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Singular cafetal, fuiste la realidad tangible de los sueños de un joven hombre de tierras lejanas cuando llegó a Cuba en1807, emprendedor hombre de negocios después, ambicioso hacendado sin olvidar a ratos la nobleza de cuna, de igual modo esclavista pero a la vez generoso con su masa de humanos ébanos.
Eso fue don Cornelio Souchay, el inteligente creador de este edén paradisíaco en las rojizas y fértiles tierras de un realengo entre dos corrales pinareños —Cayajabos y San Marcos— en la isla caribeña donde decidió vivir su vida sin jamás volver a la suya.
Tanto por naturales como por extranjeros fue admirado este lugar en su época de esplendor, a partir de la segunda y tercera décadas del siglo XIX, siglo de oro. Admiración y éxtasis que aún hoy hacen sentir sus majestuosas ruinas a casi doscientos años de su fundación a los que las visitan.
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Reja entrada poblado esclavos. |
Las magníficas instalaciones, lujosas como si fuesen del Lejano Oriente, los atraían, su orden interior, donde todos los elementos de vida y trabajo estaban funcionalmente previstos, desde el consecuente tratamiento a los cientos de esclavos africanos y criollos, hasta el precioso cultivo necesario para subsistir. Todo lo calculó el talentoso y culto alemán, su regia mansión fue visitada por artistas, pintores, grabadores, escritores y otros, promoviéndose la cultura desde sus muros; también era visitada por hombres de negocios y adinerados burgueses. Todos disfrutaban de la presencia del culto dueño, de su extensa biblioteca y a la vez se regocijaban al oír los gratísimos sonidos del arpa eólica, muy apreciada por su refinado dueño.
Contrastando con tan bello lugar, estaba el pobladito de cuatro o cinco calles de tierra llamado San Marcos, décadas después Artemisa, sobrenombrado precisamente Jardín de Cuba por sus ciento y tantos aromáticos cafetales. Algunos establecimientos y unas pocas casas de mampostería y tejas, otras de embarrado y unas cuantas de tablas y guano, con su plaza e iglesia donde oían misa sus opulentos vecinos, dueños también de cafetales e ingenios con primorosas casas de bellos portales y grandes alamedas, pero nunca como La Angerona, creada para perdurar a través de los siglos, probándolo así hoy sus incólumes ruinas, desafiantes al tiempo, a la ignorancia humana, fieles a quien las creó.
Allí también la presencia de una bella mujer negra, igualmente de tierras extranjeras, inteligente por naturaleza, porque no sabía leer ni escribir, así lo prueban sus documentos protocolados, emprendedora y diligente, que logró después de su llegada al cafetal, administrar ciertas áreas, su constancia en el trabajo, la educación práctica que dio a muchos esclavos y esclavas, superándolos para aliviarlos en ese oscuro mundo en que los esclavistas sumieron a esa digna raza africana. Esta haitiana en un momento dado, defendió su condición de mujer trabajadora en un alegato, poco usual en una mujer negra de principios del siglo XIX. Sobre lo creado por don Cornelio, puso su mano suave, creó condiciones adicionales, maternales en el caso de las negras que puso al cuidado de los criollitos, hábito sólo practicado en este lugar con el rigor y cariños necesarios, lo que originaba dotaciones fuertes, admiradas por muchos; hizo infinidad de cosas en beneficio de sus hermanos de raza, puso amor en todo lo que hizo, no creemos hacia el amo de Angerona —pero si en algún momento de sus vidas, cuando jóvenes, ocurrió, no es lo más importante y relevante en esta historia— eran otras las cosas que los unían, entre ellas el respeto, los intereses monetarios-financieros, ganándose la confianza que depositó en ella, hasta donde un hombre como él confiaba en otra; ella le fue fiel como persona amiga, y tal vez, quizás por algo más profundo que pudiese haberlos unidos ¿Quién lo sabe? Le fue fiel igualmente al cafetal, a los negros de allí, a los hijos que vio nacer del Souchay heredero, a esas tierras y edificaciones que la acogieron por más de veinte años, su último suspiro antes de morir debió haber sido para su amado cafetal. Ella no era esclava, nació libre, pero nunca podría ser el ama de Angerona, en vida de don Cornelio, ninguna mujer lo fue, independientemente de las relaciones íntimas que pudiese haber tenido con otras mujeres en diferentes ámbitos fuera de su cafetal.
