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Estimado lector de Vitral, uno de los problemas que considero más importantes para la expresión de una conducta ética es también ubicarnos adecuadamente dentro de la realidad en que estamos inmersos. Con ello no quiero omitir la idea de que todo debe estar precedido por la asimilación y puesta en práctica de un conjunto de valores que para los cristianos básicamente se encuentran contenido dentro del Evangelio sobre los cuales quizás les escriba un poco más en el futuro. Pero ahora, de acuerdo con las circunstancias y coyunturas que atravesamos me parece muy importante el análisis de la ubicación dentro de la realidad en que vivimos. Realidad que por lo general no coincide ni con nuestros mejores deseos ni con los paradigmas tras los cuales avanzamos en nuestro peregrinaje terrenal.
Esta es una verdad muy vieja, tan vieja como el mundo en que vivimos que tiene mucho que ver con la contraposición binaria entre el bien y el mal que da movimiento a nuestras vidas y sobre la cual deberíamos definirnos adecuadamente siempre. En el Evangelio, en el Prólogo al Evangelio de Juan, que es el evangelio místico por excelencia en el que se nos plantean muchos de los principales misterios de la vida, al hablar de la palabra de Dios en la acción creadora del Universo, nos plantea que “Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y la tinieblas no la vencieron” (Juan 1, 3-5. Biblia de Jerusalén). Ya desde el principio de todo está presente y reconocido que la vida se compone de luces y de tinieblas que entran en contraposición y que tanto la acción de Dios como la de los seres humanos creados a su imagen y semejanza es enfrentarse a las tinieblas para no dejarse vencer por la oscuridad que contrapone a la luz de la vida.
En estas circunstancias existenciales, es que debemos darle una adecuada importancia a ubicarnos dentro de una realidad verdadera que nos rodea, así sea adversa, positiva o neutra, porque de ello dependerán mucho los esfuerzos y las acciones que deberíamos realizar para no dejarnos llevar por las tendencias de lo más fácil que no se opone al mal y que permite que nos embargue y nos haga esclavos suyos para siempre con lo cual iríamos directamente a la perdición.
Jesús nos llamó a tomar nuestras respectivas cruces y seguirlo a él. En esta dirección de seguir a Jesús cuando Tomás le preguntó: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Le dice Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.”(Juan 14, 5-6. B.J.).
La respuesta para un cristiano está clara, el camino a seguir es a contracorriente, a contracultura, para enfrentarnos a todo lo malo que pueda embargar a nuestros corazones y nuestra voluntad. Jesús es el verdadero y único Maestro, un paradigma que no enturbia su actuación, que no se queda detenido en el tiempo, que siempre está con lo de nuevo, De aquí que la Navidad, fiesta principal de los cristianos es celebrada en virtud del nacimiento de un niño que trae la luz, la paz y la justicia al mundo. Un niño que nace repetidamente, que es un símbolo de un futuro alcanzable en el Reino de Cielos en donde se encuentra la Nueva Jerusalén con la Casa que no se acaba en donde anidan todas las utopías en el seno del Padre Creador.
En estas circunstancias, nuestra acción es no dejarnos confundir por la realidad que se nos quiera imponer, ni tampoco siquiera por la realidad que deseamos, la que bien pudiera ser sólo una ilusión virtual que de aceptarla desviaría todas nuestras esperanzas y todas nuestras acciones, porque siempre tendríamos que comprender la realidad que verdaderamente es, sea la que sea, para erguirnos sobre ella por muy adversa que pueda resultarnos tal y como nos lo mostró Jesús con su actuación inclaudicable que soportó los suplicios, el abandono de todos incluso de sus discípulos y allegados para enfrentar la muerte en cruz. Después de la cual, la venció con la Resurrección que es el signo verdadero de que hay una mejor vida en el futuro de nuestro peregrinaje y que nuestra principal acción en la tierra es contribuir a construir esa mejor vida que es el Reino de Dios desde ahora, en proyección hacia a eternidad en la cual creemos y que no podrá ser vencida nunca por los poderes temporales por muy sólidos y fuertes que parezcan ser.
Hasta la próxima Carta.
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