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La República
En el Centenario de la República de Cuba
Comienza el año en que se conmemora el centenario de la instauración de la República de Cuba. La fecha es propicia para el estudio detenido, el análisis documentado, el balance objetivo de nuestra historia. El pasado no es cosa inmóvil, sino que se modifica con la mirada crítica que ofrece la perspectiva del tiempo. Conocer es amar. Canalicemos el amor a la Patria profundizando en nuestro entendimiento de los muchos aspectos de su devenir. Por nuestra parte, intentaremos dedicar el mayor número posible de nuestras crónicas semanales a diferentes aspectos de la vida republicana. Empecemos, pues, por el principio.
Es bueno recordar que cuando se firmó el Tratado de París, el 10 de diciembre de 1898 entre Estados Unidos y España, donde se asentaron las bases para el retiro de las tropas españolas de Cuba, no estaba presente ningún cubano. Y cuando el primero de enero de 1899, a las doce del día, el general Adolfo Jiménez Castellanos, a nombre de su Majestad la Reina Regente María Cristina, entregó el mando de la Isla al mayor general John R. Brooke, quien lo recibió en representación de los Estados Unidos, los generales cubanos asistieron como meros observadores. Máximo Gómez se negó a entrar en La Habana junto a las tropas americanas, como pretendían en Washington, pese a los esfuerzos de Don Tomás Estrada Palma de hacerle entender a los norteamericanos lo hiriente que resultaba para los criollos tal propuesta.
Los historiadores coinciden en que la isla estaba en ruinas. La guerra había mermado la producción tabacalera y azucarera de forma considerable. El ganado era solo 15% de lo que había sido en 1894. La falta de actividad económica productiva había hecho languidecer el comercio. Las pérdidas no eran solo materiales. La contienda bélica había cobrado cientos de miles de vidas —400,000 según estimados del historiador Fernando Portuondo— principalmente de varones adultos, y de niños incapaces de sobrevivir las hambrunas, las pobres condiciones sanitarias, la vida en la manigua, y la reconcentración ordenada por el Capitán General Valeriano Weyler. La población, tras 30 años de guerra, mostraba muestras de gran cansancio. La evacuación del gobierno colonial se realizó con lentitud y las tropas americanas ocupaban las poblaciones a medida que eran abandonadas por los españoles. No hubo actos de represalia contra los primeros ni de rebeldía o apoyo a los segundos. Los cubanos deseaban, por encima de todo, paz.
Los norteamericanos desconocían la realidad interna del país y desconfiaban de los cubanos, a quienes consideraban demasiado radicales. Formaron un gobierno en el que figuraban en el gabinete civil los políticos cubanos (independentistas y autonomistas por igual) pero en el que mandaban los militares estadounidenses. En el campo administrativo ocurrió lo mismo. Por cada gobernador cubano, coexistía un militar del norte. Algunos historiadores concuerdan en una visión positiva del General Brooke. Según Calixto G. Masó su labor fue notable. Carlos Márquez Sterling lo describe como “persona bondadosa y honesta”. Rafael Estenger como “afable, conciliador y civilista”.
Brooke fue relevado en su cargo por el General Leonard Wood, quien mereció juicios menos elogiosos que su antecesor. Julio Le Riverend lo considera “hombre dispuesto a ejercer todo tipo de represiones contra la población cubana.” Márquez Sterling narra el recelo que despertó en la isla. Estenger califica su mandato como “una serena dictadura.”
Independientemente del contraste entre las personalidades y actuación de ambos generales, está la labor que hicieron durante los 3 años y medio que se dilató la intervención. Se llevó a cabo un censo de la población. Se reformó el sistema judicial, con la creación de juzgados correccionales y el Tribunal Supremo. Se introdujo el derecho a Habeas Corpus, concepto legal de origen anglosajón. Sin embargo, el sistema de jurado fracasó en la isla y los cambios al sistema se vieron limitados cuando el gobierno interventor continuó usando los códigos Civil y Criminal españoles.
