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El tema del número de hijos a tener es uno de los más frecuentes en las conversaciones de las parejas que deciden casarse. En un primer momento, en plena ilusión juvenil, desean tres, cuatro o cinco, y algunos dicen que todos los que vengan. Después de tener el primer hijo, generalmente piensan que para tener otro hay que esperar un poco, porque se están adaptando a los requerimientos del bebé: levantarse de madrugada varias veces para darle la leche; atenderlo si llora, descubrir el porqué lo hace y muchas otras particularidades que implica la nueva situación para el matrimonio joven. Pasa el tiempo y llega otro embarazo; ya es el segundo, la situación para la pareja no es la misma que al principio ni económica ni psicológicamente.
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El tercer hijo llega de improviso, sin desearlo en ese momento; hubieran preferido aplazar su nacimiento unos años. Sin embargo, ya está moviéndose en el vientre de la madre. Los padres lo acarician, y los dos hijos mayores comienzan a sentir que en su casa algo está pasando; la madre y el padre están preocupados porque la economía ha empeorado; no tienen quien cuide a los niños para que la esposa continúe trabajando. Han logrado que una señora lo haga, pero los niños se enferman continuamente y prefieren que, por el momento, la mamá deje de trabajar, lo cual beneficia a la familia; pero a la vez, afecta aún más el estado financiero del hogar.
Esta pareja es cristiana de pura cepa, se aman y han sido fecundos, sólo tienen seis años de casados y el primer hijo les llegó a los nueve meses. Están en plena juventud, por lo tanto sus períodos de fecundidad y de infertilidad se mantienen vigentes. Sus hijos han sido una bendición de Dios y así lo sienten; son saludables, les han podido proporcionar lo necesario para su desarrollo y crecimiento, son muy felices; han estado dialogando varias veces sobre su situación familiar, el lugar en que viven y la convivencia con el resto de la familia. Cada vez que hacen el amor sienten mucho miedo y no quedan complacidos mutuamente. Con toda libertad y responsabilidad se preguntan: ¿qué hacer para, por el momento, no tener más hijos?
La mayoría de los matrimonios cristianos pasan por circunstancias similares; unos con tres o cuatro hijos, otros con dos o uno, pero se hacen esa misma pregunta ¿qué hacer para no tener más hijos por el momento? Por supuesto que esta interrogante puede ir acompañada de mucha fe en Dios, gratitud por los hijos que tienen, fidelidad en la vida matrimonial y complacencia por su entrega generosa a la fecundidad. Pero, ¿cómo dar respuesta a este desafío, que puede provocar en la pareja angustia, perplejidad, insatisfacciones y puede llegar incluso a la infidelidad, al limitar los actos profundos de amor? ¿cómo resolver esta problemática para mantenerse en ese estado de amor fecundo y generoso y a la vez fiel y responsable? ¿cómo responder a Dios en su invitación a ser cooperadores de su amor (1) y cumplir el mandato que aparece en el libro del Génesis “crezcan y multiplíquense, dominen la tierra”? (2).
Antes de promover respuestas que puedan ser iluminadoras, es importante sentar los fundamentos de la Iglesia al respecto. La relación sexual que une a los esposos en el amor, los hace al mismo tiempo aptos para la procreación. Ello indica una conexión inseparable, “querida por Dios y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador”(3). La sexualidad portadora de esta doble dimensión capacita a los esposos para que el acto conyugal, expresión del amor intenso que se tienen, lleno de satisfacción y placer para ambos cónyuges, los haga también aptos para la procreación. Por tanto, el acto no debe quedar desprovisto de ninguna de estas dos dimensiones esenciales.
La Iglesia, fiel a su misión, ha reiterado los postulados anteriores. “Estando destinado el acto conyugal por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio de él lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta”(4). El Papa Pío XII en un discurso a obstetras católicos les reitera lo anterior cuando dice: “Dios ha dispuesto también en aquella función (el acto conyugal) que los cónyuges experimenten un placer y una felicidad en el cuerpo y el espíritu. Los cónyuges pues, al buscar y gozar este placer, no hacen nada malo…..La naturaleza ha dado el deseo instintivo del goce … pero no como fin en sí mismo, sino en último término al servicio de la vida”(5).
