| |
La revista habanera Espacio Laical ha querido celebrar el XV aniversario de la Carta Pastoral El amor todo lo espera, hecha pública el 8 de septiembre de 1993, con un panel dedicado al tema de la relación entre la Iglesia y la sociedad en Cuba. Para hacerlo, han respondido a las preguntas de la redacción los laicos católicos habaneros doctor Gustavo Andújar Robles, vicepresidente de SIGNIS mundial (La Asociación Católica Internacional para la Comunicación), el licenciado y profesor Alexis Pestano Fernández, miembro del Consejo Editorial de Espacio Laical, y el licenciado Lenier González Mederos, viceeditor de esta revista.
A continuación ofrecemos, en ese mismo orden, algunas de las respuestas que un panel de laicos ofreció a las preguntas hechas por la redacción de la revista Espacio Laical.
1-¿Cuál ha sido el papel desempeñado por la Iglesia Católica en Cuba a lo largo del siglo XIX y las seis primeras décadas del XX?
Gustavo Andújar: Esa pregunta parece un tema que requeriría varios simposios y congresos científicos y unas cuantas obras enciclopédicas para que pudiera considerarse dignamente abordado. Por cierto, no creo que sería yo ponente en ninguno de esos eventos, ni mucho menos autor de ninguna de esas obras. Lo que puedo hacer, y haré, es explicar lo más sucintamente que pueda cómo veo yo la actuación de la Iglesia en Cuba durante ese largo período.
La Iglesia Católica tuvo un papel protagónico en el nacimiento de la identidad nacional cubana durante la primera mitad del XIX, a través de hombres como el obispo Espada, el padre José Agustín Caballero, y sobre todo el padre Félix Varela, quienes contribuyeron a que en las aulas del Seminario San Carlos se formara la primera generación de pensadores cubanos. No podría dejar de mencionarse también la ingente labor asistencial y educativa desempeñada por la Iglesia durante todo ese período.
La segunda mitad del XIX marca una situación diferente en cuanto al posicionamiento del clero católico, y en particular de la jerarquía, ante el creciente sentimiento independentista. Debido a la independencia de sus colonias en Sudamérica, y en particular ante experiencias como la de Varela y otros sacerdotes criollos en la América española que se enfrentaron al poder colonial, la metrópoli aprovechó el Patronato Regio para nombrar sistemáticamente Obispos políticamente comprometidos con la corona. El clero en la Isla pasó pronto a ser mayoritariamente peninsular y anti independentista.
La Iglesia Católica en Cuba llegó así al siglo XX, y al nacimiento de la República, con una imagen anti independentista y pro española, que la mantuvo en general al margen de la vida nacional durante casi las tres primeras décadas del siglo. Los restos del padre Félix Varela, a quien Martí llamó con veneración “el santo cubano”, fueron traídos a Cuba en 1911, no por la Iglesia, sino por los profesores de la Universidad de La Habana, para descansar no en la Catedral de La Habana, donde deberían estar, sino en el Aula Magna de la Universidad.
Un nuevo giro ocurrió con el surgimiento de la Acción Católica Cubana a partir de finales de la década de los veinte, y los sucesivos nombramientos de una serie de Obispos de un calibre humano y pastoral excepcional, como Manuel Arteaga (quien sería el primer cardenal cubano), Enrique Pérez Serantes, Alberto Martín Villaverde, Valentín Zubizarreta y otros, que marcaron una etapa de apenas treinta años durante los cuales la Iglesia, apoyándose en la labor ejemplar de un laicado más que notable, logró un prodigioso florecimiento y alcanzó a tener una presencia activa y constructiva en todos los ámbitos de la vida nacional.
Desde 1959 han pasado ya casi 50 años, demasiados para que pueda considerarse ese período como una única etapa, pero en aras de la brevedad trataré de atenerme a las grandes tendencias que se han manifestado durante ese medio siglo. De la acogida gozosa a la revolución triunfante, la Iglesia pasó a la crítica de la creciente influencia comunista en el gobierno, debido a temores suscitados por la traumática experiencia de la guerra civil española y la conocida marginación de los creyentes en los regímenes comunistas europeos. Fue el inicio de un largo desencuentro que, si bien se ha visto bastante atenuado en tiempos recientes, nunca se ha resuelto del todo.