Se mantuvo el criterio de la absoluta separación de la Iglesia y el Estado. Se modificó la ley sobre matrimonio y se dio validez a las uniones civiles, tanto como a las religiosas. Se creó la Guardia Rural y el cuerpo de Policía Municipal. Se reformó la administración pública, el sistema de enseñanza, sanidad y obras públicas.
¿Fueron estas acciones desinteresadas, encaminadas solamente a sentar las bases de una nueva República? ¿O, por el contrario, respondían a un plan premeditado de obtener ventajas económicas y políticas para los Estados Unidos? ¿Cómo reaccionaron los cubanos? ¿Fueron fluidas o tensas las relaciones entre los criollos y los vecinos del norte durante los primeros años del Siglo XX? Abordaremos estos temas en próximos artículos.
II.
Un mal comienzo
Las tensiones entre los cubanos y los norteamericanos comenzaron muy temprano, incluso durante la batalla de San Juan Hill, pero se agudizaron durante la primera intervención. Es natural. Aunque hubiera diferentes grados de interés de parte de los políticos del norte en la isla caribeña y su porvenir, la mentalidad de la época era una. La Doctrina Monroe de 1823 y el Destino Manifiesto de 1846 muestran el fundamento teórico sobre el que se basó la expansión imperial norteamericana. Estados Unidos estaba convencido no sólo de que América debía ser para los americanos sino también que era lo mejor para los pueblos del continente. Otra cosa pensaban los cubanos que habían luchado durante 30 años por su independencia.
De acuerdo con lo estipulado en la Constitución de La Yaya, al terminar la guerra el Consejo de Gobierno de la República en Armas entregó sus poderes a la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador que, a su vez, debía convocar a una Asamblea Constituyente para sentar las bases jurídicas de la nueva República. Cuando la Asamblea se reunió en Santa Cruz, Camagüey, en octubre de 1898, bajo la presidencia de Domingo Méndez Capote, Bartolomé Masó, último presidente de la República en Armas, expresó la necesidad de que las autoridades norteamericanas reconocieran la Asamblea y le entregaran la organización del Estado cubano. Estos planteamientos mostraban los ideales independentistas. La realidad era otra. Ya se perfilaba la ocupación de los vecinos de ojos claros.
Apenas unos días después de la firma del Tratado de París, el 21 de diciembre de 1898, Don Tomás Estrada Palma dio por terminada la labor del Partido Revolucionario Cubano, a cuyo cargo había quedado tras la muerte de José Martí. Los estatutos del PRC establecían su disolución cuando se alcanzara la independencia y se inaugurara la República, pero en realidad esos objetivos se habían logrado sólo a medias. Puede especularse sobre las razones que impulsaron a Don Tomás a esta decisión, pero lo cierto es que los cubanos en la isla y en la emigración perdieron un poderoso instrumento aglutinador. Algunos historiadores ven la mano larga de los yanquis manejando los hilos para destruir las instituciones que sostenían la unidad política de las fuerzas independentistas.
La tercera fuerza que poseían los cubanos era el Ejército Libertador. Se trató de mantenerlo organizado. Era difícil por dos razones principales. No tenía nada que hacer. El ejército americano ocupaba las instalaciones y los recursos del derrotado ejército colonial sin darle participación a las tropas mambisas. Tampoco poseían una misión política. Existía otro grave problema. Los cubanos no tenían acceso a los fondos de Hacienda y no contaban con recursos económicos para mantener las tropas.
Surgió una penosa situación que en mayor o menor medida se repetiría en las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba a lo largo del siglo XX. Una comisión nombrada por la Asamblea de Santa Cruz, viajó a Washington para solicitar del gobierno del Presidente McKinley un empréstito que permitiera licenciar al ejército de la guerra. Aunque tal disolución presentaba sus peligros, los asambleístas no actuaban con ingenuidad. Su propósito principal era obligar a Washington a reconocer la legitimidad de la Asamblea.
