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“Tu mente debería armonizar
con el funcionamiento del Universo;
tu cuerpo,
con el movimiento del Universo:
cuerpo y mente formando una unidad
que se unifica con la actividad del Universo.”
Morehei Ueshiba: El Arte de la Paz
Cuando, en 1980, el Jurado otorgó el Premio Casa de las Américas a El valle de la Pájara Pinta, se galardonaba uno de los textos mayores en la historia de la literatura cubana no sólo para niños. Con este libro, Dora Alonso ofreció al mundo el más tierno retrato de su vida, también su invitación a —más que buscar lo trascendental— vivirlo asumido en nuestro fluir cotidiano, de manera que el análisis ecológico aparecería en su sentido raigal(1) y el viaje de Isabela devendría el recorrido a los nutrientes de la Casa Grande, la necesidad de constantes regresos desde el ritmo social-tecnológico al ritmo natural-biológico que nos funda en armonía con el Universo.
Así, el par Isabela-Quico recuerda a los maestros ambulantes de que hablara Martí(2) y luego vemos en ese caballo de coral finalmente admitido por el mismo pescador que en un inicio lo rechazara(3). Aunque hay otros pares: Cirilina-Felo Puntilla, Pegaso-Musu, Garralén-Cacafú, Garralén-Gavilán, Juan Palomo-Pepe Pichón, Pedro Aguacero-la reina Mandonia, los padres de Isabela..., la dualidad del pecosito viñalero y la viajera mantuana me resultan centrales en la epopeya legada por Doralina de la Caridad Alonso y Pérez de Corcho, aquella niña nacida el 22 de diciembre de 1910 en Recreo, en una casa sin número.
¿Por qué? Miremos las gorras del abuelito de Isabela, el anciano talabartero que hizo pintar un caballo con alas en el portal de su casa sobre la Calle Real de Viñales: “Para una boda, gorra blanca. Para un entierro, gorra negra. Para una fiesta, gorra colorada. Gorra azul eléctrico, para trabajar.”(4) Éstas, que pudiéramos llamar las gorras fenoménicas de Felo Puntilla, anteceden a las esenciales: “Y gorra amarilla con pintas moradas, para dormir. Aseguraba que con ella puesta soñaba en colores.”(5); “una gorra color de rosa de tres viseras, que usaba nada más que en determinadas ocasiones”(6) “Porque es mi gorra de ser feliz”(7); “se probaba delante del espejo una gorra nueva de color verde botella con orejeras que pensaba usar cada vez que tocara el contrabajo, por si desafinaba.”(8)
¿Dónde ubicar a Isabela, dónde a Quico? Escuchemos a la jutía: “No tienes más que entender cómo son las cosas.”(9) O a Juan Palomo: “Yo vivo donde nadie sabe, mis caminos son los del ruiseñor, y los pasos de mi venado no dejan huella”(10) O acaso: “Pero Isabela quedó tan impresionada con los misterios de la montaña, que no tenía cabeza más que para pensar en ellos. Cirilina, su delantal y los magos mentados por su abuelo parecían llamarla, decirle ‘¡ven!’ Y como ardía en deseos de tropezarse con ellos y como le gustaba hacer lo que deseaba, fue a buscar la bicicleta y salió a dar un paseo,…pero, claro está, no cogió la carretera, sino un trillo que serpeaba a través del delicioso campo pinareño. Cruzaba despacio junto a las vegas y las casas de tabaco, los valles y las altas lomas, rodeada por los distintos verdes del paisaje: verde esmeralda, verde oscuro, verde limón, verde jade, verde olivo, verde mar. Verde y verde, aquel campo... ¡y qué campo!”(11)
Y ahora, esta escena: “A pocos pasos, Quico, muy preocupado, le hacía señas a Isabela para que desistiera de la arriesgada excursión; pero ella miraba a otra parte, haciéndose la desentendida. Nadie podría hacerla renunciar a su esperanza: ¡Encontrar a Cirilina y ser amiga suya!”(12) Quico no acepta la invitación de cabalgar con Juan Palomo sobre el venado Guaney, pues “alguien tiene que cuidar la bicicleta. Yo esperaré aquí.”(13) Además, ya nos habían descrito a la mantuana: “Cuando Isabela se miraba al espejo aparecía una muchachita delgada y muy viva, que hacía deportes, trepaba a los árboles, la alegraban los cuentos y leía muchísimo. Isabela se interesaba por casi todo en este mundo; adoraba el campo y tenía amigos en todas partes. Para terminar de presentarla, hablaremos de su simpatía y lo decidida, curiosa y preguntona que podía ser en ocasiones.”(14)
