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La historia de los diferentes regímenes sociales ha demostrado que un Estado puede establecerse, estabilizarse y desarrollarse, entre otros factores, por la eficacia con que desarrolle el control social. Esta función, ejercida de múltiples formas y vías por parte de tal institución de acuerdo con sus intereses, crea una dinámica peculiar de funcionamiento social y tiende a ir delineando el tipo de sistema, a la vez que revela su esencia y proyección. Esta relación: Estado – control social, nos ofrece una idea de cuánto un sistema se acerca al ideal que representa un Estado verdaderamente democrático. En esta sociedad ideal de plena democracia, el control social está insertado en la dinámica de los diferentes sectores de la sociedad civil. El entramado del vasto y diverso campo de las relaciones que aquí se establece, permite que exista un continuo y recíproco monitoreo del comportamiento de las personas, no en función de perpetuar al Estado, sino para promover y estimular el respeto a los derechos, la dignidad del ser humano y su pleno desarrollo y felicidad. Tales principios y propósitos son reflejados y se hacen valer socialmente a través de la Constitución, en los diferentes espacios e instituciones sociales en los que discurre la vida de las personas. Quizás el síntoma que mejor expresa el ejercicio de un sano control social es la vivencia de la civilidad, la autoconciencia de ser un ciudadano con dignidad, derechos y respeto. En este sistema entonces, la observancia social pone el énfasis en el respeto a la Ley, porque esta encarna la voluntad popular del pleno ejercicio y respeto de los derechos de cada cual, así como sus deberes, principal garantía de la continuidad y estabilidad de un Estado. Los Estados y gobiernos que buscan una perpetuidad indefinida a ultranza, en contra de la voluntad popular y a favor de los intereses particulares de un grupo de poder, manipulando conciencias y reprimiendo a sus ciudadanos, lo hacen sacrificando los derechos de esas personas, su vida, su felicidad y su desarrollo.
Cuando lo anterior ocurre, suelen aparecer tres tipos característicos de Estados muy alejados del patrón ideal del Estado democrático: el Estado regido por los intereses de transnacionales, consorcios o grupos de poder, que controlan no solo a la sociedad en su conjunto sino también al propio Estado, el Estado dictatorial o dictaduras militares (sangrientas o no), que se distinguen por la existencia del fortalecimiento del ejército y dentro de él, una cúpula de poder compuesta por militares de formación de alta graduación que presiden la totalidad, o casi todos los ministerios que representan la vida del país y, el Estado totalitario, caracterizado por una gran composición, que diseña un modelo social uniforme, estándar, donde el ciudadano es relegado, sacrificado, anulado por una “sociedad”, un “pueblo”, un “todos”, muy etéreo que nunca llega a ser definido y encarnado por legítimos sectores de la auténtica sociedad civil. Se pretende hacerle ver al pueblo, que el poder es realmente suyo, cuando en verdad es usado como poder virtual, como cortina de humo, detrás del cual aparece de manera efectiva el poder real, el del gobierno o partido de turno. Cada uno de estos Estados y gobiernos, diseña un sistema de control social que funciona de acuerdo con sus intereses. Todos ellos tienen en común el uso parcializado de los medios de comunicación masiva, el condicionamiento y la manipulación de la educación, el irrespeto por los derechos humanos y la plena dignidad de la persona, la prioridad del cumplimiento de sus deseos y proyectos como supraobjetivo de sus acciones, así como la perpetuidad del poder mediante el sometimiento enmascarado o no, de sus sociedades.
En el Estado regido por transnacionales o grupos de poder, suelen ser la ganancia y el poder de los integrantes de esta cúpula (valga la redundancia), los principios medulares de toda su política, que regularán también, el modo y las formas en que el control social será ejercido, dentro del cual encontramos: el espionaje informativo, la subversión, el terror, el soborno, el chantaje y la amenaza, fundamentalmente. El papel de los medios informativos es el de crear en las personas afán de consumo, preocupación por sus proyectos personales rectoreados por el principio del éxito individual, desinterés por la política, a la vez que inseguridad provocada por la amenaza de un enemigo inasible, que actúa como motivación para refugiarse en el Estado y el gobierno como únicos garantes.
El Estado dictatorial por su parte, se distingue por la militarización del pensamiento político y el ejercicio a ultranza del poder, por su inflexibilidad, la normación excesiva de la vida del ciudadano común, la exigencia de una permanente obediencia al Estado y el gobierno, la anulación de las iniciativas y derechos personales, así como el creciente auge de la represión como recurso punitivo recurrente ante lo que ellos definen como alteración de la disciplina y el orden social. Es significativo como este diseño social contrasta con los derechos humanos universales del libre albedrío de la persona y la libre asociación, principios a su vez de la autonomía del ser humano y de la sociedad.
