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Se hace cada vez más común una mayor conciencia sobre los valores en la familia y en la sociedad, y por ello, se es consciente de la familia como instancia insustituible en la formación de valores humanos y cristianos.
Esta conciencia nos remite a la esencia misma del ser humano en quien pugnan dos tendencias naturales y propias de toda persona, las puramente biológicas, que responden a exigencias de los sentidos, como el placer, el poder y toda forma de relación centrada en el provecho personal sin referencia alguna a principios superiores del espíritu. La otra tendencia es la espiritual y racional fundada en su condición de ser racional, inteligente y espiritual.
En la actualidad, algo que le preocupa mucho a las personas de bien es la pérdida bastante general de la capacidad de recta valoración racional, espiritual y se usa como única guía de valoración lo sensorial, el provecho material, lo que conduce a la relativización de los valores. Cosas que para unos son un valor, como el honor, la honestidad, la verdad, para otros lo son la astucia, el cálculo, el robo.
¿Con qué criterio de valor puede considerarse la acción de un profesor que vende las notas de un examen? ¿Un niño que lleva a casa un nuevo regalo, una nueva libreta o libro y sus padres no preguntan cómo lo consiguió? ¿Un hombre que se pone a vivir con su compañera de trabajo a escondidas de su esposa? ¿Será deshonestidad o simplemente astucia?.
La mayoría de los valores que sirven para guiar la conducta humana, si no todos, son valores adquiridos y se adquieren básicamente en la familia. Me voy a referir a dos valores que considero fundamentales: la fidelidad y la honradez.
Se habla muchas veces del valor de la fidelidad y de la honradez. No siempre se comprenden bien por qué son algo importante, por qué valen tanto.
Conviene recordar que los valores pueden dividirse en dos grupos: unos son aquellos valores que son buscados y queridos por sí mismos, no por algo distinto de ellos. Son de este grupo, por ejemplo, la amistad, el amor, la alegría profunda y sincera, la eternidad. Otros valores, en cambio, sólo son medios o instrumentos o consecuencias de valores más importantes. En este segundo grupo se encuentran el dinero, la salud, la fuerza, muchas clases de trabajo, etcétera.
¿Dónde se coloca la fidelidad? ¿En qué grupo podemos situarla? La fidelidad no es un valor que se mire a sí mismo, que se quiera porque sí, sin más. Se es fiel a un amigo, a la esposa o esposo, a la empresa donde uno trabaja, a la patria, a la humanidad. La fidelidad acompaña a muchos valores que definen al hombre en su núcleo central, para el bien o para el mal. Porque también hay personas que son “fieles” a su jefe criminal, al chantajista que pide negocios deshonestos, a la cita puntual para vender algo robado o para gastar el dinero de la familia en unas cuantas cervezas de más. En estos casos la “fidelidad” queda deformada, dramáticamente, hacia vicios y males que son capaces de dañar a los demás y de destruirnos, poco a poco, a nosotros mismos.
Así que existen dos fidelidades. O, mejor, una fidelidad auténtica, al servicio del bien, y una caricatura de la fidelidad, siempre manchada por la mentira, la avaricia, el robo o el crimen.
¿Y cómo se construye la fidelidad auténtica? Todo depende, sencillamente, de la fuerza del amor que reina en el propio corazón. Si uno ama de verdad a su familia, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo, sabrá ser fiel a sus compromisos. No quiere ser fiel porque sí. Quiere ser fiel para dar una respuesta de amor a aquellos a los que debe algo, a los que quiere ayudar, a los que aprecia y venera en lo más profundo de su corazón. Conforme más débil es el amor, menor es la fidelidad. Las traiciones matrimoniales responden de un modo bastante exacto a esta ecuación.
Por eso hay que evitar el error de querer ser fieles a toda costa, incluso sometiendo el amor como un medio para lograr la fidelidad. No se ama para ser fieles: se es fiel para amar más y mejor. El amor construye la fidelidad para incrementar el amor. Podríamos decir que la fidelidad es sólo un momento de paso del amor hacia el amor. Cuando llega la prueba, cuando se asoma otro hombre u otra mujer, cuando uno se cansa de sus hijos pequeños o de sus padres ancianos, es entonces cuando el pequeño amor que tengamos nos ayuda a decir no a la deslealtad y sí a la fidelidad. Superada la prueba, el amor puede crecer, hacerse luminoso, limpio, radiante, capaz de suscitar envidia en quienes observan las vidas de tantos hombres y mujeres que no ceden a la tentación de una trampa, porque en su corazón hay algo mucho más grande y más fuerte que la búsqueda de un placer provisional y despreciable.
La verdadera fidelidad está en crisis porque quizá hemos dejado de vivir a fondo el amor. Notamos el síntoma de una enfermedad profunda, que nos hiere un poco a todos, que nos carcome, debilita y empobrece. Parece que ser fieles es cosa de tontos o de débiles. Parece que ser constantes en los valores verdaderos es señal de fracaso y de falta de realismo.
