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““Es necesario, para ser servido de todos, servir a todos”
José Martí
En una ocasión escribí para una publicación algo sobre el egoísmo, le titulé “La elefantiasis del Yo”. En aquella ocasión me motivó el individualismo que nos rodeaba minuto a minuto en todas las esferas de la sociedad. Hoy he vuelto a retomar la idea porque ya estamos en presencia de un egoísmo diabólico, algo terrible y muy difícil de contabilizar. A todos nos preocupa en primera instancia resolver nuestros problemas personales sin pensar en los demás, al punto de no pensar si podemos afectar al otro en la solución de nuestras dificultades, como decía el celebre psicólogo Roberto Avalos: “El hombre de hoy al salir de su casa, toma una herramienta que se llama «resolver» a cualquier precio material o humano”. En otras palabras yo diría: ¡estamos viviendo la era de la incomprensión al prójimo!
El egoísmo es una enfermedad de índole social que puede llegar a provocar serios perturbaciones de la personalidad e inclusive problemas fisiológicos al extremo de dañar la salud, debido a una engrandecida preocupación por sí mismo, situación que se puede convertir en una amenaza para la vida. El egoísta es una valija de frustraciones porque solo piensa en él hasta creerse el foco del mundo y ser un esclavo de su yo que subestima a los demás. Es un individuo sin un sentido verdadero de la existencia humana y de su personalidad, porque se cree superior a los demás y merecedor de todo lo bueno en existencia. Es un luchador incansable capaz de acabar con todo lo que se interfiera en su camino para lograr su objetivo. Es un ser que se interesa únicamente de sus propios deseos y busca todo tipo de vía para satisfacerlos. Es todo lo contrario al humanismo, altruismo, abnegación, sacrificio de sí por el bien de otros y olvido de sí por los demás; como decía nuestro apóstol José Martí: “Es la consecuencia de la riqueza, es el mal del mundo, lepra y signo dominante de nuestros tiempos. Levanta los pueblos y los pierde. Desgasta y los hace limosneros. El egoísta es dañino, enfermizo, envidioso, desdichado y cobarde, y como cobarde al fin, desconfía de la humanidad. Es todo lo contrario a la manifestación suprema del amor.”.
El hombre egoísta no ama la justicia por tener pensamientos torcidos e insensatos. Padece de un alma perversa entregada al mal de muchos, capaz de aplastar al hombre sincero y honrado para satisfacer sus deseos de grandeza. La maldad en el egoísta lo puede cegar e impedirle conocer la sabiduría del bien y el amor entre los seres humanos, por tanto no le da valor a las obras de humanismo por el prójimo y es capaz de cambiar hasta un amigo por el poder y el dinero.
Con frecuencia escucho expresiones egoístas como: “Lo mío primero” o “ese es tu problema”; confieso que me horrorizo al ver el presente y pensar en el futuro que nos depara esta situación antisocial en extremo. Recuerdo con tristeza a un gran amigo, hombre y caballero, el ya fallecido odontólogo Pedro Collazo, porque él me hablaba con frecuencia sobre el altruismo humano, y nunca podré olvidar su frase de cabecera: “La humanidad primero, después yo”. También recuerdo cuando era niño, que mis padres me enseñaban a saludar y a preguntar en el saludo ¿cómo esta usted y su familia?, era obligatorio la preocupación por los demás; hoy me asombro cuando escucho a otra persona decir esas palabras tan necesarias para todo ser humano, ¡que triste realidad!
En innumerables ocasiones me he preguntado ¿por qué tanta infelicidad en el mundo de hoy?; no le encontraba una respuesta lógica ¿cómo era posible con el desarrollo tecnológico de la sociedad? ¿cómo era posible que cuanto más riquezas materiales tienen los hombres, son más infelices y propensos a trastornos mentales, al punto de intentar contra su propia vida?
Un gran amigo me comentaba que la infelicidad tiene múltiples causas que la originan, y entre ellas el egoísmo es una de las principales, porque la humanidad rinde honores al verbo tener y no le agrada el verbo dar. Es una sed insaciable de tener y tener a cualquier precio, por lo que la acción de dar algo le es muy difícil al hombre actual, acción que significa entregar, renunciar a algo o desprenderse de algo con el dolor de perder.
El hombre moderno progresa con velocidad vertiginosa en comodidades materiales pero involuciona en su autorrealización personal y crecimiento humano porque desconoce que la acción de dar al necesitado es un acto asombroso para crecer como persona y ser feliz; desconoce que en esta acción experimenta su poder y su realización, desconoce que esta acción le llena de felicidad.