Las formas más visibles de control social que se perciben aquí son: la represión en todas sus manifestaciones (censura, prohibiciones jurídicas o de cualquier tipo, sanciones jurídicas excesivas y frecuentes, amenazas, despidos laborales, torturas, asesinatos selectivos, detenciones y encierros arbitrarios, toques de queda, represiones antimotines.
El principio que sirve de sustento a la práctica de estos mecanismos de control es el de mantener la institucionalidad, la estabilidad social a todo coste, para lo cual se requiere de una férrea disciplina social y obediencia pública.
Finalmente, en el Estado totalitario la arquitectura de las relaciones sociales gira en torno a la idea un igualitarismo hacia abajo, de una estandarización invertida que lejos de obligar a la sociedad a la pluralidad y la elevación de su desarrollo, la condena al conformismo y la masificación del marginalismo. Aquí se habla, de una ¨igualdad social¨ que socava las diferencias sociales e individuales y por ende la sana dinámica de las relaciones sociales. El supuesto beneficio por igual para todos sin distinción, se traduce en el hecho de crear en las conciencias de las personas, de una parte, el odio y el menosprecio por aquellos incluso que a partir de su trabajo, u otra vía legítima como las herencias o las remesas familiares reciban ingresos superiores a otros. Este prejuicio se alimenta de dos creencias irracionales: quien viva mejor que otro (aún dignamente) es enemigo social (burgués, acomodado) y, disfrutar de un elemental y legítimo bienestar material, del cual otros están privados, es un sentimiento egoísta del que debo sentir vergüenza y culpa.
La excesiva estandarización social por otra parte, conduce a una atrofia no solo de la individualidad, sino de la privacidad. En esta mentalidad totalitaria: el pudor, el secreto, la intimidad, suelen verse, como elementos contentivos de una especie de conspiración contra los demás o como signo de egoísmo y vanidad. La actitud correcta bajo esta filosofía sería entonces: la impudicia, la indiscreción y la publicidad de lo íntimo. Por esta razón especialmente, y porque hablar de sí mismo equivale a ser catalogado por los demás como: arrogante, ostentoso, vanidoso, (es curioso como es frecuente, escuchar a las personas hablar de un nosotros cuando realmente hablan de un yo, pues es de ellos y por ellos que hablan) es que muchas personas en este tipo de sistema, tienden a sentir una confusión en su identidad, signo inequívoco de despersonalización.
Bajo la filosofía totalitaria se produce una seria pero intencional confusión entre nación, patria y terruño. Para el sistema totalitario, no hay nada más importante que significar el paraíso para sus ciudadanos. No importan los problemas o dificultades con los que se viva, lo importante es que se vive aquí, en el paraíso (aunque sea calvario).
De tal juicio resulta para el pensamiento popular que, todo el que viva en el país (no importa quién ni lo que haga) es patriota, el que no es apátrida, traidor. Esto es válido incluso, no solo para el que emigra al extranjero, sino el que lo hace dentro del territorio nacional. Esta creencia explica la represión al derecho a la movilidad del ser humano.
Para el totalitarismo, la aspiración al bienestar personal, es un pecado, es visto como el recurso reblandecedor de las conciencias, en lugar de un deseo legítimo de cualquier persona libre y digna. De acuerdo con ello, solo el sacrificio, la privación, son el modus vivendi de las personas de bien (pensamiento masoquista de vida). Cada persona debe esperar lo que el Estado dará a todos por igual (actitud pasiva y dependiente). Este modo de pensar estimula el acomodo, el conformismo y anula, la creatividad y el esfuerzo personal, causas a su vez de la apatía y el estancamiento social, característicos de este tipo de sistema.
Finalmente, el totalitarismo para ganar en eficacia, necesita generar en el ciudadano la necesidad de seguridad, para lo cual es indispensable la creación de un enemigo (un leviatán) que siempre quiere atacar, generar el caos y dañar al pueblo. Tal creencia suscita la confianza del ciudadano en el Estado, motivación a partir de la cual, se produce la renuncia voluntaria de los derechos de la persona y la convicción obnubilada en esta, de que pase lo que pase, todo estará bien, porque el ¨Estado me protege¨.
Esta ideología totalitaria convierte al hombre en lobo del hombre, en supervisor, pues lo instiga a evaluar constantemente lo que los demás hacen, con el fin de proteger al sistema, y compararse a su vez con los demás para no alejarme del estándar.
La fiscalización continua del comportamiento según los dictados del Estado, es norma social, que hace sentir que se vive en una sociedad donde todos se vigilan y dudan los unos de los otros, conformando una especie de sociedad de la sospecha, donde el enemigo puede estar en cualquier parte, lo mismo fuera que dentro.
El totalitarismo no solo destruye el tejido social y cualquier esperanza democrática de bienestar y felicidad humana, es sobre todo en sí mismo, un poderoso instrumento de destrucción de los valores supremos, los derechos y la dignidad del ser humano.
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