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Introducción:
Tolerar y ser tolerado es algo muy parecido al dominar y ser dominado de Aristóteles: es la tarea de ciudadanos democráticos. No es una actitud sencilla e insignificante.
Con frecuencia se reduce la tolerancia a lo menos que podríamos hacer por nuestros conciudadanos, la mínima expresión de aquello a lo que tiene derecho. Pero hemos de tener en cuenta que la tolerancia (actitud) toma formas muy diversas, y el tolerar (práctica) puede organizarse de diferentes maneras.
Tanto las formas más generosas como los acuerdos más precarios son algo valioso y hemos de tenerlos en cuenta. En materia de tolerancia nada es despreciable.
Como con otras cosas que valoramos hemos de preguntarnos qué es lo que la tolerancia sostiene, cómo funciona. Pues miren ustedes, la tolerancia sostiene la vida misma, porque la persecución con frecuencia conduce a la muerte, y también sostiene nuestra vida en común, es decir, las diferentes comunidades en las que vivimos.
La tolerancia hace posible la diferencia; la diferencia necesita la tolerancia.
El tema que queremos desarrollar es la práctica de la tolerancia, o mejor, lo que ella hace posible: la coexistencia pacífica de grupos humanos con diferentes historias, culturas e identidades. Partimos, no creo que haya dudas, de que la coexistencia pacífica es una buena cosa. A estas alturas de la historia, no obstante, es necesario decirlo todo.
El indicador de esa bondad se encuentra en que normalmente hay una fuerte predisposición a decir que la tolerancia es valiosa: las personas no pueden justificarse, ya sea ante sí mismas o ante otras, sin aceptar el valor de la coexistencia pacífica. Y el valor de la vida y la libertad a las que sirve dicha coexistencia pacífica.
Son los practicantes de la persecución religiosa, de la asimilación forzosa, de la guerra de cruzadas y de la limpieza étnica quienes necesitan auto justificarse. No nosotros que creemos en esos valores.
Y observen ustedes que los intolerantes normalmente justifican su intolerancia no defendiendo lo que están haciendo, sino negando lo que hacen.
¿Cómo vamos a desarrollar el tema?
Comenzaremos con una explicación histórica y contextual de cómo funcionan la tolerancia y la coexistencia en cinco regímenes políticos: imperios multinacionales, comunidad internacional, confederaciones, estados nacionales y sociedades de inmigrantes. Pasaremos luego a analizar la tolerancia a través de unas cuestiones prácticas: género, religión, educación, religión civil y preguntándonos si hay que tolerar al intolerante. Finalizaremos con los proyectos o modelos de tolerancia de la modernidad y la posmodernidad. Nos situamos en el campo de las diferencias culturales o religiosas.
Formas históricas de tolerancia.
Imperios multinacionales
Hablaríamos de Persia, Egipto y Roma. En ellos los grupos están constituidos en comunidades autónomas.
Los grupos no tienen otra elección sino la de coexistir unos con otros pues sus interacciones están gobernadas por el código imperial (ius Pentium romano) De ordinario los burócratas imperiales no interfieren en la vida interna de las comunidades para tratar de conseguir la equidad. Por tanto, puede decirse que se toleran los diferentes tipos de vida, y el régimen imperial puede considerarse un régimen de prácticas tolerantes, sean o no tolerantes entre sí los miembros de la comunidad.
La antigua Alejandría nos muestra un buen ejemplo de la versión imperial del multiculturalismo. La ciudad estaba formada aproximadamente por un tercio de griegos, un tercio de judíos y un tercio de egipcios.
Durante el gobierno de los Ptolomeos la coexistencia fue pacífica.
Los romanos, quizá por afinidad cultural, favorecieron a los griegos lo que desencadenó conflictos que llegaron a ser sangrientos.
Los movimientos mesiánicos judíos por la hostilidad romana comenzaron a utilizar la violencia que condujo a un amargo final.
Pero los siglos de paz muestran las mejores posibilidades del régimen imperial. Siendo las comunidades social y legalmente distintas, se daban entre ellas una significativa interacción comercial e intelectual.