Erich From, famoso psicólogo y sociólogo en su libro El arte de amar dice:”El que da se experimenta a sí mismo como desbordante, pródigo, vivo y por lo mismo dichoso. De modo que dar produce más felicidad que recibir. El acto de dar es la expresión y la realización más alta de la vitalidad humana. Se ve tanto en el que da cosas materiales, como especialmente dar valores espirituales”.
Aplaudo y admiro a aquellos que piensan que dar cosas materiales como ropa y alimentos se privan supuestamente de algo material; pero a su vez perciben un sentimiento de generosidad, que es el sello supremo de la grandeza humana, porque cuando se da algo de sí para el bien ajeno, se siente un sentimiento de grandeza y libertad, y por ende se siente felicidad.
Coincido con el criterio, que cuando usted ofrece valores espirituales como: la alegría, la paz, comprensión y amistad; entonces el sentimiento de felicidad es más profundo y más vivido tanto para el que da como para el que recibe. El que da sonrisas y alegrías tiene más capacidad de vivir alegre y un gran poder de aceptación de la realidad; y el que brinda amor y comprensión sentirá el gusto inmenso de ser comprendido y amado por los demás.
Toda persona que se deja arrastrar por las influencias negativas del egoísmo, corre sin cesar detrás de las cosas que nada valen y al final del camino obtienen una pobreza espiritual sin límites, porque sus deseos de tener y tener son infinitos, más allá de sus verdaderas necesidades. Su egoísmo le impide practicar un ejercicio muy valioso para el equilibrio espiritual de todo hombre: Practica el dar y recibirás. Recuerde que con la medida que usted da, recibirá a cambio. Es una acción que nos ayuda a ser generosos, a compartir nuestra posesiones con el otro en los tiempos de necesidad, y de esta forma fomentamos en nosotros un espíritu dadivoso que a largo plazo nos beneficia, como dijo alguien: “Hay más felicidad en dar que en recibir”.
Para desgracia de todos, el egoísmo desmesurado en que vivimos le impide al hombre dar y ser feliz, por tanto aparentemente lo enriquece; pero en realidad lo arruina y lo convierte en un esclavo perpetuo del consumismo y los falsos placeres que lo llenan de dolor y frustraciones. El egoísmo hace que el hombre sólo le interesa ser el primero y el más importante, el más rico, el más saludable, estar por encima de los demás, saber más que nadie y tener más que los otros. El egoísmo le impide conocer que la grandeza del hombre no esta en lo que tiene, sino en lo que es como ser humano. Hoy el individuo, llevado por su egoísmo esta más aislado de los demás y con mucho sufrimiento, porque no pone en práctica una ley de oro para la vida “Sólo dando se recibe”, como decía Jesucristo: “Dichoso los pobres, los que se desprenden y dan”.
Comparto las ideas de un gran hombre, ejemplo de caballero y padre de familia, el maestro Lorenzo Hernández Jiménez, porque él nos enseña que la felicidad del individuo depende en gran medida de la capacidad que este posea para aceptar la realidad en que vive y lo que tiene. Considero que son palabras muy sabias, que me han servido de mucho para ser mejor persona y sobreponerme a los absurdos y contrariedades que se presentan a diario en nuestra vida. A las palabras del maestro, yo agrego, partiendo del hecho que el egoísta no acepta lo que tiene (siempre quiere más), es un hombre infeliz de por vida.
San Pablo en su carta a Timoteo predijo las enfermedades sociales de hoy: “Vendrán días muy difíciles. Los hombres serán egoístas, amantes del dinero, orgullosos y vanidosos. Hablaran en contra de Dios, desobedecerán a sus padres, serán ingratos y no respetaran la religión. No tendrán cariño ni compasión, serán chismosos, no podrán dominar sus pasiones, serán crueles y enemigos de todo lo bueno. Serán traidores y atrevidos, estarán llenos de vanidad y buscarán sus propios placeres en vez de buscar a Dios. Aparentarán ser muy religiosos, pero con sus hechos negarán el verdadero poder de la religión” (Timoteo 3:1)
No hay dudas para nadie que vivimos hoy en un mundo obsesionado en la búsqueda de placeres y carente de amor por el bien. Situación tal que el hombre no puede por sí solo acabar con el egoísmo imperante en la sociedad actual, la solución se escapa de nuestras manos. Seguro que usted se preguntará ante esta situación perversa que vive la humanidad, ¿cómo luchar o sobrevivir ante el egoísmo desalmado en que vivimos?
Trato de no ser reiterativo en mis argumentos pero cada día compruebo que cuando encontré el camino divino hacia Dios, mi vida cambió y en la medida que me acerco a Él, me permite hacer cambios de mal para bien en beneficio de mi crecimiento humano, porque “Él comprende nuestro dolor”(Juan11:33,35). Es la máxima expresión de la empatía (todo lo contrario al egoísmo), decía un antiguo sabio “Empatía es sentir tu dolor en mi corazón”. Concepto que es usado por primera vez en la psicología en los Estados Unidos por E.B. Tichener, como la capacidad para reconocer y responder adecuadamente a los sentimientos de los demás, y de percibir la experiencia subjetiva de otra persona. Empatía viene del verbo griego empatheia, que significa sentir dentro.
