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Estimado lector de Vitral, sembrar a boleo es una de las enseñanzas esenciales que se encierran en la parábola de El Sembrador. Hacerlo siempre, sin descanso y sin preferencias porque la responsabilidad de la siembra constante de la buena semilla no debería quedar nunca inhibida. El verdadero y más sublime maestro de todos los tiempos pasado, presentes y por venir es Jesús de Nazaret y su método es revelado llana y sencillamente en esta parábola.
Con independencia de que, más adelante en próximas cartas, podría escribirles sobre el magisterio de Jesús, tema central para todo el que se considere un seguidor suyo, dada la necesidad más perentoria de hoy en mi criterio, comenzaré esta nueva serie de cartas, exponiendo mis conceptos sobre el papel de su Iglesia en los procesos educativos de la sociedad contemporánea. Lo haré en razón de estos conceptos esenciales sobre la acción de la Iglesia dentro de los necesarios procesos educativos que requerimos como exigencia básica de vida, desde los mismos instantes de nuestro nacimiento y de nuestra venida al mundo. Incluso para ser más preciso, significo que nuestra necesidad de educación se engendra desde mucho antes del nacimiento específico, en el interior del seno materno porque es allí en realidad donde todo comienza. Este reconocimiento de cual es el verdadero principio de la vida, tiene muchas más implicaciones, es un factor esencial en mi criterio que le da genuina autoridad y moral básica al derecho inalienable de la Iglesia dentro de la sociedad en su conjunto, de participar activamente como sujeto en las acciones educativas que se desarrollan en los ámbitos de la familia y de la sociedad en su conjunto. Hay otros factores teológicos y de misión específica que según conocemos los católicos y los cristianos en sentido general, fundamentan el papel de la Iglesia en la educación, quizás más adelante en esta serie regresaré a este importante tema, pero continúo en mi propósito comenzar a plantear el asunto desde el punto de vista estrictamente laico dentro de una sociedad civil real y plural en confesiones de fe o de no fe como es en realidad la nuestra, aunque algunos no quieran reconocerlo así.
Opinar y sentar magisterio sobre el derecho a la vida es obligación y derecho (valga la redundancia) de la Iglesia dentro de la sociedad y por ahí debería comenzar el análisis. No es el hecho de que existan quienes tengan opiniones o criterios distintos, lo que inhiba la necesaria participación de la Iglesia en el ámbito educacional de la sociedad. Estas opiniones diversas son respetables, pero precisamente por esa misma razón de la existencia de opiniones distintas a los criterios del Magisterio de la Iglesia sobre el derecho a la vida, es que debe respetarse por encima de toda otra consideración el también derecho de la Iglesia para expresarlos y enseñarlos públicamente, incluso entrando dentro de un sano diálogo de confrontación de opiniones en la sociedad en su conjunto, del cual indudablemente habría de salir mucha más luz para todos, tanto los que se oponen como quienes los apoyan y los afirman. Es una razón esencial: la Iglesia participa activamente en estos procesos y tiene cosas concretas que decir y que enseñar a favor de la sociedad en general. Es participante presente y activa, coadyuva al amor y a la paz entre los seres humanos. ¿Por qué entonces negarle ese derecho? ¿Por qué impedirle por silenciamiento que pueda exponer y debatir libremente su mensaje y sus concepciones? Estas interrogantes entran directamente en el meollo del asunto. En consecuencia, como conclusión de esta primera Carta de la serie que dedicaré al papel de la Iglesia dentro de la educación en la sociedad, planteo que la Iglesia posee un definido y positivo Magisterio sobre la vida y la sociedad que siempre ayudaría a todos los creyentes o no creyentes en favor de la vida y no hay razón moral válida alguna para impedirle socialmente su exposición a todos y su ejercicio práctico dentro de los que así lo acepten como tal en virtud de su libre albedrío primigenio de orientar sus vidas conforme a los dictados de la conciencia.
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