El sistema otomano del grano y la espiga de mijo sugiere otra versión del régimen imperial de tolerancia. Las comunidades de autogobierno tenían un carácter exclusivamente religioso pero, debido a que los otomanes eran musulmanes, de ninguna manera se daba la neutralidad entre las religiones. La religión del imperio era el Islam, pero a otras tres comunidades religiosas –la griega ortodoxa, la Armenia ortodoxa y la judía- se les permitía constituir organizaciones autónomas.
Históricamente el gobierno imperial es la manera más eficaz de incorporar las diferencias y, además, es que necesita la coexistencia pacífica.
Sin embargo no adopta y no ha adoptado una vía literal o democrática. El proceso de incorporación de las comunidades es autocrático. Y puede ser represivo. Solamente recordaremos a Babilonia e Israel, Roma y Cartago, España y los aztecas, Rusia y los tártaros.
Comunidad internacional
No es in régimen en sentido propio. Pero la sociedad de los Estados tolera a todos los grupos que alcanzan esa categoría de Estado. Es lo que llamamos la soberanía nacional.
La soberanía garantiza que nadie del otro lado de la frontera pueda interferir en lo que se hace a este lado.
“Vive y deja vivir” es un principio relativamente fácil de cumplir cuando se vive en otro lado de una línea definida claramente.
Los diplomáticos y estadistas aceptando la lógica de la soberanía deben negociar con tiranos y asesinos y, lo que es más relevante para nuestro tema, deben acomodar los intereses de los países cuya cultura o religión dominante permite, por ejemplo la crueldad, la opresión, la misoginia, la esclavitud o la tortura.
Los acuerdos y procedimientos diplomáticos nos dan una muestra de lo que podemos llamar el aspecto formal de la acción tolerante. Este aspecto también tiene un lugar en la vida local, aunque sea menos visible; con frecuencia coexistimos con grupos con los que no tenemos o no queremos tener relaciones sociales estrechas. Esto tiene un límite. Que definiremos abstractamente como barbarie. La comunidad internacional es por sus principios tolerantes e, incluso, a veces, más allá de sus propios principios.
Confederaciones
El confederalismo es un programa muy valiente porque pretende mantener la coexistencia imperial pero sin el burocratismo imperial. Ahora no es un único poder que les trasciende y tolera los diversos grupos; ellos tienen que tolerarse entre sí y establecer de común acuerdo los términos de la coexistencia.
La idea es atractiva: la concurrencia directa, no mediada, de dos o tres comunidades. Determinan entre ellas un acuerdo institucional que protege sus intereses divergentes. La tolerancia recíproca no depende tanto de la buena voluntad de los otros, como de la confianza en que los acuerdos institucionales salvaguardan contra los efectos de la mala voluntad.
Estados nacionales
Un único grupo dominante organiza la vida en común de manera que refleja su propia historia y la cultura llevándolas hacia delante. Suelen tolerar a las minorías aunque sin llegar a la autonomía que daban los viejos imperios.
La tolerancia en los estados nacionales no se centra habitualmente en los grupos sino en los individuos que participan, quienes normalmente son considerados de manera característica primero como ciudadanos y posteriormente como miembros de esta o aquella minoría.
La religión, la cultura y la historia de la minoría son asuntos que corresponden a lo colectivo privado y que siempre se ve con recelo por el colectivo público, el Estado nacional.
Sociedades de inmigrantes
Los componentes de los diversos grupos han dejado detrás suyo la base territorial, su patria; han llegado individualmente o en familias, uno a uno a una nueva tierra y se han dispersado a lo largo y a lo ancho del nuevo territorio. Por mayor comodidad se reúnen en grupos similares, relativamente poco numerosos, pero siempre mezclados con otros. Por tanto, no es posible ningún tipo de autonomía territorial.
Si los grupos étnicos y religiosos se quieren mantener han de hacerlo exclusivamente de forma voluntaria. Eso quiere decir que tienen mayor riesgo en la indiferencia de los suyos que en la intolerancia por parte de otros.
Lo que se tolera son las elecciones y acciones individuales: los actos de adhesión, los rituales internos y religiosos, la proclamación de diferencias culturales, etc. Al extenderse la tolerancia a cada uno de los grupos y a los grupos entre sí, la tolerancia se descentraliza: cada uno tiene que tolerar a cualquiera de los demás.
