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Enfermedad aún incurable, frecuente en marginados sociales, sobre todo al inicio, difícil de tratar por lo caro de los medicamentos, el VIH-SIDA une a esto las incomprensiones y rechazos infundados de los no infectados, muchos de los cuales marginan a los afectados de forma inhumana.
Hace algunos años me encontré con una amiga a la que no veía desde hacía mucho tiempo, me habían dicho que era portadora del VIH, pero no había tenido la oportunidad de verla después de esa noticia. Me sentí contento de encontrarla y, cubano al fin, no perdí tiempo para abrazarla y besarla; ella me trató igual, pero inmediatamente reaccionó:
-¿Sabes que tengo SIDA? –Me preguntó.
- Si, pero no pienso hacer contigo otra cosa que besarte y abrazarte y lo voy a hacer de nuevo –Le respondí.
Mucho tiempo antes, cuando sabíamos mucho menos del VIH que ahora, en un evento de Bioética en nuestra provincia, un portador del virus nos narró sus experiencias, fue uno de los primeros casos en Cuba. Al final del evento nos quedamos conversando con él y nos identificamos con su dolor. Meses más tarde, en La Habana, en otro evento de Bioética, participó el mismo portador y expuso sus vivencias igual que en Pinar; pero posteriormente a su exposición, una ponente tuvo palabras muy duras para fustigar a los que con una conducta sexual desordenada habían adquirido la enfermedad; él se levantó y trató de explicarse, pero la posición de la ponente fue aún más intransigente. Muchos rodeamos al portador manifestándole nuestra solidaridad, lo que hizo exclamar a la ponente: “!Parece que la infectada soy yo!”. Era verdad, estaba infectada con el “Virus de la Inhumanidad Adquirida”.
Hace algún tiempo una estomatóloga me contó que conoció a un portador del VIH que le preguntaba por qué se tomaban tantas precauciones con los portadores por parte de los estomatólogos (Gorro, máscara, ropa sanitaria de mangas largas, doble guante, etc.) lo que hacía parecer que el estomatólogo se encontraba realizando un viaje espacial, cuando las precauciones suficientes no eran tan exageradas y además, si alguien que no se conocía fuera portador se atendía sin estas precauciones y el riesgo de contaminación era muy alto. Él planteaba que definieran las precauciones realmente necesarias para proteger al estomatólogo y las utilizaran con todos los pacientes, así la protección era más lógica.
Recientemente leía el libro “SIDA, confesiones a un médico”, del Dr. Jorge Pérez Ávila, compañero de mi curso de gran humanismo y dedicación a la atención a pacientes con VIH-SIDA (Y al que, dicho sea de paso, admiro y respeto), así conocí de muchos casos en que personas con esta afección eran rechazadas, discriminadas y tratadas como algo peligroso por personas que no tienen la más mínima noción acerca de esta ya no tan nueva enfermedad. Recomiendo la lectura de este libro a todo el que desee conocer a los seres humanos que se han infectado por este virus.
En Cuba el VIH-SIDA no ha alcanzado la dimensión que en otros países por la aplicación de métodos que al inicio de la enfermedad parecieron drásticos a muchos, pero que han demostrado su eficacia en el control de la afección.
¿Qué pesa más, la protección a toda una población o la violación de la autonomía a que lleva la utilización de los métodos que en la Edad Media y aún en tiempos menos antiguos eran de uso corriente en todas las epidemias?
Dejemos la respuesta a cada uno, según su leal saber y entender.
Epidemia que se descubrió hace ya casi 30 años, la infección por VIH ha planteado cuestiones que ninguna otra pandemia anterior puso sobre el tapete. Las epidemias de Peste Negra, Viruela, Cólera y otras más, asolaban pueblos enteros, mataban un por ciento alto de infectados y avanzaban dejando muerte y destrucción. Los medicamentos modernos, la educación sanitaria y las vacunas, han dejado atrás muchas de estas pandemias, pero en el último cuarto del siglo XX, un virus surgido nadie sabe de dónde ni cómo, infecta y deja a la persona viva y aparentemente sana durante muchos años, pudiendo diseminar la infección hasta que es diagnosticado y entonces esta persona mantiene una vida normal, trabaja, se transporta, come en los restaurantes y sigue siendo un ser humano como otro cualquiera por muchos y felices años. La infección no se transmite por otra vía que no sea el contacto directo con sangre o secreciones o fluidos internos, no se contagia por la saliva ni por la piel, no contamina platos, ni vasos ni cubiertos, no se trasmite por la respiración ni por dar la mano, ni por saludar, nadie se contagia por sentarse al lado de un infectado; sin embargo muchas personas tienen terror hasta de mirar a un paciente con VIH y parte de la culpa la tiene lo que podemos llamar “La leyenda negra del VIH-SIDA”.