Máximo Gómez no estaba de acuerdo con la idea del empréstito, respaldada por Juan Gualberto Gómez, Calixto García, Manuel Sanguily, Antonio González Lanuza y otros. Mantuvo sus tropas acampadas en la Quinta de los Molinos, lanzó proclamas, protestó. El gobierno americano aprovechó esta división entre los cubanos, que aunque en el fondo perseguían los mismos fines, no actuaron juntos. A la comisión ofrecieron regalarle 3 millones de dólares para pagarle al ejército y disolverlo. No aceptaron. Una tragedia aún mayor traería aquel viaje. Los fríos de la ciudad junto al Potomac provocaron la enfermedad y muerte del General Calixto García. Su entierro en La Habana, una verdadera muestra popular de duelo, produjo nuevas fricciones con respecto al lugar que debían ocupar las tropas de los dos ejércitos —el de E.E.U.U, y el de los cubanos— en el desfile funeral.
Ya fuese por intrigas de los americanos, que trataron de ganarse la confianza de Gómez, o por carencia de visión y capacidad política de todas las partes, pero los asambleístas y Máximo Gómez, aunque conformes con la necesidad de disolver el ejército, no se pusieron de acuerdo. Y el viejo General, que tanto había dado a la guerra, fue destituido por la Asamblea como Jefe del Ejército. Gómez tenía gran arraigo popular y recibió muestras de ello. Estaba muy consciente de su origen dominicano, y se retiró airoso con unas declaraciones altruistas. La polémica y las divisiones, sin embargo, habían herido de muerte a la Asamblea, que finalmente se disolvió el 4 de abril de 1899. Los cubanos habían perdido otro vehículo de representación. Quizás fuese por la arrogancia y las torpezas de los políticos norteamericanos de aquellos tiempos, o por falta de experiencia y pragmatismo de unos cubanos que se estrenaban en la difícil tarea de fundar un estado. O por una combinación de ambas cosas. Tal vez simplemente se debió a una conjunción de factores históricos. Pero las relaciones entre Estados Unidos y Cuba habían comenzado mal.
III. La Constitución de 1901
El 15 de septiembre de 1900 se efectuaron en Cuba las elecciones para la Asamblea Constituyente. Disueltos el Partido Liberal Autonomista y el Partido Revolucionario Cubano, las fuerzas políticas se habían agrupado en el Partido Unión Democrática, el Partido Nacional y el Republicano. El primero fue formado por conservadores, incluso algunos que habían favorecido el anexionismo, quienes sin embargo designaron como Presidente al General Eusebio Hernández, veterano mambí de ideas avanzadas. Contaban en sus filas con Carlos García Vélez, Arístides Agüero, Rafael Montoro y Rafael Fernández de Castro, entre otros. Los nacionales, con Alfredo Zayas como una de sus figuras principales, tenían las simpatías de Máximo Gómez y de una gran mayoría en la capital. Eran, en ese momento al menos, defensores apasionados de la soberanía. Los republicanos agrupaban a algunos miembros de la fallida Asamblea del Cerro, y a un importante núcleo de seguidores en Las Villas. Se mostraban partidarios de la tesis federalista, que nunca avanzó en Cuba.
Se produjo el primer pacto político de la historia republicana. Ante el empuje de los nacionalistas, los dos partidos menores se unieron. La izquierda mambisa deseaba neutralizar a los conservadores y buscar un refuerzo numérico. Los del Partido Unión veían que la alianza favorecía sus posibilidades de incidir en la vida pública cubana. Y en efecto, de los 31 delegados electos, 18 provenían de las fuerzas republicano-democráticas. Los asambleístas, sin embargo, actuaron más de acuerdo a sus propios criterios que con la línea partidista, pues aún no existía una verdadera cohesión ideológica en los partidos recién creados.
La apertura de la Asamblea Constituyente tuvo lugar el 5 de noviembre en el teatro Irijoa (hoy Martí). Se aprobó el reglamento interno y se eligió a Domingo Méndez Capote como presidente de mesa, y a Juan Rius Rivera y Pedro González Llorente como vicepresidentes. Las secretarías recayeron sobre Enrique Villuendas y Alfredo Zayas.