Mientras unos siguen viviendo “felices” con sus trucos, sus engaños y sus placeres de ocasión, los que son fieles, los que aman, dejan una huella que no nos puede dejar indiferentes. Seguirla es el deseo que nace en quienes quieren ser felices de verdad, en los que buscan amar en serio, romper con la mediocridad y el oportunismo, vivir aquí, en esta tierra, con los ojos puestos en el cielo, donde el amor brilla con tal fuerza que no hay lugar para ser infieles.
Me contaba un amigo que cuando Fernando un vecino de él, se sintió viejo y se dio cuenta de que ya no podía estar al frente de sus asuntos, puso sus propiedades (una casa buena de placa y un carro) a nombre del hijo mayor para que él se hiciera responsable. Con un sentido muy grande del honor, le pidió que cuando él muriera repartiera la herencia equitativamente entre sus hermanos.
Murió el viejo y, una vez enterrado, se juntaron los hermanos para hablar de la repartición de las propiedades. El hermano mayor ni siquiera asistió a la reunión; mandó a su mujer a decirles que él era el único dueño y que lo hicieran como quisieran. Ganó el negocio y perdió a sus hermanos. Él es el dueño legal, pero aquí hay otro caso más de que lo legal no siempre es lo justo. Ante sus hermanos, ante su esposa y sus hijos, y sobre todo, ante Dios, él es un simple ladrón, un hombre sin honor que traicionó por ambición la voluntad de su padre.
¿Qué es ser honrado?
Literalmente viene de “honor”: un hombre honrado es un hombre de honor.
Se entiende por honradez el respeto a los bienes ajenos.
Por bienes entendemos no sólo los materiales necesarios para una vida digna, sino también otros bienes, intangibles pero también reales, que necesitamos para el bienestar al que tenemos derecho. Por ejemplo, la buena fama.
Un hombre honrado es el que respeta los bienes de los demás y el que se esfuerza por conseguir, con su trabajo honrado, los bienes que él mismo necesita para vivir y ser feliz.
La honradez, como valor, exige ese respeto a lo ajeno aún cuando las circunstancias pudieran permitir apropiárselo sin consecuencias legales o sociales. El juez más severo de nuestros actos somos nosotros mismos y ha de ser muy triste vivir sabiendo que somos ladrones. Para nosotros los creyentes existe también la conciencia de que Dios exige la devolución de los bienes robados.
La imagen popular del buen ladrón que roba a los ricos para dar a los pobres, no es más que un signo de una revolución siempre buscada, pero jamás alcanzada que impidiera a unos cuantos apropiarse de los bienes que los demás necesitan para vivir. Hoy sabemos que es pecado la acumulación de la riqueza y propiciar la pobreza. Sobre las riquezas acumuladas, decía Juan Pablo II en Cuilapa, Oaxaca, existe una hipoteca social. Y Jesús decía algo mucho más grave: ¡Qué difícil es que un rico se salve!
Un hombre de posición y con muchas necesidades cubiertas honrado sería el que entiende sus bienes como algo que Dios le permite tener para administrarlos en bien de sus hermanos.
El lujo y la ostentación son un continuo robo a los más pobres.
Con ese sentido social, las leyes justas de un país alientan a los dueños del capital a invertirlo en beneficio de la sociedad y a usar parte de esos bienes en instituciones de beneficencia. El capitalismo carente de humanidad es pecaminoso.
El salario justo será el que permita una vida digna.
¿Cómo se enseña la honradez?
Cuando yo era un niño de 9 años, en los finales de la década de los sesenta, mi tío Jesús tenía una tienda de artículos de comercio. Después de una visita a su tienda, mi mamá descubrió que yo andaba quemando fósforos. “Me los encontré” dije entonces para justificar la posesión. No me creyeron y de mano de mi madre regresé a la tienda del tío a devolver lo mal habido. Así nos educaron nuestros padres.
La honradez se enseña con el ejemplo. Un padre de familia que es responsable en su trabajo, aunque no salga nunca de pobre, heredará a sus hijos una riqueza imponderable: su honradez.
Una pobreza digna jamás ha hecho daño a nadie; una riqueza mal habida mina el respeto de los hijos a los padres a quienes verán siempre como a personas deshonestas y sin autoridad moral.
Los niños aprenden en el hogar los límites que impone la propiedad privada. Ellos saben que deben respetar los bienes de los hermanos y, en cambio, saben también que deben compartir esos bienes con los demás miembros de la familia.
Queridos papás...
Nunca permitan que su hijo robe algo, aunque nadie lo vea.
Nunca permitan que se cuele sin pagar por más necesidades que tengan.
Nunca permitan que se apropie de un lugar que no le corresponde en las colas.
Nunca permitan que traiga a casa un objeto que no es suyo.
Nunca permitan que invente faltas de sus hermanos ni de ninguna otra persona, porque ellos tienen derecho a su buena fama.
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