En una sociedad de inmigrantes no se permite a ningún grupo que se organice de forma coactiva. Se prohíbe toda forma de corporativismo.
En principio, en la escuela se enseña a historia, los derechos y deberes de los ciudadanos del Estado, al que se concibe como identidad política y no nacional. De igual manera, se entiende que el Estado es indiferente a la cultura de los grupos. La neutralidad religiosa por parte del Estado es un principio. En la práctica los grupos de Iglesias “más fuertes” suelen salir beneficiados.
Resumen
En los imperios multinacionales y en las comunidades internacionales lo que se tolera es el grupo. Se consideran legítimas o permisibles sus leyes, sus prácticas religiosas, sus procedimientos judiciales, sus políticas fiscales y redistributivas, sus programas educativos y sus formas de familia; todo ello sujeto a unos límites de exigencia. La situación es similar en las confederaciones, aunque con un rasgo nuevo: una ciudadanía compartida.
La ciudadanía tiene mayor contenido en el Estado nacional. Aquí son los individuos el objeto de la tolerancia. También en las sociedades de inmigrantes a los individuos se les tolera como tales.
Tenemos, pues, como una radiografía de la tolerancia en funcionamiento y fundamentalmente grupal. Analicemos ahora algunas situaciones particulares.
Cuestiones prácticas:
Género
Los problemas de la diferencia entre varones y hembras comprenden desde el sati (autoinmolación de la viuda hindú en la pira funeraria de su marido), pasando por la ablación de la mujer musulmana, llegando a la desigualdad de derechos en nuestras culturas.
La subordinación de las mujeres —manifiesta en el aislamiento, el ocultamiento del cuerpo o la mutilación— no tiene por objeto exclusivo la imposición de los derechos de propiedad patriarcales. Tiene que ver también con la reproducción cultural o religiosa, cuyos agentes más seguros se supone que son las mujeres.
Históricamente los hombres han participado en los aspectos más generales de la vida pública, en los ejércitos, los tribunales, las asambleas y los mercados. Siempre aparecen como agentes potenciales de novedad y asimilación.
De la misma manera que la cultura nacional se conserva mejor en las áreas rurales que en las urbanas, también se conserva mejor en el ámbito privado o doméstico que en el público. Se puede decir lo mismo diciendo que se conserva mejor entre las mujeres que entre los hombres.
La tradición se transmite en las canciones de cuna que cantan las madres, en los rezos que susurran, en la ropa que hacen, en la comida que elaboran y en las costumbres y ritos familiares que enseñan.
Una vez que las mujeres se incorporan a la vida pública, ¿cómo se va a producir esa transmisión?
Durante muchos siglos se ha perpetuado la situación. Pero ya a todos nos parece que a largo plazo terminen venciendo los derechos individuales, porque una ciudadanía igual es la norma básica de cualquier Estado democrático. La reproducción comunitaria será menos segura o se producirá por procesos que producen resultados menos uniformes. Pero el proceso de igualación es una exigencia de la tolerancia.
Religión
Nos encontramos con distintas religiones con distintos contenidos morales normativos.
Las religiones se presentan como sistemas exclusivos y cerrados. ¿Cómo explicamos la exclusividad y los distintos contenidos normativos? En este sentido es sobremanera elocuente la polémica cristiana en torno a la idea de “tolerancia”. ¿La intolerancia es buena o mala? ¿El ser intolerante es virtud o vicio?
El primer gran libro de la ética occidental, la Ética a Nicómaco de Aristóteles, es un estudio detallado de las virtudes del buen ciudadano y de los vicios que debe evitar.
En él, ni la tolerancia aparece como virtud ni la intolerancia como vicio. El tema no merece la atención de Aristóteles, no por irrelevante, sino por obvio. El amor al amigo y el odio al enemigo son cosas naturales fuera de toda discusión.
Ya en el campo cristiano, Tomás de Aquino trata el tema de la tolerancia. Para él el hereje no debe ser tolerado (I-II, q.11 a 3) porque la herejía es un vicio y el buen cristiano debe perseguir al hereje.