No extraña que, quien cabalgó a lomos de Guaney por el río subterráneo de San Vicente, Laguna de Piedras hasta el Alto del Yayal, luego se transforme en venadita corriendo tras el delantal de Cirilina(15). Y nos ofrezca una visión semejante a aquella donde toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz: “Por el naciente, todavía sonrosado, el cielo parecía tener puesta su gorra de ser feliz. Los mogotes la hacían pensar en su rebaño de elefantes verdes que anduvieran en busca de un circo, y que algunas de las obras recientemente construidas, que se divisaban chiquiticas: el flamante Instituto Forestal, los pueblos comunitarios, las granjas, las represas y las carreteras, cabían en el sombrero de Juan Palomo.”(16)
El asombro de Isabela: “Hum... Aquí pasa algo —se preocupó la niña—. Ese caballo no tiene por qué mirarme ni mover la cola. ¡Tengo que averiguar lo que se trae Pegaso!”(17), la conduce a asumir la duda con ojos transparentes. Parte de los prejuicios, de lo que es verdad colectiva, y llega a su verdad individual, con lo cual defiende su derecho a ver el mundo con los ojos de Guanaroca(18). Tiene la herencia de su abuelo: “en esta región, que es la más antigua de Cuba, se cuentan cosas rarísimas que ocurren en la Sierra de los Órganos; cosas que no se explican. La de Pegaso es una más (...) No te asombres demasiado ni te impresiones. Pegaso seguramente sale a payasear y a lucirse dando volteretas como un caballo de circo, pero de ahí no pasará el asunto. Te repito que por acá, quien menos se lo espere, en cualquier camino un poco apartado puede encontrarse con un delantal pensante, o con un mago de la época de los perros mudos que, andando regado por Guaniguanico, vino a parar a esta zona. Y quien dice mago, dice algo completamente distinto.”(19)
¿Dónde ubicar, pues, a Isabela, dónde a Quico: las gorras fenoménicas o las gorras esenciales?... Quico también podría ir en pos de la gaviota negra, arañarse como Guille en Cayo Mono, o empaparse con el Cochero Azul, pero le resultaría muy difícil buscar la maravilla en su lugar cotidiano. Mucho más: sentirse parte de ella, reconocer su necesidad del franco asombro vital para realmente vivir. Y en esto consiste lo dramático del par Isabela-Quico: no abrirnos a esa necesidad que tenemos todos de ser removidos para no ahogarnos en la sucesión de días opacos, elevarnos a días milenarios, asumirnos como herederos de una identidad planetaria, continental, regional, local, familiar, individual en la que Convivencia Ecológica es término importante —y sinónimo inmanente— para la Convivencia Social, urgida tanto de lo heroico colectivo como de lo heroico existencial.
Mientras Quico espera junto a la bicicleta, Isabela cabalga hacia su confluencia con ella misma, que es sentir en sí al Universo. Transita de las gorras exteriores de su abuelo a las interiores, las intransferibles, las que exigen el espejo del silencio, las palabras de la tierra, vencer al Tiempo en la cueva del río subterráneo y luego al Espacio cuando —irónicamente por el grito de Cacafú— vuela hacia el valle donde encontrará y defenderá a Garralén... Transustancia el espacio en paisaje(20): se convierte en paisaje, con lo cual entra en el misterio de las formas y se libra de la enfermedad del intelectual occidental(21).
Logra que su mente armonice con el funcionamiento del Universo; su cuerpo, con el movimiento del Universo: cuerpo y mente formando una unidad que se unifica con la actividad del Universo. Pero ha pagado el dolor que implica todo crecimiento: sufrimiento que vence al sufrimiento con amor. Ella quería conocer el secreto de Cirilina, y se enfrenta al dilema:
“¿Qué debía creer? ¿Cuál era la verdad? Rabiando por saber a qué
atenerse, Isabela rogaba y machacaba, tratando de convencer a la
impasible personita cercana.
—Por favor, dígame la verdad –le rogaba-. ¡Yo quiero saberlo todo!