Una comisión consolidó las 13 ponencias presentadas, y el 21 de enero llevó a la Asamblea un proyecto de base para la constitución, que fue aprobado en principio para luego debatir el articulado. Entre otros temas, se discutió —muchas veces acaloradamente— la forma de Estado y de gobierno a establecer, las relaciones y funciones de los poderes estatales, las libertades y garantías democráticas, las relaciones Estado e Iglesia y el grado de dependencia que tendrían las provincias del gobierno central.
Al decretarse el respeto a la libertad de culto y la separación de Iglesia y Estado, se independizó la educación pública de influencia eclesiástica, una diferencia notable en comparación con el resto de los países latinoamericanos. (Juan Gualberto Gómez se opuso, pues opinaba esa decisión debía dejarse al futuro Congreso.) La invocación a Dios en el preámbulo de la Constitución suscitó debate. Salvador Cisneros Betancourt – quien mantuvo una de las posturas más radicales durante todas las sesiones-- y Martín Morúa Delgado se pronunciaron en contra. Manuel Sanguily, en fogoso discurso, expuso las ventajas de pedir amparo “al símbolo de lo supremo” incluso si se tratase de “una mera ilusión de nuestro anhelo.” La referencia divina quedó incluida.
El gobierno unitario, la forma presidencialista, la separación de poderes y el sistema bicameral fueron aprobados sin percances. Otro punto controvertido, sin embargo, fue el del sufragio. Miguel Gener se mostró a favor del voto de las mujeres, e incluso de que pudieran postularse para ocupar cargos públicos. La moción fue rechazada, a pesar del papel relevante que habían desempeñado las mujeres en las luchas independentista. Esta exclusión, sin embargo, era casi unánime en el resto del mundo en esa época. Más escabroso era el tema del voto masculino, considerado entonces “universal”. La asamblea estaba dividida. Algunas sustentaban que los votantes debían circunscribirse a los que supieran leer y escribir, y contaran con cierta cantidad monetaria, lo cual hubiera reducido en gran medida la participación de la población negra en los procesos electorales. Otros, como Manuel Sanguily y José Alemán, no aceptaban esas limitaciones. Ganaron.
Algunos opinan que la Constitución de 1901 fue un calco de la norteamericana. Nada más incierto. Además de otras diferencias, los cubanos se dieron un gobierno unitario y los vecinos del norte habían optado por el sistema federal. Otros críticos de los cubanos han atribuido a la presencia norteamericana en la Isla el que los asambleístas lograran ponerse de acuerdo en un breve período. Parecen olvidar que en medio de los campos de batalla, los cubanos habían ya forjado las constituciones de Guáimaro y de La Yaya, las cuales sentaron las bases para la de 1901. Podemos agregar que ambas eran de espíritu liberal, en el sentido decimonónico de la palabra, y que mostraron el interés de un sector del liderazgo mambí en dar un sentido civilista a la contienda militar.
No fue quizás una gran Constitución, la de 1901; pero fue discreta y apropiada para su momento. En el seno de la Asamblea se pronunciaron destacadas alocuciones, como la de Alemán a favor de que no se restringiera el voto, para encaminar la República por la vía electoral en vez de la violencia, y la de Rafael Portuondo sobre el derecho de las minorías, que aún tienen vigencia un siglo después. Los debates y comentarios que aparecían en la prensa de la época son dignos de ser estudiados con profundidad. Lamentablemente, la labor de los 31 cubanos que contribuyeron a la primera carta constitucional de la República quedó opacada por el debate que al terminar el resto de las consideraciones tenían por delante: redefinir las relaciones de Cuba con Estados Unidos. Comenzaba el proceso de la Enmienda Platt, derogada en 1934, pero cuyas consecuencias se hicieron sentir a lo largo del todo el siglo.
