La Pascua, es la gran fiesta cristiana, la madre de todas las fiestas o, dicho sencillamente, La Fiesta. Sin la Pascua nada podríamos celebrar. Podríamos, sí, admirar la vida de Cristo, pero nada más. Pero con el horizonte de la Pascua ya toda fiesta es posible, incluso la de la cruz.
Hemos ido acompañando a Jesús en su paso por la tierra, escuchando sus palabras y admirando su buen hacer. Hemos seguido a Jesús paso a paso en su camino doloroso, identificándonos con su causa y comulgando con sus padecimientos. Nos quedamos silenciosos y esperanzados en el huerto, junto a la puerta del sepulcro, donde descansaba su cuerpo. Algo nos decía interiormente que aquello no era el fin, que la muerte no tenía la última palabra.
Y fue así, Dios resucitó a Jesucristo, y todo se lleno de alegría y esperanza. Cristo tenía razón. Ahora todo es nuevo. La pascua hay que vivirla, hay que asumir su mensaje, la pascua no es un rito, sino un talante, un espíritu, una manera de ser y de vivir. Quiere decir que no basta con creer que Cristo es la Vida, sino que he de esforzarme para que Cristo sea vida en mí.
Y esto quiere decir que:
Ya no hay lugar para la tristeza. Cristo, nuestra vida te sonríe.
Ya no hay lugar para la desesperanza. Cristo nuestra vida, te ilumina y te sostiene.
Ya no hay lugar para la soledad. Cristo nuestra vida, te acompaña y pregunta ¿Dónde está tu casa? ¿Dónde vives?.
Ya no hay lugar para el pecado. Cristo nuestra vida, es tu salvación y tu santidad.
Ya no hay lugar para el desamor. Cristo, nuestra vida, te ama. El te ama aunque tú no lo merezcas, porque es capaz de amar hasta el extremo.
Ya no hay lugar para la muerte. Cristo, nuestra vida, resucita en ti.
Esa es la Pascua. Es hora de seguir esparciendo esas semillas de cristo, es hora de seguir sembrando la vida, de seguir luchando contra toda manifestación de muerte, es hora de ser testigo de la resurrección.
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