La Revolución triunfó tres años antes de que comenzara el Concilio Vaticano II. Al inicio de la etapa revolucionaria, los católicos cubanos partían de una vivencia eclesial preconciliar, y por lo mismo no tan rica en el espíritu de diálogo y apertura que trajo el Concilio. En los escritos de la época se nota una cierta confusión de planos entre lo propiamente eclesial y las circunstancias en las que la Iglesia debe desarrollar su labor. La Revolución, por otra parte, terminó por promover, durante más de 30 años, un ateísmo similar al que la Iglesia denunciaba, y ha tendido consistentemente a mirar a la Iglesia desde una perspectiva política, extraña a la misión de ésta.
2- ¿Cuánto cambió la Revolución el modo de relacionarse la Iglesia con la sociedad cubana?
L.G.: La Revolución trajo consigo un vuelco radical en las relaciones que había mantenido la Iglesia Católica con la sociedad cubana. Ya en la década de los ‘50 la Iglesia había logrado articular, con cierta coherencia, estructuras pastorales efectivas para la evangelización. Contaba, además, con variados espacios de inserción social, que le permitían incidir y ser tomada en cuenta en el espacio público. La Acción Católica, por su parte, se convirtió en una verdadera escuela de formación y articulación del laicado insular. Esta realidad eclesial de los años 50 era cualitativamente superior a la de décadas precedentes, donde la Iglesia tuvo que saldar un duro camino cuesta arriba para insertarse en la vida republicana, a donde había arribado con los pesados lastres del Patronato Regio sobre sus espaldas.
Por otra parte, la encuesta realizada en el año 1954 por la Agrupación Católica Universitaria (ACU) nos recuerda que no debemos idealizar esa realidad eclesial, pues amplias zonas rurales estaban desatendidas pastoralmente, se priorizaba la construcción de iglesias en zonas de clase media y acomodadas, y la red de escuelas católicas –por las condiciones propias de la época- no daba acceso por igual a todos los miembros de una sociedad verticalmente estratificada. Pero a la vez, esa propia encuesta refleja, en mi opinión, el grado de madurez que iba alcanzado esa Iglesia, aun preconciliar, pero que ya daba sus primeros pasos aplicando herramientas pastorales que no cobraron vida en el resto del continente hasta casi una década después, luego de finalizar el Concilio Vaticano II.
Esta es la Iglesia que recibe con esperanza el triunfo de la Revolución en 1959. Poco tiempo después cobró vida un diferendo entre ella y el sistema político. Este diferendo representó para la Iglesia la privación de todos estos espacios de incidencia social, la negación pública por mucho tiempo de sus aportes, con luces y sombras, a la historia nacional e incluso, la articulación de rígidos mecanismos de discriminación y exclusión social contra aquellas personas que profesaban abiertamente su fe. Ha sido este un largo camino lleno de meandros, de profundas desgarraduras personales y de desconfianzas mutuas.
En el corazón del conflicto laten los recuerdos de las pastorales anticomunistas de los años 1960 y 1961 y la oposición violenta de importantes sectores del laicado al nuevo gobierno por lo que juzgaban una traición de este al carácter popular y nacionalista de la Revolución (al inclinarse esta por el marxismo-leninismo). Muchos de ellos pasaron de la lucha armada para derrocar a Batista, a la lucha armada para evitar la implantación del comunismo. Recordemos que son los años duros de las persecuciones en Europa del Este contra la Iglesia, donde el comunismo era percibido como el mayor enemigo de ésta.
3- ¿Qué significación tuvo para la Iglesia y la sociedad el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) realizado en 1986?
L. G.: El ENEC constituye uno de los momentos estelares de la historia de la Iglesia Católica en Cuba. El evento significó “obrar el milagro de las manos vacías”, como expresó con belleza y exactitud monseñor Adolfo Rodríguez Herrera, entonces presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, en la homilía de inauguración de la magna cita. Es la historia de una Iglesia que puso la mirada en lo Alto y se abandonó en manos de la Providencia, obrando lo grande desde lo pequeño. No fue solo un encuentro de cinco días, sino un memorable proceso de reflexión nacional que abarcó varios años, recogió los pareces de las comunidades católicas en todos los puntos de la geografía nacional y cinceló para siempre las vidas de sus protagonistas. Hablamos de un proceso que marcó la apertura de la Iglesia cubana a las realidades sociales del país, la salida de los muros del templo luego de 26 años de ateísmo estructural. Sus principales ejes temáticos –Iglesia encarnada, orante y misionera- han de ser, por mucho tiempo, las sendas a transitar por la Iglesia Católica en Cuba. Rescatar ese espíritu participativo es un reto actualmente para la Iglesia en Cuba.
4- ¿Qué circunstancias propiciaron que el Episcopado cubano hiciera público, en 1993, hace exactamente 15 años, una Carta Pastoral titulada El amor todo lo espera?
