|
Varias generaciones de cubanos hemos crecido escuchando una versión única sobre la historia de la República, signada por la corrupción y el entreguismo de los políticos y la injerencia norteamericana, bajo los estigmas absolutos de «neocolonia», «República mediatizada» o «seudorrepública». Uva de Aragón nos ofrece, en Crónicas de la República (1902-1958) (Ediciones Universal, 2009) una interpretación distinta de los hechos, apreciaciones desde otros ángulos antes desconocidos de personalidades y eventos que ejercieron notable influencia durante esos 57 años.
La vida le otorgó una perspectiva privilegiada. Por una parte, cubana por nacimiento y de corazón, vínculos afectivos con personas de reconocido prestigio en la arena política y social, como Carlos Márquez Sterling, su propia tradición familiar de entrega y compromiso con los destinos de nuestra Patria. Por otra parte, la relación con escritores y artistas en el exilio, los estudios académicos sobre la cultura e historia de Cuba, y 44 años de distancia (el libro comenzó a escribirse en el año del Centenario de la República). Todo esto la provee, tanto de conocimientos de primera mano, como del necesario distanciamiento y madurez que confieren el tiempo transcurrido y el acceso y estudio minucioso de distintas fuentes.
Uva muestra una visión de la Historia desprovista del germen de maniqueísmo que aqueja a toda ideología. En las páginas de su libro asistimos al nacimiento doloroso de una República. Ningún alumbramiento es fácil. Hay convulsiones, sangre derramada, las entrañas quedan expuestas. La criatura nace débil y exhausta después de tanto sacrificio, se requiere mucho tiempo para el reposo y la recuperación, pero sobre todo, más que una meta, es un lanzamiento, el comienzo de un camino largo y difícil hacia mayores grados de libertad y democracia.
La República nace con una enmienda que la mutila. El espíritu noble de un pueblo intenta buscar su camino a la madurez como nación entre la corrupción, los intereses mezquinos, la incapacidad, la falta de liderazgo de muchos de sus hijos y la peligrosa cercanía de un vecino grande y poderoso. Pero no existen períodos estériles. El genio creador de la jóven República se revela en el talento de sus hijos e hijas, eclosiona en variadas manifestaciones de la cultura, en la virtud de muchos políticos y académicos, también en el pueblo de a pié que sabe reconocer y seguir la grandeza moral, aún en los momentos de mayor desorientación.
Uva incluye capítulos sobre la historia del movimiento feminista y del papel de los intelectuales cubanos en la vida pública. Aparecen en su libro muchos datos desconocidos para los jóvenes de mi generación. Cuando critica a alguna personalidad o actitud, evita la aspereza, la ironía o el análisis fuera de contexto y parcializado que tanto abunda en nuestros días.
El libro de Uva, escrito desde el amor y la inteligencia, con la simpatía criolla de su lenguaje, parece significativo de los tiempos que se avecinan. Creo que a todos nos puede hacer mucho bien. Es una forma de percibir la historia que sana, reconforta y esperanza. Las posturas más radicales van quedando aisladas. Se impone por todas partes la actitud del diálogo respetuoso, de la amistad entre los hijos de una nación que va rehaciendo la subjetividad, entretejiendo los hilos rotos en otros tiempos por las ideologías y los extremismos de ambos lados del Estrecho de la Florida. Su manera de acercarse a la Historia de la República hace de este libro una piedra angular para la reconciliación que tanto necesita nuestra patria, y estoy seguro que va a contar con gran acogida, especialmente entre los jóvenes, tan necesitados de un lenguaje más fraterno y menos beligerante, como el que podrán encontrar en las palabras de Uva. Mirar de una manera diferente esa etapa del pasado resulta vital para comprender mejor todo lo que somos, y todo lo que podemos llegar a ser, sin facilismos ni complacencias.
Una cubana que vive en Miami cita con libertad fuentes diversas, incluidas las escritas en años recientes en Cuba. Nos enseña que los cubanos, para rehacernos como nación, debemos contar con los que no están dentro de nuestra frontera geográfica. Miami es más que remesas familiares, más que fuente de conflictos políticos. Como ella misma escribió en la carta dirigida a los intelectuales cubanos: “Si los exiliados sufrimos sin Cuba, Cuba sufrió sin nosotros”. Nuestra patria no puede reconstruirse sin contar con los cubanos de la diáspora. Quiera Dios que este libro llegue al corazón de muchos cubanos de aquí y allá.
.
|