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General Máximo Gómez |
Tomás Estrada Palma |
General Leonard Wood |
IV. El proceso de la Enmienda Platt
En la convocatoria a las elecciones para la Constituyente de 1901, se aludía a las futuras relaciones entre Cuba y Estados Unidos. La “cláusula sospechosa”—como se denominó— causó resquemores. Incluso Eliseo Giberga propuso que los partidos fueran al retraimiento. Comenzaba así una corriente de actuación política que se desarrollaría a lo largo de la República: el abstencionismo. El general Leonardo Wood aseguró que los cubanos estarían libres para definir las relaciones entre los dos países. Según Carlos Márquez Sterling, “cuando el gobernador hablaba de esta manera no estaba procediendo de buena fe.” [i] Los cubanos de aquellos tiempos también lo veían así. El Marqués de Santa Lucía regresó de un viaje a Washington, en vísperas de las elecciones en Estados Unidos, convencido de que —así ganaran los republicanos como los demócratas— los norteamericanos no les entregarían a los cubanos el mando de la República. Sus predicciones resultaron ciertas.
El 9 de febrero de 1901 el general Leonard Wood le leía a una delegación de cinco asambleístas una carta de Eliu Root, Secretario de la Guerra de E.E.U.U. en la que exponía que la Constitución debería llevar un apéndice que definiera la relación entre los dos países. Las bases propuestas eran, en resumen: 1) Los Estados Unidos tendrían derecho a intervenir en Cuba si corriera peligro su independencia o las vidas y propiedades de sus habitantes; 2) los cubanos no podrían firmar tratados con otros estados extranjeros que menoscabaran su independencia ni contraer empréstitos que comprometieran sus ingresos y 3) los Estados Unidos podrían instalar las carboneras y estaciones navales en la Isla que fueran necesarias para poder cumplir con el primer requisito. Cuado se dio a conocer a la Asamblea Constituyente esta propuesta, que incluía además omitir la Isla de Pinos como parte del territorio nacional cubano, los delegados se indignaron y se dispusieron a luchar por el pleno goce de su soberanía.
Mientras, en el Congreso de Estados Unidos se debatía un apéndice al proyecto de ley del presupuesto del ejército norteamericano, presentado por el senador Orville Platt, de Connecticut. En contra de la Enmienda Platt, que contenía las mismas bases postuladas por el secretario Root, se expresaron, al menos, dos senadores, Morgan y Foraker. El primero la consideraba ofensiva para los patriotas cubanos. El segundo temía que a la larga fuese negativa para los intereses norteamericanos. Pero la enmienda fue aprobada y firmada ley por el Presidente William McKinley,
Los cubanos, de nuevo, formaron una comisión y viajaron a Washington. Se entrevistaron con el Presidente McKinley, el mismo que había firmado la Resolución Conjunta que proclamaba el derecho de Cuba a ser libre. Cenaron en la Casa Blanca. Recibieron elogios. Salieron en los periódicos. Pero no cedieron. Tampoco los norteamericanos. Incluso Domingo Méndez Capote tuvo una fuerte confrontación con Root. La comisión regresó a La Habana con el convencimiento de que si no se aprobaba la Enmienda, la ocupación norteamericana se prolongaría indefinidamente. Las discusiones de la Asamblea fueron largas y dolorosas. Finalmente se aprobó la Enmienda, 15 votos por 14. Rafael Manduley, que había votado en contra, quiso evitar mayores divisiones y aplacar el descontento popular al declarar: “Aquí no hay cubanos mejores que otros cubanos. Cada uno al votar lo ha hecho de acuerdo con su patriotismo.”[ii]
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Plaza de Armas y Palacio Presidencial, antes de los Capitanes Generales, donde se hizo la transmisión de poderes el
20 de mayo de 1902. |
No fue suficiente para los norteamericanos, puesto que el apéndice aprobado no se atenía letra por letra al redactado por Platt. Una nueva votación se hizo necesaria. Ya fuera por razones políticas, frustración u otras causas, dos delegados se mantuvieron ausentes y uno cambió su voto. El recuento final fue de 16 a 11.
