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Las cosas cambian con el tiempo, pero más en las formas que en las esencias. La muda de las apariencias hace que lo viejo parezca novedoso, mas si se rasgan las superficies y se indaga en los tejidos profundos de lo nuevo, se encontrará, la mayor parte de las veces, un tuétano añejo, rancio en ocasiones. Me vienen estos pensamientos por lo de la crisis económica que padece el mundo, a las que se le llamaba de superproducción y ahora habría que nombrarlas de superespeculación. Parecen crisis diferentes estas a las de hace tiempo, pero quizá, como las aguas del río de Heráclito, son y no son las mismas, y es seguro que tienen igual dotación genética, aunque expresada en desiguales circunstancias. Son, tanto aquellas como estas, catarsis de la economía de mercado, solución automática, cruenta y dispendiosa, a las contradicciones entre la demanda solvente y la oferta; entre las finanzas sobresaturadas de compulsión especulativa y la capacidad de la economía para sostenerse sobre burbujas y crear valor extrayéndolo de la manga del saco de un dealer; entre la ambición inescrupulosa y desmedida y el talento sosegado para corres riesgos útiles.
La economía se mueve al compás del interés compuesto. El valor de los activos económicos hoy depende de la estimación de los beneficios que produzcan en el futuro. Lo que vale una empresa o una acción en la actualidad está determinado por la expectativa de sus rendimientos futuros. Las ganancias de mañana el interés compuesto las convierte en valores de mercado de hoy. Todas las valoraciones financieras tienen como base al futuro. Todos los financistas y economistas, inversores y prestamistas, son, en este sentido, futurólogos. A veces un poco adivinos, y siempre especuladores en mayor o menor medida. Trabajan con beneficios probables, y en muchas oportunidades sus cálculos se basan en probabilidades subjetivas y en criterios de expertos en incertidumbre, si es que en este campo es posible la peritación. De modo que aciertan unas veces y otras fallan. Cuando se acumula una masa crítica de fallos significativos se presenta la crisis. Sucede varias veces por siglo. Parece inevitable.
Pero el crédito, el interés compuesto y la especulación financiera no son defectos de la economía de mercado; más bien son instituciones básicas de su funcionamiento. A ellas se debe, en gran medida, el éxito histórico del capitalismo. Creo que son virtudes de la economía de mercado. Aunque algunos dicen que los defectos son continuacion de las virtudes. Vale la pena reflexionar sobre esto último.
El élan de la economía de mercado es la obtención de ganancia; este es el motivo primero del capitalismo, el que energiza el mercado y pone a andar al crédito, a la especulación y al interés compuesto. Si el deseo y la necesidad de ganar dinero se convierte en afán desmedido de lucro, entonces es uno de los factores que integran el concepto de concupiscencia, un pecado según San Pablo.
Siglos antes de San Pablo, los griegos, si no recuerdo mal, específicamente Aristóteles, clasificaban los valores y contravalores éticos en triadas. En el centro de la triada colocaban lo que para ellos era virtud, y en los extremos lo que consideraban vicios. La ambición, considerada virtud, la ponían en el centro de una triada en la que el vicio mayor era la codicia. De modo que para los antiguos griegos, no era la ambición lo que “rompía el saco”, sino la codicia. Es precisamente la codicia irresponsable y desmedida la que convierte en diabólica a la especulación financiera, distorsiona al crédito y torna al interés compuesto en creador de burbujas, ilusiones y fraudulentas expectativas. Se atiborra el mercado financiero de productos imaginados, concebidos con buenas o malas intenciones, y se desencadena la compra – venta de ilusiones valoradas. Se le otorga crédito a insolventes de alto riesgo; se respaldan acciones de ensueño, acciones basura… valores paridos por el valor mismo, sin ningún arraigo en la economía real. En este río revuelto comienzan a pescar los mega – ladrones y estafadores de cuello blanco y laptop programada para la “alta especulación”. Esto le da razón a otro sabio griego, a Platón, quien sentenció “que todo sistema fracasa por la exageración del principio en que se funda”. Parece haberlo pensado para nuestra época.
El sistema fracasa “por arriba”, por las bolsas, los grandes bancos y en general por las instituciones de inversión y crédito. Pero se sufre abajo, en los negocios financieros medios y mínimos, y, sobre todo, en los jubilados y en los que pierden el empleo. En realidad, los que menos sufren las crisis son los grandes culpables de su desencadenamiento, los concupiscentes, los exageradores del principio de ganar y especular con mesura, para el bien común y no para alimentar codicias. A esos grandes culpables los salvan los estados; los rescatan a cualquier inusitado precio para evitar el fracaso sistémico, cuasi apocalíptico.
Otro pensador antiguo, no griego esta vez sino italiano, precursor de Malthus en el tema del crecimiento insostenible de la población y continuador de Maquiavelo en el tema de los fines y los medios, acuñó la frase “razón de estado”. Eso es el salvamento de los grandes culpables de las crisis: una razón de estado, no una razón social. Botero, que fue el autor de la frase y de la amoral teoría que la informa, parece haberla concebido para hoy.
Finalmente, los países se reúnen para tratar de solucionar la crisis, y ello me recuerda la fábula de Antístenes, el griego fundador de la Escuela Cínica: se reunieron los animales en asamblea general para solucionar los problemas de convivencia. Las liebres, envalentonadas porque se creyeron el cuento de la democracia, reclamaron con firmeza la igualdad para todos y el derecho que a todos asistía para tener voz y voto en las decisiones fundamentales, relativas al interés común. El león, que las observaba impaciente, las interrumpió con un rugido y les dijo: ¿”dónde están vuestras garras para hacer valer tales pretensiones”?
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