Hasta que Cirilina, aburrida e incómoda, puso fin al asunto con
estas palabras:
—No insistas más, Isabela –la reprendió-. ¿No comprendes que no
hay quien pueda saberlo todo?
Y el secreto de Cirilina, si de veras lo había, siguió en poder de la
abuela de los pájaros.”(22)
¿Qué solución ha encontrado Isabela? La que ofrece la voz narradora, con el eco de la jutía en ostinato: “Alguien que conocemos estaba deseando que el día se alargara, pero pocas veces salen las cosas como uno quiere y hay que entenderlo sin ponernos majaderos.”(23) Sabe que debe regresar a Viñales: lo asume. De esa sustancia se estructura aquel velado lamento de Juan Palomo: “La vi una sola vez —asintió él—. Yo andaba monteando por los encinares y me pasó cerca, acompañada de su delantal y seguida de un bando de tomeguines del pinar. Pisteaban de un modo que alegraba el corazón.”(24); también el suspiro de Isabela mientras contempla a la figurita blanca en el escondido vallecito de la Pájara Pinta, ojos de Guanaroca con que instantes después beberá el escenario jurásico retratado por el güinero Domingo Ramos Enríquez, en fruición nostálgica del paisaje: “Los resplandores del atardecer iluminaban el gran valle mostrándolo en toda su belleza y aunque ella lo conocía muy bien, se mantuvo quieta y calladita, mirándolo y mirándolo; porque hasta hoy nadie se ha cansado de contemplarlo. Garralén dio varias vueltas sobre los mogotes y los palmares, las frescas siembras, la rosada tierra, los cubanos bohíos y el copo del motel, que parecía una paloma de arena echada entre las flores de la loma de Los Jazmines.”(25)
Va al encuentro de Quico, quien la espera bajo un laurel. Cerca, fluyen el río San Vicente y los baños sulfurosos del antiguo hotel de Pilar Mateo. Los mogotes se visten de distancia. Quico pide que le cuente las aventuras vividas; la respuesta de Isabela es: “Ahora no puedo. Tengo que regresar enseguida a Viñales, pero pasado mañana volveré y hablaremos. ¡Muchacho, prepárate a oír cosas!”(26) Monta en su bicicleta y parte rumbo al pueblo, sin saber que en la carretera se ha cruzado con la rana Casilda(27). Suceden dos párrafos de hermosa asunción identitaria, y entonces recuerda a Pegaso. Se detiene y, en un valle inundado por la luna llena, que se eleva sobre la basílica del Yayal, le grita: “¿Sabes una cosa? ¡Mañana montaré a Pegaso!”(28)
Isabela ha trascendido las gorras fenoménicas. Pero su entrada en las gorras esenciales no la lanza a una torre de marfil ni olvida su deber de puente espiritual hacia Quico, en esa hambre de un caballo de coral volando sobre el paisaje intramontano. Belerofonte de nuevo tipo, la niña mantuana descubrirá la importancia-decisión de fluir en la fidelidad a sí misma, de ser pitirre y no un sinsonte de pacotilla(29), acaso en sus Arroyos de Mantua y la ciudad donde los estudios universitarios habrían contribuido a profundizar su escudo de Aquiles, su sonrisa de los palmares... Estos tres días en su vida han modelado la transmisión de la herencia telúrica, el drama visto por García Lorca desde la loma de Los Jazmines en 1930. Le quedan otras ceremonias de iniciación, mas estableció el primer surco, lo hizo bien, y por éste saldrán los demás signos de su huella en el tiempo.
De manera que cuando, en 1985, El valle de la Pájara Pinta recibe el Premio Nacional de la Crítica Literaria, La Rosa Blanca de la UNEAC y es incluida en la Lista de Honor de la IBBY, el algarrobo se transforma en laurel que vence al deshumanizante ritmo social-tecnológico con la savia del ritmo natural-biológico y el Universo entrega a Isabela-Doralina la transparente gorra oikos-logos de su armonía con lo-que-es, lección de amor a un mundo en continua crisis de ternura sobre la tierra que permanece.
