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“Vayan por todo el mundo y anuncien”
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En estas pocas palabras Jesús dejaba a sus discípulos la línea a seguir, había una clara tarea: la misión de llevar su mensaje a «todos», y veamos que sus primeros seguidores lo hicieron hasta la muerte. Desde Pedro y Pablo muchos hombres y mujeres, hoy santos, dieron sus vidas por cumplir este mandamiento nuevo que nos dejaba el Señor. Pero no voy a hablar de la historia de la Iglesia que todos conocemos, voy a invitarlos a reflexionar sobre algo verdaderamente importante, nuestro papel como seguidores de esos primeros discípulos y voy a comenzar preguntándonos:
¿Estamos haciendo los laicos de hoy lo que pidió Jesús? ¿Estamos verdaderamente cumpliendo con nuestro papel dentro de la sociedad? Más claro, ¿estamos llevándoles la Buena Noticia a todos?
Buenas preguntas. Vamos a ver, ahora podemos estar diciendo: la vida está muy agitada, tengo que trabajar mucho, después tengo que salir a «inventar», o a realizar las tareas del hogar, o, si me pongo me van a ver con recelo y en mi barrio nadie tiene tiempo para oírme y así una serie de problemas que no son mentira, es una realidad de los laicos cubanos, pero, ¿la solución, entonces, es vivir el Evangelio nosotros solos, es esperar a que las personas por sí solas vengan a la Iglesia? ¡No!, no estaríamos haciendo lo que Jesús pidió.
Muchas personas están esperando por un mensaje de aliento, de esperanza, personas que están enfermos del cuerpo y del alma, personas que perdieron seres queridos y piensan que en otra vida los volverán a ver. Pero no estamos hoy para enseñarles la grandeza del Señor y a veces se pierden en otras creencias, niños que esperan para saber más, que quieren saber más, porque en sus escuelas no les hablan de Dios y a sus padres tampoco les hablaron. Todo el mundo espera conocer que Dios lo ama, que confía en nosotros, un Dios que perdona.
Los jóvenes tenemos que tomar iniciativas, no se trata de salir y visitar cien casas en un día, sino que en una o dos se quede bien claro el mensaje, por supuesto, para eso tenemos que sentir bien profundo lo que estamos predicando. No es emplear: haz lo que te digo y no lo que yo hago, tenemos nuestros actos que deben demostrar lo que es pertenecer al Pueblo de Dios, eso es parte fundamental en la misión, nuestras vidas tienen que estar limpias de muchos sentimientos que nos pueden entorpecer esta hermosa labor, porque quienes nos oyen lo hacen para buscar algo nuevo, algo que se separe de todo lo cotidiano, que haga sentir vivas a las personas y, quiénes hermanos, quienes sino nosotros, los que hemos conocido el amor infinito de nuestro Señor Jesús, los pueden ayudar. Es emocionante llegar a lugares apartados y ver como los niños te reciben, como juegan y después se sientan atentos a escuchar la Palabra de Dios; cómo los enfermos se alegran y nos atienden y no quieren que nos vayamos y si ese día llevamos algún medicamento difícil de encontrar en las farmacias, o dulces porque en esos lugares no hay, entienden mejor que les estamos llevando una esperanza, que la Iglesia está para ayudar al necesitado y eso es bueno que las personas lo sepan, porque muchos buscan esa unidad que no existe en el barrio y en el trabajo, ni en la escuela, una unidad fraternal. Basada en el amor de los unos a los otros, donde cada cual por muy diferentes que sean no repitan lo mismo, sino que sientan lo mismo en el corazón, sin máscaras, unidad verdadera, movidos no por ideologías, sino por el amor verdadero a nuestro Dios, que no murió para obtener fama, sino para salvarnos y ahora nosotros tenemos la obligación de ayudar a que muchos más se salven.
La Misión se puede realizar de muchas formas, en cualquier momento, solo basta con tener la disposición de en cualquier oportunidad transmitirle a otra persona lo que uno siente, no es darle una catequesis a alguien en una esquina, o en el parque, es hacer que sientan que hay algo nuevo, algo que puede cambiar su vida, que hay un Dios que se preocupa por nosotros y de veras hermanos, ¡cuánto estamos necesitados de alguien que se preocupe por nosotros! Por eso podemos entrar en la vida de los demás. De hecho quien escribe ha tenido vivencias hermosas, a veces tristes, porque conoces y ves cosas muy duras, pero siempre Jesús en tu corazón hace vencer obstáculos y llenarte de amor, para servir a los demás.
Quiero terminar poniendo el ejemplo de amor y de verdadera voluntad misionera al Grupo Misionero de la Parroquia San Cristóbal, del cual formo parte, jóvenes que tenemos a cargo varias comunidades a las cuales nos entregamos de corazón, sin importarnos las dificultades, tratamos de llevarles a esas personas la paz de Cristo y usted hermano o hermana que está leyendo puede ser uno de nosotros, usted también puede tener la satisfacción de llevarles a todos la buena noticia y hacer, lo más humildemente posible, “lo que nos pidió Jesús” |