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Estimado lector de Vitral, continuando el tema de mis anteriores cartas sobre Espiritualidad y Cultura considero que es de fundamental importancia para evitar tergiversaciones y nuevas confusiones al respecto de las que ya existen y he estado señalando, plantear algunos criterios esenciales sobre la interacción del medio con la espiritualidad. El sentido espiritual de nuestra existencia es un don sobre el que se debe tomar conciencia, dado al libre albedrío intrínseco de los seres humanos. Es también un don que incluso tiene expresiones derivadas de lo instintivo pero que al ser una esencia intrínseca de la condición humana no es específicamente guiado por los instintos. Ni tampoco son los instintos, lo que generalmente nos delatan el verdadero sentido de nuestra propia espiritualidad, aunque si tomamos atención de nuestras vidas, concentrándonos específicamente en nosotros mismos, podríamos encontrar en nuestras expresiones sentimentales rasgos del sentido espiritual de nuestra existencia. Los sentimientos de alegría, tristeza, amor, rencor, odios, dolor o satisfacción ante determinadas circunstancias y hechos que acaecen en nuestro peregrinaje cotidiano, son rasgos básicos de la espiritualidad que salen a flote. Pero también podría decir que hay quienes aceptan todas estas manifestaciones como propias de una determinada espiritualidad humana, pero niegan el hecho de que tengamos un alma inmortal que nos especifica muy personalmente y que nos trasciende en la existencia física. Quienes así piensan son proclives a identificar también a la espiritualidad con la cultura y plantear que la espiritualidad se ejercita y se manifiesta sólo a través de la cultura y de la vida social, negando entre otros de menor peso los valores de lo religioso y lo místico. Sé que me estoy conduciendo por un camino complicado y escabroso, pero considero que es un problema que los cristianos necesariamente tenemos que abordar para contribuir a que la vida en nuestro país se renueve y restaure con un verdadero e integral sentido espiritual que no discrimine a la dimensión religiosa y mística de nuestra presencia en este mundo ni mucho menos a la existencia de nuestra alma inmortal. Con todo esto, quiero dejar bien sentado que para nada me contrapongo a la jerarquización de la labor y la actividad cultural en la vida, al contrario creo que es necesario prestarle una máxima atención, pero que solo con eso no deberíamos complacernos. Por otra parte, regresando a los primeros párrafos de mi carta, debo decir que además de todas esas posibilidades de encontrar rasgos de nuestra espiritualidad en los sentimientos que expresamos, la espiritualidad tiene una relación muy directamente proporcional con la toma de conciencia que cada cual debemos lograr sobre nuestras respectivas dimensiones humanas y el sentido integral que tienen lo biológico, lo material y lo espiritual intrínsecamente. En este orden de pensamiento, debo decir que la conciencia de nosotros mismos, que la educación familiar desde nuestros primeros años de vida, que la actitud al respecto de este primordial asunto adoptada por nuestros padres y por quienes nos rodean, tienen mucho que ver con nuestra muy específica toma de conciencia de nuestras respectivas espiritualidades ontológicas. La espiritualidad si bien es algo innato del ser que emana de nuestra alma inmortal, es un don que se puede desarrollar, conformar, educar , deformar, dañar, entorpecer e incluso ahogar y hasta prohibir su manifestación y ejercicio. En esto es necesario destacar la importancia de la interacción del medio con la espiritualidad. De aquí la trascendencia sobre nuestras vidas que alcanzan la moral, la ética, los valores positivos y la educación de la niñez y de la juventud. Así mismo debo decir también que los malos ejemplos, los valores negativos o desmoralizados, perversos e incluso neutros pueden ser deformantes de gran incidencia sobre la vida espiritual del ser humano y de los conglomerados sociales en su conjunto. Aquí es innegable que la Cultura puede jugar un papel muy importante tanto en una dirección positiva como negativa en el desenvolvimiento y el desarrollo de la espiritualidad en las personas, pero sin pretender sustituir a la Religión, la religiosidad y los sentimientos religiosos de los seres humanos en su conjunto. En una próxima carta me referiré a la importancia de la familia en esta interacción porque considero que requiere un tratamiento especial.
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