G. A.: En un artículo que dediqué a los 10 años de la Carta, y que se publicó en 2003 en la revista nacional Verdad y esperanza de la Unión Católica Cubana de Prensa, describí aquel momento. Hoy usaría casi las mismas palabras, introduciendo apenas algún que otro matiz
El año 1993 es generalmente reconocido entre los cubanos como el más desesperanzador, con mucho, de la segunda mitad del siglo XX. La crisis económica en la que se ha visto inmerso el país, con vaivenes, pero ininterrumpidamente, durante los últimos 13 ó 14 años, alcanzó en aquel momento su punto más álgido. Recordaré siempre ese año por los apagones interminables y las bicicletas propulsadas por agua con azúcar prieta; por los familiares, amigos y vecinos a quienes la desnutrición transformó, en pocos meses, en ancianos macilentos e irreconocibles; por las calles semidesiertas y los semáforos apagados. Pero sobre todo lo recordaré como un año de pesimismo y angustia, y la más sombría de las desesperanzas. Fue el año en que por primera vez oí a alguien decir: “Cada vez que me dicen que se ve una luz al final del túnel, estoy convencido de que es un tren que viene en dirección opuesta”. Año terrible, en fin, aquel 1993 cuya memoria me encoge el corazón y del cual hablaré tal vez a mis nietos (y si no me esperan años peores, que nunca se sabe), como me hablaban mis padres y abuelos del “machadato”.
La situación de penuria era sólo la consecuencia más ostensible de un trance mucho más que económico. Los complejos acontecimientos desencadenados a partir de 1989 con la caída de los gobiernos marxistas de la Europa del Este, y que culminaron con la desaparición de la Unión Soviética en 1991, habían generado una profunda crisis ideológica en la izquierda mundial, a la cual el fulminante e incruento derrumbe del “campo socialista” había dejado sin paradigma tangible ni prueba de viabilidad. Lo que durante décadas habían llamado “socialismo real” y proclamado como la sociedad modelo, se revelaba ahora como una farsa impuesta a contrapelo de la voluntad mayoritaria de aquellos pueblos.
En Cuba, el desconcierto provocado por esta crisis se ponía de manifiesto, por una parte, en la solicitud por las autoridades de un irrestricto voto de confianza de la población en la capacidad del gobierno para sacar al país de la crisis económica y, por la otra, en la incesante proclamación de la voluntad de resistir a toda costa, sin que estas exhortaciones estuviesen acompañadas de la presentación de un proyecto de contornos definidos y suficientes visos de viabilidad, sobre el cual los ciudadanos pudiesen basar una esperanza razonable de superación de aquella difícil coyuntura.
Los Obispos no estaban más que cumpliendo con su deber de pastores en un momento de confusión, desorientación y, sobre todo, desesperanza.
5-Algunos han planteado que dicha Carta Pastoral constituye un alejamiento de la Iglesia en relación con los fundamentos del ENEC. ¿Cuánto de cierto puede tener este criterio?
A. P.: En realidad, la lectura detallada tanto del Documento Final del ENEC como de la Carta Pastoral El amor todo lo espera, no encuentra diferencias esenciales entre ambos. Por el contrario, al menos en tres elementos fundamentales se puede ver una clara identidad.
En primer lugar, en ambos textos la Iglesia rechaza con firmeza toda probable identificación entre el mensaje evangélico que le es propio y los postulados de un sistema político o ideológico específico. La fe trasciende la ideología, en tanto se ofrece a todos por igual. Por otra parte, este principio no implica para la Iglesia su silencio ante las realidades terrenas. Puede y debe ejercer crítica de los ámbitos políticos e ideológicos, en cuanto éstos afecten o promuevan la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta razón movió a la Iglesia a expresar públicamente su opinión en 1986 y 1993. En efecto, tanto en el ENEC como en El amor todo lo espera, tiene lugar el ejercicio de esta crítica, con la llamada de atención a las dificultades que presentaba la sociedad cubana, agravadas en 1993 por efecto de la crisis.