Así surgió la inquisición y el prototipo psicológico y moral del inquisidor. Realmente en nuestra cultura occidental la tolerancia ha sido un vicio y la intolerancia una virtud.
Para los españoles de mi generación todavía resuenan en nuestros oídos las frases del epílogo de la Historia de los heterodoxos españoles de Marcelino Menéndez Pelayo que aprendimos siendo aún niños: “España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de san Ignacio…; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad, no tenemos otra”.
La tolerancia como derecho ha recorrido un largo camino. Se instala en Europa tras las guerras de religión entre protestantes y católicos, que se desarrollan entre protestantes y católicos, que se desarrollan entre 1521, fecha de la reforma protestante, y 1689, el año de la llamada Acta de Tolerancia en Inglaterra, tras la revolución de 1688, y de la publicación por Jhon Locke de su Carta de la tolerancia.
La tolerancia ha ido convirtiéndose poco a poco en un derecho humano, la libertad de conciencia. Según él, toda persona tiene derecho a vivir de acuerdo con sus propias creencias religiosas y morales. Nadie, ni el Estado tan siquiera, puede coaccionar a quien no siga un determinado credo religioso o político.
En la Iglesia Católica hemos de llegar a 1963 con la Pacem in terris de Juan XXIII y el Vaticano II con la “Declaración sobre la libertad religiosa”. Ha tenido que llover mucho. Es un derecho, pero como todo derecho tiene sus límites. ¿Cómo establecerlos? La cultura occidental, por ejemplo, considera que la mutilación no debe permitirse y la condena en sus Códigos Penales. Pero hay mutilaciones por motivos religiosos. Tenemos la circuncisión judía que se justifica diciendo que es un rito religioso amparado en la libertad religiosa.
Pero si aceptamos esto, aparecen nuevos problemas como a ablación genital musulmana. También los árabes defienden esta práctica exigiendo el respeto a sus creencias y costumbres.
Los problemas no terminan aquí, porque si se acepta una mutilación tan importante como la infibulación, entonces habrá que plantearse, por qué no, por ejemplo, el sacrificio ritual de seres humanos.
A mi modo de ver esto no tiene más que una solución, y es decir que el derecho a la libertad de conciencia tiene unos límites que no pueden establecerse de modo absoluto, sino de forma prudencial.
El camino de solución debe ir por las decisiones consensuadas y prudenciales teniendo en cuenta a todos los afectados estableciendo los límites necesarios para que la dignidad humana quede a salvo.
Además es necesario considerar sectas todo aquello en que se impone a seres humanos deberes y creencias sin su participación en el proceso de deliberación y sin libertad para asumirlo o rechazarlo. Por supuesto que muchas religiones no aceptarán este principio, considerando que los mandatos religiosos tienen carácter revelado y deben imponerse, incluso por la fuerza. Pero desde el punto de vista moral hay perfecto derecho a definir así las sectas. De lo cual resulta que la distinción entre secta o fundamentalismo y religión no puede hacerse con criterios estrictamente religiosos sino morales. Este tema de las sectas es muy preocupante, ya que tiene consecuencias de todo tipo, por ejemplo, políticas.
El Estado de Israel exige la condición de ser judío para poder pertenecer al Estado judío. Como no hay manera de establecer quien es quien no es judío, esta tarea la asumen los rabinos. Es decir, las autoridades religiosas. El Estado de Israel tiene que ser teocrático porque es el pueblo de Dios, el pueblo de la Alianza. Proclaman los ortodoxos. Precisamente por esto fue asesinado Isaac Rabin. Y por eso Israel vive en una solapada guerra civil.
Aquí de nuevo la solución tiene que ser racional y moral defendiendo el derecho de todos a la convivencia racional y el establecimiento de límites prudenciales por la vía de la participación deliberativa. Seguramente esto no lo admitirán los ortodoxos, pero entonces adquieren la condición de secta. Pues este es el camino de la tolerancia en los grupos religiosos.
Educación
¿Qué papel ha de desempeñar la escuela en la tarea de la educación para la tolerancia? Y esa enseñanza, ¿no interferirá con la que reciben los niños en sus familias y comunidades?