En nuestra sociedad, hoy, estos postulados pudieran ser completamente nuevos para quienes no asisten a la Iglesia, y aún para los que asisten, resultan difíciles de asimilar. Las personas generalmente no han sido educadas para el amor fiel y fecundo. En los medios de comunicación aparece con frecuencia la frase “usa condón”, al igual que los pósteres de las farmacias y bodegas. Con estos anuncios repetitivos se intenta evitar enfermedades de transmisión sexual y en especial el VIH-SIDA; pero a la vez, están separando las dos dimensiones antes mencionadas del acto conyugal, unitivo y procreador. Al pueblo en general se está educando, con relación al acto conyugal, en la necesidad de estar a la defensiva contra el embarazo.
Una utopía, consideran muchos, lo que presenta la Iglesia como verdad al respecto. Esta realidad se manifiesta en el trabajo pastoral cuando una persona que vive en Cuba expresa dudas sobre el número de hijos que debe tener. Por otra parte, y aunque no es el tema principal que ocupa este trabajo, se presenta el aspecto de las relaciones prematrimoniales, que se han quedado sin el significado unitivo y procreador, solo concebidas como respuesta lógica de la edad y en las que se busca el goce a toda costa. Pueden parecer duras estas afirmaciones, pero es lo que se está viviendo. Se necesita valentía y honestidad por parte del cristiano para desafiar las formas y teorías que intentan romper el pensamiento querido por Dios cuando se refiere a la sexualidad conyugal.
El acto conyugal, con el cual los esposos manifiestan una entrega total del uno hacia el otro es fuente de amor, fidelidad y placer, ha de quedar abierto a la vida sin ser arbitrariamente manipulado. En la enseñanza de la Iglesia católica se rechaza cualquier intervención o acción que “en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio impedir la procreación”(6). Son opuestos completamente a la vida humana los métodos abortivos, así lo considera la Iglesia y lo ratificó en nuestra propia tierra cubana Juan Pablo II como “crimen abominable, un absurdo empobrecimiento de la persona y de la misma sociedad”(7).
De igual forma se rechaza la vida con los llamados métodos anticonceptivos artificiales que van desde la píldora, el preservativo, espermicidas, diafragma, esterilización directa del hombre o la mujer. Gran responsabilidad tiene la sociedad con el auge de estos métodos que están provocando un bajísimo índice de natalidad y el envejecimiento de la población cubana, factores que atentan contra el desarrollo y la prosperidad del país a mediano y largo plazo.
La propuesta de la Iglesia con los llamados métodos naturales de control de la natalidad, nace precisamente para ayudar a los esposos en cuanto al número de hijos a concebir. Estos métodos se conocen como el método del ritmo, de la temperatura, de la mucosidad cervical. La valoración moral que hace la Iglesia en este sentido tiene en cuenta que, mientras los métodos naturales consisten en calcular el momento de la ovulación y conocer los días fecundos e infecundos de la mujer, con la finalidad de realizar el coito en el período de infecundidad; los métodos artificiales exigen la intervención activa de la persona en el acto sexual con la intención de privarlo de su posible fecundidad.
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En 1965 el Concilio Vaticano II en su Constitución Gozo y esperanza enuncia el término: “la paternidad responsable” (8), que expresa la capacidad de ser padres y de serlo responsablemente, conociendo y respetando las funciones propias del acto conyugal, dominando las pasiones y el instinto y ejerciendo la razón y la voluntad, tanto por el varón como por la mujer. De forma más breve y sintética se puede afirmar que se entiende por paternidad responsable, la decisión consciente, ajustada a la ley divina, libre y amorosa sobre el número de hijos a tener. Se pone en práctica tanto con la deliberación generosa de tener una familia numerosa, o con la decisión de ponderar un nuevo nacimiento para postergarlo por algún tiempo o por tiempo indefinido.
A los esposos les corresponde la decisión y el juicio sobre si deben o no deben tener un hijo. Apoyados o no por otras personas competentes y de plena confianza, es a ellos y sólo ellos, a quienes les corresponde delante de Dios tomar la decisión final, intentando descubrir su voluntad en la situación concreta en que viven y se encuentran. Lo deben hacer de común acuerdo, ninguno de los dos debe decidir por su cuenta. Deben atender, tanto el bien propio como el bien de los hijos nacidos o por nacer; tener en cuenta la salud, la armonía conyugal, la felicidad y el equilibrio psicológico de los miembros de la familia. Han de valorar las circunstancias materiales y espirituales, las posibilidades económicas, de vivienda, educativas y tener en cuenta las dificultades sociales. Recordarán además que el nacimiento de un nuevo hijo redunda en beneficio de la sociedad y la Iglesia.