Los textos de Historia de Cuba coinciden en su visión del proceso de la Enmienda Platt. En el publicado por el Instituto de Historia de La Habana en 1998, firmado por un grupo de seis autores, se resume así: “Tras meses de tenaz batalla antiplattista conducida en nombre de la liberación nacional, el pueblo cubano tendría que iniciar su vida republicana a la sombra del dominio yanqui.” [iii] Calixto C. Masó, para sintetizar el pensamiento cubano de la época, destaca en su libro el voto particular de Juan Gualberto Gómez y Manuel Ramón Silva, quienes aseveraron que la Enmienda no era otra cosa que “el sometimiento del país vencido al vencedor”.[iv] Carlos Márquez Sterling fue más severo. Observa en su Historia que los cubanos “habían supuesto la posibilidad racional de una inteligencia decorosa con Estados Unidos. En lugar de ello se encontraban frente a una nación interventora, implacable y altanera...” Y concluye al referirse a aquellos momentos: “El semblante de la asamblea tornose melancólico. (...) un pesimismo negro, honrado, y hasta patriótico, si se quiere, devoró en silencio a los mambises que vieron clavar en la cumbre de sus ideales el pendón de la ingerencia extranjera.”[v]
Los académicos norteamericanos o de otras nacionalidades podrán tener otras versiones, pero la gran mayoría de los historiadores cubanos está al menos de acuerdo en que la Enmienda Platt le restaba soberanía a la naciente república; y que con gran esfuerzo y decoro muchos de sus compatriotas de hace un siglo lucharon por evitarla.
V. 20 de mayo de 1902
La Orden Militar No. 218 del 14 de diciembre de 1901, dictada por el gobierno interventor norteamericano, fijó el 31 de diciembre de ese año como fecha de las elecciones para compromisarios, representantes a la Cámara, gobernadores y consejeros provinciales; y para el 24 de febrero del año siguiente las designaciones del primer presidente, el vicepresidente y los senadores de la República de Cuba.
La figura más popular en la isla en esos momentos era sin lugar a duda Máximo Gómez. Así lo indicaba no sólo el fervor popular sino encuestas hechas por periódicos habaneros. En la efectuada por La Discusión, Bartolomé Masó quedaba en segundo lugar y Don Tomás Estrada Palma en tercero.[vi] El orden se invertía en el certamen de El Fígaro. Don Tomás, con 510 votos, aventajaba a Masó con 460. Ambos estaban muy lejos del General Gómez, que había obtenido 2,023.[vii] Pero el viejo caudillo se negaba a aceptar la candidatura. Aducía que no era cubano, aunque la Constitución permitía la aspiración presidencial de quienes hubieran luchado en las guerras de independencia por más de diez años, sin importar el lugar de nacimiento. Es posible que sus razones fueran más profundas. Gómez quizás recordaba la admonición martiana de que no se funda un pueblo como se manda un campamento. Una cosa era pelear en la guerra, otra gobernar a una joven nación: construir la paz.
Algunos historiadores han insistido en que Estrada Palma era el candidato de los americanos, pero otros enfatizan que el apoyo de Máximo Gómez fue decisivo. No le faltaban méritos a Don Tomás. Durante la guerra de los Diez Años fue electo diputado, Ministro de Relaciones Exteriores y Presidente de la República en Armas. La Revolución de Yara fue reconocida en muchos países de nuestra América gracias a sus gestiones. En 1877 fue hecho prisionero en Holguín y enviado a prisión en el Castillo de Figueras en Barcelona. La amnistía firmada con la Paz del Zanjón le abrió las puertas de la cárcel. Se trasladó a Francia y luego a Estados Unidos. Tenía 41 años. Contrajo matrimonio, tuvo hijos, se dedicó a la enseñanza y se mantuvo alejado de los asuntos cubanos. Pasaron los años. Por fin, José Martí lo convenció para que luchara a su lado por la causa independentista, aunque hay indicios de que Estrada Palma tenía sus dudas sobre la capacidad de los cubanos de gobernarse y favorecía en algunos momentos el anexionismo. Al morir Martí, fue electo para presidir el Partido Revolucionario Cubano. En la convención constituyente de Jimaguayú en septiembre de 1895, desde los campos de batalla, lo eligieron asimismo "Delegado Plenipotenciario y Agente General de la República en el Exterior". Su labor en estos dos cargos fue incesante y logró influir, especialmente en la ciudad junto al Potomac, a favor de los cubanos.