Un ejemplo vivo de la inmensa empatía de Dios por sus hijos, esta plasmado en la vida de Jesucristo y sus hechos de vida. Cuando Él supo que su gran amigo Lázaro había muerto, momento de profundo dolor, Jesús al ver a la familia y amigos de Lázaro llorando, Él se sintió conmovido y la emoción hizo que le saltaran las lagrimas, le conmovió el dolor de los demás.
Amigo lector cuando estamos tristes, desanimados o deprimidos, buscamos sin cesar quien comprenda nuestras circunstancias y compartan nuestro dolor. Busque la empatía divina de Dios, Él es muy compasivo y comprende mejor que nadie nuestro dolor y el porque lloramos. Nunca olvide estas palabras de un sabio de la antigüedad: “Si al final de tu vida, después de tanto peregrinar y de tanta angustia, te queda Dios y un amigo, eres el hombres más rico de la tierra”.
Hay quienes opinan que para que la paz mundial sea una realidad, deben darse varias condiciones que produzcan cambios radicales en la actitud y conducta de la humanidad, como por ejemplo acabar con el egoísmo que sufre la raza humana, y para ellos es necesario el acercamiento de la humanidad a Dios, porque Él tiene el programa que enseñará a los hombres a vivir en paz y armonía, sin odios y rencores. El egoísmo es un problema social que sus frutos son la infelicidad y la esclavitud, y en grado extremo muerte, sufrimiento y destrucción. Repito sin temor a equivocarme la solución de esta enfermedad social esta más allá de la capacidad humana., solo Dios Topoderoso, el Creador del Universo puede resolver las dificultades de la sociedad. Las injusticias y el odio entre los hombres son el producto del egoísmo diabólico de la maldad humana. Quien mejor que Él, que nos creo y conoce nuestros problemas, para dar solución a nuestras tragedias. Él desea la paz y lo mejor para nosotros, por tanto no debemos perder tiempo en acercarnos a Él, y todos unidos a nuestro Padre, podremos vencer las pandemias sociales del mal en la tierra. Con su ayuda algún día podremos decir ¡por fin paz en la tierra! Él mediante su hijo Jesucristo y los hechos de vida nos enseña como librarnos de la violencia y los trastornos sociales que vivimos, solo tenemos que conocer sus propósitos y tener fe en Él, además de obedecer sus enseñanzas.
El hecho de aplicar los consejos de Jesucristo en mi vida personal, me ha servido para fortalecer mi espíritu, para no decaer y no dejarme llevar por las fuertes corrientes del egoísmo. Él mediante la oración a Dios, pidió ayuda y fortaleza cuando estuvo bajo presión. Aunque era perfecto, Él no se creyó con fuerzas suficientes para soportar todo lo que le esperaba y le abrió su corazón al Padre, para pedirle fuerzas. Si Él pidió ayuda, entonces nosotros tenemos un mundo de razones para orar y pedirle a nuestro Padre ayuda para vencer los obstáculos y pruebas que se presentan en nuestro camino. Estimo que la oración y la meditación son fundamentales para acercarnos a Dios y abrirle nuestro corazón cuando las presiones de la vida parezcan inaguantables. Son dos herramientas divinas para estar más cerca de Él. Mediante la oración pedimos y con la meditación lo conocemos más.
“Acérquense a Dios y Él se acercará a ustedes. Él se opone a los orgullosos, pero trata con bondad a los humildes”. (Santiago 4:6-8)
Ante una humanidad desgarrada por las enfermedades sociales y sedienta de humanismo y amor; Jesucristo le presenta una receta divina portadora de una fuerza de vida para vencer y alcanzar el éxito: “Hagan a los demás lo que ustedes desearían que se les hiciera a ustedes mismos”.
Estimados lectores y amigos ¡por favor! amen a todos los hombres como hermanos, sin distinción de razas, de capacidades o situación social
“Amémonos unos a otros, puesto que el amor es de Dios…Dios es amor” (1Jn 4, 7-8)
No tengo la menor duda que con la ayuda de Dios y siguiendo sus enseñanzas lograremos vivir en armonía, compartiendo nuestros sentimientos e ideas con fraternidad y comprensión del uno por el otro, seremos más humildes y nos amaremos con hechos verdaderos de un gran amor por el bien común.
Apreciado lector, no puedo terminar este espacio sin compartir con usted las palabras del Cura de Ars, creo que nunca debemos olvidar
“La felicidad pertenece a los que hacen felices a los demás.
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