Sin embargo, lo anterior no significa que no existieran diferencias en ambas declaraciones de la Iglesia, derivadas de los cambios experimentados en la sociedad cubana. Entre ellos, amén de las dificultades socioeconómicas que se añadían en 1993, se encontraba el proceso de reajuste que la caída del paradigma socialista eurosoviético había impuesto a los presupuestos ideológicos imperantes en el país. El proyecto revolucionario cubano comenzaba una reconsideración de su relación con la historia nacional, donde se intentaba encontrar bases más sólidas de legitimación. En este contexto, se imponía más que nunca un llamado al diálogo nacional, precisamente cuando la identidad revolucionaria iniciaba una lenta desideologización. El amor todo lo espera fue la contribución de la Iglesia a tan importante proceso. Al hacerlo, no intentaba tomar distancia de aquellas aspiraciones que en el ENEC había asegurado compartir con la sociedad socialista. Al contrario, llamaba la atención sobre aspectos a su juicio necesarios para la realización definitiva de dichas aspiraciones, cuando el país se hallaba libre de presiones externas que anteriormente obstaculizaban su pleno despliegue.
Por todo esto, no creo que se pueda hablar de que la Carta Pastoral constituya un alejamiento de la Iglesia en relación con los fundamentos establecidos en el ENEC.

6-¿Cuáles fueron las propuestas concretas que en aquel entonces realizó el Episcopado a la nación cubana?
A. P.: Como he expresado en un reciente ensayo sobre el tema, El amor todo lo espera presentaba dos grandes ejes temáticos que recorrían todo el texto. En primer lugar, una evaluación de la condición de la nación mediante el análisis de las principales dificultades que a juicio del episcopado eran fuente de sufrimientos para la sociedad. En este sentido, se identificaban como tales la crisis económica, el deterioro cívico y moral y una concepción ideológica y política excluyente. Un segundo momento del mensaje lo constituían las soluciones que se proponían para las anteriores problemáticas. Más que ofrecer una serie de medidas o acciones para enfrentarlas, la Iglesia anunciaba un camino para lograr lo que se proponía como el objetivo final de todo el mensaje, la revitalización de la esperanza. Para esto era necesario que la ideología cediera su espacio a la persona humana y se lograra una verdadera sociedad fraternal en la que todos los cubanos tuvieran oportunidad de aportar su contribución para la consecución del bien común. Los Obispos partían de la necesidad de una transformación moral como condición previa a la creación de estructuras más justas y solidarias.
Para el logro de estos fines, la Carta Pastoral señalaba un elemento previo. Era necesario que los valores fundamentales de la sociedad cubana, mencionados tanto aquí como en el Documento Final del ENEC, se desideologizaran y se llenaran de un contenido ético, lo que además de cerrarle el paso a toda exclusión injusta, acrecentaría el interés de participación de todos. De esta manera, la Patria, el Estado y Cuba, no serían consignas, sino valores profundos del alma nacional que superarían visiones reduccionistas y dolorosas discriminaciones. La metodología a seguir era tan simple como compleja: el diálogo nacional entre todos los cubanos, tanto dentro como fuera del país, con lo que se lograría una verdadera inclusión social que superara las limitaciones anteriores y una participación libre, activa y consciente en la búsqueda de las necesarias soluciones.
7-¿Cómo fue acogida la Carta Pastoral tanto por el pueblo como por el gobierno, y qué tratamiento le dieron los medios de comunicación en Cuba y en el extranjero?
L. G.: Quiero comenzar aclarando que en los momentos en que la Carta Pastoral vio la luz yo era apenas un niño que daba sus primeros pasos en la adolescencia. Aun guardamos en casa, con cariño, la copia amarillenta del documento episcopal. Tengo grabada en mi memoria la agitación de aquellos días, los comentarios en el seno de mi familia, las visitas de amigos que comentaban acaloradamente el documento, algunos de ellos militantes del Partido Comunista de Cuba (PCC).
Pero mi conocimiento sobre la manera en que fue acogida la Carta Pastoral por el pueblo y por las autoridades pasa, más que por mis recuerdos personales, por mis conversaciones con laicos, sacerdotes y Obispos que sí vivieron a plenitud aquellos días vertiginosos. Pasa, además, por largas conversaciones con el profesor Jorge Ramírez Calzadilla y por la lectura de los análisis que sobre el hecho han realizado valiosos especialistas cubanos. En el plano personal, el contraste entre ambas visiones –la eclesial y la académica- me ha permitido encontrar pistas luminosas para aproximarme al acontecimiento y, además, para entender la violenta reacción del gobierno.
Todo parece indicar que el documento fue muy bien acogido por el pueblo en general. En el arzobispado de La Habana se guardan las imágenes de las colas inmensas ante la puerta del edificio para adquirir un ejemplar. Maestros con sus alumnos, militares, militantes del PCC, jóvenes y viejos, todos querían conocer lo que decían los Obispos. Imagino que la inquietud por conocer su contenido se haya acrecentado en amplios sectores del pueblo ante los grandes espacios que se le dedicó al tema en la prensa nacional. Esa reacción en la prensa nacional es, a su vez, la mejor manera de entender cómo fue asumido el hecho por el gobierno.
