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El recuerdo de la noche oscura y triste en que empezó mi orfandad, el momento en que vi cerrarse para siempre los ojos de mi madre, la última lágrima que rodó por su mejilla, son para mí fuerzas que me alientan en esta vida de reparadora lucha política, en la que explican todos los sacrificios el amor patrio y el deseo de reivindicación que nos acompañará el día en que entremos orgullosos en el campo del desagravio necesario.
Víctima de la tiranía española, minó su corazón terrible enfermedad: los asesinos de mis hermanos, los que me apalearon en las canteras de San Lázaro, los que me ataron al banco para flagelar mi cuerpo, los que me arrancaron las uñas y remacharon en mi pierna el grillete del presidario: esos fueron los que dejaron en su cuerpo y en su alma amorosa el veneno de la muerte.
Al morir, por los dolores de su alma pura, sus ojos se levantaron al cielo para bendecir y su mano trémula y fría quiso llevar a sus labios la medalla de la Virgen de la Cariad que ocultaba en aquel seno tan desventurado como santo.
Yo recogí aquella reliquia para dejar en ella el beso que mi madre no pudo darle; yo recogí aquella medalla, y ella es hoy el símbolo de mi maldición eterna. Sobre ella están las lágrimas de mi madre y, con sus lágrimas, escrita la larga historia de penas, la terrible historia de los que van por la tierra cubana sembrando la infamia y la degradación.
¡Oh! ¡Esa medalla está conmigo, aunque no está a mi lado; ella no puede estar en donde vive la traición!
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Hace pocos años, en mis viajes por Santiago de Cuba, me llevó —el deseo de ver en El Cobre algunos tipos de la extinguida raza india— a los montes en donde se venera a la milagrosa y cubana Virgen de la Caridad. Santa que merece todo mi respeto, porque fue un símbolo en nuestra guerra gloriosa.
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Camagüeyana era mi madre, y su religión —que era la del bien— solo tenía un culto positivo: la fe en la Virgen cubana, como ella decía.
—Lleva, hijo mío, tu medalla al cuello y no le temas a las balas de los españoles; esos son siempre los judíos, los asesinos de Cristo y de todos los hombres que saben amar la libertad: esa medalla los asusta: ella es la voz de la justicia que los manda; como réprobos, al infierno.
Y cuando en el presidio secaba, amorosa y altiva, el sudor de mi frente; y quería curar con sus lágrimas las úlceras de mis pies, y arrancar con sus manos mis grilletes, entonces su plegaria era un grito de dolor:
— ¡Virgen de la Caridad, que triunfemos!
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A caballo, y en compa ñía de muchos dignísimos cubanos, que no puedo olvidar, me dirigía a la ermita, y recorría los lugares en donde aún hay mestizos, que por lo lacio y ebúrneo del abundoso pelo, por la nariz fina y sus grandes ojos negros hacen recordar a los que en aquellos montes tuvieron tierra propia y vivieron como hombres libres.
Así como en Baracoa, estudié allí la manera honrada de vivir y en ellos encontré la pureza de las almas que no saben odiar, pero que tampoco tienen otra razón que no sea la de la guerra cuando recuerdan —y nunca lo olvidan— los procedimientos criminales de los que viven en Cuba como buitres que necesitan devorar, pronto y solos, la presa que suponen propia.
Si nos separábamos, a las veces, del camino, al volverlo a tomar siempre repetíamos alguna frase de aliento patriótico en que aquellos hombres y aquellas bellísimas mujeres, pedían el combate como única manifestación digna del sentimiento, como única manera de escribir honroso epitafio sobre las tumbas de nuestros muertos.
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Ya nos faltaba andar solo menos de media legua cuando encontramos un grupo como de treinta cubanas.
No quise seguir sin saber antes quienes eran aquellas que supuse n santa y devota peregrinación. El amigo, que con otros cubanos me guiaba, deseoso de satisfacer mi curiosidad de tourista, llamó a una de las ancianas que acompañaban a varias niñas, pálidas y muy mal vestidas —casi haraposas que si tenían retratados en sus semblantes el hambre y la miseria, en los hermosos ojos había la claridad de la virtud y la humildad de la inocencia: eran vírgenes tan puras como aquellas que la religión católica coloca en sus altares.
Recelosa la buena anciana me miró atentamente antes de hablar; pero dirigiéndose luego luego con resolución a mi amigo, dijo:
—Este año no vamos solas. Sin duda tú y tus amigos, nos acompañarán. Es preciso que los hombres vengan con nosotros para que la Virgen vea que hay patriotismo en los cubanos: para que oiga más gustosa nuestros ruegos.
Mi amigo me explicó que eran aquellas viudas e hijas de nuestros héroes; y que todos los años, en aquel día —10 de Octubre— iban a la ermita a solicitar la milagrosa intervención de la Virgen para que al cabo reparara la guerra los horrores aún sin castigo.
Escoltamos a aquellas mujeres, y yo recordaba en sus palabras a mi buena madre; me parecía que estaba a mi lado y que era su voz la que yo oía en aquellos momentos.
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Llegamos a la ermita.
De rodillas elevaron sollozando, nuestras compatriotas y hermanas en sentimientos, la más triste y patriótica plegaria. La esposa recordaba los heroísmos del esposo, la madre al hijo de sus entrañas, y todas a los que cayeron, como hombres, en el combate sangriento.
—No nos dejes morir esclavas, madre mía de la Caridad, decían; da fuerzas a los cubanos para que arranquen al español esta tierra que es nuestra, y puedan gozar, los que supieron morir, la dicha perdurable de descansar en tierra libre.
Fermín Valdés Domínguez
Key West, 25 de mayo de 1894
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