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I. NADA NUEVO BAJO EL SOL
Parece que las crisis económicas son como el SIDA o el cáncer, que se remedian pero no se curan. Y parece que los remedios son pocos y antiguos. Para las crisis, nihil novum sub sole. Ninguna solución novedosa. Se reunió el G-20 y explicó como pudo lo que está pasando. Explicó y recetó dinero, mucho dinero. Otros grupos, además de dinero, han recetado controles. En Cuba, economistas de todo el mundo reunidos en la Habana, explicaron que el dinero y los controles a los bancos y otros especuladores no es una solución raigal y, en consecuencia, discurrieron algo que tampoco es novedoso: eliminar el capitalismo. Nada, que la tierra seca y resquebrajada de la crisis debe ser roturada con aquel arado de nuestros abuelos y con los mismos bueyes.
II. LA SOLUCION NEOLIBERAL
En coherencia con el principio de los economistas franceses del siglo XVIII, laisser faire (dejar hacer), laisser aller (dejar pasar), se debe permitir durante una crisis que suceda todo lo que deba suceder para que el equilibrio económico se restablezca. El Estado no debe intervenir, debe dejar que el río de los acontecimientos económicos fluya, pase sin que nadie se lo impida y haga los desbordes y remolinos que desee. Según esta fe en el carácter curativo del automatismo del mercado, el cierre de negocios, el descalabro de empresas, la destrucción de la riqueza acumulada y el desempleo masivo son sucesos necesarios, útil purga socioeconómica que libera a la economía de lastres contrarrentables. Al final de la catarsis, la mano invisible de Smith, tornada ultrainvisible durante la crisis, reaparece mágicamente y de entre las ruinas de la vieja economía, toma los pedazos menos estropeados y los asigna en obediencia al principio de la rentabilidad. Si todo sucede automáticamente, si el estado no interviene, se opera una selección natural: los sujetos económicos más aptos sobreviven a la crisis y refundan la economía de acuerdo con sus intereses. Los demás son los perdedores.
Pero nunca el liberalismo real se ha comportado como su teoría se lo indica. Cuando los cimientos ceden y las paredes del edificio económico se resquebrajan, los liberales de la víspera abjuran de su vieja fe, adoptan los satanizados evangelios keinesianos y vuelven los ojos suplicantes a Leviatán, al estado, el cual los salva siempre. Como William James, creen, los liberales, que la fe hace el hecho, pero la fe en evidencias útiles y conveniencias. Al cabo, pragmáticos.
III. LA SOLUCION KEINESIANA
Keines, que se burlaba de Marx siempre que podía; que creía en la absoluta necesidad de la propiedad privada para el buen funcionamiento de la economía; que disfrutó de los placeres que le proporcionó el uso personal de abundante plusvalía, increíblemente fue acusado de comunista por iracundos liberales. Les resultaba sospechoso el hecho de que el genio de Cambridge abogara por enfrenar la libertad absoluta del mercado; que quisiera controlar los flujos de capital, las inversiones y el libre albedrío de los especuladores. Les parecía peligroso que recomendara la intervención del estado en la solución de las crisis. Estas medidas keinesianas, que para los marxistas son pura reforma fenoménica, para los liberales son marxismo funcional.
Keines fue un pragmático creador. No permitió que el brillo de la ideología lo cegara. Apegado a la realidad, flexible, hurgó en la economía real, en las estadísticas y en la psicología de la gente, y se percató de la necesidad de estimular el consumo social para reanimar la economía. Pero, ¿cómo, sin crédito bancario, con inversores privados temerosos y egoístas, con salarios constreñidos? Sólo quedaba la carta estatal…. Y la jugó. El Estado debía invertir en proyectos públicos. Poner dinero en la calle que alimentara la propensión a consumir de la gente, lo que al final redundaría en un pausado pero sostenido aumento de las inversiones en muchos sectores. Es sencillo de decir. Parece fácil de instrumentar, aunque no lo es. Ciertamente funcionó en el gobierno de Roosevelt y en casi todas las depresiones del siglo XX. Si dejó de funcionar no fue por agotamiento, sino por la relajación que la prosperidad y la codicia introdujeron en su praxis.
Ahora, de nuevo, el keynesianismo está de moda. De nuevo se le teme, se le critica y se le usa a medias. Los capitalistas aceptan en parte y con miedo inconfeso a su único mesías comprobado.
IV. LA SOLUCION MARXISTA-LENINISTA
El marxismo-leninismo, para resolver las crisis, tiene una sola propuesta científica: destruir el capitalismo, es decir, curar la enfermedad (la crisis) con la muerte del enfermo (el capitalismo). Se parece esta solución a la neoliberal en lo impracticable.
Parece imposible que una crisis destruya el sistema capitalista en el planeta. Un cambio histórico de tal magnitud, de tal celeridad, se asemejaría a una inesperada glaciación o al terrible golpe de un gigantesco meteorito sobre la tierra. No implicaría la desaparición de una clase social o de su poder hegemónico, sino una catástrofe de la civilización. ¿Qué vendría después, el Socialismo?
Hace unos días leía unas declaraciones del Dr. Fidel Castro Ruz en las que afirmaba que uno de los importantes errores que ha cometido en su vida es haber creído que había alguien que supiera construir el socialismo. Obviamente, si esto es cierto, y parece que lo es, tras el derrumbe masivo del capitalismo habría que improvisar la edificación de un sistema económico que nadie sabe como construirlo. Se haría, seguramente, por ensayo y error, durante un larguísimo período de estancamiento de las fuerzas productivas, tan largo como fuese necesario para que la conciencia colectivista de la sociedad sustituya al temor y al afán de lucro como efectivos móviles de progreso. Parece menos imposible una larga evolución en la que la humanidad, con esfuerzos de muchos colores y abundante dolor, consiga llegar al reino de la justicia y la solidaridad, y quien sabe si al de la abundancia.
Otra cosa es que el socialismo real no ha estado exento de crisis. Las asimetrías que se producen en la economía capitalista son producto de los sesgos del automatismo del mercado y las fuerzas aplicadas por alguna que otra mano visible. En el socialismo, la desproporcionalidad y desarmonía de la economía es originada por errores humanos en la planificación, fundamentalmente debidos al voluntarismo en la fijación de metas innecesarias, extemporáneas o imposibles.
Las crisis del capitalismo son de superproducción o de subconsumo relativos. Las conocidas del socialismo son de subproducción y subconsumo. Son, además, crisis estimuladas y aceleradas por factores extraeconómicos, es decir, por manipulaciones políticas de los adversarios internacionales del socialismo. Pero son crisis al cabo, sui géneris, auténticas y muy reales, y también sin solución comprobada.
V. UTOPIAS E IMPOSIBLES
Cuando las metas políticas se acercan a las lindes de lo imposible, la racionalidad tiende a cero. En el dominio de lo imposible el azar puede producir lo impensado e inesperado, o alguna fuerza metafísica podría crear un milagro, pero las realizaciones humanas basadas en la experiencia, la ciencia, el riesgo y la ambición razonados, que son los ingredientes de la sensatez política, no operan en este terreno.
La utopía política tiene eficacia como referente, como escenario hacia el cual se mueve la realidad impulsada por las fuerzas de la evolución o de la revolución, pero siempre a condición de que las metas y objetivos propuestos se encuentren en el dominio de la realidad posible. Así, el escenario utópico podría desplazarse hacia el futuro incesantemente, impulsado por las alas de los sueños y por la energía del amor y la justicia, y halar hacia sí las realizaciones de la política discernida con sabiduría y responsabilidad.
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