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Vista desde la mansión al camino de entrada. |
Pero la presencia de Úrsula en este lugar significó mucho para tantos, entre ellos esa masa esclava que la amaba y respetaba, así como personas diferentes a ella social y racialmente, pero que supieron ser sus amigos, todos relacionados con el amo.
Los esclavos que por cientos habitaron Angerona, por cientos yacen su restos en esa tierra. Allí trabajaron, sufrieron, porque aunque allí la esclavitud fue más suave, ésta es lo más negro que puede sufrir un ser humano. Allí amaron, se multiplicaron y su simiente fructificó y aún hoy podemos encontrarnos con sus descendientes. Percibieron algunos gestos humanitarios, el amo por sus razones, y quizás por qué no, porque lo sentía, y de Úrsula porque eran sus iguales en raza (a pesar de que también tuvo sus propios esclavos) y no fue en vano, sus corazones y mentes aminoraron el rencor, el dolor por años fue adecuándose hasta formar parte de la idiosincrasia de este pedazo de tierra. Los descendientes de bozales, los criollitos ya fueron cubanos y como tal se comportaron los Souchay negros cuando fue necesario integrar las tropas libertarias para romper las cadenas del yugo español; otros, ya viejos, libres realmente por leyes justas, no querían abandonar las tierras que a pesar de todo aprendieron a amar.
También los descendientes de los Souchay alemanes y por unión matrimonial con los Chappotín, franceses emigrados de Santo Domingo, que no tantos como los de los esclavos de iguales apellidos, conformaron la idiosincrasia de este pueblo de San Marcos, lugar donde por sus fértiles tierras recalaron muchos inmigrantes de disímiles lugares, dejando su huella y su simiente, dando lugar a través de los siglos a ese ya artemiseño, batallador, incansable creador y soñador por demás.
Angerona, no fue posible sin la unión de personas de esos tres continentes: Europa, América y África, y de cuatro culturas y sus tradiciones: la alemana, la haitiana, la africana y la naciente cubana. Cada una aportó lo mejor de sí, y asimismo lo fue dejando allí, solidificando esas paredes que hoy son las ruinas de la vetusta mansión, en las paredes y piedras del poblado de los negros, en las de la casa que habitaba Úrsula, además del médico y el administrador general; tres edificaciones símbolos que unidas a los impresionantes aljibes se niegan a desaparecer como homenaje a sus moradores perpetuos, en fin, en cada piedra, en cada pedazo de barro, loza o cristal de la época, en los cansinos árboles, en las palmas reales sobrevivientes de la barbarie e ignorancia humanas hace unas décadas; en fin, en todo lo que ha quedado de la esplendorosa Angerona, que a cada paso habla, llama y reclama ayuda, pidiendo respeto por todo lo que fue, por lo que allí se sufrió, por las lágrimas derramadas, por el odio, intrigas, pasiones, traiciones y también por el gran amor que allí hubo en todo sentido, a la tierra principalmente entre otros —porque la tierra sin amor no es tierra—, quizás alguna premisa del don. Por lo que ha quedado a la vista como digno testimonio y por lo que aún guardan celosamente en sus entrañas esas benditas tierras, donde el Destino reunió a tan disímiles personas de tan lejanos lugares para hacer esta obra imperecedera, hoy orgullo de muchos y olvido de incontables que mucho pudieran hacer para que nunca desaparezcan.
Por eso cuando allí se va, todo ese cúmulo de sentimientos, de emociones contenidas, nos llega, nos hace sensibles, nos sobrecoge al máximo, y el silencio que allí perdura por casi dos siglos, paradójicamente, son voces que claman porque Angerona nunca más sea... una ruina en silencio.
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