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Desde la explanada de Prado y Malecón muchos vieron izar
la bandera cubana en el Morro. |
Bartolomé Masó era dos años mayor que Don Tomás. Ambos eran orientales. Masó estuvo junto a Carlos Manuel de Céspedes en la madrugada de la Demajagua. Peleó en la Guerra Chiquita, y en la del 95. Al cese de la guerra, ocupaba el cargo de Presidente de la República en Armas. Era, sobre todo, un creyente irreductible en la independencia de Cuba. Masó, con este historial, no aceptó la candidatura de vicepresidente que le ofrecieron. La Unión Democrática, en la que figuraba de forma prominente Juan Gualberto Gómez, y otras pequeñas agrupaciones —Republicanos Libres, Liberales Nacionales— constituyeron la "Coalicion Masoísta" y apoyaron su aspiración a la primera magistratura. La candidatura presidencial de Don Tomás era respaldada por los Partidos Republicano y Nacional, que contaban entre sus filas con Domingo Méndez Capote, José Miguel Gómez, Emilio Núñez, Alfredo Zayas, y Luis Estévez —esposo de Marta Abreu—, postulado como vicepresidente.
Carlos Márquez Sterling describe así la contienda electoral: “Enseguida rompió la propaganda. Masó se produjo contra la Enmienda Platt y Don Tomás a favor. Masó ganaba la calle como suele decirse. Estrada Palma, avalado por el General Máximo Gómez, se consolidaba entre la gente conservadora. Masó se mostraba radical y Don Tomás moderado”.[viii]
La campaña fue sucia. Corrían acusaciones, medias verdades, calumnias. Los masoístas acusaron al General Wood de apoyar a Don Tomás y de no estar debidamente representados en la Junta de Escrutinios. Fueron al retraimiento, actitud que como antes hemos mencionado y veremos a lo largo de estas crónicas, ha sido siempre perjudicial. Salvador Cisneros y Betancourt, Marqués de Santa Lucía, que ostentaba la jefatura de los masoístas en Camagüey, no acató la postura abstencionista y ganó la provincia. Las otras favorecieron a Don Tomás, quien no había ido a Cuba a hacer campaña. (Sarmiento, en Argentina, fue elegido en circunstancias parecidas) Una vez electo, sin embargo, el viejo mambí del 68 despertó grandes simpatías. Desembarcó en Gibara, más de un cuarto de siglo después de haber salido de allí preso por los españoles, y recorrió la isla. Se detuvo en infinidad de poblaciones, donde lo recibieron con júbilo. En Manzanillo se entrevistó con Masó, quien aceptó su derrota con grandeza.
A La Habana llegó Don Tomás por mar. En el Salón Rojo del Palacio de los Capitanes Generales recibió el mando de la nación de manos del General Wood. Se izó la bandera cubana. Había terminado la intervención norteamericana. Máximo Gómez pronunció su famosa frase, “Creo que hemos llegado”, y el pueblo celebró esperanzado el nacimiento de la República de Cuba. Era el 20 de mayo de 1902.
[i] Carlos Márquez Sterling. Historia de Cuba. Desde Colón hasta Castro. Nueva York: Las Américas Publishing Co., 1963, 248
[iii] La neocolonia. Organización y crisis. Desde 1899 hasta 1940. Instituto de Historia de Cuba. La Habana: Editorial Política, 1998, 35
[iv] Calixto G. Masó, Historia de Cuba, (La lucha de un pueblo por cumplir su destino histórico y su vcación de libertad) Miami: Ediciones Universal, 1998, 436
[v] Márquez Sterling, Historia..., 260
[vi] “Certamen presidencial”, La Discusión, agosto 4-25 de 1900, p. 1, citado en Historia de Cuba, La Habana, Ed. Política, La Habana, 1998, p. 39
[vii] Citado por Jorge Ibarra Cuesta en Máximo Gómez frente al imperio 1898-1905, La Habana, Ed. de Ciencias Sociales, 2000, p. 146
[viii] Carlos Márquez Sterling, “Tomás Estrada Palma”, Presidentes de Cuba (1868-1933), Miami: Editorial Cubana, 1987, p. 79
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