que postula que en la sociedad las instancias superiores deben ocuparse solamente de aquello que no puedan realizar por sí solas las instancias inferiores, es decir, el padre y la madre deben ocuparse sólo de lo que el hijo no puede hacer por sí solo, en la medida en que éste se vaya haciendo independiente en la vida, los padres ya no tendrán que ocuparse de su vestido, calzado, alimentación, enseñanza, aunque esto último dura toda la vida. En el mismo ejemplo, las autoridades de un pueblo tendrían que ocuparse del entretenimiento de los ciudadanos sólo si estos no son capaces de fundar clubes, casas de recreo, o simplemente organizar bailes o tertulias, pero las autoridades locales sí tienen que ocuparse de las calles, del acueducto y de las albañales, porque esto los ciudadanos por sí solos no lo pueden resolver; sin embargo, el servicio eléctrico es cosa mucho más compleja, que requiere del concurso de las autoridades nacionales, así como de la promulgación de leyes o estrategias macroeconómicas (2).
Es imposible promover la dignidad humana si no se aplica la subsidiaridad en la sociedad civil de modo que se cuiden y articulen las familias, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y hacen posible su efectivo desarrollo social.
He aquí un problema medular, el más importante a resolver para muchos en Cuba, la reconstrucción de la sociedad civil. El entramado de la sociedad civil fue absorbido por el Estado (4) como parte de la construcción de un modelo social cuyos múltiples problemas salieron a relucir en los debates recientes y cuya solución pasa por la voluntad política de la reconstrucción de dicho entramado. Debido a nuestra experiencia social, en la mentalidad de los cubanos prima la dinámica de la queja en espera de una respuesta que venga de arriba y de fuera, y eso ha demostrado que no nos conduce al progreso.
La iniciativa ciudadana
En el interior de la persona humana está sembrada la capacidad de su propio mejoramiento, eso es un regalo de Dios, el cual, combinado con la vocación de socialización, las lleva a superarse a sí mismas y obtener mayores grados de bienestar, de libertad, de movilidad, de comunicación, etc.
He aquí entonces que el mayor impulsor del progreso está en la iniciativa de cada persona, de los grupos de amigos, de las familias, etc. Del pequeño negocio familiar a la gran corporación, la clave del éxito y del aporte a la sociedad está en las habilidades, los intereses y trabajo duro de las personas. En ese sentido el Estado sólo debería ocuparse de que dichas empresas rindan el debido aporte al bien común, ahí entra el marco jurídico, el sistema tributario, el fomento de proyectos, etc. Para ello son necesarias leyes y prohibiciones para evitar prácticas nocivas a la persona y la sociedad, pero las prohibiciones no deben coartar la libre iniciativa de los ciudadanos para producir bienes y riquezas, las consecuencias de ello las conocemos en nuestro país.
Parte de la función subsidiaria del Estado es la promoción de iniciativas privadas o cooperativas, en todas sus formas, destinadas al desarrollo económico y social de modo que éste no sólo cuide el orden y los justos límites de actuación de ellas, sino que promueva y administre.
En un orden social que incluya los elementos anteriores el debate público se extiende a todas las esferas de la vida sirviendo de motor o freno a la acción de los diversos protagonistas, según estos respondan a los intereses y aspiraciones de la gente.
La representatividad
En una democracia verdadera las personas tienen derecho a hacer valer su opinión y a que la realidad cambie a favor de sus intereses, siempre que éstos estén en concordancia con el bien común. Si las personas o grupos que sostienen determinada propuesta no tienen el poder real de llevarla a cabo, entonces el debate público es en vano, pierde credibilidad, y se desvanece por sí mismo, porque no tiene sentido asistir a espacios de debate, por abiertos y tolerantes que sean, para que las mismas quejas o las mismas propuestas se queden solo en palabras. Es preciso que los ciudadanos, los grupos de la sociedad civil, los trabajadores por cuenta propia, las empresas, o los gobiernos locales tengan la posibilidad de tomar iniciativas para resolver los problemas que le son afines, y que el gobierno central se ocupe de crear las condiciones para ello e intervenir sólo cuando las otras instancias no pueden por las limitaciones que le son propias.
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Los medios de comunicación, las asambleas de barrio, las aulas, las tertulias, los encuentros informales entre amigos…, cualquier espacio donde se converse y se intercambie sobre los problemas cotidianos y las formas de resolverlos, debe ser también un espacio para evaluar lo que se hace sobre dichos asuntos por parte de los múltiples protagonistas sociales, desde el Estado hasta el ama de casa. Cualquier forma de representatividad ciudadana debe responder a este espíritu, si no, ya sabemos: los mismos problemas permanecen y se multiplican, la vida social se detiene en el tiempo y el progreso se paraliza y retrocede sin remedio.
Los debates recientes deben ser un punto de partida para comenzar las transformaciones que superen la parálisis y permitan a nuestra sociedad caminar hacia mayores grados de bienestar material y moral, hacia mayores grados de libertad y armonía.
A los cambios se le teme normalmente por miedo a perder lo que se tiene, pero la historia ha demostrado, que en tiempos de crisis, el cambio es la mejor manera de dar continuidad a lo bueno que se ha vivido en una etapa anterior y abrir la puerta a lo que no se pudo alcanzar con el orden anterior. Por el contrario, si se cierra la puerta a la transformación social, allí donde la inmensa mayoría lo quiere y necesita, lo bueno que se quiso conservar termina acabándose. Yo hago votos para que en Cuba no sea así, para ello nos sobran capacidades.
Referencias
- Cf. Discurso del General de Ejército Raúl Castro el 26 de julio de 2007. Durante el segundo semestre de este año el Partido Comunista de Cuba auspició debates en barrios y centros de trabajo en todo el país.
- Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, no. 166
- Cf. Idem. 2, 185
- El modelo social de la dictadura del proletariado considera que la sociedad socialista debe construirse eliminando las organizaciones de la sociedad civil y estructuras de gobierno representativas con división de poderes, para entregar todo el poder al Estado, que supuestamente garantiza los intereses de los trabajadores.
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