Este principio es bien claro. El desafío viene cuando los esposos se cuestionan cómo hacer, para encontrar el modo de regular los nacimientos y a la vez seguir los principios morales, en particular el de estar abiertos a una nueva vida en cada acto conyugal que realicen. En la vida práctica, a un número determinado de esposos católicos les resulta difícil el uso de los métodos naturales, por la irregularidad e inseguridad de los ritmos naturales de la mujer. En tales casos los esposos se encuentran en un gran conflicto de valores que se centran especialmente en los siguientes: “fomento y ejercicio del mutuo amor, paternidad responsable, respeto a la dimensión procreadora de la sexualidad” (9) y el reto de mantener la fidelidad que se prometieron el día de la boda.
El problema de la pareja se presenta cuando, después de un diálogo profundo y honesto entre ellos y sintiendo la presencia de Dios, determinan que en tal momento no deben tener un hijo, no ven cómo renunciar a la expresión física de su amor y la observancia de los períodos infecundos no les da una base suficientemente segura. Cualquiera que sea su decisión, uno de los valores mencionados sufre menoscabo. Cuando se genera un conflicto de valores, la enseñanza moral de la Iglesia defiende que las personas han de llegar a una decisión en conciencia, valorando ante Dios cual es el deber mayor. Puede escoger los valores que considere más importantes aunque tenga que dejar de cumplir otros.
En este tipo de decisiones morales para la vida de la pareja, de la Iglesia y de la sociedad es sumamente importante aprender a realizar un juicio de valores. “El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana” (10). Para que haya vida plena es necesario el ejercicio de la libertad; y no hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida. Ambas realidades, están íntimamente vinculadas al amor de los esposos, que como regalo sincero del uno hacia el otro, se dan entre sí, fortaleciendo la vida y la libertad de ambos. Es amplio el campo educativo en que los agentes sociales (la familia, los educadores, la Iglesia, los medios de comunicación social y otros) deben participar para inducir una adecuada reflexión sobre el valor de la vida humana, la paternidad responsable, la razón, el ejercicio de la voluntad, la verdad, la responsabilidad y un cúmulo de cualidades morales necesarias para todas las personas que las capacite a la hora de tomar las decisiones.
Nuestra humanidad está pensada para la vida, somos como tal el pueblo de la vida y para la vida. Pobres los que quieren confundir y enaltecen una cultura de muerte frente a la riqueza de trabajar por una cultura de vida. ¿Qué hacer para formar una conciencia crítica y moral en la que las personas y sobre todo los esposos, y las nuevas generaciones, puedan tomar las decisiones personales, matrimoniales y familiares que respeten la vida humana y a la vez fomenten los valores? ¿Qué acciones pastorales pueden acompañar a las familias cubanas para que sean “santuarios de la vida”, cuidándola desde la gestación hasta la ancianidad? ¿Es suficiente lo que se hace para educar a las jóvenes generaciones en la paternidad y maternidad responsable? La frase muy repetida de “Cuba cuida a tus familias, para que conserves sano tu corazón” debe ser guía que ilumine el pensamiento y la acción de las propias familias, de la Iglesia, el Estado y todas las instituciones de la sociedad civil.
Bibliografía:
(1) Constitución Gaudium et spes. Concilio Vaticano II. No 50.
(2) Biblia Latinoamericana. Génesis 2, 28.
(3) Encíclica Humanae Vitae. Pablo VI, No 12.
(4) Encíclica Casti Connubi. Pío XI, 31 de diciembre del año 1930.
(5) Discurso de Papa Pío XII en el Congreso de Obstetras Católicos. 29 de Octubre del año 1951.
(6) Encíclica Humanae Vitae. Pablo VI, No 14.
(7) Homilía en Escuela Manuel Fajardo, Santa Clara. Juan Pablo II. 22 enero 1998.
(8) Constitución Gaudium et spes. Concilio Vaticano II. No 50.
(9) Familia: vocación y misión. P. Eugenio Alburquerque. Editorial CCS, Madrid. 1994.
(10) Encíclica Evangelium Vitae. Valor y carácter inviolable de la vida humana. Juan Pablo II. 1995. |