Referencias
1. Muy interesantes son, etimológicamente, las palabras ecología (gr. Oikos: casa; Logos: palabra, discurso) y economía (gr. oikos: casa; Nomos, de nemein: administrar). Cualquier historia cultural nos demuestra la importancia de la Identidad Ambiental Planetaria para las interactuantes esferas de la vida cotidiana, que observamos, por ejemplo, en El Arte de la Paz, Editorial Troquel S.A., Buenos Aires, Argentina, 1998, p. 48: “La economía es la base de la sociedad. Cuando la economía es estable la sociedad se desarrolla. La economía ideal une lo espiritual y lo material, y las mejores mercancías con las cuales comerciar son la sinceridad y el amor.” Contradictoria frase, en apariencia, desbroza el camino tantas veces desbrozado para incorporar a nuestra autoimagen la necesidad de sentirnos sustancia de la Naturaleza, con lo cual, al protegerla, nos protegemos en (educamos) los diversos apetitos con que convivimos.
2. “La mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra. Comieron y bebieron; pero no supieron de sí”, escribió José Martí, en 1884, donde también advirtió: “quien intente mejorar al hombre no ha de prescindir de sus malas pasiones, sino contarlas como factor importantísimo, y ver de no obrar contra ellas, sino con ellas.”
3. “Ver lo que necesitan ver los ojos cuando ya lo han visto todo repetidamente”, dice en El caballo de coral ese viajero del silencio que paga por contemplar lo que sólo con amor puede ser visible. Y lo enfatiza Onelio Jorge Cardoso en este, uno de sus cuentos más existenciales: “Lo que no resisto es el pan escaso, ni tampoco me resigno a que no se converse de cosas de cualquier mundo, porque yo no sé si pasó galopando bajo el ‘Eumelia’ o si lo vi sólo en los ojos de él, creado por la fiebre de su pensamiento que ardía en mi propia frente. El caso es que mientras más vueltas les doy a las ideas, más fija se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres.”
4. El valle de la Pájara Pinta, p. 2. Todas las referencias a esta obra son de la edición de Pueblo y Educación, 1997
5. El valle..., p. 2
6. El valle..., p.5
7. El valle..., p. 6
8. El valle..., p. 20
9. El valle..., p.30
10. El valle..., p. 24
11. El valle..., p. 13
12. El valle..., p. 25
13. El valle..., p. 25
14. El valle..., p. 4
15. El valle..., p. 53
16. El valle..., p. 29
17. El valle..., p. 6
18. En Mitos y leyendas de Cienfuegos, de Adrián del Valle, encontramos el mito de Guanaroca, la india de la antigua Jagua de cuyo dolor nació lo-que-es, y cuyas lágrimas reestructuraron su mirada, su decodificación del mundo (kosmos, en griego), escanciando así la felicidad. Para una interpretación de Guanaroca, ver “Antropología urbana: la cienfueguidad del ser”, en Ariel, No. 1, Año IV, p. 13, 2001
19. El valle..., pp. 12 y 13
20. Para una mejor intimidad en el tránsito de espacio a paisaje invito a leer Espacios del imaginario latinoamericano, Propuestas de geopoética, de Fernando Aínsa, Ed. Arte y Literatura, 2002
21. “Mente sana en cuerpo sano”: así nos lo enseñaron desde los griegos, sólo que hasta la propia estructura de la mayoría de las lenguas europeas tienden mucho al individualismo, no así las orientales. Esto, unido a una mala asunción de lo físico y lo espiritual del Cristianismo, ha provocado –con demasiada frecuencia- intelectuales de cuerpos endebles como base biológica a maravillosos sistemas cognitivos.
22. El valle..., p. 64
23. El valle..., p. 65
24. El valle..., p. 29
25. El valle..., p. 66
26. El valle..., p. 68
27. La intertextualidad es todo un laberinto transparente en la obra de Dora Alonso. La presencia aquí de Casilda, la rana de Cantel, es la continuación de una historia iniciada en El cochero azul y un personaje que reaparece en la Carta autobiográfica al Patito Feo. Mucho dice acerca del sujeto femenino en la obra y vida de Dora Alonso.
28. El valle..., p. 68
29. El valle..., p. 63. Sugerente pasaje acerca de la identidad tanto individual como nacional para cualquier país (mucho más hoy, con las ancestrales rencillas regionales atizadas por hambre de poder de unos cuantos). En el texto, referido quizás a conflictos de identidad provincial si no olvidamos que el libro fue concluido apenas tres años después de la nueva división político-administrativa, cuando la bahía de Cabañas resolutivamente pasó de pinareña a habanera.
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