Tengamos presente que en el plano social desde finales de la década del 80 varios indicadores cuantitativos de religiosidad comienzan a dispararse. Una encuesta de la época, realizada por el Departamento de Estudios Socio-religiosos, testifica la presencia de “lo religioso” en cerca del 85 por ciento de la población cubana. Además, mientras ocurría este despunte de los indicadores de religiosidad, en la segunda mitad de esa década tiene lugar un hecho que va a marcar profundamente el descongelamiento del tema religioso en Cuba. En 1985 se publica el libro Fidel y la Religión, resultado de una entrevista de 23 horas concedida por el entonces presidente Fidel Castro al dominico brasileño Frei Betto. Según criterios de varios especialistas, el impacto psicológico del libro en la clase política y en el pueblo cubano fue determinante en el sentido de que se percibía que la temática religiosa dejaba de ser un tema tabú y, además, lo religioso tomaba por asalto los espacios públicos de discusión por vez primera en mucho tiempo en Cuba. Por ejemplo, a la presentación del libro, en la ciudad de Santiago de Cuba, asistieron 10 mil personas. Todo esto me hace pensar que en el plano social existían condiciones favorables para que el documento fuese acogido y analizado.
Un análisis sobre la reacción de la prensa, 15 años después, resulta un ejercicio interesante, pues es evidente que los Obispos quedaron virtualmente cercados por los ataques tanto de la prensa nacional, como por la prensa del exilio. Si exceptuamos el texto de Cintio Vitier, todo lo publicado en aquel entonces sobre el contenido de la Carta –ofensas, argumentos y tergiversaciones que no voy a tomarme el trabajo de reproducir- queda a la vista de las nuevas generaciones como un gran monumento a lo que el periodismo no debe ser.
Visiones críticas sobre la Carta Pastoral no han faltado en el contexto nacional. Recomiendo la lectura del libro Iglesia y política en Cuba, recopilación de ensayos del sociólogo Aurelio Alonso. Aun cuando en lo personal estoy en desacuerdo con las tesis defendidas por Aurelio en ese libro, es admirable su altura política, el respeto a la hora de tratar los temas y la inteligencia de sus análisis que no dejan escapar ni el más mínimo detalle epocal. Todo ello calzado por la vocación irrenunciable de Aurelio de abrir puertas y tender puentes con la Iglesia. Quienes nos movemos en los ámbitos eclesiales hemos sido testigos de ello en más de una ocasión.
Creo que es impensable que el Episcopado no se hubiera dirigido a la nación ante semejante crisis. Se hacía imperioso que la Iglesia Católica ejerciera su misión de iluminar la realidad social alzando su voz profética. Es posible que aun no existiera la madurez necesaria en la clase política cubana para entender este aspecto. Recordemos que en el momento de la publicación de la Carta Pastoral aun era reciente el fin del ateísmo doctrinal, y que incluso en miembros de la clase política aquella concepción excluyente de lo religioso, más los recuerdos de la confrontación Iglesia-Estado al triunfo de la Revolución, seguían teniendo un peso importante.
Quizás a ello se sumó, como agravante, esa manera “ignaciana”, jesuítica, que ha tenido la Revolución cubana de entender la fidelidad de los seres humanos y de los actores sociales. Esa vocación de totalidad de la Revolución exige una adhesión sin fisuras. Si intentamos colocarnos entonces desde “el otro lado” nos podemos percatar de que el documento episcopal fue tomado como un acto de alta traición.
La conversión de Cuba en un Estado laico, con todas las implicaciones que ello trae aparejado, ha constituido un gran reto tanto para el sistema político como para la Iglesia Católica en nuestro país. Seguir desandando este camino es aun el gran reto de futuro para ambas instancias. Esa trascendental decisión, asumida en 1992, en los momentos en que se publicó la Carta Pastoral aun no había tenido tiempo de materializarse en la práctica política de la nación. Este hecho es capital a la hora de entender la desproporcionada reacción del gobierno contra la Iglesia en los medios de comunicación.
8- ¿Conservan vigencia las propuestas de El amor todo lo espera?
L. G.: Muchas de las propuestas y análisis realizadas por los Obispos en la Carta Pastoral quedaron circunscritas a la problemática que vivía el país en el año 1993. Sin embargo, hay un elemento en El amor todo lo espera que sigue teniendo plena vigencia y es, en buena medida, el factor que le dio y le da realce histórico al pronunciamiento episcopal. Me refiero a la necesidad del diálogo nacional.
