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“Estuve preso y me fuiste a visitar, con hambre y me diste de comer, con sed y me diste de beber” (Mt 25).
Eso hizo el Padre Olallo, por eso la Iglesia lo venera como Beato, y autoriza su culto público, para que la gente a través de su ejemplo y su intercesión conozcan a Dios, lo amen y se salven.
La Beatificación del Padre Olallo fue una fiesta de la Iglesia porque de todos los lugares de país vinieron personas a compartir el misterio eucarístico y la veneración a un hombre que logró la máxima aspiración de cada cristiano, la santidad, es decir, la vida configurada a la manera de actuar y ser de Jesucristo, superando las propias limitaciones y pecados, de tal manera, que se disfruta ya del Reino Eterno separado para los justos, para los que dieron todo de sí a los demás, especialmente a los pobres, los preferidos de Dios. Muchas personas se acercaron curiosas, tal vez por primera vez en sus vidas, al misterio de la fe, muchos contemplaban atónitos la procesión con las reliquias del Santo dejando tal vez aflorar de su interior esa ansiedad de Dios que se esconde en el corazón del ser humano, que no descansa hasta que lo encuentra a El, única fuente de felicidad y verdadera libertad.
Fue una fiesta de Cuba, porque fue en esta tierra donde vivió su fe y su entrega el hermano de San Juan de Dios José Olallo Valdés, y porque es aquí donde la fe de su pueblo, que ha resistido duras pruebas lo ha reconocido y venerado. La fiesta fue el fruto del esfuerzo de los postuladores y patrocinadores de la causa de beatificación, de los desvelos de Mons. Adolfo y luego de Mons. Juan, y sobre todo de la oración y la fe del pueblo creyente que conforma la Iglesia en el Camagüey, que ha demostrado una vitalidad y un testimonio de fe ejemplares. La celebración fue también fruto del esfuerzo conjunto de instituciones del Estado y de la Iglesia, que hacen pensar en una Cuba mejor, que tenga como pilares la familia, el matrimonio natural y fiel, la defensa de la vida, la clemencia a los presos y la libertad, como dijera el Arzobispo anfitrión, al saludar a cada una de las delegaciones de las diócesis visitantes, en una magnífica alocución en la que afloró lo mejor de nuestra identidad cubana y nuestra tradición cristiana. Hay muchísimo por hace en Cuba por el bienestar de los cubanos, esta fiesta fue una luz en la oscuridad, un signo visible de que se puede juntos y no peleando.
¡Gracias Señor por el Padre Olallo! ¡Gracias Padre Olallo por tu testimonio y tu entrega! A nosotros nos queda seguir buscando a Dios y trabajar duro por su Reino.
¿Quién fue el Hermano Olallo?
Consta que el miércoles 15 de marzo de 1820, día en que el pequeño niño fue entregado a la Casa Cuna de La Habana, fundada por el Obispo Fray Jerónimo Valdés, fue bautizado por el P. Antonio Eusebio Ramos y, posteriormente, allí recibió su educación cristiana, la que sería determinante en la vida del Hermano Olallo. En el momento de ser recibido en la Casa, el niño llevaba junto a su cuerpo una nota que decía: “nació el 12 de febrero último y no está bautizado”.
La educación cristiana recibida por el niño Olallo hizo crecer en él la fe en Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta fe en Dios condujo al Hermano Olallo a la certeza de que Dios es un verdadero Padre y que, como enseña la Sagrada Escritura, aunque una madre se olvidara de su hijo, Dios nunca lo hará (cf. Isaías 49, 15). En medio de carencias extremas no se inquietó por la comida y el vestido, sino que buscó el Reino de Dios, del amor, de la paz y todo lo demás le vino por añadidura.
Jesucristo lo llamó desde muy joven a estar con El como Hermano Hospitalario y esta fe se fortaleció mediante la oración, la lectura de la Biblia, la Santa Misa, el rosario y el servicio a los enfermos en total entrega. La fe en el Espíritu Santo estuvo presente también en su corazón desde que recibió el Sacramento del Bautismo y se alimentó por los demás Sacramentos de la Confirmación, la Confesión, la Comunión y la Unción de los enfermos, por medio de los cuales recibió la extraordinaria fortaleza para vencer el mal con el bien y ser fiel a Dios en la defensa de la vida y en el servicio a los enfermos y a la Patria.
La virtud de la esperanza la vivió el Hermano Olallo en la seguridad de que el Señor Jesús está todos los días con quien El ha llamado. Esta virtud le permitió al Hermano superar cualquier desaliento y perseverar en la práctica de las buenas obras.
La virtud de la caridad, que es el auténtico amor cristiano, fue vivida por él de modo audaz, creativo y sin límites hacia quienes estaban en situaciones críticas, no importándole vida, salud, desgaste, cansancio. Hizo del hospital una gran familia de hermanos a pesar de las múltiples diferencias de sus pacientes.
