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Creía saber a dónde iba, y siempre terminaba en otro lugar.
Todo comenzó por la curiosidad. Partí de la antigua Plaza Mayor pero, en vez de caminar por la calle Independencia, lo hice por Céspedes Sur, de la que bajé a Martí Sur, atraído por la arquitectura de la antigua Clínica Quirúrgica, y ahí empezó la orgía urbanística.
Lejos del trazado renacentista o reticular, la parte más colonial de Sancti Spiritus es una ablución de urbanismo medieval, sinuosa invitación para acercarnos a un paseo por las ciudades sumerias, babilónicas, el entramado polidireccional desde la mezquita, la madrasa, el zoco a los barrios donde la vida transcurre en perpetuo ir y venir de calles que se entrecruzan y conducen, con frecuencia, casi al punto del que salimos.
Si no olvidamos que los habitantes de las primeras ciudades debían protegerse de animales y atacantes de otras ciudades, no extraña la existencia de las murallas, así que las primeras calles no podían conducir a grandes espacios abiertos, sino a permanecer en la matriz urbana que era el asentamiento donde la persona residía. Tampoco debe extrañar que las Leyes de Indias, lejanas en el espacio con respecto a Cuba, también lo fueran en el diseño de nuestras primeras ciudades, de ahí que la trama urbana de Camagüey, Trinidad, constituyese la norma hasta que, a finales del siglo XVIII, surgieran los primeros planos que conducirían a las hipodámicas Cienfuegos, Cárdenas, Holguín, Güines, con las que nuestro país entraría a un siglo XX que, sediento de modernidad, vería casi simultanearse el Art Nouveau, Art Déco, Neocolonial, Racionalismo, en un aliento ecléctico unificador de tendencias.
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Plaza Mayor de Sancti Spíritus. |
De ahí que, nacido donde la ciudad oblicua no existe, tuve que rehacer varias veces el plano que va de Independencia a Jesús Nazareno, y luego por Pancho Jiménez, Pan, Manuelico Díaz, Agramonte Oeste, Jesús Menéndez hasta la memoria que fluye bajo el puente del Yayabo. Dos horas caminando por la joya urbanística de Sancti Spiritus, esa que casi nunca se visita y está, precisamente, al otro lado del eje Boulevard-Iglesia de la Caridad, las chinas pelonas de Popular en diálogo con Céspedes Sur, Martí, Maceo, luego Carrillo hasta Zequeira y subir por Santa Olaya a Jesús Nazareno, sin saber ya cuál es Independencia o Pancho Jiménez, encontrarme de pronto con una calle llamada Pan, por la que descendí hasta Manuelico Díaz y cuando creí salir a otra, perpendicular, resultó ser la misma Pancho Jiménez, de la que me alejé por la que luego vería se llamaba Paula, me desvié por una callejuela casi sumeria: Valdivia Este, y sin darme cuenta estaba en Independencia, casi llegando a Jesús Nazareno otra vez… Cuando logré ubicarme en el eje Independencia-Agramonte Este/ Oeste, avancé hacia la Parroquial Mayor; me detuve en A. Rodríguez, me dejé conducir por las chinas pelonas que, desde Honorato, cruzan Agramonte Oeste, Pancho Jiménez, para, convertidas en Llano, acercarme al agua, de la que emergí entre el antiguo palacio de los Iznaga y un teatro demasiado próximo al cauce del Yayabo, todavía crecido por las aguas de agosto.
Remontar Jesús Menéndez, en la sucesión más o menos perpendicular de Padre Quintero, Plácido, Quintín Banderas, Máximo Gómez, ya no fue como otras veces. La sensualidad de un urbanismo que me permitía estar en todas partes y en ninguna tornó menos laberínticas mis caminatas por Camagüey y Trinidad. Callejuelas con olores hogareños que me recordaron Baracoa, Viñales, Cabaiguán, La Habana Vieja, hierbas en el patio de mi abuela Cirila junto a la zanja del barrio La Quinta, hierbas y muros coloniales de la casa No. 7719 en calle Habana cuando, luego de visitar a un pintor amigo, salí al mismo Parque Central de Güines tras un viaje sensorial que me llevó a las ruinas de cafetales en La Gran Piedra y Candelaria, el susurro precisamente de las piedras ante la barahúnda de la vida cotidiana.
Me alegro mucho por esas dos horas en el deambulatorio colonial de Sancti Spiritus. Me enseñaron mucho. No sólo la confirmación de que, para comprender los estilos artísticos europeos, primero debemos comprender los estilos orientales, africanos y americanos, sino también para el arte de la vida y la novela, ese entrecruzarse de capítulos, alternancia de personajes que acá son de referencia y allá serán protagónicos, en la trama de una historia que siempre conduce al mismo lugar, rotación en torno a un eje aparentemente centrífugo, energía centrípeta que, a manera de alfarero, modela interactivamente la arcilla de las horas en un rostro de influencias confluyentes.
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