En aquel entonces, cuando muchos apostaban por el “efecto dominó”, es decir, por la implosión y derrumbe del gobierno, después de la caída sucesiva de los regímenes sociales de Europa oriental, este aspecto del documento episcopal fue muy mal interpretado. Curiosamente, estoy convencido de que en él reside el núcleo profético de la Carta. El diálogo al que llamaban los Obispos no estaba relacionado -como se quiso hacer ver en la prensa de aquel entonces- con una mesa donde se sentaran entidades políticas a repartirse cuotas de poder o carteras ministeriales. Como si la jerarquía católica esbozara las reglas del juego en un futuro gobierno de transición. Aquel diálogo miraba a un nivel más alto y, a su vez, más profundo: tenía que ver con la búsqueda de consensos entre grupos de cubanos con maneras distintas de entender el ordenamiento social desde tradiciones de pensamiento enraizadas en la historia del país desde hacía siglos. Son sectores de la nación que llevan el deseo de servir a Cuba clavado en el corazón. La escisión radical, sin términos medios, entre estos grupos de cubanos con modos diversos de “soñar” lo que el país debe ser, ha sido, en esencia, el trauma profundo de la nación cubana.
Por otra parte, el llamado al diálogo no tuvo tras si el deseo de insertar de manera forzada una cuña política en medio de aquel contexto. Pienso, más bien, que se trató de un acto de patriotismo y de sentido común. La Iglesia sabía que el futuro de Cuba pasaba en aquel entonces -y sigue pasando hoy- por la necesidad de acoplar al cuerpo de la nación las racionalidades, imaginarios y repertorios simbólicos propios de esos grupos de cubanos. Marxistas, católicos y liberales –por nombrar grosso modo a estas “familias” nacionales- estamos llamados a aportar a Cuba lo mejor de nosotros, sin radicalismos excluyentes, ni idealizaciones de ninguna índole. Creo firmemente que la construcción de la Casa Cuba -esa bella metáfora dibujada mil veces por la prosa del padre Carlos Manuel de Céspedes- es y será siempre el umbral político más equilibrado hacia donde tenemos la responsabilidad de enrumbar nuestros pasos los cubanos. Sin interferencias foráneas.
La década de los ‘90, con sus cambios aciclonados, le trajo a Cuba la articulación de espacios desde donde cada uno de estos sectores -dentro y fuera de Cuba- comenzó a tratar de incidir en el futuro del país. Quizás la primera señal del despliegue en Cuba de un pensamiento liberal rearticulado lo constituye la importante polémica entre el joven historiador Rafael Rojas y el poeta Cintio Vitier en las páginas de la revista Casa de las Américas. Aquel debate –que tuvo como centro ese texto angular que es Ese sol del mundo moral- encarnó un simbolismo mayúsculo: anunciaba el inicio de una era nacional marcada por el forcejeo entre esos grupos de cubanos.
Desgraciadamente, la interacción entre estas corrientes de pensamiento no se ha dado en clave de diálogo e integración, sino que, encerradas en sí mismas producto de coyunturas políticas y mezquindades humanas, hemos asistido al atrincheramiento y a la fractura del campo intelectual cubano. El rastreo minucioso en el tiempo de los enfoques editoriales y rutinas productivas de los sitios web La Jiribilla y Encuentro en la Red, ilustran con dramatismo la historia reciente de este desencuentro entre sectores de la nación que no se reconocen como actores legítimos.
No quiero dejar de apuntar que la propuesta de diálogo nacional más acabada nos la dio el papa Juan Pablo II en su discurso del Aula Magna de la Universidad de La Habana, cuando hizo un llamado a los intelectuales para encontrar una síntesis donde todos los cubanos nos sintiéramos identificados. De esta manera, el pontífice actualizaba el llamado hecho por los Obispos en la Carta Pastoral del año 1993. La necesidad de un diálogo nacional con estas coordenadas (las de la integración y la síntesis) sigue interpelando hoy a los actores sociales y a la clase política cubana. Constituye un proyecto que tiene como centro la redención nacional.

9-El país se encuentra atravesando una compleja situación socio-política. ¿Cómo es, en este contexto especial, la relación de la Iglesia con la sociedad y con las autoridades de la Isla?