No se puede huir de que todo régimen tiene que enseñar sus virtudes y valores y esta enseñanza puede ser competitiva con otra cualquiera que transmitan los padres o la comunidad.
La competencia puede ser una lección útil ante las dificultades de la mutua tolerancia. Los escolares aprenderán el ejercicio práctico de la tolerancia. Los maestros estatales, por ejemplo, deben tolerar la instrucción religiosa que reciben los jóvenes fuera de la escuela. Y los profesores de religión deben tolerar la instrucción organizada por el Estado en materia de derechos civiles y políticos.
Los niños y niñas aprenderán prácticamente cómo funciona la tolerancia y sus inevitables tensiones. Ante el creacionista que elimina la biología y el biologista que no ve más allá de su propia nariz.
Religión civil
Podemos considerar que lo que se enseña en las escuelas estatales en relación con los valores y virtudes del Estado viene a ser como la revelación secular de una religión civil como Rousseau la denomina en El contrato social. Por supuesto, se trata de una analogía; pero una analogía a la que conviene seguir la pista.
Aquí hablamos del credo del Estado que es crucial para su reproducción y estabilidad futura.
La religión civil consiste en todo el conjunto de doctrinas políticas, narraciones históricas, figuras ejemplares, celebraciones y rituales conmemorativos mediante los cuales el Estado se inculca en las mentes de sus miembros, particularmente en los más jóvenes. Las religiones civiles debido a que normalmente no tienen teología pueden resultar complacientes con las diferencias, incluso con las diferencias religiosas. No debería haber ninguna razón especial para que un católico creyente fuera un republicano comprometido. Quizás no debamos perder de vista que es muy probable que la tolerancia funcione mejor cuando la religión civil se parezca menos a una religión como tal.
El ateísmo militante hizo a los regímenes comunistas de Europa oriental tan intolerantes como los hubiera hecho cualquier otra ortodoxia y, como consecuencia, los debilitó políticamente al no permitirles incorporar a gran cantidad de sus propios ciudadanos valiosísimos.
Tolerar al intolerante
¿Debemos tolerar a los intolerantes? Con frecuencia en la teoría de la tolerancia se considera esta cuestión como el tema más difícil y básico.
Intentemos una respuesta a través del juego democrático de los partidos políticos.
Los partidos políticos compiten por el poder y luchan por establecer un programa que puede decirse que está ideológicamente configurado. Sin embargo, aunque el partido ganador puede articular sus presupuestos ideológicos en un conjunto de leyes no puede convertirlos en credo oficial de la religión civil.
No puede plantear como fiesta nacional el día de su ascensión al poder; tampoco puede insistir en que la historia de su partido se convierta en un curso obligatorio de la escuela pública. Ni utilizar el poder del Estado para prohibir las publicaciones o las reuniones de los otros partidos.
Eso es lo que pasa en los regímenes totalitarios y es equivalente a establecer una única Iglesia monolítica.
En los Estados nacionales liberales y en las sociedades de inmigrantes se pueden tolerar y, de hecho, se toleran, religiones que sueñan con su implantación exclusiva y partidos que sueñan con el control total.
Los ordenamientos jurídicos de los regímenes deben elaborarse de modo que se les pueda impedir que consigan el poder del Estado, e incluso que compitan por él.
La tolerancia moderna y posmoderna
La modernidad política nos presenta la tolerancia y la diferencia como un impulso hacia la unidad y la exclusividad. Hemos de ser únicos y distintos al resto. Hay una fiebre por la identidad excluyente en los actuales Estados nacionales. El Estado nacional aumenta su presión sobre las minorías y los inmigrantes: “¡asimílate o márchate!”
En la modernidad podemos considerar estas dos formas de tolerancia: la tendencia democrática a la inclusión es el primer proyecto moderno.
Así lo vemos en la política de la izquierda democrática de los dos últimos siglos: una serie de batallas a favor de la inclusión: judíos, obreros, mujeres, negros e inmigrantes atacando y abriendo brechas en las murallas de la ciudad burguesa. Realizando esto, es necesario dotar al grupo heterogéneo de una voz, de un espacio y de su propia política, es decir, la exclusividad.
