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Desde hace algún tiempo los medios de comunicación, tanto nacionales como nuestros órganos de prensa provincial, se han hecho eco de la necesidad de la recuperación de la disciplina laboral, una vez “dejado atrás” el llamado período especial. Para nosotros los cristianos el trabajo es un don de Dios, y así lo aceptamos, antes, en y “después” de dicho período especial, porque a través de él continuamos su obra creadora. El trabajo no solo es una fuente de riquezas materiales, también es una actividad social que dignifica al hombre, es una actividad necesaria, porque le permite autorrealizarse en diferentes esferas de la vida —y aquí se cumple el mensaje bíblico de que no solo de pan vive el hombre— desde el simple obrero, hasta el profesional y los dirigentes a todos los niveles, ofreciendo sus frutos para el bien común y la sociedad. Por eso consideramos, que la presencia del trabajador cristiano en cualquier contexto laboral, y en cualquier tiempo, debe ser un ejemplo a seguir.
No estamos en contra de la recuperación de la disciplina laboral, y vemos como positivo que así sea, y que si se habla de ella, es porque se reconoce y se acepta oficialmente que su pérdida es un fenómeno social muy dañino que ha imperado en nuestra sociedad, diríamos que antes, durante y después del período especial.
El resquebrajamiento de la disciplina laboral no es sustentable en ninguna sociedad, sea desarrollada o en vías de desarrollo y en nuestro país es tal, que amerita tal vez una reflexión mucho más profunda. No obstante, ¿acaso de la recuperación que se habla, consiste solamente en obligar a los obreros y trabajadores simples a permanecer en el puesto de trabajo el tiempo reglamentado que en la mayoría de las ocasiones es más de 8 horas? o ¿es que ya se tiene la impresión de que todo ha vuelto a la normalidad y que el resquebrajamiento de la disciplina laboral ha sido producto únicamente del “injusto e impuesto” período especial? Precisamente esta percepción es la que nos ha estimulado hacer esta reflexión, y aunque no es una defensa a ultranza del trabajador simple, si tiene la intención, al menos, de compartir lo que hemos vivido y estamos viviendo en carne propia.
La primera idea que queremos compartir con los lectores es que la recuperación de la disciplina laboral no debe ser solo para el obrero o estructuras de base, como la teoría de la guataca, sino, para todos en general, y muy especialmente para los dirigentes a todos los niveles, ya que son ellos los máximos responsables y los que deben dar el ejemplo. No se puede educar con la máxima de “haz lo que yo digo —que es lo que está reglamentado y baja así de la instancia superior o el organismo central— y no lo que hago”. Podemos estar las 8 horas en nuestros puestos de trabajo que si no están creadas las condiciones necesarias para desarrollarlo, o no se garantizan, al menos, las mínimas, no se puede hablar de recuperación porque no hay productividad ni material ni intelectual y todo queda en lo ficticio. No es ético arremeter contra los trabajadores, hasta con medidas coercitivas para lograr su asistencia, puntualidad y permanencia laboral, cuando constantemente también se necesita la presencia del jefe inmediato y superior —para consultas, tomar decisiones, pedir sugerencias, imponerlo de deficiencias y negligencias, etc.— y este nunca está en su puesto de trabajo, o sencillamente está ocupado, o no le compete. Ya son muy triviales, irrespetuosas, corruptas e inconsistentes las frases de las secretarias: fulano no se encuentra; está reunido; pidió que no lo molesten; está para la provincia o el municipio, o el Poder Popular, o para el Partido.
Estos hechos, a nuestro modo de ver, resquebrajan mucho más la disciplina laboral, porque inciden en la formación y la conciencia del trabajador y hacen perder toda credibilidad, tanto del jefe como de la institución que dirige y sus organizaciones políticas y de masas.
La falta de gestión, la insensibilidad, la indiferencia y la mediocridad de muchísimos dirigentes ante la situación que viven hoy los trabajadores, crean situaciones insalvables; su alejamiento de la realidad cruda a la cual se enfrenta el pueblo trabajador diariamente, crea una barrera, un muro en la comunicación, un desafío, una lucha, cuyos resultados son precisamente el resquebrajamiento de la disciplina laboral. La indisciplina en el trabajo, en este caso, no está ni puede estar de ningún modo divorciada de nuestra realidad diaria: dificultades con la transportación, la búsqueda de la necesaria alimentación para la familia, la cual se agudiza si en ella hay enfermo, la merienda de los niños para la escuela, la falta de todo tipo de insumos, en fin, de las vicisitudes propias del diario que se han ido acumulando y que han obligado a la masa trabajadora a reajustarse, refugiarse y acomodarse en un espacio social y laboral que le permita la supervivencia, y nótese que estamos hablando de supervivencia y no de acomodamiento para no trabajar como muchos funcionarios han querido hacer ver.
A nuestro juicio, la gran desmotivación existente no está solo entre los viejos trabajadores, sino también entre los jóvenes, y sobre todo entre los profesionales jóvenes, quienes perciben desde las propias aulas universitarias, mucho antes de graduarse, la incertidumbre de su futuro familiar y profesional, porque saben de antemano que los salarios que devengarán como profesionales servirán para cubrir apenas un bajo por ciento de las necesidades mínimas de la familia y personal. Solamente en buscar el aseo personal, pagar los artículos electrodomésticos distribuidos casi sin otra alternativa y adquirir un plato fuerte para las comidas, se gasta todo lo que se devenga por concepto de salario y muchos se quedan en deuda. Este aspecto es tan determinante a nuestro juicio, que por eso un alto por ciento de los jóvenes profesionales, opta por la emigración a toda costa, o por la misión o colaboración internacionalista, que cobra un altísimo precio por la separación familiar, pero es algo que hay que asumir irremediablemente como única vía de escape para aliviar la situación económica en que vive la familia cubana de hoy, la cual es asfixiante.
Nuestra población envejece y se dice que ya es una de las más viejas del mundo, y es porque no solo depende de la esperanza de vida que se ha logrado, sino que en ello influye significativamente el gran éxodo de los jóvenes, buscando un espacio más fértil para su futuro económico y de realización profesional. La disciplina laboral no la tiene que rescatar el trabajador, sino el dirigente con su eficiencia y eficacia en su labor diaria, con su ejemplo y testimonio de vida, creando los espacios necesarios, al menos con condiciones mínimas, para que los trabajadores puedan autorrealizarse, de forma creativa y libre.
Que la atención al hombre y al trabajador, como se esgrime de slogan, se haga realidad y que como reflejo de los esfuerzos que durante estos casi 50 años ha hecho el trabajador cubano se revierta en evidencia de prosperidad para su familia y para su propio trabajo. Basta ya de decir que somos vagos y que estamos acomodados por un régimen social que nos lo da todo, pues carecemos de todo. Una gran cantidad de cubanos que migran triunfan, porque somos laboriosos y porque el fruto de ese trabajo se revierte de verdad en prosperidad y desarrollo familiar, ¿por qué no triunfamos aquí? Ojalá no tuviésemos que recurrir a vivir en la diáspora y encontrar en nuestro país el verdadero valor del trabajo..
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