G. A.: En realidad la pregunta debería referirse a “las relaciones” y no a “la relación”, porque hay que considerar por separado las dos que se mencionan. Nunca ha habido una relación conflictiva entre la Iglesia y la sociedad cubana como tal, mientras que sí se han dado conflictos entre la Iglesia y las autoridades. La relación con la sociedad se mantiene tan buena como de costumbre, como demuestra la alta consideración que tiene el pueblo por la jerarquía católica, el clero, los religiosos y religiosas y los creyentes, reconocidos en general en Cuba como personas de bien y consecuentemente apreciados y respetados. Este aprecio se refuerza cuando la población tiene ocasión de constatar la cercanía y el compromiso de la Iglesia con ellos en los momentos difíciles. En cuanto a las relaciones con las autoridades, durante estos últimos años han experimentado una indudable mejoría. En la medida en que quede cada vez más claro para todos que la Iglesia busca los espacios que legítimamente le corresponden para poder ejercer su misión, y no posiciones de poder o influencia política (que es a mi entender la lectura errónea que en ocasiones se ha hecho de algunas actuaciones o pronunciamientos de la jerarquía), esas relaciones pueden continuar mejorando.
10-¿Cómo suponen los panelistas que sea la participación de la Iglesia en el futuro de Cuba?
L. G.: Hablar sobre cómo será la participación de la Iglesia Católica en el futuro de nuestra patria podría ser un ejercicio arriesgado, pues nos llevaría necesariamente a especular sobre cómo sería ese futuro y sobre los roles multifuncionales que podría desarrollar la Iglesia en dicho contexto. Ambos destinos -el de Cuba y el de la Iglesia- se entrelazan irremediablemente en una urdimbre de incertidumbres, esperanzas y sueños por alcanzar. Es por eso que juzgo más oportuno enfocar esa participación “en el mañana” desde el abordaje de los retos de nuestro presente. En la medida que logre dar respuesta a ellos hoy, logrará garantizar su participación en el futuro del país.
En el caso cubano, los retos eclesiales pasan por la gestión evangelizadora que está llamada a encauzar la Iglesia en medio de los cambios socioculturales que de manera acelerada tienen lugar hoy en la sociedad cubana, y además, por el acompañamiento a nuestro pueblo en medio del peculiar momento histórico que vive el país –de transición en el socialismo le ha llamado la revista Temas. Para la Iglesia no se trata de dos escalas de desafíos diferentes, sino de una única, equiparable bajo el manto del servicio integral a la comunidad humana desde las coordenadas de nuestra fe católica, y desde la diversidad de dones y carismas de sus hijos. Esa participación de la Iglesia no debe llevar a nadie a pensar que se pretende articular una estrategia de reproducción sociológica o política para conquistar espacios perdidos.
Llevar adelante la misión evangelizadora en la hora actual nos lleva, necesariamente, a buscar los “signos de los tiempos”, a poner la mirada en la realidad social que nos circunda. Pongo un ejemplo. Hace apenas 10 años, un joven como yo debía esperar a que una amiga viajara al extranjero para poder leer un ejemplar de las revistas Time, Proceso o Newsweek, que luego pasaba a manos de otros amigos. Traigo esta anécdota a colación para ilustrar cómo en el presente los flujos de comunicación se han acelerado a tal punto, que en cuestión de segundos un cubano con acceso a Internet puede enviar por email a toda su libreta de direcciones una noticia determinada, y esta propagarse a la velocidad de un rayo. O captar una señal de satélite, digitalizarla, y en apenas unas horas propagarla en una memoria flash.
La proliferación de las nuevas tecnologías de reproducción digital abre, hasta límites insospechados, nuevos espacios de interacción cultural y política, donde una parte de los cubanos accede a las ofertas culturales del mercado global, incluyendo a las producidas por las “diásporas cubanas”. La sociedad cubana se ha hecho más heterogénea, diversa y abierta a la “otredad”. No solo por el ascenso de sujetos sociales con maneras distintas de afrontar la vida y de relacionarse entre sí; sino, además, por los usos culturales que dichos sujetos y grupos hacen de estas tecnologías, produciendo nuevos discursos e imaginarios en el escenario nacional. Estas nuevas realidades poseen una poderosa carga democratizadora que remueve los cimientos de los sistemas comunicativos tradicionales del país, donde son vulnerados tanto el sistema institucional de medios de comunicación en manos del Estado, como la red de publicaciones que pudo articular la Iglesia en la década de los 90.