Ahora, en este segundo proyecto, lo que se pide no es una batalla por la inclusión sino por las fronteras. El slogan ahora es la “autodeterminación” que implica un territorio y unas instituciones independientes y, como consecuencia, la separación, la soberanía.
Se multiplican los Estados nacionales, las regiones con autogobierno, las autoridades locales…
Veamos con atención qué es lo que se reconoce y tolera en este segundo proyecto: siempre se trata de grupos y sus miembros que se considera que tiene identidades substantivas de carácter étnico o religioso de manera que buenas cercas hacen buenos vecinos.
¿Posmodernidad?
El último de los modelos de tolerancia apunta hacia el proyecto posmoderno que tiene un patrón diferente.
En los estados nacionales con fuertes presiones inmigratorias, las personas han empezado a experimentar lo que se puede entender como una vida sin fronteras claras y sin identidades propias y seguras. La diferencia se difunde y se encuentra por doquier y en todo momento.
El resultado es un constante ir y venir de individuos ambiguamente identificados, que se casan entre sí y provocan un multiculturalismo enormemente intenso que no solo se da en la sociedad en su conjunto sino en un creciente número de familias e individuos. Ahora la tolerancia comienza en casa: hay que hacer la paz étnica, cultural o religiosa con la pareja, con los hijos, con la familia.
El proyecto posmoderno mina cualquier tipo de identidad común y de conducta estándar: produce un tipo de sociedad en la cual los pronombres del plural «nosotros» y «ellos» no tienen una referencia fija.
Solo lo extranjero es universal. Seguramente es más sencillo reconocer la alteridad si reconocemos lo otro en nosotros mismos. Es decir, todos somos extranjeros. Claro, si todos somos extranjeros, entonces nadie lo es. Sigue habiendo fronteras pero se van borrando de tanto cruzarlas.
Seguimos sabiendo que somos este o aquel pero el conocimiento es incierto porque también somos este y aquel. Este dualismo de lo moderno y lo posmoderno exige la doble adaptación individual y grupal. Y la tolerancia se convierte en exigencia de protección y exclusividad.
A dónde no lleva esto es el interrogante. Pues si se eliminan las tradiciones, ¿de dónde nos vendrá la lucidez? ¿No es probable que el proyecto posmoderno, considerado sin su necesario trasfondo cultural, produzca cada vez ciudadanos más anodinos y una vida cultural profundamente limitada? Deberíamos valorar la importantísima libertad personal que disfrutamos como extranjeros y como posibles extranjeros en las sociedades de transición contemporáneas.
Pero al mismo tiempo hemos de conformar regímenes de tolerancia que fortalezcan a los diferentes grupos. La tensión no puede dejarse de lado: somos culturalmente extranjeros, pero nos sentimos al tiempo pertenecientes a un grupo, miembros de un grupo.
El objetivo de la tolerancia no ha de ser, nunca lo ha sido, suprimirnos a «nosotros» ni a «ellos» (ni mucho menos a «mí») sino asegurar una interacción continua y una coexistencia pacífica.
Los diversos «yo» divididos de la posmodernidad complican esa coexistencia pero también dependen de ella para su propia creación y autoconocimiento.
Epilogo para comunicadores
En mi perspectiva hay hoy dos tipos de comunicadores: aquel que puede decir todo lo que se le antoje y aquel cuya comunicación está limitada por el régimen político en el que vive.
Para el primero es recomendable una buena dosis de buen gusto y un exquisito gusto por la tolerancia para que su palabra se convierta en patrón de tolerancia. Ni se puede decir todo lo que se dice, ni se puede convertir en imagen cualquier hecho. Peor que sea su buen gusto quien ponga los límites.
Para el segundo su quehacer profesional debe llevarle a denunciar la intolerancia individual y la intolerancia estructural que cualquiera de los regímenes que hemos visto imponga.
La palabra, el pensamiento, es lo que más teme un régimen intolerante. Dígase esa palabra, escríbase ese pensamiento, con todo el respeto del mundo, pero también con toda la contundencia del mundo.
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