El Hermano Olallo siendo muy joven se sintió llamado por Dios a entregar su vida a los enfermos, cautivado por los ejemplos heroicos de los Hermanos Hospitalarios y siguiendo las huellas de San Juan de Dios, santo fundador de esa Orden. Hizo sus votos religiosos, en la Comunidad de San Juan de Dios de La Habana, a la temprana edad de quince años, alrededor del 8 de marzo de 1835.
Después de sus votos fue enviado a Puerto Príncipe, hoy Camagüey, a la Comunidad del Hospital de San Juan de Dios de dicha ciudad, donde llegó en el mes de abril y se entregó al cuidado y asistencia de los enfermos atacados por la epidemia del cólera morbo que había afectado ese año a la ciudad. Más tarde hará lo mismo frente a muchas otras enfermedades contagiosas. Vivió con un solo corazón y una sola alma la comunión con sus Hermanos Hospitalarios, especialmente con fray Manuel Torres, enfermo de lepra.
En 1835, a causa de las leyes españolas que obligaron a las Órdenes Religiosas a salir de su territorio o a renunciar a los compromisos contraídos, el Hermano Olallo pudo haber salido de Cuba o haber abandonado la Orden Hospitalaria, pero no hizo ninguna de las dos cosas, sino que permaneció cincuenta y cuatro años en el hospital asistiendo a los enfermos.
En medio de la Guerra de los Diez Años, de 1868, el Hermano Olallo defendió como padre a los enfermos civiles, así como a los beligerantes de ambos ejércitos, dando con ello un testimonio elocuente de la universalidad del amor cristiano, que no hace distinción de personas y que se mueve, sin temor, bajo el único imperativo de hacer el bien.
Camagüey vivía, como el resto de las provincias orientales, las tensiones y divisiones que fueron comunes en la Guerra de Independencia, en este contexto, el jefe de la Plaza determinó que las campanas tocaran a degüello contra la población principeña y fue entonces que el Hermano Olallo, según testimonio de la época, intervino con el jefe de la Plaza y logró evitar dicha masacre.
Según el testimonio de Abel Marrero y del historiador René Ibáñez Varona, “al amanecer de la mañana del día 12 de mayo de 1873, irrumpe en la Plaza de San Juan de Dios una columna española para dejar en el Hospital un número de heridos, trayendo también un cadáver atravesado al lomo de una bestia, y que por los documentos que le fueron encontrados parecía ser el jefe de los Mambises, el titulado General Ignacio Agramonte; dos soldados desatan las sogas cayendo el cadáver en medio de la Plaza, quedando a la vista de todos los vecinos y curiosos, aquel cuerpo ensangrentado y cubierto de lodo el rostro del caudillo, por haber sido conducido doblado en dos, y estar los caminos llenos de agua, característica especial del mes de mayo, que llueve a diario. Al conocer aquel sacrilegio, el Padre Olallo ordenó prontamente una camilla y fue conducido al pasillo del hospital, lugar donde se ha señalado con una tarja este hecho allí, sacando su propio pañuelo de su bolsillo limpió el rostro ensangrentado y enlodado del más grande de los camagüeyanos. Prontamente hizo aparición en el lugar el Padre Manuel Martínez Saltage, muy buen cubano, que junto con el Padre Olallo, rezaron durante algunos minutos limpiando de nuevo aquel rostro tan maltratado” (1). El Hermano Olallo oraba mañana, tarde y noche, recorría la Calle de los Pobres (que hoy lleva su nombre) ayudándolos material y espiritualmente, auxiliaba a los presos, daba comida a los hambrientos y evangelizaba mediante sus famosas tertulias nocturnas por las que educó a muchos en la fe, salvando matrimonios y reconciliando a enemigos. De este modo se convirtió en padre y madre de innumerables personas por su plena confianza en Dios su Padre, y en la Virgen, su Madre.
En el hospital se desenvolvía como enfermero, cirujano, farmacéutico, lavandero, despensero. No era sacerdote, pero su bondad era tan inmensa que todos le llamaban Padre. El 7 de marzo de 1889 el Padre Olallo sintió la voz de Jesucristo nuevamente, esta vez diciéndole: “ven bendito de mi Padre, recibe el Reino preparado para ti desde la creación del mundo porque estuve hambriento y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, anduve como forastero y me alojaste. Estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, estuve en la cárcel y viniste a verme” (Mt 25, 34-36).
La ciudad le brindó un entierro de triunfo. Por colecta popular se levantó un monumento funerario en su honor y se dedicó una calle y una plaza a su memoria, también un hogar de ancianos lleva su nombre.
En el estudio de la vida y virtudes del Padre Olallo, la Iglesia ha reconocido su intercesión ante Dios para la curación de un cáncer que padecía la niña Daniela Cabrera Ramos, con vasta difusión abdominal, complicado con insuficiencia renal aguda y recaída precoz.
La comunidad cristiana, en las Parroquias y en las Casas de Oración, encomendó con mucha fe y perseverancia la salud de Daniela al Padre Olallo. Los padres de la niña se unieron confiadamente a la oración de sus hermanos cristianos y contemplaron alegres la curación milagrosa de Daniela en momentos en que el equipo médico ya había agotado todos los recursos de la ciencia.
1. Marrero Campanioni, Abel, Tradiciones Camagüeyanas
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