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Personas que inyectaban sangre contaminada a personas sanas, portadores que insistían en tener contacto sexual no protegido, violadores, bellas y tentadoras mujeres que enamoraban a los hombres en los bailes y cientos de anécdotas que describían situaciones como las planteadas y que incluían “Pactos de Sangre” para contaminar a todos los sanos, todo eso y mucho más se contaba en los años 80 e inicios de los 90 como: “me lo contó uno que lo vio” y que contribuyeron en gran medida a la “Leyenda Negra” Todo eso pudiera haberse coleccionado como cuentos de terror dignos de la pluma de Hoffman, pero no pasan de ser leyendas, independientemente de que algún hecho aislado pudiera haberse producido.
Las personas con infección por el VIH-SIDA son seres humanos que tuvieron la desgracia de infectarse y que también tienen la desgracia de encontrar en ocasiones a personas que, viviendo en un mundo de miedo a lo desconocido, compran dulces en la calle cuando estos no están protegidos y la saliva del vendedor cae sobre ellos llenándolos de bacterias, llegan y comen sin lavarse las manos, con una gran cantidad de microorganismos que son ingeridos por esa vía y que proceden de todo lo que tocamos en la calle, no temen a las infecciones digestivas, que matan más que el SIDA; personas que fuman o toman bebidas alcohólicas inmoderadamente, sin tener en cuenta que el cáncer de pulmón y la Cirrosis Hepática causan más víctimas que el SIDA todos los años. Sin embargo muchas de esas personas que fuman, beben, no se lavan las manos para comer y compran comidas contaminadas, se estremecen cuando tienen que conversar con un paciente con VIH y temen estrecharle su mano.
La gran tragedia muchas veces no es tanto padecer la infección como padecer el rechazo de los inhumanos.
Existe en el mundo en estos momentos toda una gama de medicamentos que, si bien no curan la infección, son capaces de controlarla y permitir una sobre vida cada vez más prolongada y en mejores condiciones, vivir 25 ó 30 años después de infectado ya no es excepción, si no algo frecuente, depende del uso de diferentes medicamentos, de las precauciones tomadas para no reinfectarse y de la aplicación de antibióticos efectivos al aparecer infecciones serias. La reinfección con virus diferentes en una persona ya infectada, acelera la enfermedad y acorta la vida, por eso es necesario que los infectados se protejan a si mismos además de proteger a los demás.
Otra gran tragedia se manifiesta en relación con los medicamentos, de alto costo no están al alcance de los pobres que se infecten. Las grandes compañías de medicamentos se enriquecen con esos productos que no están al alcance de todos. Las investigaciones de esos medicamentos requieren comprobar su eficacia y toxicidad en las personas y así los pobres de África se han convertido, según denuncias internacionales, en animales de experimentación de los productos que se le suministran gratis durante la fase de ensayo y que, una vez comprobada su efectividad y conocida su toxicidad, no pueden pagar una vez puestos en el mercado, terrible paradoja.
África, continente cuya población disminuye cada día por múltiples enfermedades curables que, unidas al hambre, la malnutrición, la falta de agua, conforman un panorama sanitario en el que la aparición del VIH ha planteado el posible exterminio de poblaciones enteras en aquellos países donde las condiciones sanitarias adversas han permitido las reinfecciones múltiples, en una población sin educación sanitaria, hambreada y que no puede pagar los medicamentos que necesitan.
Toda persona debe conocer sobre esta infección para saber cómo prevenirla y para saber cómo se debe tratar a los afectados, como verdaderos seres humanos que necesitan apoyo y no rechazo, ayuda y no lástima.
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