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Parece que las crisis económicas periódicas que padece la humanidad no tienen explicación ni solución. Al menos no existe una explicación rigurosa y totalizadora para las mismas y, consecuentemente, tampoco hay un paquete de soluciones satisfactorias para evitarlas o revertirlas. Quizá por ello alguien pueda pensar que Carlyle llevó razón cuando llamó a la economía “ciencia sombría”.
En la época de los viajes al cosmos, del desarrollo de las nano-tecnologías, de las telecomunicaciones y la genética, esfuerzos todos hasta hace poco increíbles, las crisis de superproducción o superespeculación, movidas por la mano del mercado que Adam Smith llamó invisible, destrozan la economía del mundo impunemente. Cuando algunos hablan de post-modernidad y de imperio del progreso científico-técnico, la sociedad no ha encontrado las claves de la estabilidad económica. Tal vez, para no errar al escoger el camino de esa búsqueda, el doctor Gregorio Marañón dio una pista valiosa: no se puede acceder al progreso humano sin ejercitar la justicia social.
Para paliar la actual crisis se han reunido los políticos notables del mundo asesorados por las reconocidas lumbreras de la ciencia económica, y para asombro de ellos mismos y de los que los observábamos, han descubierto que no tienen nada más novedoso ni mejor para enfrentar la depresión que revivir a Keynes, es decir, usar sus métodos y herramientas, los que hasta ayer eran catalogados por los neoliberales como peligrosa y retardataria intromisión del estado en la economía. Ahora, muchos de esos neoliberales, a regañadientes, aceptan que el Estado les saque las castañas del fuego, y lo consideran, usando otra frase de Carlyle, “un mal necesario”.
John Maynard Keynes fue un genio inglés que desarrolló su obra en la primera mitad del siglo XX. No era graduado de economía, aunque siguió un curso de algunas semanas bajo la dirección del eminente profesor Marshall, a quien después superó con creces. Matemático. Biógrafo e historiador excelente. Amante del teatro y del arte en general. Amigo de Virginia Woolf. Arrogante. Irónico. Hábil negociante en la bolsa. Millonario. Un bon vivant, como dicen los franceses, gustador de exquisitas mesas y apasionadas alcobas. Polemista que hizo decir a Bertrand Russel: “cuando discuto con él siento temor y casi siempre al final me considero tonto”.
Escribió más de veinte interesantes obras a través de las cuales maduró una teoría para enfrentar las crisis. A continuación voy a hacer un esfuerzo de simplificación para explicar lo fundamental de esa teoría.
Keynes, con concisión de matemático, decía que si las familias no compran lo suficiente, los empresarios no venden sus productos, reducen drásticamente la producción y despiden a los trabajadores. Disminuyen primero y cesan después las inversiones y así se configura la crisis. Para él, “las depresiones ocurren cuando la demanda total de bienes y servicios es menor que el ingreso total” de la sociedad.
Primero se puede deprimir un sector, como por ejemplo, el inmobiliario en Norteamérica. La caída de éste genera la de otros sectores ligados al mismo por vínculos de abastecimientos, compras, finanzas, etc. Se desencadena el efecto dominó que es acelerado por la variable miedo. Por miedo se ahorra, sobre todo en la casa y no en el banco. Por miedo no se invierte. Y el miedo contribuye a que ocurran despidos masivos de trabajadores y una progresiva contracción de la demanda que induce a otra parecida de la oferta. En una crisis, el denominado riesgo de mercado se realiza patológicamente. Las empresas reales y el mercado de valores dejan de covariar en el ámbito de las rentabilidades y se internan en la variabilidad de las pérdidas. Es el fin de un ciclo económico.
Keynes, pensando en solucionar las crisis, creó dos valiosos conceptos que devinieron útiles herramientas prácticas para el manejo de las depresiones: la propensión marginal a consumir y el multiplicador de la economía, que depende del primero.
Sin entrar a explicarlos, por razones de comunicación y cortesía para con los lectores, diré que Keynes, ante la paralización del consumo y la negativa de los inversores a emprender nuevos negocios, propuso que el estado reavivara la economía invirtiendo en obras sociales, de infraestructura y otras. Él pensaba, y se comprobó, que así se produciría un efecto dominó contrario al anterior, hacia la recuperación. El presidente Roosevelt, que fue quien lidió con la gran depresión de 1929-1933, le hizo caso a Keynes y acertó. En 1958, ante otra depresión, el presidente Eisenhower fue reticente a la aceptación de los consejos de los discípulos de Keynes. La crisis avanzaba y el pueblo norteamericano, que veía zozobrar la nave peligrosamente, puso a la Casa Blanca el mote de “la tumba del soldado conocido”. Pero el general reconsideró los hechos y tomó los consejos keynesianos, y tal fue su conversión, que en una comparecencia pública en la que rogaba al pueblo que consumiera, alguien le preguntó: ¿pero, consumir qué?, y el respondió: ¡cualquier cosa!
Keynes no era alguien que hacía versos en economía, lo que en buen cubano es “dar muela”. Él calculó, en la década de los treinta del siglo pasado, el multiplicador económico en Estados Unidos. Lo fijó en 2,5. Sus discípulos lo calcularon en 1958 en 2,3. Ello quiere decir que tanto Roosvelt como Eisenhower, conocían que las inversiones monetarias que hicieran se multiplicarían por 2,5 y 2,3 respectivamente, gracias a la activación del consumo de ciudadanos y empresas. En 1933 y 1958 la cantidad de dinero a inyectar en la economía era menos difícil de calcular que ahora. Antes era menos complejo conocer la brecha entre producción y ventas; entre préstamos y pagos. Aunque también había fraudes, mafias, trucos financieros y cartas escondidas en las mangas de las camisas de los banqueros, aún quedaban vestigios de honor y pudor mercantiles, y la computación y la globalización no esparcían por el mundo, a la velocidad de hoy, los virus extraeconómicos de la depresión.
Ronald Reagan, el resucitador del neoliberalismo, llevaba en su corbata una imagen de Adam Smith. Ahora, quizás, en las corbatas de Barak Obama y en la de los líderes de Europa, reirá la imagen del bon vivant de Cambridge.
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