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VIÑALES, JARDIN ZEN DE CUBA

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ CORONEL


Año XV. no. 86
julio - agosto
de 2008


GALERÍA

 
 


 

ÍNDICE

editorial

literatura
Reseña
.Presentación de la novela la Burbuja por Laidi Fernánez de Juan

Poesía
.Loa arbitraria al azúcar Agustín Acosta. En la Zafra (1926)

carta desde La Habana
.Espiritualidad esencias
intríncecas por Félix Saútie Mederos

galería
.Viñales, jardin Zen de Cuba por José Antonio Martínez Coronel

justicia y paz
.La Corrupción por Sergio Lázaro Cabarrouy
.El Pacto internacional de derechos civiles y políticos por Dr. Antonio Padovani
.Contribución a la polémica sobre el crecimiento del PIB en Cuba por Carmelo Mesa-Lago

bioética
.El derecho a la alimentación. Discurso del Papa Benedicto XVI sobre el tema.
.Dieta por Dr Antonio Padovani
.El mediocre, un estercolero social por Dr. Lázaro Gómez Piquero

reflexiones
.El poder por José Antonio Quintana

educación cívica
.Formas de hablar y expresarnos por Humberto Bomnin
.Por qué publicamos por Herminio Josué Peña

religión
.¿Que buscan? por P. Saúl Pinzón
.El cogollo de la palma real, guano bendito de Cuba por Adolfo Núñez Barrizonte y Jefrey Puentes Díaz
.Pablo, siervo de Jesucristo, Apóstol por la llamada de Dios por Tania Gómez Rodríguez
.Palabras del Presidente del CELAM en la ceremonia de Envío de la Misión continental

ecos diocesanos
.Primer Encuentro Juvenil con jóvenes estudiantes de las Escuelas Latinoamericanas de Medicinas
.Testimonio del 49 Congreso Eucaristico internacional
.Artemisa, fiesta de San Marcos Evangelista
.Caridad no está
.Convivencia de Adolescentes

Algunos de estos artículos han aparecido ya en la portada de nuestro sitio. En esta sección aparecen como han sido publicados en la edición en papel de la Revista Vitral.

Los surcos, siempre los surcos, presentes incluso cuando no los vemos, con la mirada acostumbrada a la perspectiva de líneas que confluyen en un punto y, mientras tanto, se entrecruzan con otras.
Los surcos también de caminos y carreteras bordeando rocas, a manera de jardín donde la armonía es la esencia en esa representación de lo trascendental que está aquí, ahora, y de lo que frecuentemente, por cotidiano, no nos percatamos.

La trama de cercas, ramas, raíces, estalactitas, estalagmitas, las formas en su fluir tan infinito como sea la imaginación de quien observa y decodifica la epopeya de los días, el eterno retorno de las generaciones ante un paisaje que semeja un anfiteatro cuando lo contemplamos desde Los Jazmines.
La tierra arenosa dibuja lo que el hombre crea con su trabajo diario, en ese diálogo permanente de Historia Natural e Historia Social que constituye un campo de labranza. La sucesión de cosechas es importante para el sostén biológico, pero tras ese ritmo de plantas que regresan hay un ritmo de formas que arquitectos y músicos retoman desde la forma esencial: el círculo, a partir del cual desplegamos toda la variedad geométrica posible.


Quizás por eso podemos explicar por qué algo no nos gusta, y es tan difícil, casi innecesario, argumentar por qué la belleza nos renueva la palabra con el silencio. “La noche hermosa no deja dormir”, escribió Martí en su Diario de Campaña ante ese Sinaí cubano que es el sur guantanamero. Porque hay lugares que, por su soledad consustancial, nos colocan ante el misterio de ser y existir: Baracoa, Pinares de Mayarí, la loma de Cunagua, Escaleras de Jaruco, la cordillera desde Guane, los dos faros entre los que discurre nuestra historia nacional; altos en el camino que invitan a mirar lo que los ojos no pueden ver, subir al campanario de los días y ver los techos, los patios, los portales, desde arriba, antes de bajar al trabajo de las horas que siempre pesarán menos si sabemos girar sobre nosotros mismos y ver las cosas desde adentro, en ese entrecruzar de surcos que somos con el fluir del Universo.


Tal vez fue eso lo que me sucedió, entre el pinar de Estelvina y Coco Solo, cuando vi a un campesino pasando el peine. Él quitaba las últimas hierbas para el nuevo sembrado, y, de pronto, supe que los monjes budistas estaban allí, sonriendo ante los surcos que el guajiro tejía en la tierra. Y la tierra me recordó aquel proverbio árabe que, modificado, diría: “Los hombres temen al tiempo, el tiempo teme a las pirámides, pero los mogotes dibujan el silencio”.
Devuelvo, pues, a la tierra lo que ella me regaló: esta invitación a escucharnos en la Esfinge que es el valle y sus mogotes, el jardín zen más antiguo del mundo. 

 

Las imágenes muestran diferentes zonas de la Presa del Capón en Viñales, Pinar del Río.