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El referendo venezolano ha sido aleccionador. Tiene enseñanzas prácticas para sociólogos, políticos e interesados en el tema de la democracia. También la teoría revolucionaria sobre la conquista y mantenimiento del poder pudiera ser enriquecida a partir del mismo.
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La votación reveló la estructura de intereses y expectativas de la población. Alrededor de un tercio de la misma ve en las promesas oficiales la solución a sus problemas. Se trata, fundamentalmente, del conjunto poblacional hasta ahora preterido. Otro tercio ve amenazados sus sueños, valores y propiedades. Son generalmente los que no necesitan de cambios sociales para continuar viviendo agradablemente. Dos quintas partes de los votantes fueron al retraimiento. Se trata de la mayoría escéptica e indiferente pero potencialmente valiosa en términos de voto.
Las encuestas durante la campaña sirvieron más para desorientar a la opinión pública que para informarla. Los dos bandos parecían poder ganar por un margen digno. Obviamente, cada cual ofreció a su contrincante la información que, de creerla, más daño le haría. Parece que tal fue el caso de declarar que la abstención favorecería al gobierno cuando en realidad lo derrotó. La astucia es una imprescindible arma política.
El discurso de final de campaña del presidente Chávez decidió en su contra los resultados del referendo. El escaso margen con el cual superaba unas horas antes a la oposición, se convirtió en desventaja al movilizar el miedo y activar los prejuicios del segmento vacilante de la clase media. Cuando ese grupo oyó que al presidente “no le costaba nada nacionalizar la banca española”, y que él “no era más que un soldado dispuesto a empuñar su fusil para defender su causa”, temió por sus propiedades y por la paz, dos valores básicos e irrenunciables para el mismo. De inmediato no creyó en la garantía dada por la propuesta de modificación constitucional a la diversa propiedad y pareció oír solamente el slogan invisible: remember Cuba 1968.
Cuando unas horas más tarde el presidente reconocía la derrota y la llamaba victoria pírrica de la oposición, quizás no tenía en cuenta que cuando en su discurso de final de campaña había reivindicado su futura indudable victoria, “aunque fuera por un solo voto” a su favor, había reconocido como bueno el margen pírrico del éxito.
Lo interesante para la democracia, empero, no es que ambos contendientes llamen “el pueblo” al 30 por ciento de los votantes que los apoyó en las urnas respectivamente, ni que consideren que el triunfo electoral de cualquiera de las dos minorías que representan les da derecho a imponerle rumbos a la nación, sino que parecen olvidar que más del 44 por ciento de la población apta para votar no lo hizo, obviamente porque no pudo ser seducida ni convencida por los contrincantes.
La heterogénea masa que se abstuvo, que si hubiese votado en bloque por una tercera posición habría derrotado a las otras dos fuerzas, representa una caja de Pandora política. Todas las clases y sectores sociales integran esa fuerza en la que parecen preponderar los obreros y trabajadores informales. Constituye una masa crítica irresoluta que puesta en movimiento decidirá el destino de Venezuela. Pero es una masa apolítica, indiferente y conformista, perdida desde hace tiempo para los políticos y plataformas tradicionales, y que no ha podido ser ganada por el chavismo a pesar de las acciones gubernamentales en materia de salud y educación y las argumentadas promesas de la campaña plebiscitaria. Una vis a tergo de frustraciones y desengaños mantiene vivo el escepticismo de esa masa retraída.
Por último, la perpetuidad de un presidente parece no ser del agrado de muchos venezolanos, incluidos los que no votaron. En América Latina esa no parece ser una proposición agradable, más bien suena sospechosa. Al partido bolivariano no le queda otro remedio que olvidarse del factor carisma, preparar una capaz dirección colectiva y disminuir las expectativas de triunfo basadas en el papel descollante de las personalidades en la historia. Tal vez la lección más positiva y bienhechora para la causa del socialismo del siglo XXI sea evitar el encumbramiento de los prohombreºs sobre los partidos y de estos sobre los ciudadanos. Servidores humildes y serviciales de los pueblos, así parece que deben ser los partidos y los dirigentes de la nueva América.
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