Saber captar este cambio de época, con su vertiginosa fuerza subversiva en todos los órdenes y niveles, constituye un reto apremiante tanto para la actual clase política cubana, como para la Iglesia Católica. En la hora actual, es necesario readecuar estos espacios eclesiales y, además, crear nuestras estructuras pastorales para hacer frente a los nuevos tiempos. La formación y articulación del laicado católico sigue siendo el principal reto del presente. Necesitamos de creatividad pastoral para asimilar el inmenso potencial humano que hay en nuestras comunidades. Existe toda una generación de católicos cubanos que comienza a crecer al calor de la reforma constitucional de 1992, y a los que nadie les impidió acceder a las instituciones universitarias, y a las carreras de ciencias sociales. Le corresponde a la Iglesia crear los espacios para que estas personas se articulen. He dicho en otras ocasiones que quizás nos venga faltando desde hace tiempo un espacio cultural católico que cumpla la triple función de ser fuente de referencia y aglutinador, promover la formación espiritual e intelectual del laicado y potenciar, a su vez, el diálogo de frontera con la intelectualidad.
A estos cambios culturales importantes debemos sumar, en mediano plazo, el hecho capital y natural del traspaso generacional en la conducción política de los destinos del país. En tal contexto, el futuro de Cuba debería pasar por la búsqueda de una sociabilidad política nacional donde toda esta heterogeneidad social de la que hemos hablado halle espacio en un modelo político que tenga como centro la integración.
¿Cuál podría ser el aporte de la Iglesia en este proceso? ¿Con qué medios cuenta para semejante faena? La Iglesia Católica -en Cuba y en cualquier parte del mundo- tiene una misión por excelencia que cumplir: hacer inolvidable a Jesucristo entre los hombres. Como nos recuerda ese gran hombre que fue el papa Pablo VI, ella es un Misterio, una realidad profunda traspasada por la Gracia: hoy y siempre dará testimonio de que Jesús es la revelación de Dios como amor gratuito, misericordioso, que quiere dar vida en plenitud a todos los hombres. La Iglesia, que desde hace 500 años acompaña a este pueblo en su bregar por la historia, está llamada a ser imagen de Jesús en este momento crucial, tratando de humanizar las relaciones sociales mediante la transformación del corazón del ser humano. Todos los medios con que cuenta están y estarán enfocados a cumplir esta misión: es ese, y no otro, su mayor servicio a la patria.
Pienso, además, que la Iglesia Católica tiene la responsabilidad histórica de contribuir a sanar las heridas entre los hijos de esa misma Madre que es Cuba. Algunos ven con suspicacia que la Iglesia se manifieste sobre el tema de la reconciliación entre cubanos, como si pretendiese “insertar” un punto en la agenda de la nación para ganar relevancia como mediadora política. Gracias a Dios, parece que cada día son más reducidos los sectores que no reconocen la necesidad de emprender el camino del reencuentro nacional y que perciben una intención malsana en lo propuesto por la Iglesia. En ese sentido, tengo entendido que la homilía del cardenal Jaime Ortega el pasado primero de enero en la que hacía mención a este tema, además de ser acogida con aclamaciones por los que estábamos en la Catedral habanera, recibió el beneplácito de importantes y diversos sectores de la nación.
Nos queda ahora, como Iglesia, el reto monumental de llevar el espíritu de esta homilía histórica al trabajo pastoral: a las charlas parroquiales, a los grupos de adolescentes y jóvenes, a la catequesis, a las publicaciones y a las homilías de los domingos. Incluso me atrevo a decir que la Iglesia cubana necesita una teología de la reconciliación, que cumpla la doble función de estremecer los corazones y propiciar el reencuentro entre los cubanos divididos. Como bien expresó nuestro Arzobispo aquella tarde memorable, no se trata de reconciliar criterios políticos ni ideológicos, sino de acercar a los seres humanos, de afianzar lazos afectivos interpersonales.
En ocasiones tengo la impresión que en un número importante de nuestros hermanos no existe conciencia del cambio de época que vivimos. Me llamó poderosamente la atención cómo en nuestro último Plan Pastoral -tan exquisitamente centrado en el eje capital de estos tiempos: la espiritualidad- se cercenara el necesario marco contextual, y se agregara en su defecto una nota donde se exhortaba a los agentes de pastoral a analizar la realidad “de manera individual”. Es importante que como Iglesia (quizás en pequeños grupos de sacerdotes, religiosas y laicos en las comunidades) analicemos los retos que tenemos como pueblo de Dios en esta hora crucial que vive Cuba. Quizás sea el tiempo de revivir el espíritu participativo del ENEC, y hacer que nuestras comunidades, en un proceso nacional, vibren al analizar nuestra realidad. Así, entre todos, trazaríamos las sendas que como Iglesia debemos transitar en el futuro.
|