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Estimado lector de Vitral, en mi anterior carta les introduje el tema del Magisterio de la Iglesia como un magisterio de amor, lo cual considero muy importante dejar claramente establecido desde el principio. El problema está en la significación que algunos, dentro y fuera del ámbito específico de la religión, le dan al concepto básico de Magisterio de la Iglesia.
Ver ese magisterio como simplemente una obligación de acatarlo más allá del amor como algo esencialmente de disciplina que marca al que se proclama creyente es, en mi opinión, una tergiversación de lo que realmente significa para nosotros el Dios del amor y el amor como supremo legado de Jesús.
Precisamente en el Evangelio queda bien clara la interpretación que le da Jesús a la Ley en su resumen de Amor de Dios y Amor del prójimo como a uno mismo. Lo cual, además, Juan, en su primera carta, se encarga de especificar directamente cuando nos advierte que quien no ama al prójimo, a quien ve, no puede amar a Dios, que no ve. Me tomo la libertad de parafrasear esos planteamientos evangélicos, que todos hemos conocido, estudiado y repetido con insistencia, dada la intimidad que es propia de una carta entre amigos que no necesariamente debería coincidir con una exposición académica del tema.
En consecuencia, si Dios es amor, si el principal mandato de Jesús es amar, si el amor al prójimo es una clave definitoria de lo que verdaderamente es el amor de Dios, entonces el Magisterio de esa Iglesia a la que Jesús le dio la potestad de amarrar y desamarrar en la tierra con la seguridad de que será de la misma forma en el Cielo, es incuestionablemente un magisterio de amor y nunca de imposición.
En el mandato de Jesús a sus apóstoles (Mateo 10, 7 al 10) es significativo que la primera prioridad sea proclamar y predicar el Reino de los Cielos, lo que a su vez se encarga de explicar durante todo su peregrinaje terrenal, según ha quedado explícitamente expuesto en el contenido del Evangelio en su conjunto testamentario integral.
En este orden y dirección de pensamiento es necesario volver al tema del Amor como contenido del Magisterio de la Iglesia de Jesús, de acuerdo con su muy específica exposición recogida a todo lo largo del Nuevo Testamento. Precisamente encontraremos en el contenido de esta identificación entre el Magisterio y el Amor un hecho importante de carisma y de vocación, que los que somos creyentes comprendemos perfectamente dado el contenido de nuestra fe. Pero este carisma y esta vocación no solo pueden ser reducidos dentro de los marcos de referencia de la fe cristiana, ni siquiera en el más amplio sentido ecuménico del término, porque constituyen un carisma y una vocación universal en la más amplia acepción de ambos términos. El mandamiento del amor habla de prójimo sin ninguna otra especificación que lo delimite y el mandato de ir a anunciar, a predicar el Reino de los Cielos, habla incluso de las ovejas perdidas como primera prioridad, lo que se completa en la explicación sobre la prioridad de quienes son los que necesitan médico por no estar sanos. La hermenéutica no es difícil de realizar.
La universalidad de la Iglesia, que incluso se anuncia con el término de su catolicidad, hace del objeto de su Magisterio a la humanidad sin excepciones y de ahí otra razón más para dejar claramente expuesto su derecho a la más plena libertad de anunciarlo y ejercerlo dentro del medio social de que se trate.
En resumen y en consecuencia, puedo decir que Magisterio y Amor se funden en un único carisma y en una única vocación que se puede traducir, en las circunstancias nuestras, en educación para la reconciliación, el perdón y, por ende, la paz.
Mi próxima carta será sobre IGLESIA Y EDUCACIÓN PARA LA PAZ.
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